Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULO XXIV: El Espíritu Santo procede del Hijo

CAPÍTULO XXIV

El Espíritu Santo procede del Hijo

Algunos erraron también acerca de la procedencia del Espíritu Santo, diciendo que no procedía del Hijo. En consecuencia, debemos probar que el Espíritu Santo procede del Hijo.

Vemos claramente por la Sagrada Escritura que el Espíritu Santo es Espíritu del Hijo, pues se lee: “Pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Cristo”. Y para que nadie pueda decir que uno es el Espíritu que procede del Padre y otro el del Hijo, se demuestra por las palabras del Apóstol que es el mismo Espíritu Santo el del Padre y el del Hijo. Pues las palabras citadas: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Cristo”, las añade después de haber dicho: “Si el Espíritu de Dios habita en nosotros”, etcétera. Ahora bien, no puede decirse que el Espíritu Santo sea Espíritu de Cristo sólo porque lo tuvo en cuanto hombre, según aquello: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, se volvió del Jordán”; puesto que se dice: “Y por ser hijos de Dios, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abba!, ¡Padre!” Luego el Espíritu Santo nos hace hijos de Dios en cuanto que es Espíritu del Hijo de Dios. Y nos hacemos hijos adoptivos de Dios por semejanza al Hijo natural de Dios, según aquello: “Porque a los que antes conoció, a ésos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos”. Por tanto, gel Espíritu Santo es Espíritu de Cristo, en cuanto que éste es Hijo natural de Dios. Ahora bien, el Espíritu Santo sólo puede decirse Espíritu del Hijo de Dios por la relación de origen, porque en la Divinidad sólo se da esta distinción. Luego es necesario decir que el Espíritu Santo es de tal manera del Hijo, que procede de Él.

El Espíritu Santo es, además, enviado por el Hijo, según aquello: “Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre.” Mas quien envía tiene cierta autoridad sobre el enviado. Es, pues, preciso decir que el Hijo tiene cierta autoridad respecto al Espíritu Santo. No ciertamente de dominio o mayoridad, sino sólo de origen. Así, pues, el Espíritu Santo procede del Hijo. Y si alguien dice que también el Hijo es enviado por el Espíritu Santo, puesto que se afirma en San Lucas que el Señor dijo que en Él se había cumplido aquello de Isaías: “El espíritu del Señor descansa sobre mí, y me ha enviado a predicar la buena nueva a los abatidos”, se ha de tener en cuenta que el Hijo es enviado por el Espíritu Santo por haber asumido la naturaleza humana. Mas el Espíritu Santo no asumió la naturaleza creada para que, según ella, pueda decirse que es enviado por el Hijo o que el Hijo tiene autoridad sobre Él. Resulta, pues, que respecto a la persona eterna el Hijo tiene autoridad sobre el Espíritu Santo.

Además, dice el Hijo del Espíritu Santo: “Él me glorificará, porque tomará de lo mío”. Y no puede decirse que reciba do que pertenece al Hijo sin recibirlo de Él; como si dijera que recibe del Padre la esencia divina que pertenece al Hijo, por lo que se añade: “Todo cuanto tiene el Padre es mío; por esto os he dicho que tomará de lo mío”. Porque, si todas las cosas del Padre son también del Hijo, la autoridad del Padre, por la que es principio del Espíritu Santo, será también del Hijo. En consecuencia, así como el Espíritu Santo recibe del Padre lo que es del Padre, así también recibe del Hijo lo que es del Hijo.

Para probarlo pueden aducirse las autoridades de los doctores de la Iglesia, incluso de los griegos. Dice San Atanasio: “El Espíritu Santo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente del Padre y del Hijo”. También San Cirilo, en su epístola que aprobó el concilio de Calcedonia, dice: “Se llama Espíritu de Verdad, y es Espíritu de Verdad, y fluyó de Él, como en último término también de Dios Padre”. Y Dídimo afirma también en su libro “De Spiritu Sancto”: “Ni el Hijo es otra cosa más de lo que le ha sido dado por el Padre, ni es otra la substancia del Espíritu Santo, fuera de lo que le ha sido dado por el Hijo”. Y mueve a risa pensar que algunos conceden que el Espíritu Santo viene del Hijo o que fluye de Él, sin proceder de Él. Porque la palabra “procesión” parece ser la más común entre todas las que se refieren a origen. Pues todo lo que de cualquier modo es por otro decimos que procede de él. Y, puesto que las cosas divinas se designan mejor por palabras comunes que por especiales, la palabra “procesión” es la más apropiada hablando del origen de las divinas personas. Luego, si se concede que el Espíritu Santo “viene del Hijo” o “que fluye de Él”, es preciso que de Él proceda.

Además, leemos en la definición del concilio V: “Seguimos en todo a los santos Padres y doctores de la Iglesia, Atanasio, Hilario, Basilio, Gregorio el Teólogo y Gregorio Niseno, Ambrosio, Agustín, Teófilo, Juan de Constantinopla, Cirilo, León, Próculo; y admitimos todo lo que acerca de la fe ortodoxa y de la condenación de los herejes expusieron. Ahora bien, parece claro por muchos testimonios de San Agustín, principalmente del libro “De Trinitate” y del comentario “Super Ioannem”, que el Espíritu Santo viene del Hijo lo mismo que del Padre.

