Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULO XCI: Las almas consiguen el castigo o premio inmediatamente después de su separación del cuerpo

CAPÍTULO XCI

Las almas consiguen el castigo o premio inmediatamente después de su separación del cuerpo

Y de esto podemos deducir que, inmediatamente después de la muerte, las almas de los hombres reciben por lo merecido el premio o el castigo. Pues las almas separadas son capaces de penas tanto espirituales como corporales, según se demostró (capítulo precedente). Y que son capaces de gloria se evidencia por lo que he mostrado en el libro tercero (capítulo 51). Pues, por el mero hecho de separarse el alma del cuerpo, se hace capaz de la visión de Dios, a la que no podía llegar mientras estaba unida al cuerpo corruptible. Ahora bien, la bienaventuranza última del hombre consiste en la visión de Dios, que es el “premio de la virtud”. Y no había razón alguna para diferir el castigo o el premio, del cual pueden participar las almas de unos y otros. Luego el alma, inmediatamente que se separa del cuerpo, recibe el premio o castigo “por lo que hizo con el cuerpo”.

El estado de merecer o desmerecer está en esta vida, por lo cual se compara a la “milicia” y a “los días del mercenario”, como se ve en Job. “¿No es milicia la vida del hombre sobre la tierra y son como los de un jornalero sus días?” Mas, terminado el estado de milicia y el trabajo de jornalero, se debe dar inmediatamente el premio o el castigo a los que luchan bien o mal; por eso se dice en el Levítico: “No quede en tu mano hasta el siguiente día el salario del jornalero”. Y dice el Señor: “Yo haré recaer vuestra acción sobre vuestra cabeza”. Por lo tanto, inmediatamente después de la muerte, las almas alcanzan el premio o el castigo.

Al orden del pecado y del mérito corresponde convenientemente el orden del castigo y premio. Mas el mérito y el pecado no recaen en el cuerpo sino por el alma, pues únicamente lo que es voluntario tiene razón de mérito o demérito. Así, pues, tanto el premio como el castigo pasa convenientemente del alma al cuerpo, y no viceversa. Luego no existe razón alguna por la que, para castigar o premiar a las almas, haya que esperar a que vuelvan a tomar sus cuerpos; antes bien, parece más conveniente que las almas, en las que con anterioridad estuvo el pecado y el mérito, sean castigadas o premiadas también antes que sus cuerpos.

Por la misma providencia de Dios, que da a las cosas naturales las perfecciones que les son debidas, se les deben a las criaturas racionales los premios y castigos. Pero en las cosas naturales sucede que cada uno recibe inmediatamente la perfección de que es capaz, si no hay impedimento por parte de quien recibe o por parte de quien obra. Luego como as almas, una vez separadas de los cuerpos, son capaces tanto de gloria como de castigo, inmediatamente recibirán una u otro, y no se diferirá el premio de los buenos o el castigo de los malos hasta que las almas vuelvan a juntarse con los cuerpos.

Sin embargo, se ha de tener en cuenta que, por parte de los buenos, puede haber algún impedimento para que sus almas no reciban, una vez libradas del cuerpo, el último premio, consistente en la visión de Dios. Efectivamente, la criatura racional no puede ser elevada a dicha visión si no está totalmente purificada, pues tal visión excede toda la capacidad natural de la criatura. Por eso se dice de la sabiduría que “nada manchado hay en ella”; y en Isaías se dice: “Nada impuro pasará por ella”. Y sabemos que el alma se mancha por el pecado, al unirse desordenadamente a las cosas inferiores; de cuya mancha se purifica en realidad en esta vida mediante la penitencia y los otros sacramentos, como se dijo antes (cc. 56, 59, 60, 61, 70, 72, 73, 74). Pero a veces acontece que tal purificación ano se realiza totalmente en esta vida, permaneciendo el hombre deudor de a pena, ya por alguna negligencia u ocupación, o también porque es sorprendido por la muerte. Mas no por esto merece ser excluido totalmente del premio, porque pueden darse tales cosas sin pecado mortal, que es el único que quita la caridad, a la cual se debe el premio de la vida eterna, como se ve por lo dicho en el libro tercero (capítulo 143). Luego es preciso que sean purgadas después de esta vida antes de alcanzar el premio final. Pero esta purificación se hace por medio de penas, tal como se hubiera realizado también en esta vida por las penas satisfactorias. De lo contrario, estarían en mejor condición los negligentes que los solícitos, si no sufrieran en la otra vida la pena que por los pecados no cumplieron en ésta. Por consiguiente, las almas de los buenos, que tienen algo que purificar en este mundo, son detenidas en la consecución del premio hasta que sufran las penas satisfactorias.

