Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XCII: En qué sentido se dice que alguien es bien afortunado y cómo sea ayudado el hombre por las causas superiores

CAPÍTULO XCII

En qué sentido se dice que alguien es bien afortunado y cómo sea ayudado el hombre por las causas superiores

Lo anterior puede esclarecer en qué sentido pueda llamarse a uno “bien afortunado”.

Dícese que un hombre tiene buena suerte ante los acontecimientos “cuando le sobreviene algún bien sin haberlo intentado”. Como cuando alguien, cavando en el campo, encuentra un tesoro que no buscaba. Tiene lugar también cuando alguien obra prescindiendo de la intención propia, Pero no al margen de la intención de algún superior a quien está sujeto. Por ejemplo, si cierto señor manda a un criado que vaya a un determinado lugar, donde antes había mandado a otro compañero ignorándolo aquél, el encuentro del compañero sucede al margen de la intención del criado enviado, pero no al margen de la intención del señor; y por eso, aunque con relación a este criado sea cosa fortuita y casual, no lo es con relación al señor, puesto que lo había ordenado. Luego como el hombre está ordenado según el cuerpo a los cuerpos celestes, según la mente a los ángeles y según la voluntad a Dios, puede acaecer algo fuera de su intención, pero no al margen de lo dispuesto según el orden de los cuerpos celestes o de las disposiciones de los ángeles o de Dios. Y aunque para la elección del hombre directamente sólo obre Dios, no obstante, el ángel coopera a ella persuadiendo y el cuerpo celeste disponiendo, según que las impresiones corporales de los cuerpos celestes disponen nuestros cuerpos para determinadas elecciones. Luego cuando alguien, por influencia de las causas superiores y según el orden indicado, se inclina a ciertas elecciones que le son útiles, aunque por su cuenta ignore dicha utilidad y haga esto por la luz intelectual de las substancias intelectuales que iluminan su entendimiento para que lo haga, y al mismo tiempo incline por obra de Dios su voluntad para elegir algo útil -aunque lo ignore por razón-, este tal se llama “bien afortunado”. En cambio, será “mal afortunado” cuando se incline por la intervención de las causas superiores a lo contrario, como se dice de uno en Jeremías: “Escribe que este hombre será estéril y que no prosperará mientras viva”.

Mas sobre esto se ha de tener en cuenta una diferencia. Pues las impresiones de los cuerpos celestes en los nuestros producen ciertas disposiciones en los mismos. Y por ello se dice que uno es no sólo bien o mal afortunado, sino también “de buena o mala naturaleza” a causa de la disposición que el cuerpo celeste deja en el nuestro. Y a propósito de esto dice el Filósofo en “Grandes morales” que bien afortunado equivale a tener buena naturaleza. Ahora, no se ha de creer, si uno escoge lo que le es útil y otro lo que le es nocivo, al margen de la propia razón, que esto proceda de la diversa naturaleza del entendimiento, puesto que la naturaleza del entendimiento y de la voluntad es igual en todos los hombres -pues la diversidad formal daría lugar a la diversidad específica, mientras que la diversidad material sólo origina la diversidad numérica-. Por lo tanto, cuando el entendimiento humano es esclarecido para obrar o la voluntad es espoleada por Dios, no se dice que el hombre es “bien afortunado”, sino, más bien, “custodiado” o “gobernado”.

Y aun se ha de considerar otra diferencia sobre lo mismo. Pues la operación del ángel o del cuerpo celeste respecto a nuestra elección es sólo “disponente”; en cambio, la operación de Dios es “perfectiva”. Y como la disposición que responde a la cualidad del cuerpo o a la persuasión intelectual no impone la necesidad de elegir, síguese que el hombre no siempre elige lo que intenta el ángel custodio ni aquello a que le inclina el cuerpo celeste. Sin embargo, el hombre elige siempre lo que Dios obra en su voluntad. Por eso fracasa a veces la custodia de los ángeles, según aquello de Jeremías: “Cuidamos a Babilonia y no sanó”; y todavía falla más la influencia de los cuerpos celestes. Pero la providencia divina es siempre fiel.

