Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XICVI: Dios no odia nada, y no le puede convenir el odio hacia cosa alguna

CAPÍTULO XICVI

Dios no odia nada, y no le puede convenir el odio hacia cosa alguna

Con esto se evidencia que no puede convenir a Dios el odio hacia cosa alguna. Efectivamente:

Lo que el amor es al bien, el odio es al mal; porque para quienes amamos queremos el bien, y para quienes odiamos, el mal. Luego si, como se ha probado, la voluntad de Dios no se puede inclinar al mal, es imposible que Él tenga odio hacia alguna cosa.

Como ya se ha demostrado (c. 75), la voluntad de Dios se inclina a lo que es distinto de sí, en cuanto que, queriendo y amando su ser y su bondad, quiere difundirla, en cuanto es posible, por comunicación de semejanza. Lo que Dios quiere, pues, en las casas distintas de sí es que haya en ellas la semejanza de su bondad. Ahora bien, el bien de cada cosa consiste en participar la semejanza divina, puesto que cualquier otra bondad no es más que cierta semejanza de la bondad primera. Por tanto, Dios quiere el bien de cada cosa. Luego nada odia.

Todo lo demás tiene el origen de su existencia en el ser primero. Luego si éste tiene odio a algo de lo que existe, quiere que no exista, ya que esto es un bien para cada cosa. Por consiguiente, quiere que no exista su acción, por la que le produce en el ser mediata o inmediatamente, pues ya quedó demostrado (c. 83) que, si Dios quiere algo, es preciso que quiera lo que para ello se precisa. Pero esto es imposible; cosa clara, dado que proceden las cosas a existir por la voluntad de Él; porque entonces la acción por la que son producidas las cosas debe ser voluntaria. Lo mismo ocurre considerándola como causa natural de las cosas; porque, como le satisface la naturaleza de ellas, satisfácele también cuanto ella requiere. En consecuencia, Dios no odia cosa alguna.

Cuanto hay de natural en todas las causas agentes es necesario que esté de manera principal en el primer agente. Pero todos los agentes aman a su modo sus efectos en cuanto tales, como los padres a los hijos, los poetas sus poemas, los artífices sus obras. Luego con mucha mayor razón Dios no odia cosa alguna, al ser Él causa de todo.

Esto es lo que se dice en la Sabiduría: “Amas todas las cosas que son y ninguna aborreces de aquellas que hiciste”.

Se dice, sin embargo, que Dios odia algunas cosas en razón de la semejanza. Y esto de dos modos: Primero, en cuanto que Dios, al amar las cosas y querer que exista su bien, quiere que no exista el mal contrario. De donde se dice que tiene odio a los males [pues nosotros decimos que aquellas cosas que no queremos las odiamos]; conforme a aquello de Zacarías: “No piense ninguno de vosotros mal de su amigo en vuestros corazones y no améis el juramento falso, porque todas éstas son cosas que aborrezco, dice el Señor”. Por más que estas cosas no son efectos realmente subsistentes, que son las que propiamente se odian o aman.

El otro modo de decir que Dios odia, siendo así que más bien ama, se funda en la privación de un bien menor, que va implicada en el hecho de querer un bien mayor. Así, pues, en cuanto quiere el bien que es la justicia o el orden del universo, que no pueden darse sin el castigo o la corrupción de algunas cosas, se dice que odia aquellas cosas que quiere se castiguen o corrompan, según aquello de Malaquías: “Aborrecí a Esaú”; y lo del Salmo: “Aborreces a todos los que obran iniquidad, perderás a todos los que hablan mentira. Al varón sanguinario y fraudulento abominará el Señor”.

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