Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XLIX: Solución de las razones expuestas anteriormente contra la encarnación

CAPÍTULO XLIX

Solución de las razones expuestas anteriormente contra la encarnación

Teniendo en cuenta todo lo dicho, se soluciona fácilmente cuanto se objetó anteriormente contra la fe en la encarnación (c. 40).

Ya se demostró que la encarnación del Verbo no se ha de entender como si el Verbo se hubiera convertido en carne (c. 31) o en el sentido de que se uniese al cuerpo como forma (c. 32). Luego, porque el Verbo se haya encarnado, no se deduce que Dios sea verdaderamente cuerpo o potencia corpórea, como deducía a primera objeción.

Igualmente, porque el Verbo tomó la naturaleza humana, tampoco se sigue que haya cambiado substancialmente, pues en el Verbo mismo de Dios no se realizó ninguna mutación, sino sólo en la naturaleza humana que fue asumida por el Verbo, según la cual le conviene el haber sido engendrado y haber nacido en el tiempo, pero no según El mismo.

Tampoco implica necesidad lo que se objetaba en tercer lugar. Pues la hipóstasis no rebasa los límites de la naturaleza que le confiere la subsistencia. Pero el Verbo de Dios no tiene la subsistencia por la naturaleza humana, sino más bien atrae a la naturaleza humana a su propia subsistencia o personalidad, porque no subsiste par ella, sino en ella. Luego nada impide que el Verbo de Dios esté en todo lugar, aunque no lo esté la naturaleza humana asumida por Él.

Con esto se resuelve también la cuarta objeción. Pues es preciso que cualquier cosa subsistente posea tan sólo una naturaleza por la cual tenga el ser absolutamente. Y así, el Verbo de Dios tiene el ser absolutamente por la sola naturaleza divina y no por da naturaleza humana, pues ésta le da un ser determinado, o sea, el ser hombre.

También con esto se soluciona la quinta objeción. Pues es imposible que la naturaleza que confiere la subsistencia al Verbo sea distinta de su misma persona. Pero Él subsiste por la naturaleza divina y no por la humana, que es atraída a su subsistencia para que en ella subsista, como se dijo. Luego la naturaleza humana se distingue de la persona del Verbo.

Y esto sirve también para resolver la sexta objeción. Pues la hipóstasis es menos simple, tanto real como conceptualmente, que la naturaleza por la que se constituye en el ser; realmente, por cierto, cuando la hipóstasis se distingue de su propia naturaleza; conceptualmente, cuando se identifica con ella, como en algunos seres. Pero la hipóstasis del Verbo no está absolutamente constituida por la naturaleza humana, de tal manera que exista por ella, porque la naturaleza humana sólo le da el ser de hombre. Luego no es preciso que la naturaleza humana sea más simple que el Verbo en cuanto tal, sino solamente en cuanto que el Verbo es tal hombre.

Y esto evidencia la solución a la objeción séptima. Pues no es absolutamente necesario que la hipóstasis del Verbo de Dios esté constituida por determinada materia, sino sólo en cuanto es este hombre; pues sólo así está constituida por la naturaleza humana, como se dijo.

Y que el cuerpo y el alma de Cristo sean atraídos a la personalidad del Verbo, sin constituir otra persona distinta de la suya, no redunda en menoscabo de ambos, como aducía la octava objeción, sino en mayor dignidad para los dos. Pues el ser de una cosa es mejor cuando se une a otro más digno que cuando permanece en lo que es; por ejemplo, el alma sensitiva tiene un ser más noble en el hombre que en los demás animales, en los cuales es la forma principal, cosa que no es en el hombre.

Por aquí también se soluciona lo que se objetaba en noveno lugar. Pues en Cristo hubo verdaderamente un alma y un cuerpo y, sin embargo, no se formó con ellos una persona distinta de la del Verbo de Dios, porque fueron asumidos para la personalidad del Verbo; tal como el cuerpo, que, cuando está sin el alma, tiene una especie propia, pero cuando se une al alma recibe de ella la especie.

Por esto también se soluciona lo que se expone en décimo lugar. Pues es claro que este hombre, que es Cristo, es una substancia no universal, sino particular. Y es una hipóstasis, pero no distinta de la del Verbo, porque la naturaleza humana fue asumida por la hipóstasis del Verbo para que Él subsistiera tanto en la naturaleza humana como en la divina. Ahora bien, lo que subsiste en la naturaleza humana es este hombre. Luego cuando se dice este hombre se supone el Verbo mismo.

Pero si alguien plantea esta misma objeción partiendo de la naturaleza humana y dice que ésta es una substancia no universal, sino particular y, por consiguiente, hipóstasis, se engaña manifiestamente. Porque, incluso en Sócrates y Platón, la naturaleza humana no es la hipóstasis; lo es, sí, aquello que subsiste en ella.

Y que sea substancia y, además, particular, no se dice en el mismo sentido con que decimos que la hipóstasis es substancia particular. Pues la substancia, según el Filósofo, tiene dos significados, a saber: o es el supuesto en el género de substancia, que se llama hipóstasis, o es la esencia, que es lo mismo que “naturaleza de la cosa”. Y tampoco las partes de una substancia se llaman substancias particulares, como si fuesen subsistentes por sí mismas, ya que subsisten en el todo. Por lo tanto, no pueden denominarse hipóstasis, puesto que ninguna de ellas es substancia completa. De otra suerte, se seguiría que en un hombre habría tantas hipóstasis como partes.

La solución a lo que se objetó en undécimo lugar es que la “equivocación” proviene de la diversa forma significada por el nombre y no de la diversidad de suposición; pues el nombre de “hombre” no se toma equívocamente porque una prez so refiere a Platón y otra a Sócrates. Por lo tanto, el nombre de “hombre”, aplicado a Cristo y a los demás hombres, significa siempre la misma forma, o sea la naturaleza humana. En consecuencia, se predica unívocamente de ellos; pero la suposición varía solamente en que, si lo referimos a Cristo, supone una hipóstasis increada, y si lo referimos a los hombres, supone una hipóstasis creada.

Ni tampoco se dice que la hipóstasis del Verbo sea supuesto de la naturaleza humana como sujeto de mayor formalidad, según proponía la objeción duodécima. Pues esto sería necesario si la hipóstasis del Verbo se constituyese absolutamente en el ser por la naturaleza humana. Y esto es falso, como se ve, ya que se dice que la hipóstasis del Verbo hace de supuesto de la naturaleza humana en cuanto que la atrae a su subsistencia, tal como una cosa es atraída por otra más noble a la que se une.

Sin embargo, porque el Verbo ha prexistido desde la eternidad, no se sigue que la naturaleza humana se uniera accidentalmente a Él según concluía la última razón. Pues el Verbo asumió la naturaleza humana de tal manera que es verdadero hombre. Ahora bien, ser hombre es encuadrarse en el género de substancia. Luego, como la hipóstasis del Verbo tiene el ser de hombre por la unión de la naturaleza humana, dicho ser no le sobreviene accidentalmente, pues los accidentes no confieren ser substancial.

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