Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXXXIX: En Dios no hay pasiones afectivas

CAPÍTULO LXXXIX

En Dios no hay pasiones afectivas

Puédese deducir de lo dicho que Dios está exento de pasiones afectivas. En efecto:

No hay pasión procedente de la afección intelectual, sino solamente de la sensitiva, como se prueba en el libro VII de los “Físicos”. Pero en Dios no puede haber afección tal, porque no tiene conocimiento sensitivo, como se evidencia con lo dicho (c. 44). Queda, pues, que en Dios no hay pasión afectiva.

Toda pasión afectiva impone una transformación corporal, tal como la contracción o dilatación del corazón o algo parecido. Pero en Dios es imposible un fenómeno de este género, ya que se demostró que ni es cuerpo ni potencia corporal (c. 20). No hay, pues, en Él pasión afectiva.

En toda pasión afectiva el paciente es llevado hasta cierto punto fuera de su condición común, normal o natural; y prueba de ello es que tales pasiones, si se intensifican, ocasionan la muerte a los animales. Pero no es posible llevar a Dios de ningún modo fuera de su condición natural, porque es absolutamente inmutable, como anteriormente se demostró (c. 13). Es claro que en Dios no pueden existir estas pasiones.

Toda afección pasional es determinada a un objeto único según el modo y medida de la pasión, porque la pasión, como la naturaleza, tiende con ímpetu a su solo objeto. Por esto debe ser reprimida y regulada por la razón. Ahora bien, la voluntad divina no es determinada de suyo a un solo objeto creado, a no ser, como ya demostramos (c. 82), por el orden de su sabiduría. No hay, pues, en Él pasión alguna que provenga de una afección.

Toda pasión es propia de un ser potencial. Y Dios está absolutamente exento de potencia: es puro acto. Es, pues, solamente agente, y de ningún modo tiene lugar en El una pasión.

Así, pues, se excluyen de Dios todas las pasiones en su acepción genérica.

Pero hay algunas que se le excluyen no sólo en su acepción genérica, sino también por razón de la especie. Pues toda pasión se especifica por el objeto. Y, por tanto, cuando el objeto de una pasión en modo alguno le conviene a Dios, tal pasión se excluye de Él incluso por razón de su propia especie.

Tal es la tristeza o el dolor, cuyo objeto es el mal inherente, como el bien presente y poseído es objeto del gozo. La tristeza, pues, y el dolor no pueden existir en Dios en virtud de su misma naturaleza.

La razón de objeto de una pasión no se toma solamente del bien y del mal, sino también de la disposición que uno tiene respecto de ellos. De aquí nace la diferencia de la esperanza y del gozo. Si, pues, la disposición respecto del objeto que entra en la razón de pasión no conviene a Dios, tampoco puede convenirle la pasión misma aun por razón de su propia especie. Y aun la esperanza, por más que tenga por objeto el bien, no es el bien poseído, sino por poseer; cosa, ciertamente, que no puede convenir a Dios en virtud de su perfección, que es tal que no admite adición alguna. La esperanza, por lo tanto, no puede existir en Dios aun por razón de su especie. E igualmente el deseo de algo no poseído.

Si la perfección divina se opone a que pueda recibir la adición de un bien que ha de poseer, también excluye, y con más razón, la potencialidad para el mal. Ahora bien, el temor mira a un mal inminente, como la esperanza a un bien de posible obtención. Por la doble razón, pues, de su especie, el temor se excluye de Dios, porque no es propio sino del ser potencial y porque tiene por objeto el mal posible.

El arrepentimiento supone cambio del afecto. Por lo tanto, la razón de arrepentimiento repugna a Dios, no sólo porque es una especie de tristeza, sino también porque implica un cambio de la voluntad.

Es imposible, a no ser por error de la facultad cognoscitiva, que se aprehenda como mal lo que es bien. Y no sucede más que en los bienes particulares, en los que la corrupción de uno es generación de otro, que el mal de uno sea bien de otro. En cambio, al bien universal nada se le resta por un bien particular, aunque es representado por cada uno de ellos. Ahora bien, Dios es el bien universal, y todos los demás son buenos porque participan de su semejanza. El mal, pues, de un ser no puede ser bien para Él. Ni es posible que aprehenda como mal lo que es bien absoluto, y que no es mal para Él, porque su ciencia no es sujeto de error, como ya demostramos (c. 61). La envidia, por lo tanto, es imposible en Dios aun por razón de su especie. No sólo porque es una especie de tristeza, sino porque se entristece del bien ajeno, que ve como mal propio.

Por la misma razón causa tristeza el bien y se desea el mal; debiéndose lo primero a que el bien se estima como mal, y lo segundo, a que el mal se estima como bien. Ahora bien, la ira es desear por venganza el mal ajeno. La ira, por lo tanto, no existe en Dios por razón de su especie. No sólo porque es efecto de la tristeza, sino también porque es deseo de venganza por la tristeza nacida de una injuria recibida.

Deben, además, excluirse de Dios, por la misma razón, todas las otras pasiones de la misma especie que las dichas o que procedan de ellas.

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