Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XI: Cómo ha de entenderse la generación en Dios, y lo que se dice en las Escrituras sobre el Hijo de Dios

CAPÍTULO XI

Cómo ha de entenderse la generación en Dios, y lo que se dice en las Escrituras sobre el Hijo de Dios

Ahora debemos tomar como punto de partida (c. prec., fin.) que en las cosas hay diversos modos de emanación, correspondientes a la diversidad de naturalezas, y que, cuanto más alta es una naturaleza, tanto más íntimo es lo que de ella emana.

Ahora bien, en la creación ocupan el último lugar los cuerpos inanimados, y en ellos no se dan otras emanaciones que las producidas por la acción de unos sobre otros. Así vemos que del fuego nace el fuego cuando éste altera un cuerpo extraño convirtiéndolo a su especie y cualidad.

Pero entre los cuerpos animados ocupan el lugar próximo las plantas, en las cuales la emanación ya procede de dentro, puesto que el humor interno de la planta se convierte en semilla, y ésta, confiada a la tierra, se desarrolla en planta. (Y esto es ya un primer grado de vida, pues son vivientes los seres que se mueven a sí mismos para obrar; en cambio, los que no tienen movimiento interno carecen en absoluto de vida. Y un indicio de vida en las plantas es que lo que hay en ellas tiende hacia una forma determinada). No obstante, la vida de las plantas es imperfecta, porque, aunque la emanación proceda en ellas del interior, sin embargo, lo que emana, saliendo poco a poco desde dentro, acaba por convertirse en algo totalmente extrínseco. Pues el humor del árbol, saliendo primeramente de él, se convierte en flor y después en fruto, separado de la corteza del árbol, pero sujeto a él; y llegando a su madurez, se separa totalmente del árbol y, cayendo en tierra, produce por su virtud seminal otra planta. Reflexionando atentamente, se verá que el principio de esta emanación proviene del exterior, puesto que el humor interno del árbol se toma mediante las raíces de la tierra, de la cual recibe la planta su nutrición.

Y hay otro grado de vida, superior al de las plantas y correspondiente al alma sensitiva, cuya propia emanación, aunque comience en el exterior, termina interiormente, y, a medida que avanza la emanación, penetra en lo más íntimo. Por ejemplo, lo sensible imprime exteriormente su forma en los sentidos externos, pasa de ellos a la imaginación y después al tesoro de la memoria. Sin embargo, en cada proceso de esta emanación, el principio y el término obedecen a cosas diversas, pues ninguna potencia sensitiva vuelve sobre sí misma. Luego este grado de vida es tanto más alto que el de las plantas cuanto más íntima es la operación vital; sin embargo, no es una vida enteramente perfecta, porque la emanación pasa siempre de uno a otro.

Y hay un grado supremo y perfecto de vida que corresponde al entendimiento, porque éste vuelve sobre sí mismo y puede entenderse. No obstante, en la vida intelectual hay también diversos grados. Pues, aunque el entendimiento, humano pueda conocerse a sí mismo, toma, sin embargo, del exterior el punto de partida para su propio conocimiento, ya que es imposible entender sin contar con una representación sensible, como consta por lo dicho (l. 2, c. 60). -Por eso la vida intelectual de los ángeles, cuyo entendimiento no parte de algo exterior para conocerse -porque se conoce en sí mismo-, es más perfecta (ibíd., c. 96 ss.). A pesar de ello, su vida no alcanza la última perfección, porque, aunque la idea entendida sea en ellos totalmente intrínseca, sin embargo no es su propia substancia, puesto que en ellos no se identifican el entender y el ser, según consta por lo dicho (ibíd., capítulo 52). -Luego la última perfección de vida corresponde a Dios, en quien no se distinguen el entender y el ser, como antes se demostró (l. 1, c. 45); y así, es preciso que en Dios se identifique la idea entendida con su divina esencia.

