Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XIV: Solución de las razones invocadas antes contra la generación divina

CAPÍTULO XIV

Solución de las razones invocadas antes contra la generación divina

Mas, porque la verdad no admite falsedad alguna y disipa toda duda, ha llegado el momento de refutar lo que parecía ofrecer dificultad acerca de la generación divina (supra, c. 10).

Consta por lo dicho (c. 11) que admitimos en Dios una generación intelectual, y no como la de las cosas materiales, cuya generación es cierta mutación con su opuesto la corrupción. Porque ni la idea es concebida en nuestro entendimiento con mutación alguna ni tiene como opuesto la corrupción. Y que la generación del Hijo de Dios es en verdad semejante a esta concepción, puede verse también por lo dicho.

Igualmente, la idea concebida en nuestra mente no hace el tránsito de la potencia al acto, salvo el caso en que nuestro entendimiento lo realiza. Ni tampoco nace en nuestro entendimiento si éste no está en acto, pues el estar en acto el entendimiento y el hallarse en él la idea concebida es simultáneo. Ahora bien, el entendimiento divino siempre está en acto y nunca en potencia, según demostramos (l. 1, c. 45). Luego la generación del Verbo -Idea de Dios- no se realiza pasando El de la potencia al acto; al contrario, nace como el acto del acto, como la claridad de la luz, como la idea entendida del entendimiento en acto. Y esto demuestra, a la vez, que la generación no impide que el Hijo de Dios sea verdadero Dios o que sea eterno. Antes bien, demuestra mayormente la necesidad de que sea coeterno con Dios, de quien es Verbo; pues el entendimiento en acto nunca está sin idea.

Y como la generación del Hijo de Dios no es material, sino intelectual, es una necedad plantear la duda de si el Padre dio toda o parte de su naturaleza. Pues es cosa manifiesta que, si Dios se entiende, toda su plenitud estará contenida necesariamente en el Verbo. Tampoco la substancia dada al Hijo deja de estar en el Padre, porque tampoco en nosotros deja de estar la naturaleza propia en la cosa que se entiende, por el hecho de que la idea de nuestro entendimiento, en virtud de la cosa entendida, puede contener su misma naturaleza de modo inteligible.

Y al no ser material la generación divina, está claro que no es preciso que en el Hijo de Dios algo sea recipiente y algo naturaleza recibida. Pues esto ha de acontecer necesariamente en las generaciones materiales, porque la materia del engendrado recibe la forma del engendrante. Pero en la generación intelectual no sucede así. Pues la idea no brota del entendimiento de modo que una parte de ella se considere anticipadamente como recipiente y su otra parte dimane del entendimiento, sino que toda entera nace del entendimiento; tal como vemos que, en nosotros, una idea procede por completo de otras, como la conclusión de los principios. Y donde se da que una cosa procede en su totalidad de otra, no hay lugar para asignar un recipiente y un recibido, porque todo lo que procede es de aquel de quien procede.

Igualmente, es evidente que no se niega la verdad de la generación divina porque no haya posibilidad de hallar en Dios varios subsistentes. Pues no es posible separar la esencia divina, aunque sea subsistente, de la relación que necesariamente se ha de entender en Dios por la razón de que el Verbo concebido de la mente divina procede del mismo Dios, que lo profiere. Porque, según demostramos, el Verbo es la esencia divina, y Dios, que lo profiere -del cual proviene el Verbo-, es también la esencia divina; pero no dos esencias, sino la misma numéricamente. Ahora bien, semejantes relaciones no son accidentes en Dios, sino cosas subsistentes, porque en Dios no puede haber accidente alguno, como ya quedó probado (l. 1, c. 22). En conclusión, si se consideran las relaciones, hay varias cosas subsistentes; pero, si consideramos la esencia, hay una sola. Y por esto afirmamos un Dios, porque es una esencia subsistente, y varias personas, por la distinción de relaciones subsistentes. Por ejemplo, incluso en los seres humanos, no se tiene en cuenta la distinción de personas en atención a la esencia de la especie, sino a lo que sobreviene a la naturaleza de la especie. En efecto, en la humanidad hay una sola naturaleza específica, y, no obstante, hay muchas personas, a causa de que los hombres se distinguen entre sí por lo que sobreviene a la naturaleza. Luego no hay que afirmar una sola persona en la Divinidad, porque es única la esencia subsistente; sino varias, por las relaciones.

