Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO X: La causa del mal es el bien

CAPÍTULO X

La causa del mal es el bien

Una de las consecuencias de lo expuesto es que el mal sólo es causado por el bien.

Porque si el mal es causa de algún mal, y, según hemos probado (capítulo prec.), el mal no obra sino en virtud del bien, es preciso que el mismo bien sea la causa primaria del mal.

Lo que no existe no es causa de nada. Luego toda causa ha de ser alguna entidad. Si, pues, el mal no es entidad alguna, según se probó (capítulo 7), síguese que no puede ser causa de nada. Según esto, si algo ha de causar el mal, tendrá que ser el mismo bien.

Todo lo que propia y naturalmente es causa de algo tiende a producir su propio efecto. Si, pues, el mal fuera propiamente causa de algo, tendería a producir su efecto, o sea, el mal. Y esto es falso, porque, según hemos declarado (c. 3), todo agente intenta el bien. Por lo tanto, el mal no es causa propia de nada, sino sólo accidentalmente. Pero toda causa accidental se reduce a la causa propia, y únicamente el bien puede ser causa propia, pero el mal no. Luego el mal es causado por el bien.

Toda causa es, o materia, o forma, o agente, o fin. El mal no puede ser ni materia ni forma, porque hemos demostrado ya (c. 7) que tanto el ente en acto como el ente en potencia es bien. Tampoco puede ser agente, puesto que todo agente obra en cuanto está en acto y tiene forma. Ni tampoco puede ser fin, pues el mal no se intenta directamente, según se probó (c. 4). Luego, no pudiendo ser causa de nada, es preciso que, si el mal tiene causa, ésta sea el bien.

Como el mal y el bien son opuestos, y un opuesto no puede ser causa del otro, a no ser accidentalmente (como se dice en el VIII de los “Físicos” que “lo frío calienta”), síguese que el bien no puede ser causa activa del mal sino accidentalmente.

Y en las cosas naturales este accidente puede provenir o de parte del agente o de parte del efecto. De parte del agente, como cuando el agente es deficiente en su virtud, de lo que resulta que la acción es defectuosa y el efecto deficiente; por ejemplo, cuando el estómago es de constitución débil, resulta una combustión imperfecta y un humor indigesto, que son ciertos males naturales. Pero la deficiencia de virtud que sufre es un accidente que le sobreviene al agente en cuanto tal, pues no obra por lo que le falta de virtud, sino, contrariamente, porque tiene algo de virtud, ya que, si careciera en absoluto de ella, en modo alguno obraría. Según esto, el mal es causado por parte del agente accidentalmente, porque éste tiene virtud defectuosa. Por tal motivo se dice que “el mal no tiene causa eficiente, sino deficiente”, porque proviene de la causa agente falta de virtud, y que por eso ya no es eficiente. -Y tenemos el mismo resultado si el efecto y el defecto de la acción son producidos por el defecto del instrumento o de otra cosa cualquiera que se requiera para producir la acción del agente, como cuando la fuerza motriz produce la cojera a causa de la encorvadura de la pierna, pues ambas cosas hace el agente mediante su virtud y el instrumento.

Ahora bien, por parte del efecto, el mal es accidentalmente causado por el bien, ya por parte de la materia del efecto o ya por parte de la forma del mismo. Pues, si la materia no está dispuesta para recibir la impresión del agente, se producirá necesariamente un defecto en el efecto, como se producen los partos monstruosos por indisposición de la materia. Y si el agente no cambia la materia en acto perfecto, no hay que atribuirlo a un defecto suyo, pues todo agente natural tiene una determinada virtud en correspondencia con su modo de ser, y no se considera defectuoso el que no la exceda, sino solamente el que no la posea en la medida que le corresponde naturalmente.

Y, por parte de la forma del efecto, sobreviene el mal accidentalmente cuando a una forma se le junta necesariamente la privación de otra forma; y por eso simultáneamente con la generación de una cosa se produce la corrupción de otra. Pero este mal no es propio del efecto intentado por el agente, como consta por lo dicho (c. 6), sino de otra cosa.

Vemos, pues, que en la naturaleza el mal sólo es causado por el bien accidentalmente. Y lo mismo sucede en las cosas artificiales. “Pues el arte imita con sus obras a la naturaleza”; en consecuencia, en ambos se da el defecto de modo semejante.

No sucede, sin embargo, así en lo moral. Pues no parece seguirse un vicio moral por defecto de virtud, puesto que la debilidad de la virtud o quita totalmente o, al menos, disminuye el vicio moral; porque la debilidad no merece el castigo, debido a la culpa, sino más bien la misericordia y el perdón; pues el vicio moral debe ser voluntario y no necesario. No obstante, bien considerado, se ve que en parte es semejante y en parte no lo es. No se parece, en efecto, si atendemos a que el vicio moral consiste en la sola acción y no en un efecto producido, porque las virtudes morales son para obrar y no para producir por sí mismas. Sin embargo, las artes tienden a la producción, y por eso se ha dicho que en ellas puede haber pecado, como en la naturaleza. Por lo tanto, el mal moral no se considera como un efecto de la materia o de la forma, sino como un resultado de la acción del agente.

