Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XLVIII: La felicidad última del hombre no está en esta vida

CAPÍTULO XLVIII

La felicidad última del hombre no está en esta vida

Luego si la felicidad última del hombre no consiste en el conocimiento de Dios con que generalmente le conocen todos o muchos según cierta estimación confusa, ni tampoco en el conocimiento de Dios que se adquiere por vía de demostración en las ciencias especulativas, ni en el conocimiento de Dios con que se conoce por la fe, según demostramos antes (c. 38 ss.); y no es posible llegar en esta vida a otro conocimiento de Dios más alto para conocer su esencia, o, al menos, a entender las otras substancias separadas para que por ellas pudiéramos conocer a Dios de más cerca, según se demostró (c. 45); y además es preciso poner la felicidad última en algún conocimiento de Dios, como antes se probó (c. 37), es imposible que esté en esta vida la felicidad última del hombre.

El último fin del hombre pone término a su apetito natural, de tal manera que, conseguido, ya no se busca nada; pues si se mueve hacia algo todavía no tiene el fin en que descansar. Y tal cosa no puede darse en esta vida. Pues cuanto más entiende uno, tanto más aumenta su deseo de entender, lo cual es cosa natural al hombre; a no ser que casualmente hubiera quien todo lo entendiese. Y esto no puede acontecer en esta vida a quien sea solamente hombre, ni es posible que acontezca, puesto que en esta vida no podemos conocer las substancias separadas, que son lo más inteligible, según demostramos (c. 45). Luego no es posible que la felicidad última del hombre esté en esta vida.

Todo lo que se mueve hacia el fin desea naturalmente establecerse y descansar en él; por eso el cuerpo no vuelve al lugar de donde partió si no es por un movimiento violento que contraría su apetito. Mas la felicidad es el fin último que el hambre desea naturalmente. Luego hay en el hombre un deseo natural de establecerse en la felicidad. Así, pues, si no consigue conjuntamente con a felicidad una estabilidad inmutable, todavía no es feliz, no descansando aún su deseo natural. Luego, cuando alguien consigue la felicidad, consigue a la vez la estabilidad y el descanso; por eso todos la conciben como implicando en su concepto la razón de estabilidad; por lo cual dice el Filósofo en el I de los “Éticos” que “no juzgamos que un camaleón sea feliz”. Ahora bien, en la vida presente no hay una estabilidad cierta; pues a cualquiera, por más que se le llame feliz, pueden sobrevenirle enfermedades e infortunios, por los cuales se ve impedido de aquella operación cualquiera que sea, en que se pone la felicidad. Luego no es posible que en esta vida esté la felicidad última del hombre.

Parece cosa inconveniente y sin sentido que el tiempo de la generación de una cosa sea grande y, sin embargo, el tiempo de su duración sea pequeño, pues de ello se seguiría que la naturaleza estaría privada por largo tiempo de su propio fin; por eso vemos que los animales que viven poco tiempo, en poco tiempo también llegan a su perfección. Pero si la felicidad consiste en una operación perfecta según la perfecta virtud intelectual o moral, es imposible que el hombre llegue a ella si no es después de largo tiempo. Y esto se ve principalmente en lo especulativo, en lo cual se pone la felicidad última del hombre, como consta por lo dicho (c. 37); pues apenas en su edad última puede llegar el hombre a lo perfecto en la especulación científica. Y entonces, para la mayoría, poco queda de vida. No es, pues, posible que en esta vida esté la felicidad última del hombre.

Todos confiesan que la felicidad es un bien perfecto; de no ser así, no aquietaría el apetito. Y bien perfecto es aquel que carece totalmente de mezcla de mal, como perfectamente blanco es lo que carece en absoluto de negro. Pero no es posible que el hombre en su estado actual esté inmune de todo mal, no sólo corporal, como el hambre, la sed, el calor y el frío, etc., sino también de mal espiritual. Pues nadie hay que alguna vez no se inquiete por las pasiones desordenadas y que en ocasiones no abandone el medio en que consiste la virtud, por defecto o por exceso; incluso quien no se engañe en algunas cosas, o ignore lo que desea saber, o se forme una débil opinión de aquello de que quisiera estar cierto. Luego nadie es feliz en esta vida.

El hombre rehúye naturalmente la muerte y se entristece por ella, no sólo en el momento de sentirla, sino incluso cuando piensa sobre ella. Pero en esta vida no puede conseguir el no morir. Luego no es posible que el hombre sea feliz en esta vida.

La felicidad última no consiste en un hábito, sino en una operación, pues los hábitos son para los actos. Pero no es posible en esta vida hacer continuamente una acción cualquiera. Es imposible, pues, que el hombre sea totalmente feliz en esta vida.