Y llamo “idea entendida” a lo que el entendimiento concibe en sí mismo sobre la cosa entendida. Idea que, en nosotros, ni se identifica con la cosa que entendemos ni con la substancia de nuestro entendimiento, sino que es una cierta semejanza de lo entendido concebida en el entendimiento y expresada por las palabras; por eso, la idea entendida se llama “verbo interno”, que es expresado por el verbo externo. Y se ve ciertamente que dicha idea no se identifica en nosotros con la cosa entendida, porque no es lo mismo entender la cosa que entender su idea, lo cual hace el entendimiento cuando vuelve sobre su operación; de aquí que unas ciencias traten de las cosas y otras de las ideas entendidas. Y que la idea entendida tampoco se identifica con nuestro entendimiento, lo vemos porque el ser de ella consiste en su intelección; en cambio, el ser de nuestro entendimiento es distinto de su propio entender.

Luego, como en Dios se identifican el ser y el entender, idea entendida y entendimiento son en El una misma cosa. Y como entendimiento y cosa entendida se identifican también en Él, porque, entendiéndose a sí, entiende todo lo demás, según se demostró en el libro primero (c. 49), resulta, pues, que en Dios, al entenderse a sí mismo, el entendimiento, la cosa que se entiende y la idea entendida son lo mismo.

Considerado todo esto, podemos ahora concebir de algún modo cómo hay que entender la generación divina. Porque es evidente que no es posible concebirla al igual que la generación que se da en las cosas inanimadas, en las cuales el engendrante imprime su especie en la materia exterior. Porque es preciso, según enseña la fe, que el Hijo, engendrado por Dios, tenga verdadera deidad y sea verdadero Dios. Mas la deidad tal no es una forma inherente a la materia, ni Dios proviene de la materia, como se probó en el libro primero (cc. 17, 27). Además, tampoco podemos concebir la generación divina al igual que la generación que se da en las plantas, e incluso en los animales, los cuales tienen de común con ellas la virtud de nutrirse y de reproducirse. Porque en ellos, cuando engendran un semejante en especie, se desprende algo que estaba en la planta o en el animal, lo cual queda totalmente fuera del engendrante al terminar la generación. Ahora bien, nada puede desprenderse de Dios, porque es indivisible. Pues incluso el mismo Hijo, engendrado por Dios, no está fuera del Padre, que le engendra, sino en Él, según consta por los testimonios anteriores (c. 9, final). Tampoco puede entenderse la generación divina a la manera de la emanación que se da en el alma sensitiva, porque Dios, para poder influir en otro, no recibe nada de agente externo; pues, de lo contrario, no sería el primer ser. Además, las operaciones del alma sensitiva se llevan a cabo mediante instrumentos corporales, y es evidente que Dios es incorpóreo. Resulta, pues, que la generación divina se ha de entender a la manera de la emanación intelectual.

Y debe exponerse de este modo: Consta, por lo expuesto en el primer libro (c. 47), que Dios se entiende a sí mismo. Mas lo entendido, en cuanto tal, debe estar en quien lo entiende, porque entender es aprehender una cosa con el entendimiento. Por eso, incluso nuestro entendimiento, al entenderse, está en sí mismo, no sólo como identificado con su esencia, sino también como aprehendido. Luego es preciso que Dios esté en sí mismo como está lo entendido en el inteligente. Pero lo entendido en el inteligente es la idea o verbo. Luego en Dios, al entenderse a sí mismo, está el Verbo de Dios, como Dios entendido, tal como la idea de piedra, que está en el entendimiento, es la piedra entendida. Por esta razón se dice: “El Verbo estaba en Dios.”

Mas, como el entendimiento divino no pasa de la potencia al acto, sino que está siempre en acto, según se probó en el libro primero (c. 55 ss.), será absolutamente necesario que Dios se haya entendido siempre. Y, por el hecho de entenderse, es necesario que su Verbo esté en Él, como se demostró. Luego es necesario que el Verbo haya existido siempre en Dios. Por tanto, su Verbo es coeterno con Dios y no le sobrevino en el tiempo, tal como a nuestro entendimiento le sobreviene el verbo concebido interiormente, que es la idea entendida. Por esto se dice en San Juan: “Al principio era el Verbo”.

