Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXXXVI: Puede señalarse el motivo de la voluntad divina

CAPÍTULO LXXXVI

Puede señalarse el motivo de la voluntad divina

Podemos colegir de lo dicho que puede señalarse el motivo de la voluntad divina. En efecto:

El fin es la razón de querer lo ordenado al fin. Y Dios quiere su bondad como fin, y todo lo demás como ordenado al fin. Su bondad es, por lo tanto, la razón de querer los seres distintos de Él.

El bien particular se ordena al bien total como a un fin, lo mismo que lo imperfecto a lo perfecto. De esta manera, algunas cosas son objetos de la voluntad divina en cuanto tienen razón de bien. Queda, pues, que el bien universal es la razón de que Dios quiera el bien particular del universo.

Supuesto que Dios quiere algo, cosa ya demostrada (c. 83), ha de querer necesariamente lo que le es indispensable. Pero lo que impone necesidad a otros es la razón de su existencia. La razón, pues, de por qué Dios quiere lo indispensable a cada cosa, es que exista aquello que lo exige.

Y así podemos ir señalando razones a la voluntad divina, Dios quiere que el hombre tenga razón para que sea hombre; quiere que el hombre exista para complemento del universo, y quiere el bien del universo por ser conforme a su bondad.

Pero esta triple razón no procede según una misma relación. La bondad divina ni depende de la perfección del universo ni le viene de ella acrecentamiento alguno. En cambio, la perfección del universo, aunque dependa necesariamente de algunos bienes particulares que son parte esencial del universo, no depende necesariamente de otros, que no por eso dejan de acrecentar algo su bondad y belleza. Tales son, por ejemplo, los seres que existen solamente para ayuda y ornato de las otras partes del universo. Pero el bien particular depende necesariamente de lo que es absolutamente indispensable para su existencia, aunque tenga algo que sirve a su mejoramiento. Por lo tanto, la razón que determina a la voluntad divina unas veces es una cierta conveniencia; otras, una utilidad, y otras, una necesidad hipotética; pero con una necesidad absoluta solamente se quiere a sí mismo.

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