Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULO XCIII: En Dios se dan las virtudes morales que versan sobre las acciones

CAPÍTULO XCIII

En Dios se dan las virtudes morales que versan sobre las acciones

Hay, además, algunas virtudes que dirigen la vida activa del hombre, las cuales versan, no sobre las pasiones, sino sobre las acciones; por ejemplo, la verdad, la justicia, la liberalidad, la magnificencia, la prudencia y el arte.

Pues bien, como la virtud se especifica por el objeto o la materia, y las acciones que son materias u objetos de estas virtudes no se oponen a la perfección divina, tampoco tales virtudes, en razón de su propia especie, tienen algo por lo que se las excluya de la perfección divina.

Estas virtudes son ciertas perfecciones de la voluntad y del entendimiento, puesto que son principios de operación apasional. Pero en Dios están el entendimiento y la voluntad. Luego ellas no pueden faltar en Dios.

Como se demostró anteriormente, no puede faltar en el entendimiento divino la razón propia de todas aquellas cosas que pasan a existir en virtud de Dios. Mas la razón del efecto es el arte, de donde dice el Filósofo en el libro VI cíe la “Ética” que el arte es la razón como norma de lo factible. Luego propiamente el arte está en Dios. Y así se dice en la Sabiduría: “Me adoctrinó la sabiduría, artífice de todo”.

La voluntad divina, en lo que es distinto de sí, se determina a una cosa por su conocimiento, según se ha probado (c. 82). Mas el conocimiento que ordena a la voluntad a obrar es la prudencia, porque, según el Filósofo en el libro VI de la “Ética”, la prudencia es la razón como norma de las acciones. Luego en Dios está la prudencia. Esto es lo que se dice en Job: “En Él están la prudencia y la fortaleza”.

Se ha probado ya (c. 83) que el hecho de querer Dios algo es razón de que quiera lo que para ello se precisa. Pero lo que se precisa para la perfección de un ser débesele. Por tanto, en Dios está la justicia, a la que pertenece distribuir a cada uno lo suyo. De donde se dice en el Salmo: “Justo es el Señor, y ha amado la justicia”.

Ya quedó claro (c. 81) que el fin último por el que Dios quiere todas las cosas, en modo alguno depende de lo que se ordena al fin, ni cuanto al ser ni cuanto a perfección alguna. Por lo que la razón de comunicar su bondad a alguien no es el que le venga de aquí algún aumento, sino que la misma comunicación le conviene como a fuente de bondad. Ahora bien, el dar, no por algún emolumento que se espera de la dádiva, sino por la misma bondad y conveniencia de ésta, as acto de liberalidad, como consta por el Filósofo en el libro IV de los “Éticos” Dios, por tanto, es liberal en grado máximo, y, como dice Avicena, “se puede decir que propiamente sólo El es liberal”, porque todo agente distinto de Et adquiere por su acción algún bien, que es el fin intentado. Esta su liberalidad la patentiza la Escritura cuando dice en el Salmo: “Abriendo Tú tu mano, todos se saciarán de bienes”; y en la Epístola de Santiago: “Que da a todos copiosamente y no zahiere”,

Todo lo que recibe de Dios el ser, es preciso que lleve su semejanza, en cuanto es, y es bueno, y tiene su razón propia en el entendimiento divino, según se probó ya (c. 40). Pero pertenece a la virtud de la veracidad, como se ve por el Filósofo, en el libro IV de los “Éticos”, el mostrarse uno en sus hechos y dichos tal cual es. Luego en Dios está la virtud de la veracidad. De aquí que se diga a los Romanos: “Dios es veraz”; y en el Salmo “Todos tus caminos son verdad”.

Si hay algunas virtudes que ordenen las acciones de los súbditos para con sus superiores, tales no pueden convenir a Dios, como la obediencia, la latría y alguna otra que se deba al superior.

Además, no se pueden atribuir a Dios dichas virtudes siempre y en tanto que se trate de algún acto imperfecto de alguna de ellas. Así, la prudencia no compete a Dios en lo que se refiere al acto de aconsejar bien; pues como el consejo es cierta indagación, según se dice en el libro VI de la “Ética”, y el conocer divino no es inquisitivo, como se probó anteriormente, no puede convenirle el que se aconseje. De aquí que se diga en Job: “¿A quién has dado consejo? ¿A aquel, tal vez, que no tiene inteligencia?”; y en Isaías: “¿Con quién tomó consejo y le instruyó?”

Mas, en atención al acto que trata de juzgar lo aconsejado y elegir lo aprobado, nada impide atribuir a Dios la prudencia. Se atribuye, sin embargo, el consejo a Dios, bien por la semejanza con la ocultación, pues los consejos se ejecutan ocultamente; de donde lo que en la sabiduría divina está oculto, dícese por analogía consejo, como consta en Isaías, según la otra versión: “Tu antiguo consejo se verifique”; o en cuanto satisface a quienes consultan, pues también es propio del que entiende sin discurso instruir a los que inquieren.

De manera semejante, la justicia no puede competir en cuanto al acto de conmutación, siendo así que El de nadie recibe nada. De donde se dice a los Romanos: “¿Quién le dio a El primero, para que le sea recompensado?”; y en Job: “¿Quién me dio a mí antes, para que yo le restituya?” Con todo, decimos que se da algo a Dios en atención a la semejanza que hay en el hecho de que Dios acepta nuestros dones. Por consiguiente, no le compete la justicia conmutativa, sino sólo la distributiva. De aquí que Dionisio diga, en el capítulo 8 “De los nombres divinos”, que “Dios es alabado por su justicia, en cuanto distribuye a todos según la dignidad de cada cual”; en conformidad con aquello de San Mateo: “Dio a cada cual según la propia capacidad”.

Conviene saber, sin embargo, que las acciones sobre las que versan las mencionadas virtudes no dependen formalmente de las cosas humanas; pues juzgar del quehacer, dar o distribuir algo, no es privativo del hombre, sino de cualquier otro ser que tenga entendimiento. Ahora bien, restringidas a las cosas humanas, de ellas toman en cierto modo la especie, como lo corvo de la nariz especifica a lo chato. Por tanto, dichas virtudes, como ordenadoras de la vida activa del hombre, se especifican por las acciones a las que se ordenan en lo que se refieren a las cosas humanas. Y en este sentido no pueden convenir a Dios. Mas, tomadas las antedichas acciones en general, pueden adaptarse también a las cosas divinas. Pues, así como el hombre es distribuidor de las cosas humanas, por ejemplo, del dinero o del honor, así también Dios lo es de todo lo que hay de bueno en el Universo. Dichas virtudes se encuentran, por tanto, en Dios con una extensión más universal que en el hombre, porque, como la justicia del hombre se refiere a la ciudad o a la casa, así la justicia de Dios al universo entero. De donde también las virtudes divinas se dice que son ejemplares de las nuestras, porque los seres concretos y particulares son ciertas semejanzas de los absolutos, como la luz de una candela lo es de la luz del sol. Pero las demás virtudes que no convienen propiamente a Dios, no tienen ejemplar en la naturaleza divina, sino sólo en la divina sabiduría, que comprende las propias razones de todos los seres, como ocurre con las demás cosas corporales.

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