Y como el entendimiento divino no sólo está siempre en acto, sino que es también él mismo acto puro, según se probó en el libro primero (c. 16), es preciso que la substancia del entendimiento divino sea su mismo entender, que es el acto del entendimiento. Es así que el ser del Verbo concebido interiormente -o de la idea entendida- es su propio entenderse. Luego el ser del Verbo divino y el del entendimiento divino se identifican, y, en consecuencia, también el ser del mismo Dios, que es su entender. Ahora bien, el ser de Dios es su propia esencia o naturaleza, la cual es el mismo Dios, como se probó en el libro primero (c. 22). Luego el Verbo de Dios es el ser divino, y la esencia de Dios, y el mismo Dios verdadero. -En cambio, con el verbo del entendimiento humano no sucede lo mismo; porque, cuando nuestro entendimiento se entiende a sí mismo, su ser y su entender no se identifican, ya que la substancia del entendimiento era inteligente en potencia antes de entender en acto. De esto se sigue que el ser de la idea entendida y el del entendimiento son distintos, ya que el de la idea entendida es su misma intelección. Por eso es preciso que el verbo interiormente concebido por el hombre que se entiende a sí mismo no sea un hombre verdadero, con el ser natural de hombre, sino solamente un “hombre entendido”, como una semejanza del hombre verdadero aprehendida por el entendimiento. Sin embargo, el Verbo de Dios, puesto que es Dios entendido, es verdadero Dios, teniendo naturalmente ser divino; porque, según dijimos, el ser natural de Dios y su entender se identifican. Por esto se dice: “El Verbo era Dios”. Lo cual, como se dice en absoluto, demuestra que se ha de entender que el Verbo de Dios es verdadero Dios. Sin embargo, el verbo del hombre no puede llamarse simple y absolutamente hombre, sino en cierto sentido, es decir, “hombre entendido”. De ahí que esta afirmación sería falsa: “El hombre es el verbo”; sin embargo, podría ser verdadera ésta: “En hombre entendido es el verbo”. Luego, cuando se dice: “El Verbo era Dios”, se demuestra que el Verbo divino no sólo es la Idea entendida -como nuestro verbo-, sino también que es una cosa que existe y subsiste en la naturaleza. Porque el Dios verdadero es una cosa subsistente, pues es por excelencia el Ser por sí (l. 1, c. 13).

Sin embargo, en el Verbo no está la naturaleza de Dios como si fuera específicamente una y numéricamente diferente, pues el Verbo posee la naturaleza divina tal como el entender de Dios es su mismo ser, según se dijo. Ahora bien, si el entender se identifica con el ser divino, resultará que el Verbo tiene la misma naturaleza divina, idéntica no sólo específicamente, sino también numéricamente. Además, la naturaleza que es una específicamente no se divide en muchas numéricamente si no es por la materia. Es así que la naturaleza divina es totalmente inmaterial. Luego es imposible que la naturaleza divina sea una en especie y diferente en número. Por tanto, el Verbo de Dios coincide con Dios en una naturaleza numéricamente idéntica. -Y por esto el Verbo de Dios y Dios -del cual es Verbo- no son dos dioses, sino uno solo. Pues si, en nosotros, dos que tienen la naturaleza humana son dos hombres, es porque la naturaleza humana se divide numéricamente en dos. Pero en el libro primero demostramos (c. 31) que lo que está dividido en las criaturas, en Dios es absolutamente uno; por ejemplo, en las criaturas se distinguen la esencia y la existencia; y en algunas también es distinto lo que subsiste en su esencia y su esencia o naturaleza; por ejemplo, este hombre no es su humanidad ni su ser; sin embargo. Dios es su esencia y su existencia.

