Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XLVII: En esta vida no podemos ver a Dios por esencia

CAPÍTULO XLVII

En esta vida no podemos ver a Dios por esencia

Si no podemos entender en esta vida las otras substancias separadas, porque nuestro entendimiento está connaturalizado con los fantasmas, mucho menos podremos ver en ella la esencia divina, que está por encima de todas las substancias separadas.

Y puede servirnos de prueba la razón de que cuanto más se eleva nuestra mente para contemplar lo espiritual, tanto más se abstrae de lo sensible. Sin embargo, el último término que puede alcanzar la contemplación es la substancia divina. Por eso es menester que la mente que ve la substancia divina esté desligada totalmente de los sentidos corporales, o por la muerte o por una especie de rapto. Por lo cual se dice en nombre de Dios en el Éxodo: “No me verá el hombre y vivirá”.

Y lo que se dice en la Sagrada Escritura que algunos vieron a Dios, se ha de entender que fue, o por visión imaginaria, o incluso por visión corporal, es decir, en cuanto que se demostraba la presencia del poder divino por algunas especies corpóreas presentes al exterior o formadas interiormente en la imaginación; o también que algunos percibieron cierto conocimiento intelectual de Dios por sus efectos espirituales.

Pero hay unas palabras de San Agustín que ofrecen cierta dificultad, porque parecen demostrar que podemos entender al mismo Dios en esta vida. Dice en el libro IX “Do Trinidad” que “en la eterna verdad, por la que fue hecho todo lo temporal, vemos con la mirada de la mente la forma por la que somos y por la cual obramos algo, o en nosotros o en los cuerpos, con verdadera y recta razón, y por eso concebimos en nosotros un conocimiento veraz de las cosas”. Y en el XII de las “Confesiones” dice: “Si los dos vemos que es verdad lo que dices, y los dos vemos que es verdad lo que digo, )dónde, te pregunto, lo vemos? Pues ni yo lo veo en ti ni tú en mi. Porque los dos lo vemos en aquella verdad inconmutable que está por encima de nuestras mentes. -Y en el libro “De la verdadera religión” (c. 31) dice que “según la verdad divina juzgamos de todo”. -Y en el libro de los “Soliloquios” (l. 1. c. 15) dice que “primeramente hemos de conocer la verdad, por la cual se conoce todo lo demás”. Que, al parecer, se ha de entender de la verdad divina. -Luego, según sus palabras, parece que veamos al mismo Dios, que es su propia Verdad, y por El conozcamos o demás.

Y también parece que se refieren a esto las palabras que pone en el XII “De la, Trinidad” (c. 11) al decir: “Pertenece a la razón el juzgar de estas cosas corporales según las razones incorpóreas y sempiternas, que, de no estar sobre la mente humana, no serían seguramente inconmutables”. Mas las razones inconmutables y sempiternas sólo pueden estar en Dios, puesto que sólo Él, según nos dice la fe, es sempiterno. Luego parece seguirse que podemos ver a Dios en esta vida; y porque le vemos, y en Él vemos las razones de las cosas, juzgamos de lo demás.

Sin embargo, no se ha de creer que San Agustín quisiera expresar con dichas palabras que en esta vida podemos ver a Dios por su esencia. Hay, pues, que averiguar cómo veamos en esta vida aquella “inconmutable verdad” o estas “razones eternas”, y según ella juzguemos de lo demás.

San Agustín confiesa ciertamente que la verdad está en el alma, en el libro de los “Soliloquios”; por eso prueba la inmortalidad del alma partiendo de la eternidad de la verdad. Pero la verdad no está en el alma a la manera como se dice que Dios está por esencia en todas las cosas, ni como está en todas ellas por su semejanza, ya que una cosa cualquiera en tanto se llama verdadera en cuanto que participa de la semejanza divina; pues en esto no sería el alma preferida a todo lo demás. Luego está en ella de un modo especial, en cuanto que la conoce. Por lo tanto, así como el alma y las demás cosas se llaman ciertamente verdaderas en sus naturalezas porque tienen la semejanza de aquella suma naturaleza, que es la Verdad misma (porque su entender es su propio ser), así lo que el alma conoce es verdadero en cuanto que tiene en si la semejanza de aquella divina verdad que Dios conoce. Por eso, la Glosa sobre el dicho del Salmo: “Disminuyeron las verdades entre los hombres”, dice que “así como de una sola cara resultan muchas en el espejo, así de una primera Verdad resultan muchas verdades en las mentes humanas”. Y aunque las cosas diversas son conocidas y creídas de diversa manera por los diversos hombres, sin embargo, hay algunas cosas verdaderas en las que todos concuerdan, como son los primeros principios del entendimiento, tanto especulativo como práctico, en cuanto que en la mente de todos se produce universalmente como una especie de imagen de la divina Verdad. Luego en cuanto una mente ve en dichos principios lo que conoce ciertamente, según que juzga de todo al reducirlo a la unidad, dícese que ve todo en la divina Verdad o en las razones eternas, y según ellas juzga de todo lo demás. Y confirman este sentido las palabras mismas de San Agustín en el libro de los “Soliloquios”, quien dice que “los indicios de las ciencias se ven en la Verdad divina, como estas cosas visibles en la luz del sol”, que consta que no las vemos en el cuerpo del sol, sino por la luz, que es una semejanza de la claridad solar impresa en el aire y en cuerpos parecidos.

Luego de las palabras de San Agustín no se deduce que veamos a Dios por su esencia en esta vida, sino sólo como en un espejo. Que es lo que confiesa el Apóstol sobre el conocimiento en esta vida, al decir en la primera a los de Corinto: “Ahora vemos por un espejo y obscuramente”.

Y aunque este espejo, que es la mente humana, represente de más cerca a Dios que las criaturas inferiores, no obstante, el conocimiento de Dios que puede suministrar la mente humana no supera el género de conocimiento que parte de las cosas sensibles; pues incluso el alma conoce su propia esencia partiendo del conocimiento de las naturalezas sensibles, según se dijo (cc. 45, 46). Luego por este camino no puede conocer a Dios de una manera más elevada que la de conocer la causa por el efecto.

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