Queda todavía otra diferencia por considerar. Pues como el cuerpo celeste sólo disponga a la elección en cuanto que influye en nuestros cuerpos, y el cuerpo mueva al hombre a elegir tal cual nos mueven las pasiones, toda disposición para elegir que provenga de los cuerpos celestes será a modo de pasión, como cuando alguien es inducido a elegir algo por odio, amor, ira u otras cosas semejantes. -Sin embargo, por el ángel dispónese uno a elegir por consideración intelectual y no por pasión. Y esto puede ser de dos maneras: unas veces es iluminado el entendimiento humano por el ángel para conocer solamente que es bueno hacer tal cosa, sin que sea aleccionado sobre la razón de por qué es bueno, que se toma del fin. Y así, cuando el hombre estima que es bueno hacer una cosa, “si se le preguntara, en cambio, por qué, respondería que no lo sabe”. En consecuencia, cuando alcanza un fin útil, sin haberlo considerado previamente, tal fin será fortuito. Otras veces, mediante la iluminación del ángel, es aleccionado acerca de la bondad de una cosa y de la razón de dicha bondad, que depende del fin. Y así, cuando alcanza un fin que previamente consideró, tal fin ya no será fortuito. -Se ha de saber, además, que la potencia activa de la naturaleza espiritual, como es más alta que la corporal, también es más universal. Luego la disposición del cuerpo celeste no se extiende a todo cuanto alcanza la elección humana.

Por otra parte, el poder del alma humana o de la angélica es particular si se compara con el poder divino, que es efectivamente universal con relación a todos los seres. Por tanto, según esto, se le puede presentar al hombre algún bien, o al margen de su intención, o de la inclinación de los cuerpos celestes, o de la iluminación angélica; pero no al margen de la divina providencia, que, por ser gobernadora y hacedora a la vez del ser en cuanto tal, contiene bajo sí todas las cosas. Igualmente puede sobrevenirle al hombre algún bien o algún mal fortuitamente en relación consigo mismo, con los cuerpos celestes o con los ángeles, pero no con relación a Dios. Pues con relación a Dios nada puede suceder casual o inesperadamente en las cosas humanas ni tampoco en las demás.

Pero como las cosas fortuitas son las que suceden al margen de toda intención, y los bienes morales no pueden carecer de ella, puesto que se fundan en la elección, con relación a los mismos nadie puede llamarse bien o mal afortunado, aunque sí bien o mal nacido, cuando por disposición natural es apto para elegir las virtudes o los vicios. -Y con respecto a los bienes externos que pueden sobrevenirle al hombre al margen de su intención, puede llamarse “bien nacido”, “bien afortunado”, “gobernado por Dios” y “custodiado por los ángeles”.

Además, el hombre consigue de las causas superiores un determinado auxilio en cuanto al éxito de sus acciones. Pues como el hombre deba elegir y perseguir lo que elige, en ambas cosas es unas veces ayudado y otras impedido por las causas superiores. En efecto, al elegir -según se ha dicho-, en cuanto que los cuerpos celestes le disponen a elegir, o los ángeles le aleccionan con su custodia o Dios le inclina con su intervención. Y al ejecutar, en cuanto que el hombre recibe de alguna causa superior la fuerza y eficacia para cumplir lo que ha elegido. Y esto lo puede recibir no sólo de Dios y de los ángeles, sino incluso de los cuerpos celestes, porque tal eficacia radica en el cuerpo. Pues es evidente que también los cuerpos inanimados reciben de los celestes ciertas fuerzas y eficacias, además de aquellas que se derivan de las cualidades activas y pasivas de los elementos, las cuales están también indudablemente sujetas a los cuerpos celestes. Por ejemplo, que el imán atraiga al hierro y que ciertas piedras y hierbas tengan virtudes ocultas, débese al poder de los cuerpos celestes. Luego nada obsta que algún hombre tenga también alguna eficacia respecto de algunas cosas corporales por influencia del cuerpo celeste y que otro no la tenga. Por ejemplo, el médico para sanar, el agricultor para plantar y el soldado para luchar.

Pero Dios prodiga mucho más perfectamente esta eficacia a los hombres para que puedan realizar eficazmente sus obras. Porque con relación al primer auxilio, es decir, la elección, se dice que Dios “dirige” al hombre. Con relación al segundo, dícese que “lo conforta”. Y ambos auxilios son expuestos simultáneamente en los salmos, donde se dice: “El Señor es mi iluminación y mi salvación, )a quién temeré?” -que se refiere al primero-; “El Señor protege mi vida, )de qué temblaré?” -que alude al segundo-.