Y, aunque todas estas cosas se unifiquen ciertísimamente en Dios, no obstante, en Él está cuanto pertenece al concepto de subsistente o de esencia o de su misma existencia, pues a Él le conviene el no estar en otro, en cuanto que es subsistente, el ser algo, en cuanto que es esencia, y el estar en acto, en cuanto que es su mismo existir. Luego, como en Dios se identifican el sujeto que entiende, el entender y la idea entendida -que es su Verbo-, es preciso que con muchísima verdad esté en Dios lo que pertenece a los conceptos de inteligente, de entender y de idea entendida o verbo. Ahora bien, al verbo interior, que es la idea entendida, le corresponde naturalmente el proceder del inteligente conforme a su entender, pues es como el término de la operación intelectual; porque el entendimiento, entendiendo, concibe y forma la idea o razón entendida, que es el verbo interior. Luego es necesario que de Dios proceda su Verbo en conformidad con su propio entender. Por tanto, el Verbo de Dios es, comparado con Dios inteligente, del cual es Verbo, como el término respecto de su principio; lo cual pertenece a la naturaleza de todo verbo. En consecuencia, como en Dios son una sola cosa esencialmente el inteligente, el entender y la idea entendida, o Verbo -y por eso es necesario que cada una de esas cosas sea Dios-, sólo queda lugar para una distinción de relación, según la cual el Verbo es término respecto de quien lo concibe. De aquí viene que el evangelista, como dijese “el Verbo era Dios”, con el fin de que no se creyera que no cabía distinción alguna entre el Verbo y Dios, quien pronuncia o concibe el Verbo, añadió: “Él estaba al principio en Dios”; como si dijera: Este Verbo, que dije era Dios, es distinta de algún modo de Dios, que lo pronuncia, para que pudiera afirmarse que “estaba en Dios”.

El Verbo, pues, concebido interiormente, es cierta explicación y semejanza de la cosa entendida. Ahora bien, la semejanza de algo que existe en otro tiene o el carácter de “ejemplar”, si se considera como principio, o más bien el de “imagen”, si se considera respecto de aquello que representa como con relación al principio. Podemos ver claramente un ejemplo de ambas cosas en nuestro entendimiento. En efecto, como la imagen de la obra, que existe en la mente del artífice, es el principio de la operación con que se lleva a cabo dicha obra, se compara con ella como el ejemplar con lo ejemplarizado; sin embargo, la imagen de una cosa natural concebida en nuestro entendimiento, comparada con la cosa que representa, es como el término comparado con su principio; pues nuestro entendimiento empieza por los sentidos, los cuales son impresionados por las cosas naturales. Pero como Dios, al entenderse, se entiende a sí mismo y a todas las cosas, según se demostró en el libro primero (c. 47 ss.), su entender es el principio de las cosas entendidas por Él, puesto que son causadas por su entendimiento y voluntad; pero, respecto al inteligible -que es El mismo-, es como el término comparado con su principio, pues éste inteligible se identifica con el entendimiento que entiende, del cual es una emanación el Verbo concebido. Luego es necesario que el Verbo de Dios sea respecto de las demás cosas entendidas como el “ejemplar”, y respecto a Dios, como su “imagen”. Por eso se dice del Verbo de Dios que es “la imagen de Dios invisible”.

Mas hay una diferencia entre el entendimiento y el sentido; pues el sentido aprehende la cosa en cuanto a sus accidentes exteriores, que son el color, el sabor, la cantidad, etc.; en cambio, el entendimiento penetra en el interior de ella. Y como todo conocimiento se completa atendiendo a la semejanza que hay entre el que conoce y lo conocido, es preciso que en el sentido haya una semejanza de la cosa sensible en cuanto a los accidentes de la misma y que en el entendimiento haya una semejanza de la cosa entendida en cuanto a la esencia de ésta. Por tanto, el verbo concebido en el entendimiento es la imagen o el ejemplar de la substancia de la cosa entendida. Luego, siendo el Verbo de Dios la imagen de Dios, según se ha demostrado, es preciso que sea la imagen de Dios en cuanto a la esencia divina. Por eso dice el Apóstol que es “la imagen de la substancia de Dios”.

