Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XLII: Dios es único

CAPÍTULO XLII

Dios es único

Probado lo anterior, se impone la conclusión de que Dios es único.

Es imposible que existan dos sumos bienes. Lo que se afirma de un modo sumamente perfecto, no puede encontrarse más que en un solo ser. Ahora bien, se probó que Dios es el sumo bien. Luego Dios es único.

Se ha demostrado que Dios es omniperfecto, que no le falta ninguna perfección. Si, pues, hubiera varios dioses, necesariamente habría también varios seres omniperfectos. Pero esto es imposible, porque, si a ninguno de ellos le falta perfección alguna ni admite mezcla de imperfección, que es lo exigido para que un ser sea omniperfecto, no habría modo de distinguirlos entre sí. Es, pues, imposible admitir varios dioses.

Lo que puede explicarse suficientemente con un principio, mejor es que lo expliquemos con uno que con muchos. Ahora bien, el orden del universo es como mejor puede ser, pues la virtud del agente no falta a la potencialidad que hay en las cosas para tender a la perfección. Se explica, pues, suficientemente el universo afirmando un primer principio. Por lo tanto, no hay necesidad de admitir muchos principios.

Es imposible que exista un movimiento continuo y regular producido por muchos motores. Pues, si mueven a la par, ninguno de ellos es motor perfecto, sino que todos juntos están en lugar de un perfecto motor, y esto no es propio del primer motor, porque lo perfecto es antes que lo imperfecto. Si, en cambio, no mueven a la par, cualquiera de ellos unas veces es motor y otras no lo es. Y de aquí se sigue que el movimiento no es continuo ni regular. Por consiguiente, el movimiento continuo y único tiene que proceder de un solo motor. El motor que no mueve siempre, mueve irregularmente, como sucede en los motores inferiores, en los que el movimiento violento, al principio es rápido y al final más lento, y, en cambio, en el movimiento natural sucede al revés. Ahora bien, el primer movimiento, como los filósofos han probado, es uno y continuo. Es, por lo tanto, necesario que sea único el primer motor.

La substancia corporal se ordena a la espiritual como a su propio bien, porque en ésta se halla más plenamente la bondad a la que intenta asimilarse la substancia corporal, ya que todo lo que existe desea alcanzar la mayor perfección que le es posible. Pero todos los movimientos de la criatura corporal se reducen a un primer movimiento, sobre el cual no hay otro primero que no esté incluido en él. Luego sobre la substancia espiritual, que es el fin del primer movimiento, no hay ninguna que no se reduzca a ella. Ahora bien, por tal nombre entendemos Dios. Luego no hay más que un Dios.

El orden existente entre seres diversos tiene por causa el orden de todos ellos con un ser único, como el orden que hay entre las partes de un ejército tiene por causa la relación de todo ejército con el general jefe. En efecto, que diversos seres se aúnen en un orden no puede suceder por su propia naturaleza, pues son diferentes; esto más bien les haría distinguirse más. Tampoco puede ser debido a distintos ordenadores, porque es imposible que, siendo distintos, intenten por sí mismos un orden único. Y así, o el orden de muchos seres es accidental, o es necesario acudir a un primer ordenador que organice todos en conformidad con el fin que intenta. Ahora bien, todas las partes de este mundo están ordenadas entre sí, en cuanto unas ayudan a las otras: los cuerpos inferiores, por ejemplo, son movidos por los superiores y éstos por los incorpóreos, como claramente se deduce de lo que hemos dicho. Ni tampoco hemos de pensar que sea un orden accidental, pues es constante, o al menos se da entre la mayor parte de los seres. En consecuencia, el mundo no tiene más que un solo ordenador y gobernador. Ahora bien, no hay más mundo que éste. Por lo tanto, no hay sino un solo gobernador de todas las cosas, al que llamamos Dios.