En las acciones morales hay cuatro principios activos ordenados, uno de los cuales es la virtud de ejecución, o sea, la fuerza motiva, por la que se mueven los miembros para ejecutar lo mandado por la voluntad. Por tanto, esta fuerza es movida por la voluntad, que es otro principio. Ahora bien, la voluntad se mueve por el juicio de la virtud aprehensiva, que juzga si esto es bueno o malo; bueno y malo, que son objetos de la voluntad, uno que impulsa a su prosecución y otro que mueve a la huida. Además, la fuerza aprehensiva es movida por la cosa aprehendida. Según esto, tenemos que el primer principio activo de las acciones morales es la cosa aprehendida; el segundo, la fuerza aprehensiva; el tercero, la voluntad, y el cuarto, la fuerza motiva, que ejecuta lo mandado por la razón.

El acto de la virtud ejecutora supone ya el bien o el mal moral, puesto que tales actos externos pertenecen a la moral en cuanto que son voluntarios. De ahí que, si el acto de la voluntad es bueno, se llamará bueno también el acto externo; y malo, si aquél fuere malo. En modo alguno habría malicia moral si el acto externo fallara por un defecto que no correspondiese a la voluntad; por ejemplo, la cojera no es un vicio moral, sino natural. Luego el defecto de esta virtud ejecutora quita por completo o disminuye el vicio moral. -Sin embargo, el acto con que una cosa mueve a la virtud aprehensiva está inmune de vicio moral, pues lo visible mueve naturalmente a la vista, como cualquier objeto mueve a la potencia pasiva. -Incluso, considerado en si el acto de la virtud aprehensiva, carece de vicio moral; pues, así como su defecto excusa o disminuye el vicio moral -como lo disminuye el defecto de la virtud ejecutoraB, así también la debilidad y la ignorancia excusan o disminuyen el pecado. -Resulta, pues, que el vicio moral se da primera y principalmente en el solo acto de la voluntad, y con razón, puesto que un acto se llama moral porque es voluntario. Luego la raíz y el origen del pecado moral se ha de buscar en el acto de la voluntad.

Mas este proceso parece originar una dificultad. Pues, como el acto defectuoso nazca de la deficiencia del principio activo, es menester presuponer en la voluntad la existencia de un defecto anterior al pecado moral. Y, en realidad, si dicho defecto es natural, siempre será inherente a la voluntad, resultando que ésta pecará siempre que obre; lo cual es falso, como lo demuestra el hecho de los actos virtuosos. Mas, si el defecto es voluntario, ya es un pecado moral, cuya causa habrá de buscarse nuevamente, dando lugar a un proceso racional infinito. Luego es preciso decir que el defecto preexistente en la voluntad no es natural, con objeto de evitar que la voluntad peque siempre que obra; y, a la vez, que tampoco es casual y fortuito, pues entonces no habría en nosotros pecado moral, ya que lo casual es impremeditado y extra racional. Es, pues, voluntario, pero no pecado moral; y así nos evitamos un proceso infinito. Cómo puede ser esto, lo vamos a estudiar.

La perfección de la virtud de cualquier principio activo depende de su principio activo superior, porque el agente segundo obra en virtud del primero. Por lo tanto, mientras el agente segundo permanece subordinado al primero, obra indeficientemente; pero falla cuando se sale de dicho orden, como vemos en el instrumento cuando queda sin el movimiento del agente. Pero hemos dicho que en el orden de las acciones morales hay dos principios que preceden a la voluntad, a saber, la fuerza aprehensiva y el objeto aprehendido, que es el fin. Y, como a cada móvil le corresponde su propio motivo, cualquier fuerza aprehensiva no es el motivo propio de un apetito, sino que cada cual tiene el suyo. Por lo tanto, así como el motivo propio del apetito sensitivo es la fuerza aprehensiva sensual, así también el de la voluntad es la razón misma.

Por otra parte, como la razón puede aprehender muchos bienes y muchos fines, y cada cual tiene el suyo propio, también la voluntad tendrá como fin y principal motivo, no un bien cualquiera, sino cierto bien determinado. Luego, cuando la voluntad tiende al acto, movida por la aprehensión de la razón, que le ofrece su propio bien, tendremos una acción propia. Sin embargo, cuando actúa lanzándose a la prosecución de lo que le ofrece el apetito sensual o de otro bien que le presenta la razón, diverso del suyo propio, tendremos el pecado moral en la acción de la voluntad.

Así, pues, en la voluntad, el defecto de ordenación a la razón y al propio fin precede al pecado de acción. Hay defecto de ordenación a la razón cuando por una súbita aprehensión sensual tiende la voluntad a un bien deleitable sensible. Y de ordenación al fin debido, cuando la razón llega, razonando, a un bien que no es tal, o no lo es en tales circunstancias, y, sin embargo, la voluntad tiende a él como a su propio bien. Y este defecto de orden es voluntario, puesto que la voluntad puede quererlo o no. Como también puede hacer que la razón considere actualmente o deje de considerar, o que considere esto o aquello. No obstante, este último defecto no es un mal moral, porque si la razón nada considera, o considera algún bien, no habrá pecado mientras la voluntad no tienda a un fin indebido. Y esto ya sería un acto voluntario.

En consecuencia, tanto en lo natural como en lo moral, vemos que el mal sólo es causado por el bien accidentalmente.

Si encuentras un error, por favor selecciona el texto y pulsa Shift + Enter o haz click aquí para informarnos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Quot articulos tot miracula - All rights reserved - IVE 2013 Frontier Theme