Pero la imagen de una cosa cualquiera es doble, porque hay alguna imagen que no coincide en naturaleza con aquello que representa, bien sea su imagen en cuanto a los accidentes exteriores -como la imagen de bronce es la imagen de un hombre, pero no es hombre-, o bien sea su imagen en cuanto a la substancia de la cosa; pues la idea de hombre, que está en el entendimiento, no es el hombre, porque, según dice el Filósofo, “la piedra no está en el alma, sino la representación de la piedra”. Sin embargo, la imagen que tiene la misma naturaleza que aquello que representa es como el hijo del rey, en quien aparece la imagen del padre, y es de la misma naturaleza que él. Si, pues, se demostró que el Verbo de Dios es la imagen de quien lo pronuncia en cuanto a su misma esencia, y que comunica en naturaleza con quien lo pronuncia, síguese que el Verbo es no sólo imagen, sino también “Hijo”. Porque, tratándose de vivientes, es imposible que quien es imagen de alguien y tiene su misma naturaleza no pueda llamarse hijo; pues lo que procede de un viviente, reproduciendo su especie, dícese hijo suyo. Por esto se dice en el salmo: “El Señor me dijo: Tú eres mi Hijo”.

Se ha de tener también en cuenta que, como en cualquier naturaleza la procedencia del hijo respecto del padre es natural, es preciso que el Verbo de Dios, por el hecho de llamarse Hijo de Dios, proceda naturalmente del Padre. Y esto está en consonancia con lo ya dicho, sirviéndonos de claro ejemplo lo que sucede en nuestro entendimiento. Pues nuestro entendimiento conoce algunas cosas naturalmente, por ejemplo, los primeros principios de lo inteligible, cuyos conceptos inteligibles -que se llaman verbos internos- existen en él y de él proceden naturalmente. Hay, además, algunos inteligibles que el entendimiento no conoce naturalmente, sino por medio del raciocinio, cuyos conceptos no están en nuestro entendimiento naturalmente, sino que los adquiere trabajosamente. Pero es manifiesto que Dios se entiende naturalmente -como existe también naturalmente-, pues su entender es su ser, según probamos en el libro primero (c. 45). Luego el Verbo de Dios, que se entiende a sí mismo, procede naturalmente de Él. Y, como el Verbo de Dios es de la misma naturaleza que Dios, que lo pronuncia, y es su imagen, resulta que este proceso natural se realiza de modo semejante a aquel en que se da la procedencia con identidad de naturaleza. Ahora bien, lo esencial de la verdadera generación en los seres vivientes es que el engendrado proceda del engendrante como imagen suya y teniendo la misma naturaleza. Luego el Verbo de Dios es verdaderamente “engendrado” por Dios, que lo profiere, y su procedencia puede llamarse “generación” o “nacimiento”. Por eso se dice en el salmo: “Hoy te he engendrado yo”, o sea, en la eternidad, que siempre es presente y no incluye la razón de pasado o de futuro. -Esto demuestra la falsedad de lo que dijeron los arrianos, que el Padre por su voluntad engendró al Hijo. Pues lo que se realiza por voluntad no es natural.

(Aquí casi toda la tradición interpone, sin razón, dos párrafos. Cf. ed. Leonina, t. 15, en este lugar y p. XXIV, a.)

