Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XX: Efectos atribuidos en las Escrituras al Espíritu Santo con relación a toda criatura

CAPÍTULO XX

Efectos atribuidos en las Escrituras al Espíritu Santo con relación a toda criatura

Por otra parte, en consecuencia con lo dicho, es preciso considerar los efectos que la Sagrada Escritura atribuye al Espíritu Santo.

Se ha demostrado anteriormente (l. 1, c. 75) que la bondad de Dios es la razón de que Él quiera la existencia de las demás cosas y que por su voluntad les da el ser a las mismas. Por lo tanto, el amor con que ama su bondad es la causa de la creación de las cosas; de aquí que algunos filósofos antiguos pusieron como causa de todo lo creado el “amor de los dioses”, como se ve en el I de los “Metafísicos”; y Dionisio dice que “el amor divino no se resignó a permanecer estéril”. Sin embargo, tenemos como consecuencia de do dicho (en el c. anterior) que el Espíritu Santo procede coma amor del amor con que Dios se ama a sí mismo. Por consiguiente, el Espíritu Santo es principio de la creación de las cosas. Y esto se indica en el salmo: “Envía tu Espíritu y serán creadas”.

Además, porque el Espíritu Santa procede como amor del amor, y el amor posee cierta fuerza impulsiva y motiva, el movimiento impreso por Dios en las cosas parece atribuírsele propiamente al Espíritu Santo. Mas la primera mutación que hay en las cosas realizadas por Dios consiste en la producción de las diversas especies sacadas de la materia creada informe. Por eso la Sagrada Escritura atribuye esta obra al Espíritu Santo, pues dice: “El Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas”. San Agustín quiere que “por las aguas” se entienda la materia prima: sobre lo cual, se dice, movíase el Espíritu del Señor, pero no en el sentido de que se moviera, sino por ser principio del movimiento.

Además, el gobierno divino de las cosas se interpreta como un cierto movimiento, en cuanto Dios dirige y mueve todas las cosas hacia los propios fines. Por lo tanto, si el impulso y el movimiento pertenecen, por razón del amor, al Espíritu Santo, convenientemente se atribuye al Espíritu Santo el gobierno y propagación de las cosas. De aquí que Job diga: “El Espíritu de Dios me creó”; y el salmo: “Tu Espíritu es bueno; llévame por camino llano”.

Y como gobernar a los súbditos es un acto privativo del Señor, convenientemente se atribuye el dominio al Espíritu Santo. En efecto, dice el Apóstol: “El Espíritu es Señor”. Y en el símbolo de la fe se dice: “Creo en el Espíritu Santo, Señor”.

La vida se manifiesta sobre todo en el movimiento, pues decimos que “vive” lo que se mueve a sí mismo, y comúnmente todo cuanto se actúa a sí mismo para la operación. Luego, si por razón del amor le compete al Espíritu Santo el impulsar y el mover, convenientemente también se le atribuye la vida. Efectivamente, dice San Juan: “El Espíritu es el que da vida”; y Ezequiel: “Yo voy a hacer entrar en vosotros el Espíritu, y viviréis”. Y en el símbolo de la fe nosotros declaramos creer en el Espíritu Santo “vivificador”. Lo cual está también en consonancia con el nombre “Espíritu”, pues también la vida corporal de los animales existe mediante el espíritu, vital difundido desde el principio de la vida en los demás miembros.

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