Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULO LXXXIV: Los cuerpos de los resucitados serán todos de la misma naturaleza

CAPÍTULO LXXXIV

Los cuerpos de los resucitados serán todos de la misma naturaleza

Con ocasión de cuanto llevamos dicho erraron algunos acerca de las condiciones de los resucitados. Como vemos que todo cuerpo compuesto de contrarios se ha de corromper necesariamente, hubo quienes dijeron que los hombres resucitados no tendrían tales cuerpos compuestos de contrarios.

De los cuales, unos, movidos por el dicho del Apóstol: “Se siembra un cuerpo animal y resucita un cuerpo espiritual”, afirmaron que nuestros cuerpos no resucitan en naturaleza corporal, sino que se convierten en espíritus. Otros, movidos por la misma afirmación, dijeron que nuestros cuerpos serán en la resurrección sutiles y semejantes al aire y al viento, ya que el “espíritu” se lama aire; y así, “espirituales” equivale a aéreos. Y otros, con ocasión de lo que dice el Apóstol hablando de la resurrección: “Hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres”, dijeron que las almas tomarán en la resurrección cuerpos no terrestres, sino celestes. A todos los cuales parece favorecer lo dicho por el Apóstol en el mismo lugar: “La carne y la sangre no poseerán el reino de Dios”. Y, según esto, parece que los cuerpos de los resucitados no tendrán carne ni sangre y, en consecuencia, tampoco los otros humores.

Pero se ve claramente que tales opiniones son erróneas. Pues nuestra resurrección será conforme a la resurrección de Cristo, según el dicho del Apóstol: “Reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso”. Pero Cristo, después de la resurrección, tuvo un cuerpo palpable, compuesto de carne y de huesos, porque, como dice San Lucas, después de la resurrección dijo a sus discípulos: “Palpadme y ved, que el espíritu no tiene ni carne ni huesos, como veis que yo tengo”. Luego también los otros hombres resucitados tendrán cuerpos palpables compuestos de carne y huesos.

El alma se une al cuerpo como la forma a la materia. Pero toda forma tiene determinada materia, pues es preciso que entre el acto y la potencia exista proporción. Luego, como el alma sea la misma específicamente, parece que ha de tener también la misma materia específica. Luego será el mismo cuerpo específicamente antes y después de la resurrección. Y así será preciso que esté compuesto de carne y huesos y de otras partes de la misma clase.

Como en la definición de las cosas naturales, que significa la esencia de la especie, entra la materia, es necesario que, al variar la materia específica, varíe también la especie de 1 la cosa natural. Mas el hombre es una cosa natural. Por lo tanto, si después de la resurrección no tiene un cuerpo compuesto de carne y huesos y partes similares, como lo tiene ahora, el resucitado no será de la misma especie y se llamará hombre equívocamente.

Más distante está del alma de un hombre el cuerpo de otra especie que el cuerpo humano de otro hombre. Pero el alma no puede volver a unirse el cuerpo de otro hombre, como se demostró en el libro segundo (capítulo 83, al final). Por lo tanto, mucho menos podrá unirse en la resurrección a un cuerpo de distinta especie.

Para que resucite el mismo hombre numéricamente, es necesario que sus partes esenciales sean las mismas numéricamente. Luego, si el cuerpo del hombre resucitado ano consta de estas carnes y estos huesos de que ahora se compone, el hombre resucitado no será el mismo numéricamente.

Todas estas opiniones, tan abiertamente falsas, exclúyelas Job al decir: “Volveré a rodearme de mi propia piel y con mi propia carne veré a Dios, a quien yo he de ver y no otro”.

Sin embargo, cada una de ellas tiene sus propios inconvenientes.

Es absolutamente imposible afirmar que un cuerpo se transforme en espíritu. Pues no se transforman alternativamente sino las cosas que tienen una materia común. Mas entre lo espiritual y lo corporal no puede haber comunidad de materia, pues las substancias espirituales son totalmente inmateriales, como se demostró en el libro segundo (c. 50). Luego es imposible que el cuerpo humano se convierta en una substancia espiritual.

Si el cuerpo humano se transforma en substancia espiritual, tal substancia será el alma u otra diferente. Si se transforma en la propia alma, después de la resurrección no habrá en el hombre más que el alma, como antes de la misma. Por lo tanto, no cambiará la condición del hombre por la resurrección. Por el contrario, si se transforma en otra substancia espiritual, resultará que con dos substancias espirituales se hará algo único yen a naturaleza; cosa imposible, porque cada substancia espiritual es por sí subsistente.

De igual modo es imposible que el cuerpo del hombre resucitado sea como aéreo y semejante al viento. Pues es preciso que el cuerpo humano, como el de cualquier animal, tenga cierta figura total y parcial. Mas el cuerpo que tiene determinada figura es menester que sea limitado, porque la figura es lo comprendido dentro de uno o varios límites. Pero el aire no tiene límites en sí, aunque esté limitado por límites extraños. Luego no es posible que el cuerpo del hombre resucitado sea aéreo y semejante al viento.

Es preciso que el cuerpo del hombre resucitado tenga tacto, pues no hay animal sin tacto. Y, a la vez, el resucitado, si es hombre, ha de ser animal. Pero el cuerpo aéreo carece de tacto, como todo cuerpo simple; pues es menester que el cuerpo mediante el cual se realiza el tacto sea el medio entre las cualidades tangibles, a la manera de una potencia con respecto a las mismas, como lo prueba el Filósofo en el libro “De anima”. Por lo tanto, es imposible que el cuerpo del hombre resucitado sea aéreo y semejante al viento.

Y esto demuestra también que no podrá ser un cuerpo celeste.

Es preciso que el cuerpo humano y el de cualquier animal sea susceptible de cualidades tangibles -como acabamos de decir-. Y esto no puede convenir al cuerpo celeste, que ni es cálido, ni frío, ni húmedo, ni seco, ni cosa parecida, ni acto o potencia, como se prueba en el I “De caelo et mundo”. Luego el cuerpo del hombre resucitado no es celeste.

Los cuerpos celestes son incorruptibles y no pueden sufrir transformación en sus disposiciones naturales. 1Y les corresponde naturalmente la figura esférica, como se prueba en el II “De caelo et mundo”. Según esto, no es posible que reciban la figura que corresponde naturalmente al cuerpo humano. Luego es imposible que los cuerpos de los resucitados sean de la misma naturaleza de los cuerpos celestes.

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