También hay que tener en cuenta que lo engendrado, mientras permanece en el engendrante, se dice que está “concebido”. Pero el Verbo de Dios es de tal manera engendrado por Él, que permanece inseparablemente en Dios, como consta por lo dicho. Luego con razón se puede llamar al Verbo de Dios “concebido por Dios. Por eso, la Sabiduría divina dice: “Antes que los abismos ya era concebida yo”. Sin embargo, hay una diferencia entre la concepción del Verbo de Dios y la material que se da en los animales que nos rodean. Pues la prole, mientras está concebida y encerrada en el útero, carece de la última perfección para subsistir por sí misma, como distinta del engendrante en cuanto al lugar; por eso, en la generación corporal de los animales es preciso distinguir entre “concepción” de la prole engendrada y “parto”, mediante el cual también se separa localmente la prole del engendrante, saliendo de su útero. Sin embargo, el Verbo de Dios, estando en el mismo Dios, que lo profiere, es perfecto subsistiendo en sí mismo y distinto del Dios que lo profiere, pues en este caso no cabe la distinción local, sino que se distinguen por la sola relación, como se ha dicho. Luego en la generación del Verbo de Dios se identifican la concepción y el parto. Y por esto, después que por boca de la Sabiduría se dijo: “Ya era concebida yo”, casi inmediatamente se añade: “Antes que los montes yo era dada a luz”. Mas como la concepción y el parto de los seres corpóreos suponen movimiento, es necesario que en ellos haya sucesión, siendo el término de la concepción la estancia de lo concebido en quien lo concibe, y siendo, por el contrario, el término del parto el existir del parido, como distinto de quien lo pare. Luego es necesario que en las cosas corpóreas lo que se concibe aun no exista, y lo que se da a luz, en el dar a luz no se distinga de quien lo da a luz. Pero la concepción y el parto del verbo inteligible no es con movimiento ni con sucesión; por eso, al mismo tiempo que es concebido, existe, y, al mismo tiempo que es dado a luz, es distinto; así como lo que es iluminado, al mismo tiempo que se le ilumina, queda iluminado, porque en la iluminación no hay sucesión alguna. Y si esto se encuentra en nuestro verbo inteligible, mucho más compete al Verbo de Dios, no sólo porque es la suya una concepción y un parto inteligible, sino porque ambas cosas existen en la eternidad, en la cual no puede haber ni antes ni después. De aquí viene que, después de haber dicho por boca de la Sabiduría: “Antes que los collados yo era dada a luz”, con el fin de que no se entienda que, mientras no era dada a luz, no existía, se añadiese: “Cuando fundó los cielos, allí estaba yo”. De modo que, así como en la generación carnal de los animales primero se concibe algo, después es dado a luz, y, por último, quédase lo engendrado por conveniencia propia con el parturiente, como consociado con él, pero distinto de él, así también en la generación divina se han de suponer estas cosas, pero como existiendo simultáneamente; pues el Verbo de Dios es simultáneamente concebido, dado a luz y presente. Y como lo que se da a luz procede del seno, así como se llama “parto” a la generación del Verbo de Dios, para insinuar su perfecta distinción del engendrante, por la misma razón se la llama “generación del seno”, según aquello del salmo: “En mi seno te he engendrado antes que el lucero”. Pero como entre el Verbo y quien lo profiere no se da una distinción tal que impida esté en quien lo profiere, según se ve por lo dicho; así como, para insinuar la distinción del Verbo, se dice que es dada a luz o que es engendrado del seno, así también, para demostrar que tal distinción no excluye que el Verbo esté en quien lo profiere, se dice que está “en el seno del Padre”.

Mas hay que tener en cuenta que la generación carnal de los animales se lleva a cabo por una virtud activa y otra pasiva: por la activa, alguien se llama padre, y por la pasiva, alguien se llama madre. Y por eso algunos requisitos de la generación se aplican al padre y otros a la madre, pues el dar la naturaleza y la especie de la prole compete al padre, mas el concebir y dar a luz compete a la madre, como paciente y recipiente. Ahora bien, como la procedencia del Verbo se da cuando Dios se entiende a sí mismo, y el divino entender obedece a una virtud, no pasiva, sino cuasi activa -porque el entendimiento de Dios está solamente en acto y no en potencia-, síguese que en la generación del Verbo de Dios no cabe el concepto de madre, sino sólo el de padre. Lo que se atribuye separadamente al padre y a la madre en la generación carnal, atribúyenlo totalmente las Sagradas Escrituras al Padre en la generación del Verbo. Pues se dice que el Padre “da la vida al Hijo” y que “lo concibe y da a luz”.

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