Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXXXVII: El movimiento del cuerpo celeste no es causa de nuestras elecciones por virtud del alma que lo mueve, como dicen algunos

CAPÍTULO LXXXVII

El movimiento del cuerpo celeste no es causa de nuestras elecciones por virtud del alma que lo mueve, como dicen algunos

Se ha de tener en cuenta que Avicena quiere que los movimientos de los cuerpos celestes sean causas de nuestras elecciones, pero no ocasionales solamente, como antes se dijo (c. 85), sino propias. Pues opina que los cuerpos celestes son animados. De donde resulta que, como el movimiento celeste sea movimiento del alma y del cuerpo celeste, así como cuando es movimiento del cuerpo tiene poder de transformar los cuerpos, cuando lo sea del alma, tenga poder de influir en nuestras almas, siendo, en consecuencia, causa de nuestras voliciones y elecciones. Y a esto parece reducirse también la opinión de Albumasar, expuesta en el primero de su “Introductorio”.

Pero esta opinión es irracional. Pues todo efecto que procede de su causa eficiente mediante un instrumento debe guardar proporción con el instrumento y también con el agente, porque no nos servimos de cualquier instrumento para cualquier efecto. Por eso no puede hacerse una cosa mediante instrumento si la acción de éste no es capaz. Es así que da acción del cuerpo no es capaz de llegar a cambiar el entendimiento y la voluntad, según demostramos (capítulo 84 ss.); a no ser accidentalmente, a causa de un cambio corporal, como se dijo (ib.). Luego es imposible que el alma del cuerpo celeste -de ser animado- influya en el entendimiento y en la voluntad mediante el movimiento de dicho cuerpo.

La causa agente particular posee un obrar semejante al de la causa agente universal y es copia de la misma. Mas si el alma humana influyere por operación corporal en otra alma humana -como cuando por el significado de la palabra manifiesta su pensamiento-, la acción corporal de un alma no llegaría a otra sino mediante el cuerpo; porque la palabra pronunciada inmuta el órgano del oído, y así, percibida por el sentido, llega su significado al entendimiento. Por tanto, supuesto que el alma celeste influya en nuestras almas por movimiento corporal, su acción no llegará a nuestras almas sino mediante la inmutación de nuestro cuerpo. Inmutación que no es ciertamente causa de nuestras elecciones, sino sólo ocasión, como consta por lo dicho. En consecuencia, el movimiento celeste no es causa de nuestra elección, a no ser sólo ocasionalmente.

Como el que mueve y lo movido han de existir simultáneamente, según se prueba en el VII de la “Física”, el movimiento debe llegar desde el primer motor hasta lo último que se mueve con determinado orden, a saber: que el moviente mueva, mediante lo más próximo a él, a aquello que está más distante del mismo. Pero lo más cercano al cuerpo celeste -que se supone movido por el alma que le está unida- es nuestro cuerpo, más que el alma, la cual no dice relación al cuerpo celeste sino mediante el cuerpo. -Lo evidencia el hecho de que las inteligencias separadas no tienen relación alguna con el cuerpo celeste, como no sea quizá la de motor a movido. Según esto, la inmutación que procede del alma del cuerpo celeste no llega a nuestra alma sino mediante el cuerpo. Pero, al moverse el cuerpo, el alma sólo se mueve accidentalmente; y la elección no sigue a la inmutación corporal sino ocasionalmente, según dijimos (cf. al princ.). Luego el movimiento celeste, aunque provenga de dicha alma, no puede ser causa de nuestra elección.

Según la opinión de Avicena y de otros filósofos, el entendimiento agente es cierta substancia separada, que obra realmente en nuestras almas en cuanto que hace que los inteligibles en potencia se conviertan en acto (cf. l. 2, c. 76). Y esto se hace por abstracción de todas las disposiciones materiales, según consta por lo dicho en el libro segundo (cc. 50, 59). Así, pues, lo que obra directamente en el alma no obra en ella por movimiento corporal, sino más bien por abstracción de todo lo corporal. Por tanto, el alma del cielo -de ser animado- no puede ser causa de nuestras elecciones ni de nuestras inteligencias por movimiento celeste.

Con estas mismas razones puede probarse también que el movimiento celeste no es la causa de nuestras elecciones por virtud de las substancias separadas en caso de que alguien suponga que el cielo no es animado, pero que es movido por una substancia separada.

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