Y ésta es la razón por la cual afirmamos la existencia del purgatorio, refrendada por el dicho del Apóstol: “Si a obra de alguno se quemase, será perdida; y él será salvo, como quien pasa por el fuego”. A esto obedece también la costumbre de la Iglesia universal, que reza por los difuntos, cuya oración sería inútil si no se afirmara la existencia del purgatorio después de la muerte; porque la Iglesia no ruega por quienes están en el término del bien o del mal, sino por quienes no han llegado todavía.

Y que las almas reciben el premio o castigo inmediatamente después de la muerte, si no media impedimento alguno, se confirma con las autoridades de la Sagrada Escritura. Pues se dice en Job de los malos: “Pasan sus días placenteramente y en un instante descienden al infierno”. Y en San Lucas: “Murió el rico y fue sepultado en el infierno”; y el infierno es el lugar donde son castigadas las almas. De modo semejante se habla también de los buenos. Pues como consta en San Lucas, el Señor, pendiente de la cruz, dijo al ladrón: AHoy serás conmigo en el paraíso”; y por paraíso se entiende el premio que se promete a los buenos, según aquello del Apocalipsis: “Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de mi Dios”.

Sin embargo, algunos, fundándose en aquello de San Mateo: “Alegraos y regocijaos, porque grande será vuestra recompensa yen los cielos”, dicen que por paraíso no se ha de entender el premio último que se recibirá en los cielos, sino cierto premio que tendrá lugar en la tierra. Pues, al parecer, el paraíso es un lugar terreno, porque se dice en el Génesis: “Plantó Yavé Dios un paraíso de delicias y puso allí al hombre que habla creado”. Pero, si uno considera bien las palabras de la Sagrada Escritura, hallará que la misma retribución final, que se promete a los santos en el cielo, tiene lugar inmediatamente después de esta vida. Pues el Apóstol, en la segunda a los de Corinto, hablando de la gloria final, dice que “por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un cúmulo eterno de gloria incalculable, y no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son temporales, y las invisibles, eternas”; lo cual es evidente que se refiere a la gloria final que tiene lugar en los cielos. Para demostrar cuándo y de qué modo se tendrá esta gloria, añade: “Pues sabemos que, si la tienda de nuestra mansión terrena se deshace, tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por manos de hombres, sino eterna en los cielos”. Con esto da a entender claramente que, una vez disuelto el cuerpo, el alma es llevada a la eterna mansión celeste, que no es otra cosa que el gozo de la divinidad, como lo gozan los ángeles en los cielos.

Y si alguien quiere afirmar lo contrario, diciendo que el Apóstol no dijo que inmediatamente después de disolverse el cuerpo tengamos la mansión eterna en los cielos realmente, sino sólo la esperanza de conseguirla al fin, tal afirmación se opone claramente a la intención del Apóstol, porque también mientras vivimos aquí tendremos la mansión celeste por predestinación divina, y la tenemos en esperanza, según aquello: “Porque en esperanza estamos salvos”. Luego en vano añadió: “Si nuestra mansión terrena se deshace”, pues bastaba decir: “Sabemos que tenemos de Dios una sólida casa”, etc. Y esto se ve más expresamente en lo que se añade: “Persuadidos de que mientras moramos en este cuerpo, estamos ausentes del Señor, porque caminamos en fe y no en visión, pero confiamos y quisiéramos más partir del cuerpo y estar presentes en el Señor”. Mas en vano quisiéramos “partir del cuerpo”, o sea, “separamos”, si no estuviésemos de inmediato presentes ante el Señor. Pero no estamos presentes sino cuando vemos realmente; porque, mientras caminamos por la fe y en visión, “estamos ausentes del Señor”, según se dice en el mismo lugar. Luego inmediatamente después de separarse el alma del cuerpo ve a Dios en visión, lo cual es la última bienaventuranza, como se demostró en el libro tercero (c. 5l). Esto mismo demuestran también las palabras del mismo Apóstol, al decir: “Deseo morir para estar con Cristo”. Ahora bien, Cristo está en los cielos. Luego el Apóstol esperaba ir al cielo inmediatamente después de separarse del cuerpo.

Y con esto se rechaza el error de algunos griegos, que niegan la existencia del purgatorio y dicen que, antes de la resurrección de los cuerpos, las almas ni suben al cielo ni bajan al infierno.

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