Y esto demuestra que lo que es como principio de individuación no resulta estar en otro. Pues ni la esencia divina está en otro Dios ni la paternidad está en el Hijo.

Y aunque ambas personas, esto es, el Padre y el Hijo, no se distingan por la esencia, sino por la relación, sin embargo, la relación no se distingue en realidad de la esencia, porque en Dios la relación no puede ser accidente. Y esto no le parecerá imposible a quien considere atentamente lo que expusimos en el libro primero, al demostrar (c. 30 ss.) que en Dios están las perfecciones de todos los seres no formando composición alguna, sino en la unidad de una esencia simple. En efecto, las diversas perfecciones que una criatura obtiene mediante muchas formas, le competen a Dios por razón de su única y simple esencia. Así, un hombre cualquiera vive por una forma, y es sabio por otra, y justo por otra. Y Dios es todo esto por su sola esencia. Por lo tanto, así como la sabiduría y la justicia son en el hombre ciertamente accidentes, pero en Dios se identifican con su esencia, así también alguna relación, por ejemplo, la de paternidad y filiación, aunque en los hombres es un accidente, en Dios es su propia esencia.

Y, por tanto, no se dice que la sabiduría de Dios es su misma esencia como queriendo expresar que es deficiente en comparación con la sabiduría humana, ya que ésta añade algo a la esencia; sino porque su esencia supera a la nuestra, de modo que aquello que no está comprendido en nuestra esencia, como el saber y ser justo, lo tiene Dios perfectamente por esencia. Luego es preciso que cuanto conviene a nosotros distintamente por razón de la esencia y por la sabiduría, se lo atribuyamos a Dios solamente por razón de la esencia. Y esto se ha de tener en cuenta para todo lo demás. Luego, siendo la esencia divina la relación misma de paternidad o de filiación, todo lo que es propio de la paternidad ha de convenirle a Dios, no obstante ser la paternidad su misma esencia. Ahora bien, lo propio de la paternidad es el distinguirse de la filiación, pues se dice padre con respecto al hijo como con relación a otro; y ésta es la razón por la que el Padre es padre del hijo. Según esto, aunque Dios Padre es la divina esencia, como también lo es Dios Hijo, no obstante, por el hecho de ser Padre se distingue del Hijo, por más que sean uno solo en razón de su unidad esencial.

Por esto vemos también que en la Divinidad no se da la relación sin lo absoluto. Sin embargo, su referencia a lo absoluto es muy distinta en Dios y en los seres creados. Pues en éstos se compara la relación a lo absoluto como el accidente al sujeto, pero en Dios no es así, pues sólo expresa una sola realidad, como las demás cosas que se predican de Él. Pero un mismo sujeto no puede tener en sí relaciones opuestas, de modo que un mismo hombre sea padre e hijo bajo el mismo aspecto. No obstante, la esencia divina, por su omnímoda perfección, es también la esencia de la sabiduría y de la justicia y de otras perfecciones parecidas que en nosotros están contenidas en diversos géneros. E, igualmente, nada impide que haya una sola esencia para la paternidad y la filiación, v que el Padre y el Hijo sean un solo Dios, por más que el Padre no sea el Hijo, puesto que la misma esencia es la que tiene en realidad el ser natural y el Verbo inteligible de sí misma.

Todo lo dicho manifiesta también que las relaciones son en Dios reales y no sólo conceptuales. Pues toda relación resultante de la operación propia de una cosa, de su potencia, de su cantidad o de algo parecido, existe realmente en ella; pues de otra suerte sólo estaría en ella conceptualmente, como se ve en la que hay entre el conocimiento y lo cognoscible. Pues la relación entre el conocimiento y lo cognoscible es efecto de la acción del que conoce y no de la acción de lo cognoscible, porque éste se halla por naturaleza de igual modo tanto cuando es entendido como cuando no lo es; por lo tanto, la relación es real en el que conoce, y conceptual en lo cognoscible; pues se dice que se entiende lo cognoscible con relación al conocimiento, porque éste se refiere a él. Lo mismo sucede con los conceptos de derecha e izquierda. Pues en los animales hay distintas virtualidades de las que procede la relación de derecha e izquierda; y por esto tal relación existe en el animal verdadera y realmente; de ahí que, cualquiera que sea la posición del animal, siempre permanece idéntica la relación, porque nunca la parte derecha será izquierda. En cambio, las cosas inanimadas, como no poseen dichas virtualidades, no tienen en sí semejante relación realmente existente, sino que las designamos según la relación de derecha o izquierda por la posición que ocupa el animal con respecto a las mismas. Por ejemplo, una misma columna se llama derecha o izquierda según que el animal se refiera a ella desde un sitio distinto. Ahora bien, la relación del Verbo a Dios, que lo profiere -del cual es Verbo-, la situamos en Dios por razón de que Dios se entiende a sí mismo, y está ciertamente en Dios, o mejor dicho, es el mismo Dios, según se demostró (l. 1, e. 45). Resulta, pues, que dichas relaciones existen en Dios verdadera y realmente y no sólo conceptualmente.