Si existen dos seres con existencia necesaria, se ha de admitir que convienen en la razón de necesidad. Es necesario, pues, que se distingan por algo que se añade a uno de ellos o a los dos. Pero, de este modo, uno de ellos o los dos son compuestos. Ahora bien, ningún ser compuesto es esencialmente necesario, como ya hemos probado. Es, pues, imposible que haya muchos seres necesariamente existentes. Por consiguiente, no hay muchos dioses.

Lo que constituye la diferencia de estos seres que suponemos convienen en la necesidad de existir, o es imprescindible para completar de alguna manera la existencia necesaria o no lo es. Si no lo es, es algo accidental, porque todo lo que se une a un objeto sin modificar su ser es accidente. Por lo tanto, este accidente tiene una causa, que o es la esencia del ser necesario u otra cualquiera. Si es la esencia, como la necesidad de existir es la propia esencia, según se probó, la necesidad de existir será la causa de este accidente. Pero se encuentra en los dos la necesidad de existir. Luego los dos tienen tal accidente y, por consiguiente, no se distinguen por él. Si, por el contrario, la causa de este accidente es otra cosa distinta de la esencia, a no ser que esta cosa exista, el accidente no existe. Y si este accidente no existe, no se da tampoco dicha distinción. Luego, si esta cosa no existe, los dos seres que se suponen con existencia necesaria no son dos, sino uno. Por consiguiente, el ser propio de cada uno es que dependa del otro. Y así ninguno de los dos es necesario por esencia.

Pero, si la diferencia que los distingue es indispensable para completar su existencia necesaria, será o porque tal diferencia se incluye en la razón de la necesidad de existir, como “animado”, por ejemplo, se incluye en la definición de animal, o será porque la necesidad de existir se especifica por tal diferencia, como animal, por ejemplo, se completa añadiendo “racional”. En el primer caso, dondequiera que se dé la necesidad de existir debe de estar también lo que se incluye en su razón. Así, por ejemplo, cualquiera cosa que convenga al “animal” conviene también al ser “animado”. De este modo, si a los dos seres mencionados se atribuye da necesidad de existir, no será ésta el motivo de su distinción. En el segundo caso se encuentra la misma imposibilidad. En efecto, la diferencia especificativa del género no completa la razón del mismo, sino que por ella adviene al género el ser en acto, pues la razón de animal está completa antes de la adición de “racional”; pero un animal no puede existir realmente sin la diferencia de racional o irracional. De este modo, una cosa completa la necesidad de existir en cuanto al ser en acto, pero no en lo que se refiere a la razón de esta necesidad. Y esto es imposible por dos motivos. En primer lugar, porque la esencia del ser necesario es su propia existencia, como ya se probó. Y en segundo lugar, de este modo, el ser necesario recibiría la existencia de algún otro; lo que es imposible.

No es posible, por lo tanto, admitir muchos seres que por sí mismos tengan la existencia.

Si existen dos dioses, el nombre “dios” o se atribuye a los dos unívocamente o equívocamente. Si en este último caso, estamos fuera de la cuestión, pues nada hay que impida dar a cualquier cosa un nombre equívoco, si lo permite el uso de los que hablan. Si, en cambio, el nombre “dios” se predica unívocamente, es necesario que se aplique a los dos en un mismo sentido. Y, por consiguiente, debe existir en los dos una misma naturaleza conceptualmente. Por lo tanto, o esta naturaleza está en los dos con un mismo ser o con ser distinto. En el primer caso no son des, sino uno solo, pues dos que se distinguen substancialmente no tienen un único ser; en el segundo caso hay que admitir que la esencia de cada uno es su misma existencia. Pero esto es necesario afirmarlo de Dios, como ya se probó. Luego ninguno de los dos es lo que significamos cuando decimos Dios. Es, por consiguiente, imposible admitir dos dioses.

Es imposible que convenga a otros lo propio de un ser determinado, porque la singularidad de un ser no pertenece a ninguno más que a él. Pero al ser necesario le conviene necesariamente su misma existencia, en cuanto él mismo es uno determinado. Luego es imposible que convenga a otro. Y, por lo tanto, es imposible que haya muchos seres cuya esencia sea necesariamente existir. En consecuencia, no pueden existir muchos dioses.

