Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXXXV: El alma no es de la substancia divina

CAPÍTULO LXXXV

El alma no es de la substancia divina

De lo dicho se ve también clara mente que el alma no es de la substancia divina.

Quedó ya demostrado antes (l. 1, c. 15) que es eterna la substancia divina y que en ella no hay nada que empiece ahora a existir. Por el contrario, las almas humanas no existieron antes que el cuerpo, como se probó (c. 83 s.). Luego el alma no puede ser de da substancia divina.

También quedó demostrado anteriormente (l. 1, c. 27) que Dios no puede ser forma de ninguna cosa. Pero el alma es forma del cuerpo, como se vio (c. 68). Por lo tanto, no es de la divina substancia.

Todo aquello de lo que se hace alguna cosa está en potencia para lo que de él se hace. Pero le substancia divina no está en potencia para nada, porque es acto puro, como antes se probó (l. 1, c. 16). Por consiguiente, es imposible que de la substancia de Dios se haga el alma o cualquier otra cosa.

Aquello de lo que se hace algo sufre cierta mutación. Pero Dios es totalmente inmutable, como se probó antes (l. 1, c. 13). Luego es imposible que de El se pueda hacer alguna cosa.

En el alma se nota claramente mudanza en cuanto a la ciencia y la virtud y los opuestos de las mismas. Pero Dios es absolutamente invariable, tanto esencial como accidentalmente (ibíd.). Luego el alma humana no puede ser de la substancia divina.

Anteriormente se demostró (l. 1, c. 16) que Dios es acto puro, en quien no existe ninguna potencialidad. Sin embargo, en el alma humana se encuentra no sólo la potencia, sino también el acto, pues hay en ella un entendimiento posible, que es potencia para todo lo inteligible, y el entendimiento agente, como se vio anteriormente (c. 61, 76). Por consiguiente, el alma humana no es parte de la naturaleza divina.

Como la substancia divina es absolutamente indivisible, no puede el alma ser de esa substancia, a no ser que sea toda la substancia divina. Pe ro es imposible que la substancia divina sea más que una, como ya está probado (l. 1, c. 42). De donde se seguiría que el alma de todos los hombres no sería más que una en cuanto al entendimiento. Y esto ya hemos visto antes que no puede ser (c. 73 s.). Luego el alma no es parte de la substancia divina.

Parece, sin embargo, que esta opinión procedió de una triple fuente. Algunos, en efecto, afirmaron que no existe ninguna substancia incorpórea. Por do que afirmaban ser Dios el más noble de todos los cuerpos, diciendo que este cuerpo o sería arre, o fuego, o cualquier otro principio; y decían, además, que el alma era de la naturaleza de este cuerpo, pues todos atribuían al alma lo que establecían como principio, como se ve en Aristóteles (I “Sobre el alma”¿; y de esto se seguía que el alma era de la substancia divina. De esta raíz brotó la doctrina de los maniqueos, la cual imaginó a Dios como una cierta luz corpórea extendida por los espacios infinitos, considerando al alma humana como una determinada partícula de esa luz.

Pero esta doctrina es falsa, no sólo porque se probó antes que Dios no es cuerpo (l. 1, e. 20), sino también porque se demostró que el alma humana no es cuerpo, como no lo es ninguna substancia intelectual.

Otros, sin embargo, afirmaron que el entendimiento de todos los hombres no es sino uno, o sólo el entendimiento agente o el agente y el posible a la vez, como se dijo más arriba (c. 73 s.). Y como los antiguos afirmaban que Dios era cierta substancia separada, se debía concluir que nuestra alma, esto es, el entendimiento, con el que entendemos, es de naturaleza divina. De donde procede que algunos autores cristianos de nuestro tiempo, manteniendo la sentencia del entendimiento agente separado, han dicho expresamente que dicho entendimiento es Dios.

Pero esta teoría de la unidad de nuestro entendimiento fue ya anteriormente refutada (ibíd.).

Pudo esta opinión haber nacido de la semejanza de nuestra alma con Dios. En efecto, el entender, que estimamos pertenece en sumo grado a Dios, vemos que no conviene a ninguna substancia del mundo inferior más que al hombre en razón del alma. De donde pudo parecer que el alma pertenece a la naturaleza divina. Sobre todo entre los hombres, para los cuales era cierto que el alma humana es inmortal.

A esto parece ayudar también el Génesis, cuando, después de decir: “Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza”, añade: “Formé Dios al hombre del barro de la tierra e inspiró en su rostro el aliento de le vida”. De lo que algunos han querido también sacar que el alma humana es de naturaleza divina. Pues el que inspira en el rostro de otro comunica le su mismo espíritu; y así la Escritura parece indicar que algo divino comunica Dios al hombre al darle la vida.

Pero la semejanza indicada no prueba que el hombre sea algo de la substancia divina, porque el entender del hombre está afectado por muchos defectos que no pueden atribuirse a Dios. De donde se deduce que esta semejanza indica más una imagen imperfecta que una consubstancialidad. Lo que también indica la Escritura cuando dice que el hombre fue creado “a la imagen” de Dios. De aquí resulta que el soplo mencionado demuestra que el modo de comunicar Dios la vida al hombre implica cierta semejanza del hombre con Dios, pero no una unidad substancial. Por esta razón, “el soplo de vida en el rostro” se dice “insuflado”; porque, como en esta parte del cuerpo están situados muchos de los órganos de los sentidos, en el mismo rostro se manifiesta más claramente la vida. En este sentido, pues, se dice que Dios sopló en el rostro del hombre el aliento, porque dio al hombre el espíritu de vida sin hacerle por eso de su misma substancia. Porque también el que sopla corporalmente en el rostro de alguien impele el aire hacia su cara, de lo que parece formarse la metáfora, pero sin comunicarle ninguna parte de la propia substancia.

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