Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XIX: Cómo hay que entender lo que se dice del Espíritu Santo

CAPÍTULO XIX

Cómo hay que entender lo que se dice del Espíritu Santo

Instruidos por los testimonios de las santas Escrituras, defendemos firmemente que el Espíritu Santo es Dios verdadero, subsistente y distinto personalmente del Padre y del Hijo. Mas es necesario considerar de qué manera se haya de tomar esta verdad en toda ocasión, para defenderla de los ataques de los infieles.

Para cuya evidencia es preciso decir de antemano que en cualquier naturaleza intelectual necesariamente se ha de encontrar una voluntad. Porque el entendimiento se convierte en acto por una forma inteligible en cuanto entiende, como una cosa natural se convierte en el ser natural por su forma propia. Mas una cosa natural, por la forma que la constituye en su especie, está inclinada a las operaciones propias y al fin propio, que consigue por las operaciones, “pues tal como es una cosa así es su obrar”, y tiende a do que le conviene. De aquí que sea necesario también que de la forma inteligible se siga en el inteligente la inclinación a las operaciones propias y al propio fin. Esta inclinación es la voluntad en la naturaleza intelectual, la cual es el principio de las operaciones que hay en nosotros, con las cuales el ser inteligente obra por un fin, pues el fin y el bien son el objeto de la voluntad. Por consiguiente, en todo ser inteligente necesariamente ha de haber también voluntad.

Pero, aun cuando a la voluntad pertenecen muchos actos, como el desear, el gozarse, el odiar y semejantes, no obstante, el amor es el único principio y la raíz común de todos. Lo cual puede probarse por lo que sigue. En efecto, como se ha dicho, la voluntad es para las cosas intelectuales lo que la inclinación natural para las cosas naturales; inclinación que también se llama apetito natural. Sin embargo, la inclinación natural nace de tener la cosa natural afinidad y conveniencia según la forma (que dijimos ser principio de la inclinación) con aquello a que se dirige, como lo tiene lo pesado respecto al lugar inferior. Así también toda inclinación de la voluntad nace de la aprehensión de algo conveniente o atrayente por la forma inteligible. Y como sentir afición a una cosa, en cuanto tal, es amarla, síguese que toda inclinación de la voluntad, como también del apetito sensitivo, tiene su origen en el amor. Porque, por el hecho de amar una cosa, la deseamos si está ausente, y nos gozamos si está presente, y nos entristecernos cuando nos la impiden y odiamos cuando nos apartan de ella, y nos encolerizamos contra ello.

De este modo, pues, lo que se ama no sólo está en el entendimiento del amante, sino también en su voluntad, mas de distinta manera en uno y en otra. En efecto, en el entendimiento está según su semejanza específica; pero en la voluntad del que ama está como el término del movimiento en el principio motor proporcionado por la conveniencia y conformidad que guarda con él. Como el fuego, en cierto modo, está en el lugar superior por razón de su ligereza, según la cual está en conformidad y conveniencia con tal lugar; en cambio, el fuego producido está en el fuego que lo ha producido por la semejanza de su forma.

Por lo tanto, como se ha demostrado que en toda naturaleza intelectual hay voluntad, y Dios es inteligente, como se probó en el libro primero (c. 44), necesariamente ha de haber voluntad en Él, no en el sentido de que la voluntad de Dios sea efectivamente algo sobreañadido a su esencia, como tampoco lo es su entendimiento, según se demostró (ibíd., cc. 45, 73); sino que la voluntad de Dios es su misma substancia. Y, siendo el entendimiento de Dios su substancia también, síguese que en Dios sean una sola cosa el entendimiento y la voluntad. Ahora bien, cómo es posible que lo que en los demás seres son varias cosas, sea en Dios una sola cosa, puede ponerse en claro por lo dicho en el libro 1 (capítulo 31).

Y como se demostró en el libro 1 (c. 45) que la operación de Dios es su misma esencia, y la esencia de Dios es su voluntad (ibíd., c. 73), síguese que en Dios no hay voluntad como potencia o como hábito, sine sólo como acto. Ya se ha demostrado que todo acto de la voluntad radica en el amor. Luego en Dios ha de haber amor necesariamente.

Y como, según se demostró en el libro 1 (c. 74), el objeto propio de la voluntad divina es su bondad, es preciso que Dios primera y principalmente ame su bondad y se ame a sí mismo. Ahora bien, habiéndose demostrado que lo amado ha de estar necesariamente en la voluntad del amante de alguna manera, y que Dios se ama a sí mismo, indefectiblemente Dios estará en su voluntad como lo amado en el amante. Pero el amado está en el amante según el modo de ser amado, y como el amar es un cierto querer y el querer de Dios es su esencia, como también su voluntad es su esencia, por consiguiente, el ser de Dios en su voluntad, tomado como amor, no es un ser accidental como en nosotros, sino esencial. Por lo tanto, Dios, considerado como existente en su voluntad, necesariamente ha de ser verdadera y substancialmente Dios.

Por otra parte, el que algo esté en la voluntad como el amado en el amante, dice relación a da concepción por la que es concebido intelectualmente y a la cosa misma, cuya concepción intelectual se llama verbo; pues si una cosa no fuera conocida de algún modo, no sería amada; y no sólo es amado el conocimiento de la cosa amada, sino también ella por razón de su natural bondad. Es preciso, por consiguiente, que el amor por el que Dios está en la voluntad divina, como el amado en el amante, proceda del Verbo de Dios y del Dios de quien es el Verbo.

Ahora bien, habiéndose demostrado que lo amado no está en el amante según la semejanza específica, como está lo entendido en el que entiende; y que todo lo que procede de otro como engendrado, procede del que lo engendra según la semejanza específica, resulta que la procedencia de una cosa que ha de estar en la voluntad, como el amado en el amante, no es a modo de generación, como lo es, en cambio, la procedencia de una cosa que ha de estar en el entendimiento, según se demostró antes (c. 11). En conclusión, el Dios procedente como amor no procede como engendrado ni, por consiguiente, puede ser llamado hijo.

Y como lo amado existe en la voluntad como inclinando y, en cierto modo, impeliendo intrínsecamente al amante hacia la cosa amada, y el impulso desde lo interior de un ser vivo pertenece al espíritu, conviene al Dios que procede como amor llamarse Espíritu, como si fuera cierta espiración.

De aquí es que el Apóstol atribuye al Espíritu y al Amor cierto impulso, pues dice a los Romanos: “Los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios”; y a los Corintios: “La caridad de Cristo nos impele”.

Y como todo movimiento intelectual se denomina por el término, y el amor con que Dios se ama es el ya dicho, convenientemente se llama Espíritu Santo al Dios que procede por amor, pues suele llamarse “santo” todo lo que pertenece a Dios.

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