La prueba de la menor es como sigue: Si, en efecto, el ser que existe necesariamente no es determinado por la necesidad de su existencia, entonces hay que afirmar que la necesidad de su existencia no se determina por sí misma, sino que depende de otro. Mas cada ser es distinto de los otros en cuanto está en acto, y esto es lo que significa ser determinado. Por lo tanto, el ser que necesariamente existe depende de otro en cuanto al ser en acto. Pero esto es contra la noción del ser necesario. Por consiguiente, hay que afirmar que el ser que necesariamente existe se determina también necesariamente por su misma existencia.

La naturaleza significada por el nombre “dios” o es individualizada por sí misma o por algo distinto. Si por algo distinto, debe haber ahí composición. Si por sí misma, es imposible que convenga a otro, pues lo que es principio de individuación no puede ser común a muchos. Es imposible, por lo tanto, que haya varios dioses.

Si hay varios dioses, es necesario que la naturaleza de la deidad no sea numéricamente una en cada uno de ellos. Por tanto, ha de haber algo que distinga la naturaleza divina en éste y en el otro. Pero esto es imposible, porque la naturaleza divina no admite adición ni diferencia esencial o accidental, como se probó, ni tampoco es forma de una materia, de tal modo que pueda ser dividida al dividirse la materia. Es imposible, por lo tanto, que existan varios dioses.

El ser propio de cada cosa es único. Ahora bien, Dios es su propio ser, como vimos antes; por lo tanto, no puede existir más que un solo Dios.

Una cosa tiene el ser del mismo modo que posee la unidad; todo ser, en cuanto puede, rechaza su división para defenderse de no ser. Ahora bien, la naturaleza divina es el ser en grado máximo. Luego se da en ella la máxima unidad. Por consiguiente, no podemos distinguir en ella varios sujetos.

Vemos que, en cualquier género, la multitud procede de la unidad, y por esto se encuentra un primero que es medida de todos los que se catalogan bajo dicho género. Por lo tanto, es necesario que los seres que convengan en una unidad dependan de un principio único. Todo lo que existe conviene en el ser. En consecuencia, ha de existir necesariamente un ser que sea El solo principio de todo ser. Y éste es Dios.

En todo gobierno, el presidente desea la unidad; de aquí que, entre todos los gobiernos, el más perfecto sea la monarquía o reino. Pues es una sola la cabeza de muchos miembros; y esto es signo evidente de que el gobernante debe ser uno solo. De donde es necesario también confesar un solo Dios que es causa de todos los seres.

Esta misma confesión de la unidad divina la podemos recibir también de la Sagrada Escritura, cuando dice: “Oye, Israel; el Señor tu Dios es el único Dios; tú no tendrás a otro Dios que a mí; un solo Señor, una fe”, etc.

18. Esta verdad destruye el error de los gentiles, que admiten una multitud de dioses. Aunque algunos de ellos afirmaban un solo Dios supremo, que reconocían como causa de todos los otros que llamaban dioses, dando 21 nombre de divinidad a todas las substancias sempiternas, a las que atribuían principalmente la sabiduría, la felicidad y el gobierno del mundo. Encontramos, por otra parte, esta misma manera de hablar en la Sagrada Escritura, cuando llama “dioses” a los ángeles y también a los hombres o a los jueces. Podemos indicar, como ejemplo, estos pasajes: “No hay en los dioses ninguno semejante a ti”. Y “Yo dije: sois dioses”; y muchas otras que encontramos dispersas por los libros de la Sagrada Escritura.

Por todo esto parecen más contrarios a esta verdad los maniqueos, que admiten dos primeros principios, no siendo uno causa del otro.

También los arrianos combatieron esta verdad al afirmar que el Padre y el Hijo no son uno, sino dos dioses, aunque, por la autoridad de la Sagrada Escritura, están obligados a creer que el Hijo es verdadero Dios.

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