Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULO LXXXIX: De la cualidad de los cuerpos de los condenados al resucitar

CAPÍTULO LXXXIX

De la cualidad de los cuerpos de los condenados al resucitar

Por esto podemos pensar razonablemente cuál ha de ser la condición de los cuerpos que resucitan en los que han de ser condenados.

Pues es preciso que tales cuerpos estén proporcionados a las almas de quienes han de ser condenados. Ahora bien, las almas de los condenados tienen efectivamente naturaleza buena, como que es creada por Dios; pero tendrán la voluntad desordenada y alejada del propio fin. Por lo tanto, sus cuerpos, en lo referente a la naturaleza, serán reparados e íntegros, pues resucitarán en edad perfecta, con todos sus miembros y sin defecto alguno ni corrupción que hubiera podido ocasionar un fallo de la naturaleza o a enfermedad. Por eso dice el Apóstol: “Los muertos resucitarán incorruptos”, cosa que evidentemente se ha de entender de todos, tanto buenos como malos, según se deduce de lo que precede y sigue a la cita.

Mas como su alma estará voluntariamente apartada de Dios y privada de su propio fin, sus cuerpos no serán espirituales, o sea, sujetos totalmente al espíritu, sino que, más bien, su alma será “carnal” por el afecto.

Ni tales cuerpos serán ágiles, como obedientes al alma sin dificultad, sino más bien “graves” y “pesados” y en cierto modo insoportables al alma, tal cual son las mismas almas que se apartaron de Dios por la desobediencia.

También permanecerán pasibles, como ahora, o aún más; pero de manera que, sufriendo daño efectivamente de parte de las cosas sensibles, no obstante no se corromperán; igualmente, también sus almas serán atormentadas y privadas totalmente del deseo natural de la bienaventuranza.

Y serán, además, sus cuerpos “opacos y tenebrosos”; y sus almas estarán exentas de la luz del conocimiento divino. Y esto es lo que dice el Apóstol: “Todos resucitaremos, mas no todos seremos mudados”; pues sólo los buenos serán glorificados, mientras que los cuerpos de los condenados resucitarán sin gloria.

Pero tal vez puede parecer a alguno imposible que los cuerpos de los malos sean pasibles, pero no corruptibles, ya que “toda pasión, cuanto más intensa, más se aleja de la substancia”; pues vemos que, si el cuerpo permanece por largo tiempo en el fuego, acabará por consumirse, y que, si el dolor es muy intenso, el alma se separa del cuerpo. Pero el cuerpo humano después de la resurrección no pasará de una forma a otra ni en los buenos ni en los malos, porque en unos y otros será perfeccionado por el alma en cuanto al ser natural, de manera que ya no será posible que esta forma se separe de tal cuerpo ni sea otra introducida, estando el cuerpo sometido ya totalmente al alma por virtud divina. Por lo cual, incluso la potencia que tiene la materia prima para toda forma permanecerá en el cuerpo humano ligada en cierto modo por la fuerza del alma, para que no pueda ser actualizada por otra forma. Mas, como los cuerpos de los condenados no estarán totalmente sujetos al alma en lo que concierne a ciertas condiciones, serán afligidos en los sentidos por contrariedad de lo sensible. Así que serán afligidos por el fuego corpóreo, en cuanto que la cualidad del fuego es por su propia excelencia contraria a la igualdad de complexión y de armonía connatural a todo sentido, aunque no pueda destruirla. Sin embargo, tal aflicción no logrará separar al alma del cuerpo, pues éste ha de permanecer necesariamente sujeto siempre a su propia forma.

Y así como los cuerpos de los bienaventurados serán elevados por encima de los cuerpos celestes por la innovación de la gloria, así también y en proporción será asignado a los cuerpos de los condenados el último lugar, tenebroso y de tormento. Por eso se dice en el salmo: “Sorpréndalos la muerte: desciendan vivos al infierno”; y en el Apocalipsis se dice que “el diablo que los extraviaba será arrojado en el estanque de fuego y azufre, donde están también la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos”.

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