Mas entre estos dos auxilios hay una doble diferencia. La primera, porque mediante el primer auxilio recibe el hombre ayuda para aquello que comprende su poder y también para lo demás; mientras que el segundo auxilio se extiende exclusivamente a lo que abarca su poder. Por ejemplo, que un hombre, cavando un sepulcro, se encuentre un tesoro, no depende del poder humano. Por eso, respecto de este suceso, el hombre puede ser auxiliado para que busque donde precisamente se ha de encontrar el tesoro; pero no en el sentido de que se le dé un poder especial para encontrarlo. Mas para que el médico pueda sanar o el soldado pueda vencer en la pelea, pueden ser auxiliados en cuanto a la elección de lo que conviene a dichos fines, e incluso para conseguirlo eficazmente, por el poder recibido de una causa superior. De ahí que el primer auxilio sea más universal. -La segunda diferencia consiste en que el segundo auxilio se da para alcanzar eficazmente lo que se intenta. Luego como lo fortuito se da al margen de toda intención, no se puede decir, hablando con propiedad, que el hombre sea bien afortunado por este auxilio, como podría decirse por el primero, según consta.

Sucédenle al hombre cosas buenas o malas fortuitamente, unas veces obrando él solo, como cuando cavando la tierra encuentra un tesoro oculto; otras veces por la acción de una causa concurrente, como cuando alguien va a la plaza para comprar y encuentra al deudor, a quien no pensaba hallar. En el primer evento, e. hombre es auxiliado para que le suceda algo bueno, en cuanto que es únicamente dirigido para que elija aquello a lo cual va unido accidentalmente algún emolumento que acaece al margen de toda intención. En el segundo evento es preciso que ambos agentes sean dirigidos para elegir la acción o movimiento que los haga concurrir.

Pero aun debemos considerar algo más sobre lo que venimos diciendo Pues se ha dicho que para que a hombre le suceda algo bueno o malo según la fortuna, se precisa la intervención de Dios y también la del cuerpo celeste. Por parte de Dios, en cuanto que recibe la inclinación para elegir algo que lleva adjunta una cosa provechosa o nociva, en la que el hombre no había pensado antes. Por parte del cuerpo celeste, en cuanto que recibe la disposición para elegir. Y este provecho o daño, con relación a la elección humana, es fortuito; con relación a Dios deja de serlo; sin embargo, con relación al cuerpo celeste lo es. Y se demuestra así: porque ningún evento pierde el carácter de fortuito si no se reduce a una causa propia. Ahora bien, el poder del cuerpo celeste es causa que obra según naturaleza, y no entendiendo y eligiendo. Y propio de la naturaleza es estar determinada a una sola cosa. Luego, si algún evento no es uno, ninguna virtud natural podrá ser su causa propia. Es así que cuando dos cosas se juntan accidentalmente no constituyen realmente la unidad, sino sólo accidentalmente. Por tanto, ninguna causa natural puede ser causa propia de tal unión. Pongamos por ejemplo que este hambre se sienta impulsado por influencia de un cuerpo celeste, como por pasión, a cavar un sepulcro, según hemos dicho. El sepulcro y el lugar del tesoro no son uno sino accidentalmente, porque no están relacionados entre sí. Así, pues, la virtud del cuerpo celeste no puede impulsar a ambas cosas, o sea, a cavar el sepulcro y el lugar preciso donde está el tesoro. Sin embargo, quien obra intelectualmente puede ser causa para inclinarle a todo, porque es propio del ser inteligente el reducir muchas cosas a la unidad. Por otra parte, es evidente que un hombre que supiera que el tesoro está allí podría mandar a quien lo ignora que cave en el mismo lugar, para que, al margen de su intención, encontrara el tesoro. Y de este modo, reduciendo tales eventos fortuitos a la causa divina, pierden la razón de fortuitos; pero, reducidos a una causa celeste, no la pierden.

Por esta misma razón se ve también que, por virtud de un cuerpo celeste, el hombre no puede ser universalmente bien afortunado, sino sólo particularmente. Y digo “universalmente” en el sentido de que el hombre tenga en su naturaleza, por influencia del cuerpo celeste, el poder elegir siempre o casi siempre algunas cosas que lleven adjunto accidentalmente algo provechoso o dañino. Pues la naturaleza está determinada a una sola cosa. Pero todas cuantas cosas buenas o malas pueden sucederle al hombre fortuitamente no son reducibles a la unidad, sino indeterminadas e infinitas, como enseña el Filósofo en el II de la “Física” y sabemos experimentalmente. En consecuencia, no es posible que alguien tenga por naturaleza el poder elegir siempre cuanto lleva también accidentalmente adjunto determinado provecho. Pero sí que podría suceder que por influencia celeste se incline a elegir algo que lleva accidentalmente adjunto algún provecho, y por otra inclinación, otra rosa, y por una tercera, un tercero. Pero todo con una sola inclinación, no. Sin embargo, por una sola disposición divina puede ser dirigido el hombre para todo.

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