Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XLIX: La substancia intelectual no es cuerpo

CAPÍTULO XLIX

La substancia intelectual no es cuerpo

Por lo dicho se demuestra que ninguna substancia intelectual es cuerpo. Pues:

La observación enseña que la mutua continencia de los cuerpos se funda en la mayor o menor cantidad de los mismos; de aquí, si un cuerpo contiene enteramente a otro, con todo lo que él mismo es, también contendrá una parte de aquél con una parte suya, con parte mayor o menor, según que sea la parte contenida mayor o menor. Pero el entendimiento no efectúa la comprehensión intelectual en razón de alguna proporción cuantitativa, por entender y comprender con todo su ser el todo y la parte, lo más y lo menos en cantidad. Luego ninguna substancia inteligible es cuerpo.

Ningún cuerpo puede recibir la forma substancial de otro cuerpo si no es perdiendo por corrupción su forma propia. Pero el entendimiento no se corrompe al recibir las formas de todos los cuerpos, antes bien, se perfecciona, pues entiende en tanto que tiene en sí las formas de los objetos que entiende. Luego ninguna substancia intelectual es cuerpo.

El principio de la diversidad de los individuos de la misma especie es la división de la materia por razón de la cantidad, pues la forma de tal fuego no se diferencia de la del otro si no es por estar en las distintas partes en que se divide la materia; que no tiene otra explicación más que por la división de la cantidad, sin la cual la substancia es indivisible. Pero lo que es recibido en un cuerpo es recibido atendiendo a la división de la cantidad. Luego la forma no es recibida en el cuerpo sino como individualizada. En consecuencia, si el entendimiento fuese cuerpo no recibiría las formas inteligibles de las cosas sino individualizadas. Y como el entendimiento entiende las cosas en virtud de las formas de las mismas que tiene en sí, no entendería lo universal, sino solamente lo particular; cosa evidentemente falsa. Por tanto, ningún entendimiento es cuerpo.

Nada obra sino en conformidad con su especie, por ser la forma el principio de acción para todos. Dado, pues, que el entendimiento fuese cuerpo, su acción no excedería el orden de los cuerpos. Pero esto es manifiestamente falso, porque entendemos muchas cosas que no son cuerpos. Luego el entendimiento no es cuerpo.

Si la substancia inteligente es cuerpo, será un cuerpo finito o infinito. Ahora bien, es imposible que se dé un cuerpo infinito en acto, como se prueba en los “Físicos” (l. 3). Luego, supuesto que fuese cuerpo, tendría que ser un cuerpo finito. Pero esto también es imposible, porque en ningún cuerpo finito puede darse una potencia infinita, como se probó anteriormente (l. 1, c. 20); y la potencia del entendimiento tiene en cierto modo una potencialidad infinita para entender, pues entiende indefinidamente el aumento de los números, lo mismo que las figuras y proporciones, y conoce también lo universal, que es de ámbito virtualmente infinito, por contener un número potencialmente infinito de individuos. Luego el entendimiento no es cuerpo.

Es imposible que dos cuerpos se contengan mutuamente, por exceder el continente al contenido, mientras que dos entendimientos se contienen y comprenden mutuamente al entender el uno al otro. Por tanto, el entendimiento no puede ser cuerpo.

Ninguna acción de cuerpo alguno vuelve sobre el agente, pues está demostrado en los “Físicos” (l. 8) que ningún cuerpo se mueve a sí mismo si no es parcialmente, de manera que una de sus partes mueve y la otra es movida. Mas el entendimiento vuelve sobre sí mismo, pues entiende no sólo parte de sí mismo, sino todo lo que es. Luego no es cuerpo.

El acto del cuerpo no termina en la acción ni el movimiento en el movimiento, como se prueba en los “Físicos” (l. 5). Pero la acción de la substancia inteligente puede terminar en la acción misma; pues lo mismo que el entendimiento entiende una cosa, también entiende que entiende, y así indefinidamente. Luego la substancia inteligente no es cuerpo.

De aquí que la Sagrada Escritura llame “espíritus” a las substancias intelectuales; expresión con que acostumbró llamar a Dios incorpóreo, según aquello de San Juan: “Dios es espíritu,”. Y en la Sabiduría se dice: “Hay en ella -en la Sabiduría divina- un espíritu de inteligencia que percibe todos los espíritus inteligibles”.

Por otra parte, esto excluye el error de los antiguos naturalistas, que afirmaban que no había más substancias que las corpóreas; de donde concluían que el alma era cuerpo: fuego, aire, agua o algo parecido. Opinión que forcejearon por introducir algunos en la fe cristiana diciendo que el alma era “un cuerpo modelado”, como cuerpo figurado exteriormente.

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