Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XC: No repugna a la perfección divina la delectación y el gozo

CAPÍTULO XC

No repugna a la perfección divina la delectación y el gozo

Hay pasiones que, aunque no convengan a Dios en cuanto tales, nada de lo que implican por razón de su especie repugna a la perfección divina. De esta clase son el gozo y la delectación. En efecto:

El gozo es de un bien presente. Por lo tanto, ni en virtud de su objeto, que es el bien, ni por la disposición del sujeto respecto del objeto, del que está en posesión actual, el gozo, por razón de su especie, repugna a la perfección divina.

Es evidente, pues, que el gozo o delectación existe propiamente en Dios. El bien y el mal conocidos son objetos lo mismo del apetito sensitivo que del intelectivo. Pero es propio de ambos buscar el bien y huir el mal, o según verdad o según estimación; solamente que el objeto del apetito intelectivo es más común que el del sensitivo, ya que el apetito intelectivo mira al bien o mal absolutos, y, en cambio, el sensitivo, al bien o al mal relativos; como también el objeto del entendimiento es más común que el del sentido, Ahora bien, las operaciones del apetito se especifican por los objetos. Se encuentran, por tanto, en el apetito intelectivo, que es la voluntad, ciertas operaciones semejantes, por razón de la especie a otros del apetito sensitivo, pero que se diferencian en que los del apetito sensitivo son pasiones por su unión con un órgano corporal, y las del intelectivo, en cambio, son operaciones simples. Así, por ejemplo, uno huye del mal futuro, por la pasión del temor, que radica en I el apetito sensitivo; y el apetito intelectivo hace lo mismo sin pasión. Si, pues, el gozo y la delectación no repugnan a Dios según su especie, sino en cuanto son pasiones, y ellos existen en la voluntad según su especie y no como pasiones, queda que no faltan en la voluntad divina.

El gozo y la delectación son una cierta quietud de la voluntad en su objeto, suficiente del todo. Por lo tanto, Él, por su voluntad, gaza y se deleita en grado sumo en sí mismo.

La delectación es una perfección de la operación, pues dice el Filósofo en el libro X de la “Ética” que perfecciona a la operación como la belleza a la juventud. Pero Dios tiene una operación perfectísima intelectual. Si, pues, nuestra intelección por su operación es deleitable, la delectación de Dios le será delectabilísima.

Todo ser se complace en su semejante, porque le es conforme, y si sucede lo contrario, es accidentalmente, en cuanto obstaculiza la propia utilidad. Así, por ejemplo, dos alfareros riñen mutuamente porque uno impide la ganancia del otro. Pero todo bien es semejanza de la bondad divina, como se ve por lo dicho (c. 40), y nada le resta ninguno en particular. Queda, pues, que Dios se complace en todo bien.

En consecuencia, el gozo y la delectación existen con propiedad en Dios. Observemos, sin embargo, que entre el gozo y la delectación hay diferencias de razón. La delectación proviene de un bien con el que realmente se está unido. El gozo, en cambio, no exige esta condición, sino que es suficiente para la razón de gozo el reposo de la voluntad en el objeto querido. Por esto, la delectación, si se toma en sentido propio, es solamente del bien realmente unido al sujeto; el gozo, en cambio, de un bien exterior. Y de aquí resulta que Dios se deleita propiamente en sí mismo y gózase en sí y en las criaturas.

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