Cuanto más deseamos y amamos una cosa, mayor dolor y tristeza nos produce su pérdida. Lo que más se desea y se ama es la felicidad. Luego su pérdida produce la mayor tristeza. De existir la felicidad en esta vida, es cierto que se perdería, al menos por la muerte. Y tampoco es cierto que durara todo tiempo hasta la muerte, pues a cualquier hombre le pueden sobrevenir en esta vida enfermedades que le impidan totalmente obrar la virtud, como son 91 frenesí y otras que quitan el uso de la razón. Luego tal felicidad siempre estaría naturalmente acompañada por la tristeza. Por lo tanto, no sería la felicidad perfecta.

Y puede alguien decir que, como la felicidad es un bien de la naturaleza intelectual, la felicidad perfecta y verdadera es de aquellos que tienen una naturaleza intelectual perfecta, a saber, las substancias separadas; y que en los hombres es imperfecta, a manera de cierta participación. Pues para entender plenamente la verdad no pueden llegar sino a través de cierto movimiento de inquisición; y con respecto a lo que es por naturaleza lo más inteligible, fallan totalmente, como consta por lo dicho (c. 45). Por eso, los hombres no pueden tener la felicidad, tomada en su sentido genuino, y sólo participan algo de ella, incluso en esta vida. Y tal parece que fue el sentir de Aristóteles respecto a la felicidad. Por eso, en el I de los “Éticos”, al preguntar si los infortunios quitan la felicidad (después de haber demostrado que consiste en las obras virtuosas, que parecen ser lo más permanente que hay en esta vida), termina diciendo que aquellos que tienen en la vida dicha perfección son felices “como hombres”; o sea, que no la poseen en absoluto, sino de un modo humano.

Pero vamos a demostrar que esta respuesta no desvirtúa las razones anteriores. Pues el hombre, aunque por orden natural es inferior a las substancias separadas, es, no obstante, superior a las criaturas irracionales. Luego consigue su fin de un modo más perfecto que ellas. Ahora bien, las irracionales lo alcanzan de tal modo que nada más desean; por ejemplo, lo pesado, si está en “su” lugar, se aquieta; los animales, cuando gozan de los deleites sensibles, aquietan también su natural deseo. Luego con mayor razón será preciso que, cuando el hombre llegue a su fin, se aquiete su natural deseo. Pero esto no puede darse en esta vida. Luego el hombre no consigue la felicidad, en cuanto que es su propio fin, en esta vida, según se ha demostrado. Luego tendrá que alcanzarla después.

Es imposible que un deseo natural sea inútil: “Pues la naturaleza nada hace en balde”. Si nunca se pudiera conseguir, sería un deseo inútil. Luego el deseo natural del hombre es posible de llenar. Y no en esta vida, como se ve. Luego después de ella. Por lo tanto, la felicidad última del nombre está después de esta vida.

Mientras uno se mueve hacia la perfección, no está todavía en el último fin. Pero todos los hombres, al conocer la verdad, se consideran como movidos y tendiendo a la perfección; pues los que siguen vuelven a encontrar otras cosas sobre lo que encontraron los primeros, como se dice también en el II de la “Metafísica”. Luego, con respecto al conocimiento de la verdad, los hombres no se encuentran como si hubieran llegado al último fin. Por lo tanto, como la felicidad del hombre en esta vida parece consistir principalmente en la especulación, por la que buscamos conocer la verdad, como lo prueba el mismo Aristóteles en el X de la “Ética”, es imposible afirmar que el hombre consiga en esta vida su último fin.

Todo lo que está en potencia intenta pasar al acto. Y mientras no está totalmente convertido en acto no está en su último fin. Ahora bien, nuestro entendimiento está en potencia para conocer todas las formas, y se reduce al acto cuando conoce alguna de ellas. Luego no estará completamente en acto, ni en su último fin, sino cuando conozca al menos todas las cosas materiales. Pero esto no lo puede el hombre conseguir por las ciencias especulativas, mediante las cuales conocemos la verdad en esta vida. Luego no es posible que la felicidad última del hombre esté en esta vida.

Por estas razones y otras semejantes, Alejandro y Averroes supusieron que la felicidad última del hombre no está en el conocimiento humano que se adquiere por las ciencias especulativas, sino por la unión con la substancia separada, que creían que era posible para el hombre en esta vida (cf. cc. 42, 43). Por el contrario, al ver Aristóteles que el hombre en esta vida no tiene otro conocimiento que el de las ciencias especulativas, opinó que no consigue la felicidad perfecta sino sólo a su manera.

Esto demuestra suficientemente qué ansiedades no sufrieron por este motivo aquellos preclaros ingenios. De las cuales nos libraremos nosotros si afirmamos, según las pruebas expuestas, que el hombre puede llegar a la verdadera felicidad después de esta vida, siendo su alma inmortal, en cuyo estado el alma entenderá como entienden las substancias separadas, según se demostró en el libro segundo de esta obra (c. 81).

Luego la felicidad última del hombre estará en el conocimiento de Dios que tiene la mente humana después de esta vida, a la manera como entienden las substancias separadas. Por esto, en San Mateo, el Señor nos promete “la recompensa celestial”; y dice el mismo apóstol que los santos “serán como los ángeles, que siempre ven a Dios en los cielos”, como se dice en el evangelio de San Mateo.

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