Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XLV: Convino que Cristo naciera de virgen

CAPÍTULO XLV

Convino que Cristo naciera de virgen

Y esto demuestra la necesidad de que aquel hombre naciera de madre virgen, sin semen natural.

Porque en la generación humana se requiere el semen viril como principio activo, por la virtud activa que hay en él. Pero, en la generación del cuerpo de Cristo, la virtud activa no pudo ser natural, según lo referido; porque la virtud natural no completa en un instante la formación total del cuerpo, ya que es preciso el tiempo para realizarla; y el cuerpo de Cristo, como se demostró (c. prec.), estuvo formado y organizado en el instante mismo de su concepción. Síguese, pues, que la generación humana de Cristo fue sin semen natural.

Además, en la generación de cualquier animal, el semen masculino atrae hacia sí la materia que suministra la madre, como si la energía que hay en el semen masculino tendiera al perfeccionamiento de sí misma, como fin de toda la generación; de aquí que, terminada la generación, la prole que nace es el mismo semen transformado y acabado. Pero en la generación humana de Cristo, el último término de la misma fue la unión con la persona divina, y no la constitución de una persona o hipóstasis humana, como consta por lo dicho (c. prec.). Por lo tanto, el principio activo de esta generación no pudo ser el semen viril, sino la sola virtud divina, de tal suerte que, así como en la común generación humana el semen viril atrae a su propia subsistencia la materia suministrada por la madre, así también en la generación de Cristo el Verbo de Dios tomó para su unión esa misma materia.

También es manifiesto que convenía en la generación humana del Verbo de Dios resplandeciese alguna propiedad de la generación espiritual del verbo. Ahora bien, el verbo, según sale de quien lo profiere, tanto si es concebido interiormente como si es pronunciado exteriormente, no ocasiona la corrupción de quien lo profiere, sino que más bien es una muestra de la plenitud de perfección de quien lo pronuncia. Por consiguiente, fue conveniente que el Verbo de Dios fuera concebido y naciera según a generación humana de tal manera que no corrompiera la integridad de la madre. Como sea también conveniente que el Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas y por quien todas se conservan en su integridad, convino que naciera de modo que conservase la integridad de la madre en todo. Por lo tanto, fue conveniente que su generación fuese virginal.

Sin embargo, este modo de generación no desvirtúa la verdadera y natural humanidad de Cristo, aunque haya sido engendrado de diferente manera be los demás hombres. Pues, como el poder divino es infinito, según se probó ya (l. 1, c. 43; 1. 2, c. 22), y todas las causas tienen por Él virtud para producir efectos (l. 3, c. 67 ss.), es claro que cualquier efecto que pueda producir una causa cualquiera puede ser también producido por Dios sin ayuda de dicha causa y dentro de su misma especie y naturaleza. Luego, así como la virtud natural que hay en el semen viril produce un hombre verdadero, que tiene una especie y naturaleza humanas, así también el poder divino, que dio tal virtud al semen, puede producir sin él los efectos de dicha virtud, constituyendo un hombre verdadero, con especie y naturaleza humanas

Mas si alguien dijere que, como el hombre engendrado naturalmente tiene un cuerpo natural constituido por el semen masculino y por lo que suministra la mujer -sea esto lo que fuere-, el cuerpo de Cristo no fue de la misma naturaleza del nuestro si no es engendrado por semen masculino, se puede responder claramente con la opinión de Aristóteles, quien dice que el semen masculino no entra materialmente en la constitución de lo concebido, pues sólo es un principio activo, y que la materia del cuerpo es suministrada totalmente por la madre. Y de este modo, el cuerpo de Cristo no se diferencia de nuestro cuerpo en cuanto a la materia, porque también nuestro cuerpo ha sido formado materialmente de lo que fue tomado de la madre.

Y si alguien va contra la mencionada opinión de Aristóteles, no tendrá en qué apoyarse. Pues la semejanza o desemejanza de algunas cosas en la materia no se considera según el estado de la materia en el principio de la generación, sino según la condición de la materia ya preparada, en cuanto está en el término de la generación. Por ejemplo, el aire que ha sido engendrado de la tierra o del agua no se diferencia según la materia, porque, aunque el agua y la tierra sean diferentes en el principio de a generación, se reducen, sin embargo, a una sola disposición por la acción del generante. Así, pues, la materia que por la virtud divina se toma únicamente de la mujer, puede reducirse, al fin de la generación, a la misma disposición que tiene la materia si se toma simultáneamente del varón y de la mujer. Por lo tanto, no habrá desemejanza alguna por diversidad de la materia entre el cuerpo de Cristo, que ha sido formado mediante el poder divino con la materia tomada únicamente de la madre, y nuestros cuerpos, que se forman de la materia por virtud de la naturaleza, aunque procedan de ambos progenitores. Es, pues, claro que más se diferencia de la materia tomada juntamente del varón y de la mujer el “barro de la tierra”, con el cual formó Dios al primer hombre -quien consta, ciertamente que fue verdadero hombre y semejante en todo a nosotros-, que la materia tomada únicamente de la mujer, con que se formó el cuerpo de Cristo. Luego el nacimiento virginal de Cristo en nada desvirtúa da verdad de su humanidad ni su semejanza con nosotros. Pues, aunque la virtud natural requiera determinada materia para producir mediante ella un determinado efecto, sin embargo, el poder divino, que es capaz de producir todas las cosas de la nada, no está coartado en su obrar por una materia determinada.

Igualmente, por esto tampoco desmerece en modo alguno la dignidad de la Madre de Dios, que concibió y engendró permaneciendo ella virgen, en el sentido de que pueda llamarse madre verdadera y natural del Hijo de Dios. Pues, actuando el poder divino, ella suministró la materia natural para la generación del cuerpo de Cristo, que es lo único que se requiere por parte de la madre; y, además, cuanto contribuye en las otras madres a la pérdida de la virginidad no guarda relación con lo que es propio de la madre, sino con lo que es propio del padre, que es hacer llegar el semen masculino hasta el lugar de la generación.

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