Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XLIII: La distinción de las cosas no es resultado de agente segundo alguno que introduzca en la materia formas diversas

CAPÍTULO XLIII

La distinción de las cosas no es resultado de agente segundo alguno que introduzca en la materia formas diversas

Hay algunos herejes modernos que dicen que Dios creó la materia de todo lo visible, pero que su distinción en diversas formas fue obra de algún ángel. Opinión que es manifiestamente falsa. En efecto:

Los cuerpos celestes, en los que no se encuentra contrariedad alguna, no pueden ser formados de alguna materia, pues todo lo que se hace de materia preexistente ha de hacerse de lo contrario. Es imposible, por tanto, que un ángel haya formado los cuerpos celestes de alguna materia creada con anterioridad por Dios.

Los cuerpos celestes, o no tienen ninguna materia común con los cuerpos inferiores, o ésta no es otra que la materia prima; pues el cielo no está compuesto de los elementos ni de naturaleza elemental, como lo demuestra su movimiento, diverso de los movimientos de todos los elementos. Pero la materia prima no pudo haber existido por sí misma antes de todos los cuerpos formados, por no ser sino potencia solamente, y todo ser en acto lo es por alguna forma. Luego es imposible que un ángel haya formado todos los cuerpos visibles de una materia creada antes por Dios.

Todo lo que se hace tiene como fin la existencia, pues el hacerse es camino hacia el existir. Así, pues, a cada cosa causada le compete el ser hecha en tanto que le conviene existir. Ahora bien, el existir no compete a la forma sólo ni a la materia sólo, sino al compuesto, pues la materia no está sino en potencia, y la forma es por la que algo existe, puesto que es acto. De donde resulta que el compuesto es el que propiamente existe. Luego es propio de él ser hecho, no de la materia ni de la forma. En consecuencia, no hay un agente que cree la materia solamente y otro que introduzca la forma.

La primera introducción de formas en la materia no puede ser por uno que obre solamente moviendo, pues todo movimiento hacia la forma se verifica de una forma determinada a otra forma determinada, porque la materia no puede existir sin forma alguna, y así, se presupone alguna forma en la materia. Ahora bien, todo el que obra dando forma material solamente, obra por necesidad moviendo; porque no siendo las formas materiales subsistentes por sí, sino que su ser es estar en la materia, no pueden ser producidas en el ser sino creando todo el compuesto o cambiando la materia a tal o cual forma. Luego es imposible que la primera introducción de las formas en la materia sea verificada por alguien que crea la forma solamente, sino por aquel que es creador de todo el compuesto. El movimiento hacia la forma es por naturaleza posterior al movimiento local, por ser acto de algo más imperfecto, como prueba el Filósofo (“Fís.”, VIII). Pero lo posterior en los seres es causado, según el orden natural, por lo anterior. Luego el movimiento hacia la forma es causado por el movimiento local. Ahora bien, el primer movimiento local es el movimiento celeste. Luego todo movimiento hacia la forma se realiza mediante el movimiento celeste. Y, por tanto, aquello que no puede hacerse mediante el movimiento celeste, no puede ser hecho por un agente que no puede obrar sino por movimiento, cual tiene que ser el agente que no puede hacer más que introducir la forma en la materia, como ya se ha probado (cc. 20 y 21). Mas por el movimiento celeste no se pueden producir muchas cosas sensibles, sino suponiendo que median determinados principios, como algunos animales no se producen sino con semen. En consecuencia, la primera realización de estas formas, para cuya producción no basta el movimiento celeste sin que prexistan formas semejantes de la misma especie, ha de provenir de sólo el Creador.

Así como es idéntico el movimiento local de la parte y del todo, como el de toda la tierra y el de un terrón, así es idéntica la mutación de la generación del todo y de la parte. Pero las partes de lo que se engendra y corrompe se engendran adquiriendo formas actuales de las formas que hay en la materia, y no de las formas que existen fuera de la materia, por tener que ser el que engendra semejante a lo engendrado, como lo prueba el Filósofo en el libro VII de los “Metafísicos”. Luego tampoco la adquisición total de las formas en la materia puede verificarse por el movimiento de una substancia separada, cual es el ángel, sino que es necesario que o se haga mediante un agente corpóreo o por el Creador, que obra sin movimiento.

Como el ser es lo primero entre los efectos, por eso corresponde a la causa primera como efecto propio. Pero el ser lo da la forma y no la materia. Luego la primera causalidad de las formas se ha de atribuir principalmente a la causa primera.

Como todo agente obra algo semejante a sí, el efecto adquiere la forma de aquel a quien se asemeja por la forma adquirida, como la casa material del modelo, que es imagen de la casa en la mente. Pero todas las cosas se asemejan a Dios, que es acto puro, en cuanto tienen formas, por las que se constituyen en acto; y al desear las formas se dice que desean I la semejanza divina. Luego es un ab surdo decir que la formación de las cosas pertenece a otro que a Dios, creador de todas ellas.

De aquí que, para excluir este error, Moisés, después de haber dicho que Dios había creado al principio el cielo y la tierra, añadió cómo distinguió todas las cosas al formarlas en las propias especies. Y el Apóstol dice: “Todo está formado en Cristo: lo del cielo, lo de la tierra, lo visible y lo invisible”.

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