Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XLVI: En esta vida el alma no se entiende a sí misma por sí misma

CAPÍTULO XLVI

En esta vida el alma no se entiende a sí misma por sí misma

Parece surgir cierta dificultad contra lo dicho de ciertas palabras de San Agustín que han de examinarse con cuidado, pues dice en el libro IX “De la Trinidad”: “Así como la mente adquiere el conocimiento de las cosas corpóreas por los sentidos corporales, igualmente adquiere por sí misma el de las incorpóreas. Luego se conoce a sí misma por sí misma, pues es incorpórea”. Por estas palabras parece que nuestra mente se entiende por sí misma, y, entendiéndose, entiende también las substancias separadas; lo cual es contra lo que antes demostramos. Es, pues, necesario averiguar cómo se entiende nuestra alma a sí misma por sí misma.

Es imposible afirmar que entienda por sí misma cuál sea su esencia. Porque una potencia cognoscitiva se hace actualmente cognoscente cuando está en ella aquello por lo que conoce. Y si esto está en ella en potencia, conocerá en potencia; si está en acto, conocerá en acto; si está en una situación media, conocerá habitualmente. Pero el alma con respecto a sí misma está siempre en acto y nunca en potencia o habitualmente. Luego, si el alma se conoce a sí misma por sí misma “qué es”, siempre conocerá actualmente su propia esencia. Lo cual es falso evidentemente.

Además, si el alma conoce su propia esencia por si misma, como todo hombre tiene alma, resultará que todo hombre conocerá la esencia del alma. Lo cual es evidentemente falso.

Por otra parte, el conocimiento que adquirimos por algo que está insertado naturalmente en nosotros es natural, tal como los principios indemostrables, que conocemos por la luz del entendimiento agente. Luego, si nosotros sabemos qué sea el alma por ella misma, esto será naturalmente conocido. Y en lo que es naturalmente conocido nadie puede errar; por ejemplo, nadie se equivoca en el conocimiento de los principios indemostrables. Por lo tanto, nadie erraría acerca de la esencia del alma si se pudiera conocer por el alma misma. Y esto es indudablemente falso, pues ha habido muchos que opinaron que el alma era tal o cual clase de cuerpo, y otros, un número o la armonía. Luego el alma no conoce por sí misma su propia esencia.

En todos los órdenes, “lo que es de por sí es anterior a lo que es por otro, y además es su principio”. Luego lo que es por sí conocido es previamente conocido a todo lo que se conoce por otro, y es, a la vez, principio de lo demás: como las primeras proposiciones con respecto a las conclusiones. Según esto, si el alma conoce por sí misma su propia esencia, esto será lo primeramente conocido y el principio de todo otro conocimiento. Y esto es claramente falso, pues en la ciencia no se supone como conocido lo que el alma es, sino que se propone para averiguarlo mediante otras cosas. Luego el alma no conoce por sí misma su propia esencia.

Se ve, además, que ni el mismo San Agustín quiso decir esto. Porque en el libro X “De la Trinidad” dice que “el alma, cuando busca conocerse, no mira de considerarse como ausente, sino que cuida de enjuiciarse como presente, y no para conocerse, como si se ignorara, sino para distinguirse de lo otro que conoce”. Con lo cual da a entender que el alma se conoce a sí misma como presente, no como distinta de los demás. Por eso dice que algunos erraron en esto al no distinguir entre el alma y las otras cosas que son diversas de ella (ibíd., c. 6 ss.). Y cuando sabemos de una cosa qué es, la conocemos como distinta de lo demás; por eso, la definición, que significa qué es la cosa, distingue lo definido de todo lo demás. Luego San Agustín no quiso decir que el alma conozca por sí misma su propia esencia.

Y tampoco lo pretendió Aristóteles, pues dice en el III “Del alma” que “el entendimiento posible se entiende a sí como a lo demás”, ya que se entiende por la especie inteligible, por lo que se sitúa en acto dentro del género de lo inteligible. Pues en sí considerado está exclusivamente en potencia para ser inteligible; y nada se conoce en cuanto está en potencia, sino en cuanto está en acto. Por eso las substancias separadas, que son como entidades en acto dentro del género de lo inteligible, conocen su esencia por sus propias substancias; pero nuestro entendimiento posible conoce la suya por la especie inteligible mediante la cual se actualiza. De ahí que Aristóteles, en el III “Del alma”, demuestra la naturaleza del entendimiento posible por el mismo entender, diciendo que es “sin mezcla” y “separado”, como consta por lo dicho (l. 2, c. 59 ss.).

Así, pues, según San Agustín, nuestra mente se conoce a sí misma por sí misma, en cuanto que conoce su existencia. Pues por el hecho de percatarse de que obra, percibe que existe y que obra por sí misma; luego por sí misma conoce su propia existencia.

De la misma manera, pues, conoce el alma, al conocerse a sí misma, que las substancias separadas “existen”, pero no su “esencia”, que es entender dichas substancias. Y si conocemos algunas de las substancias separadas porque son intelectuales, bien sea por demostración o bien por la fe, de ninguna de las dos maneras lo conoceríamos si nuestra alma no pudiera conocer por sí misma lo que es el ser intelectual. Por eso es preciso servirse de la ciencia del entendimiento del alma como de un principio para conocer cuanto conocemos de las substancias separadas.

Mas no es preciso que, si podemos llegar por las ciencias especulativas a saber qué es el alma, que lleguemos también por ellas al conocimiento de la existencia de las substancias separadas; pues nuestro entender, por el cual llegamos a saber qué es nuestra alma, está muy lejos del entender de las substancias separadas. Sin embargo, porque sabemos qué es nuestra alma, podemos llegar a conocer algún género remoto de substancias separadas; lo cual no equivale a entender dichas substancias.

Y así como sabemos que existe el alma por ella misma, al apercibirnos de su propio acto, y para conocer su esencia investigamos sobre los actos y objetos por los principios de las ciencias especulativas, así también, de lo que hay en nuestra alma, o sea, potencias y hábitos, sabemos que existen, porque percibimos sus actos; pero su esencia la conocemos a través de las cualidades de sus mismos actos.

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