Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XX: Dios no es cuerpo

CAPÍTULO XX

Dios no es cuerpo

Lo dicho manifiesta también que Dios no es cuerpo.

Pues todo cuerpo, como continuo, es compuesto y consta de partes. Mas en Dios, según consta, no hay composición alguna. Luego no es cuerpo.

Todo lo que es cuanto, está de algún modo en potencia; por ejemplo, lo continuo es potencialmente divisible hasta lo infinito; y el número puede aumentar infinitamente. Mas todo cuerpo es cuanto. Luego todo cuerpo está en potencia. Es así que Dios no está en potencia, porque es puro acto, como se demostró. Luego no es cuerpo.

Si Dios es cuerpo, es preciso que sea cuerpo natural; porque el cuerpo matemático no es de por sí existente, ya que las dimensiones son accidentes. Pero no puede ser cuerpo natural, porque Dios -como se probó- es inmóvil, mientras que el cuerpo natural es móvil. Por consiguiente, Dios no es cuerpo.

Todo cuerpo, esférico o rectilíneo, es finito, según prueba el Filósofo en el I “Del cielo y del mundo”. Es así que con el entendimiento y la imaginación podemos trascender todo cuerpo finito. Luego, si Dios fuera cuerpo, podríamos pensar o imaginar algo mayor que Él, siguiéndose de esto que Dios sería inferior a nuestro entendimiento. En consecuencia, Dios no es cuerpo.

El conocimiento intelectual es más seguro que el sensitivo. Por lo tanto, si en la naturaleza hay algo sujeto al sentido, también habrá algo sujeto al entendimiento. Pero como el orden y la distinción de las potencias se funda en el orden de sus objetos respectivos, consecuentemente, sobre todo lo sensible ha de haber en la naturaleza algo inteligible. Y, como todo cuerpo que existe en la realidad es sensible, será preciso admitir algo más superior. Luego, si Dios fuera cuerpo, no sería el primero ni, el mayor de los seres.

Un ser viviente es más perfecto que cualquier cuerpo sin vida. Más aún, la vida es más perfecta que el cuerpo a quien vivifica, pues por ella supera éste a los cuerpos no vivientes. Luego lo que es incomparablemente perfecto no será cuerpo. Tal es Dios. Por consiguiente, no es cuerpo.

Para probar esta verdad hay algunas razones filosóficas, fundadas en la eternidad del movimiento, que pueden expresarse así: Es preciso que en todo movimiento sempiterno el primer motor no se mueva ni esencial ni accidentalmente, según se vio antes. Ahora bien, el cuerpo del cielo se mueve circularmente con movimiento sempiterno. Luego su primer motor no se mueve ni esencial ni accidentalmente. Pero ningún cuerpo mueve localmente si antes no se mueve, pues es preciso que el motor y lo movido estén juntos; por eso, el cuerpo motor se ha de mover para juntarse al cuerpo movido. Además, ninguna potencia corporal mueve si no es movida accidentalmente, debido a que, al moverse el cuerpo, se mueve ella accidentalmente. Por lo tanto, el primer motor del cielo no es cuerpo ni potencia corporal. Es así que el movimiento del cielo se reduce en último término a Dios, como a su primer motor inmóvil. Luego Dios no es cuerpo.

Ninguna potencia infinita radica como tal en la magnitud. La potencia del primer motor es infinita. Luego no se halla en magnitud alguna. Según esto, Dios, que es el primer motor, ni es cuerpo ni potencia corporal.

La mayor se prueba de este modo: Si la potencia de cualquier magnitud es infinita, será o de magnitud finita o de infinita. Pero la magnitud infinita no se da, como se prueba en el III de los “Físicos” y en el I “Del cielo y del mundo”. Además, tampoco puede ser que una magnitud finita tenga potencia infinita. Según esto, en ninguna de las dos magnitudes puede haber potencia infinita. -Que en la magnitud finita no se da potencia infinita se prueba de este modo: Un efecto igual, por ejemplo, de alteración, de movimiento local o de otra clase de movimiento, realizado por una potencia menor en mayor tiempo, será realizado en menor tiempo por la potencia mayor. Es así que la potencia infinita es mayor que todas las finitas. Luego es preciso que en menor tiempo, y moviendo más velozmente que cualquier potencia finita, termine el efecto. Pero no en un tiempo menor al tiempo mismo. En consecuencia, lo hará en un instante. Y de este modo, en un instante tendrán lugar el mover, el ser movido y el movimiento, cosa contraria a lo que Aristóteles demostró en el VI de los “Físicos”. -Además, se puede dar otra prueba de que una potencia infinita de magnitud finita no puede mover mediante el tiempo. Sea una potencia infinita, que llamaremos A. Y tornemos una parte de la misma, que designaremos con A B. Esta parte, pues, moverá en un tiempo mayor. Sin embargo, deberá existir cierta proporción entre este tiempo y aquel que emplea toda la potencia al mover, porque ambos son finitos. Supongamos ahora que los dos tiempos se hallan en proporción de diez a uno, pues la diferencia de proporciones no afecta al argumento. Según esto, si añadirnos a dicha potencia, tendremos que restarle tiempo en proporción a la adición, porque una potencia mayor mueve en menos tiempo. Luego, en caso de añadirle diez, dicha potencia moverá en un tiempo diez veces menor al tiempo que empleaba la primera parte que tomamos de la potencia infinita, o sea la parte llamada A B. Y, sin embargo, esta potencia, diez veces mayor, es finita, porque está en exacta proporción con la potencia finita. Resultando, en consecuencia, que tanto la potencia finita como la infinita mueven en un tiempo igual. Tal cosa es imposible. Luego una potencia infinita de magnitud finita no puede mover en tiempo determinado.

