Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XLV: El entender de Dios es su propia esencia

CAPÍTULO XLV

El entender de Dios es su propia esencia

Por el hecho de ser Dios inteligente se concluye que su intelección es su propia esencia.

Entender, en efecto, es un acto del sujeto inteligente, que permanece en él y que no pasa a algo extrínseco, como la calefacción, por ejemplo, pasa al objeto calentado; en efecto, un objeto inteligible no es modificado por el hecho de ser entendido, sino que el sujeto inteligente es quien se perfecciona. Pero todo lo que está en Dios es esencia divina. Luego el entender de Dios es la esencia divina, el ser divino, el mismo Dios. Pues Dios es su propia esencia y su propio ser.

La intelección es al entendimiento como la existencia es a la esencia. Se ha probado más arriba que el ser divino es su propia esencia. Luego el entender divino es su propio entendimiento. Ahora bien, el entendimiento divino es la esencia de Dios; de lo contrario, sería algo accidental a Dios. Es necesario, pues, que el entender divino sea su propia esencia.

El acto segundo es más perfecto que el acto primero, como más perfecta es la consideración que la simple ciencia. Pero, como se ha indicado, si Dios es inteligente, su ciencia o entendimiento es su propia esencia, porque ninguna perfección le conviene por participación sino por esencia. Si, pues, su entender no fuera su propia esencia, sería algo más noble y más perfecto que ella y, por tanto, no estaría su esencia en el sumo grado de la perfección y de la bondad. No sería, pues, el primer ser.

La intelección es acto del sujeto inteligente. Si, pues, Dios inteligente no fuera su propia inteligencia, necesariamente se ordenaría al entender como la potencia al acto. Y así habría en Dios potencia y acto. Lo que es imposible, como se ha demostrado.

Toda substancia tiene por fin su operación. Si, pues, la operación de Dios es otra cosa que la substancia divina, su fin sería algo distinto de sí mismo. Y, por consiguiente, Dios no sería su propia bondad; pues el bien de cada ser es su propio fin.

Si, por el contrario, la intelección divina es su propio ser, necesariamente su entender será simple, eterno e inmutable, y existente solamente en acto, así como todos los atributos probados del ser divino. Por lo tanto, no es inteligente en potencia ni entiende ahora algo que desconocía, ni tampoco recibe en su entender cualquier cambio o composición.

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