Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXXXVII: Nada puede ser causa de la voluntad divina

CAPÍTULO LXXXVII

Nada puede ser causa de la voluntad divina

Aunque se puede asignar una razón a la voluntad de Dios, no se sigue que haya una causa de su voluntad. En efecto:

El fin es causa de que la voluntad quiera. Y el fin de la voluntad divina es su bondad. Esta es, pues, la causa de querer Dios, que es también su mismo querer.

De entre los seres que Dios quiere, ninguno es causa del querer divino. Mas unos son causa de los otros en orden a la bondad divina. Y así se entiende que Dios quiera uno por otro. Es claro, sin embargo, que no es necesario admitir un discurso en la voluntad divina, porque donde hay un solo acto no se da discurso, como más arriba hemos mostrado al tratarse del entendimiento (c. 57). Y Dios quiérese a sí mismo y a los demás seres con un único acto, pues su acción es su propia esencia.

Todo lo dicho descarta el error de quienes afirman que todo procede de Dios en virtud de su simple voluntad, de tal manera que no hay otra razón que el que Dios lo quiere.

Mas esta doctrina es también contraria a la divina Escritura, que nos enseña que Dios “creó todas las cosas según el orden de su sabiduría”; y en el Eclesiástico: “Dios derramó su sabiduría sobre todas sus obras”.

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