Que la potencia del primer motor sea infinita se prueba de esta manera: Ninguna potencia finita puede mover en un tiempo infinito. Pero la potencia del primer motor mueve en un tiempo infinito, debido a que el primer movimiento es sempiterno. Luego la potencia del primer motor es infinita. La primera afirmación se prueba así: Si la potencia finita de un cuerpo mueve en tiempo infinito, una parte de dicho cuerpo, que gozará de parte de la potencia, moverá en tiempo menor, porque cuanto mayor es la potencia de un ser, por más tiempo puede mover. Y así, dicha parte moverá en un tiempo finito, mientras que otra parte mayor podría mover en tiempo mayor. Y, según esto, lo que se añade a la potencia del motor hay que añadirlo también al tiempo, guardando la misma proporción. Pero sucede a veces que la adición potencial acaba por igualar la cantidad del todo e incluso superarla. Luego también la adición temporal llegará a igualar la cantidad de tiempo en que mueve el todo. Mas el tiempo en que movía la mencionada potencia, según dijimos, es infinito. En consecuencia, el tiempo finito medirá al tiempo infinito. Lo cual es imposible.

Pero contra este proceso seguido hay muchas objeciones.

La primera es que puede afirmarse que el cuerpo que imprime el primer movimiento no es divisible, como claramente se ve en los cuerpos celestes. Y la prueba anterior parte de su divisibilidad.

Mas a esto se contesta diciendo que una condicional puede ser verdadera aunque su antecedente sea imposible. Y no hay medio posible para negar la verdad de tal condicional; por ejemplo, nadie puede negar la verdad de esta condicional: “Si el hombre vuela, tiene alas”. De esta manera, pues, se ha de entender el desarrollo del argumento anterior.

Porque esta condicional es verdadera: “Si el cuerpo celeste se divide, una de sus partes tendrá menor potencia que el todo”. Sin embargo, la verdad de esta condicional desaparece si se supone que el primer motor es cuerpo, por los inconvenientes que se siguen. Se ve, pues, que esto es imposible. Se podría también dar una respuesta parecida a quien objetara invocando el aumento de potencias finitas. Porque en la naturaleza no se dan potencias que respondan a las proporciones que pueden establecerse según el tiempo. Con todo, lo que hace falta en la prueba citada es una condicional verdadera.

La segunda objeción es como sigue: Aunque el cuerpo sea divisible, puede muy bien haber una potencia de un determinado cuerpo que no se divida al dividirse tal cuerpo, como sucede con el alma racional, que no se divide aunque el cuerpo sea dividido.

Sobre esto se ha de decir que con dicho argumento no se prueba que Dios no esté unido a un cuerpo, como lo está el alma racional al cuerpo humano; pruébase que Dios no es una virtud corpórea, como la material, que se divide al dividirse el cuerpo. Por eso se dice también allí que el entendimiento humano no es cuerpo ni potencia corporal. Ahora bien, que Dios no está unido al cuerpo, como lo está el alma, es asunto diferente.

La tercera objeción es: Si todo cuerpo tiene potencialidad finita, como se ha dicho en la misma argumentación, y ningún ser que tenga potencia finita puede durar infinitamente, síguese que no hay cuerpo de infinita duración. Los cuerpos celestes, por lo tanto, se corrompen necesariamente.

Algunos contestan a esta objeción diciendo que el cuerpo celeste, dada su potencia, puede dejar de existir, pero que recibe la perpetuidad de otro ser dotado de potencia infinita. Y parece atestiguarlo Platón, quien, hablando de los cuerpos celestes, pone en labios de Dios estas palabras: “Sois disolubles por vuestra naturaleza, pero indisolubles porque lo quiero yo; pues más fuerte que vuestros lazos es mi voluntad”.

