Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XXIII: En Dios no hay accidente

CAPÍTULO XXIII

En Dios no hay accidente

Se sigue necesariamente de la verdad anterior que sobre la esencia de Dios nada puede añadirse, como tampoco haber en ella algo accidental. En efecto:

El ser mismo nada puede participar que no sea de su esencia, aunque el existente sí pueda hacerlo. Nada hay más formal y simple que el ser. Y así, el ser mismo de nada puede participar. Pero la substancia divina es el Ser mismo. Luego nada tiene que no sea su propia substancia. Ningún accidente, por tanto, puede estar en Él.

Todo lo que está en algún ser accidentalmente, lo está en virtud de una causa, pues es ajeno a la esencia del ser en que reside. Si en Dios hay, pues, algo accidentalmente, es necesario que lo sea por una causa. Luego o la causa del accidente es la misma substancia divina u otra cosa cualquiera. Si es otra cosa, necesariamente ha de obrar en la substancia divina, porque nadie introduce una forma substancial o accidental en un sujeto sin que de algún modo obre en él, ya que obrar no es otra cosa que actualizar, lo que se realiza por una forma. Dios, por tanto, será pasivo y recibirá el movimiento de otro agente. Y esto va contra lo ya probado. Si, por el contrario, la misma substancia divina es la causa del accidente que en ella está, es imposible que lo sea en cuanto sujeto receptor, porque entonces la misma cosa y bajo el mismo aspecto se actualizaría a sí misma. Luego si en Dios hay algún accidente, necesariamente, en un sentido lo recibe y lo causa en otro; de la misma manera que los seres corporales reciben sus propios accidentes por la naturaleza de la materia y los causan por la forma. Pero en este caso Dios sería compuesto. Y ya hemos probado más arriba lo contrario.

Todo sujeto es, con respecto a su accidente, como la potencia al acto: porque el accidente es una forma que actualiza de modo accidental. Pero en Dios no hay potencialidad, como más arriba se ha dado a conocer. En Él, por tanto, es imposible accidente alguno.

Todo aquel en quien se halla algo accidental, es de algún modo naturalmente mudable, pues el accidente, de suyo, está destinado naturalmente a la adherencia y no adherencia. Si pues, a Dios conviniera algo accidentalmente, fuera, en consecuencia, mudable, contra lo ya demostrado.

Cualquiera que sea sujeto de un accidente no es todo lo que tiene en sí, porque el accidente no pertenece a la esencia del sujeto. Pero Dios es todo lo que en sí posee. En Dios, por tanto, no hay accidente alguno. La proposición media se prueba así: Cualquier cosa se encuentra con más perfección en la causa que en el efecto. Pero Dios es causa de todo lo existente. Luego todo lo que en Él hay se encuentra de manera perfectísima. Ahora bien, lo que conviene más perfectamente a un ser es él mismo, porque esta unidad es más perfecta que la que forma un ser al unirse con otro substancialmente, como la forma a la materia, que a su vez es unión más perfecta que la resultante de la inhesión accidental de un ser en otro. Queda, pues, que Dios es todo lo que posee.

La substancia no depende del accidente, aunque el accidente dependa de la substancia. Pero lo que no depende de otro puede hallarse alguna vez sin él. Luego es posible encontrar alguna substancia sin accidentes. Y esto, al parecer, conviene principalmente a la substancia simplicísima, cual es la substancia divina. Por consiguiente, en la substancia divina no hay en absoluto accidente. Los tratadistas católicos convienen también en esta verdad. Dice, por ejemplo, San Agustín, en su libro “Sobre la Trinidad”, que en Dios no hay accidente. Con esta verdad expuesta se refuta el error de aquellos que, hablando según la ley de los sarracenos, admiten en Dios ciertas especies sobreañadidas a la substancia.

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