Mas, aunque se afirma que en Dios hay relación, no por eso se sigue que haya en Él algo que tenga ser dependiente. Pues en nosotros tienen las relaciones ser dependiente porque es distinto del ser de la substancia; por eso tienen un modo peculiar de ser según su propia naturaleza, como sucede con los demás accidentes. Porque, como todos los accidentes son ciertas formas añadidas a la substancia y causadas por los principios de la misma, es preciso que su ser esté sobreañadido al de la substancia y dependa de él; y tanto será anterior o posterior el ser de cada uno de ellos cuanto la forma accidental estuviese más próxima por su propia condición a la substancia o fuese más perfecta. Por esto la relación que le sobreviene realmente a la substancia tiene un ser último e imperfectísimo: último, porque no sólo requiere para su existencia la de la substancia, sino también la de los demás accidentes que son cause de la relación, como la unidad en la cantidad es causa de la igualdad, y en la cualidad, lo es de la semejanza; e imperfectísimo, porque el ser específico de la relación consiste todo él en el orden a otro; por eso, su propio ser, sobreañadido a la substancia, no sólo depende del ser de ésta, sino también del ser de algo extrínseco a la misma. Pero todo esto no se da en la Divinidad, porque en Dios no hay más ser que el substancial, puesto que todo lo que existe en Dios es substancia. Luego, así como el ser de la sabiduría no es en Dios un ser dependiente de la substancia, porque se identifica con el ser de la misma, así también el ser de la relación ni depende de la substancia ni tampoco de algo extrínseco, porque se identifica con el ser de ella. En conclusión, la existencia de la relación en Dios no supone que haya en El algún ser dependiente, sino sólo que hay cierto orden, que es lo esencial de la relación; así como por el hecho de existir en Dios la sabiduría no se sigue que haya en El algo accidental, sino sólo cierta perfección, en la cual consiste la esencia de la sabiduría.

Esto demuestra también que de la imperfección que parece existir en las relaciones creadas no se sigue que las personas divinas, que se distinguen por las relaciones, sean imperfectas; lo que sí se sigue es que la distinción de las personas divinas ha de ser mínima.

Y vemos también, por lo ya dicho, que, por más que el concepto “Dios” se predique substancialmente del Padre y del Hijo, no se sigue, con todo, que haya varios dioses, aunque el Padre y el Hijo sean varios en cierto sentido. Pues son varios por la distinción de las relaciones subsistentes; pero, no obstante, son un solo Dios por la unidad de la esencia subsistente. Pero entre los hombres no sucede que varios sean un solo hombre, porque la esencia de la humanidad no es una numéricamente en cada uno, ni tampoco es subsistente, para que la humanidad fuera un hombre.

Y como en Dios hay unidad de esencia y distinción de relaciones, resulta evidente que no hay impedimento alguno para que en un solo Dios se hallen algunas cosas opuestas, si bien son únicamente las que provienen de la distinción de relación, como “engendrante” y “engendrado” -que se oponen relativamente- y “engendrado” e “ingénito”, que se oponen como la afirmación y la negación. Porque doquier se da alguna distinción se ha de encontrar necesariamente la oposición de afirmación y negación. En efecto, las cosas que no difieren por alguna afirmación o negación son completamente idénticas, pues es preciso que, con respecto a todo, una de ellas sea lo que es la otra; y así serán enteramente idénticas y de ningún modo distintas.

Y con esto hemos dicho lo suficiente sobre la generación divina.

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