Mas el Comentador rechaza esta solución. Porque, según él, un ser que por naturaleza puede dejar de existir, en modo alguno recibirá la existencia perpetua de otro. Pues, esto supuesto, lo corruptible se cambiaría en incorruptible. Y esto lo considera imposible. Por eso contesta así: toda potencia inmersa en el cuerpo celeste es finita; sin embargo, no es preciso que éste tenga toda clase de potencias; el mismo Aristóteles dice, en el VIII de los “Metafísicos”, que en el cuerpo celeste hay potencia de lugar, mas no potencia para ser. Luego no es preciso que posea la potencia para no ser.

Sin embargo, hay que advertir que esta solución del Comentador no es suficiente. Aunque admitamos que en los cuerpos celestes no se da cierta potencia pasiva para ser, que es potencialidad de la materia, sin embargo, hay en ellos una cierta potencia activa, que es potencia para ser, ya que Aristóteles dice expresamente en el libro I “Del cielo y del mundo” que el firmamento tiene virtud para existir siempre.

Por esto se puede decir más acertadamente que, como la potencia es con relación a un acto, se ha de juzgar de ella según la naturaleza del acto. Ahora bien, el movimiento, por su misma definición, de suyo tiene cantidad y extensión, por lo que su duración infinita requiere una potencia motriz infinita. Pero el ser no tiene extensión cuantitativa, principalmente si se trata de un objeto cuyo ser es invariable, como es el firmamento. Por esto no hay necesidad de que, en un cuerpo finito, la virtud de ser sea infinita, aunque su duración lo sea, porque es indiferente que un cuerpo dure mediante dicha potencia infinitamente o sólo instantáneamente, ya que a un ser invariable le afecta el tiempo accidentalmente.

La cuarta objeción se apoya en que no parece necesario que lo que mueve en tiempo infinito tenga potencia infinita, si se trata de motores que, al mover, no sufren alteración alguna. Porque tal movimiento no desgasta su potencialidad; por eso, el mismo tiempo emplearán ahora, aunque lleven tiempo moviendo, que emplearon antes. Lo vemos en el sol, cuya potencia es finita, el cual puede obrar por un tiempo infinito sobre los cuerpos inferiores, dada su naturaleza, porque su virtud activa no disminuye al obrar.

A esto se responde, según hemos probado, que el cuerpo no mueve si no es movido. Por lo tanto, si se da algún cuerpo que no es movido, el resultado es que no moverá. Mas en todo lo que se mueve hay una potencia a situaciones opuestas, porque los términos del movimiento son opuestos. Según esto, todo cuerpo que se mueve tendrá también la posibilidad natural de no ser movido. Y, siendo esto así, no cabe en su naturaleza la exigencia de que mueva o sea movido perpetuamente.

Dicha demostración se funda en el hecho de que la potencia finita de un cuerpo finito carece de posibilidad natural para mover con tiempo infinito. Pero el cuerpo que naturalmente puede ser movido o no y mover o no mover, es capaz de recibir la perpetuidad de movimiento de otro ser. Y como éste ha de ser incorpóreo, síguese que el primer motor es por necesidad incorpóreo. Según esto, no hay inconveniente en que un cuerpo finito por naturaleza, que recibe de otro la perpetuidad para moverse, la tenga también para mover; pues incluso el primer cuerpo celeste puede naturalmente hacer girar con movimiento perpetuo a los cuerpos inferiores del cielo, como una esfera mueve a otra. -Y no hay inconveniente, según el Comentador, para aceptar que un ser que está por naturaleza en potencia para ser movido o no, reciba de otro la perpetuidad de movimiento, aunque en modo alguno pueda recibir la existencia perpetua. Pues el movimiento es un cierto influjo del motor en el móvil, y por esto el móvil puede recibir de otro un movimiento perpetuo que de por sí no tiene. En cambio, el ser es algo fijo y estable en la entidad. Por lo tanto, lo que tiene potencia natural para no ser, no puede, como él dice, recibir naturalmente de otro la existencia perpetua.

La quinta objeción insiste en que, según dicho proceso, la misma razón hay para afirmar que en la magnitud no se da potencia infinita como para decir que se da fuera de ella, pues en uno y otro caso se sigue que mueve prescindiendo del tiempo.

A esto se ha de contestar que lo finito y lo infinito se encuentran en la magnitud, en el tiempo y en el movimiento por una razón común, como se prueba en el 1 II y en el VI de los “Físicos”; y por esto, estando lo infinito en uno de ellos, deshace la proporción finita de los demás. Pero en los seres carentes de magnitud no se dan lo finito y lo infinito sino equívocamente. Luego dicha clase de demostración no vale para tratar de tales potencias.

Sin embargo, hay otra respuesta mejor: El cielo tiene dos motores: uno próximo, de virtud finita, que le da un movimiento de velocidad finita; y otro remoto, de virtud infinita, que le capacita para ejercer un movimiento de infinita duración. Y esto demuestra cómo una potencia infinita, que no radica en la magnitud, puede mover un cuerpo temporalmente, aunque no inmediatamente. Por el contrario, cuando la potencia radica en la magnitud, debe mover inmediatamente, pues ningún cuerpo mueve sin ser antes movido. Luego, en caso de mover, lo haría prescindiendo del tiempo.

Valiera más decir que la potencia que no radica en la magnitud es el entendimiento, que mueve por la voluntad. Por eso mueve respondiendo a la exigencia del móvil y no en proporción con su propia capacidad. En cambio, la potencia que radica en la magnitud sólo mueve respondiendo a la necesidad natural; pues se ha probado que el entendimiento no es una potencia corporal. Y, por lo tanto, el entendimiento no es potencia corpórea. Y así, mueve necesariamente en proporción con su cantidad. De donde, si mueve, lo hace instantáneamente.

Dejando, pues, a un lado las objeciones precedentes, continuaremos con la argumentación de Aristóteles.

Ningún movimiento que provenga de un moviente corpóreo es continuo y regular, pues el moviente corpóreo en el movimiento local mueve por atracción o repulsión. Atora bien, el objeto de la atracción o repulsión no se halla en la misma situación respecto del moviente desde el principio hasta el fin del movimiento, sino unas veces se halla más cerca y otras más lejos, no pudiendo, en consecuencia, ningún cuerpo imprimir un movimiento continuo y regular. Pero el primer movimiento es continuo y regular, como se prueba en el VIII de los “Físicos”. Por consiguiente, el motor del primer movimiento no es cuerpo.

Ningún movimiento dirigido a un fin, que pasa de la potencia al acto puede ser perpetuo, porque se paraliza en llegando al acto. Si, pues, el primer movimiento es perpetuo, necesariamente ha de ir hacia un fin que está siempre y de todas las maneras en acto. Tal es imposible que sea un cuerpo o una potencia corporal, porque éstos son esencial o accidentalmente móviles. En consecuencia, el fin del primer movimiento es el primer motor, que mueve por atracción. Tal es Dios. Dios, por lo tanto, no es cuerpo ni potencia corporal.

Aunque, según las enseñanzas de nuestra fe, como más adelante se evidenciará, es falso que el movimiento del cielo sea perpetuo, sin embargo es verdadero que este movimiento no cesará ni por impotencia del moviente ni por corrupción del ser movible, pues no vemos que la prolongada duración del tiempo aminore el movimiento de los astros. Conservan, pues, su fuerza demostrativa las razones precedentes.

La autoridad divina, por otra parte, confirma la verdad que hemos probado. Dice San Juan: “Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad.” Y San Pablo en la primera Epístola a Timoteo: “Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios.” Y en la Epístola a los Romanos: “Lo invisible de Dios se alcanza a conocer por las criaturas”. Y, en efecto, los seres que el ojo no alcanza a ver, sino el entendimiento, son incorpóreos.

Por lo dicho se destruye el error de los primeros filósofos Naturales, que no admitían sino causas materiales, tales como el fuego, el agua y otras cosas semejantes, diciendo que los primeros principios de las cosas eran cuerpos, a los que llamaban dioses. -Entre ellos hubo algunos que admitían como causas motrices la concordia y la discordia. Pero son refutados con las mismas razones anteriores. Pues como la concordia y la discordia residen, según los mismos, en los cuerpos, síguese que los primeros principios del movimiento serían fuerzas corpóreas. Decían también que Dios era un compuesto de los cuatro elementos y de la concordia, queriendo dar a entender que era un cuerpo celeste. Sólo Anaxágoras, entre los antiguos, llegó a la verdad, afirmando que el entendimiento movía todos los seres.

Esta verdad confunde también a los gentiles, que, apoyados en los errores de dichos filósofos, afirman que los elementos del mundo y las energías que en ellos residen, como el sol, la luna, la tierra, el agua y otros semejantes, son dioses.

Sirven, asimismo, dichas razones para rechazar los sueños de los cándidos judíos, de Tertuliano y de los herejes vadianitas o antropomorfitas, que imaginaban a Dios con apariencias corporales. Se pueden oponer, además, a los maniqueos, que concebían a Dios como una substancia infinita llenando todos los espacios.

El origen de todos estos errores es el pensar en las cosas divinas, recurriendo a la imaginación, que no puede captar más que imágenes corporales. Y por esto es necesario prescindir de la imaginación al tratar de meditar en cosas espirituales.

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