Lo cual puede probarse también con razones evidentes. Porque las cosas, efectuada la distinción material, que no puede tener lugar en las personas divinas, no se distinguen entre sí como no sea por alguna oposición, De suerte que las cosas que no se oponen pueden hallarse juntas en un mismo sujeto, porque no pueden ser causa de distinción alguna; y así lo blanco y lo triangular, que no se oponen, aunque sean diversos, pueden hallarse en un mismo sujeto. Ahora bien, según las enseñanzas de la fe católica, debemos suponer que el Espíritu Santo se distingue del Hijo; de lo contrario, no habría trinidad, sino dualidad de personas. Es necesario, pues, que tal distinción se haga por alguna oposición. Mas no por oposición de “afirmación y negación”, pues así se distinguen los entes de los no entes; ni por oposición de “privación y hábito”, porque así se distinguen las cosas perfectas de las imperfectas; ni tampoco por oposición de “contrariedad”, porque así se distinguen las cosas que son diversas por la forma, ya que la contrariedad -según enseñan los filósofos- es “una diferencia según la forma”. Diferencia que no conviene ciertamente a las personas divinas, puesto que tiene una sola forma, igual que una sola esencia, según aquello del Apóstol, que dice del Hijo: “Quien existiendo en la forma de Dios”, es decir, del Padre. Resulta, pues, que una persona divina no se distingue de la otra sino por oposición de relación: y así el Hijo se distingue del Padre según la oposición relativa de padre e hijo. Puesto que en las persones divinas no puede haber otra oposición relativa que la que es según el origen. En efecto, las cosas opuestas relativamente, o bien se fundan sobre la “cantidad”, como lo doble y la mitad, o bien sobre la “acción” y “pasión”, como señor y siervo, lo que mueve y lo movido, padre e hijo. Además, de los relativos que se fundan sobre la cantidad, unos se basan en la cantidad diversa, como doble y medio, mayor y menor; otros, en la misma unidad, como lo “mismo”, que significa uno en substancia; “igual”, que significa uno en cantidad, y “semejante”, que significa uno en cualidad. Ahora bien, las personas divinas no pueden distinguirse por relaciones fundadas sobre la diversidad de cantidad, pues así desaparecería la igualdad de las tres personas. Ni tampoco por las relaciones que se fundan sobre lo “uno”, puesto que tales relaciones no causan distinción, sino que más bien pertenecen a la conveniencia, aunque quizá, algunas presupongan distinción. En lo referente a las relaciones fundadas sobre la acción y pasión, siempre uno de los relativos es como sujeto, y desigual en virtud, exceptuadas solamente las relaciones de origen, en las que no se señala ninguna minoración, por razón de que en ellas se da algo que produce un semejante e igual a sí en naturaleza y en virtud. Resulta, pues, que las personas divinas sólo pueden distinguirse “con oposición relativa de origen”. Si, pues, el Espíritu Santo se distingue del Hijo, es preciso decir que procede de Él, pues no puede decirse que el Hijo proceda del Espíritu Santo, cuando más bien se dice que el Espíritu Santo es del hijo y es dado por el Hijo.

Del Padre provienen el Hijo y el Espíritu Santo. Es preciso, por tanto, que el Padre se relacione con el Hijo y con el Espíritu Santo, igual que el principio se relaciona con lo que de él se deriva. Mas con el Hijo se relaciona por razón de paternidad, pero no así con el Espíritu Santo, pues entonces el Espíritu. Santo sería hijo, ya que la paternidad no se dice sino en orden al hijo. Luego ha de haber otra relación por la que el Padre se relacione con el Espíritu Santo, a la cual llamamos “espiración”. Del mismo modo, así como en el Hijo hay una relación por la que se refiere al Padre y se llama “filiación”, así también debe haber en el Espíritu Santo otra relación por la que se refiera al Padre, a la cual llamamos “procesión”. Y así, atendiendo a la procedencia del Hijo respecto al Padre, hay dos relaciones, una en el principio y otra en el término del origen, a saber: “paternidad y filiación”; y otras dos por parte del origen del Espíritu Santo, que son la “espiración y la procesión”. La paternidad, pues, y la espiración no constituyen dos personas, sino que pertenecen a la única persona del Padre, porque no se oponen mutuamente. De suerte que, si la filiación y la procesión no tuvieran oposición entre sí, tampoco constituirían dos personas, sino que se referirían a una sola. Ahora bien, no puede haber otra oposición que la de origen. Luego es preciso que haya oposición de origen entre el Hijo y el Espíritu Santo, de modo que uno proceda del otro.

Aún más. Todas las cosas que convienen en algo común se distinguen según las diferencias pertenecientes esencial y no accidentalmente a dicho común. Por ejemplo, hombre y caballo, que convienen en lo animal, se distinguen entre sí no por blanco y negro, que son diferencias accidentales respecto al animal, sino por racional e irracional, que les son esenciales. Porque, como animal es lo que tiene alma, es necesario que se distingan entre sí por tener tal o cual alma, es decir, racional o irracional. Pero es evidente que el Hijo y el Espíritu Santo convienen en que son por otro, pues ambos provienen del Padre, y, según esto, el Padre se distingue convenientemente de uno y otro en cuanto que carece de origen. Por tanto, si el Espíritu Santo se distingue del Hijo, ha de ser necesariamente por las diferencias que dividan esencialmente el “ser por otro”. Las cuales diferencias, en verdad, no pueden ser sino del mismo género, es decir, pertenecientes al origen, de modo que uno de ellos proceda del otro. Resulta, pues, que para que el Espíritu Santo se distinga del Hijo es preciso que proceda del Hijo.

Y si alguien dice que el Espíritu Santo se distingue del Hijo, no por proceder del Hijo, sino por el diverso origen de ambos con respecto al Padre, necesariamente habremos de volver a lo mismo. Porque, si el Espíritu Santo es algo distinto del Hijo, es preciso que también sea distinto el origen o procesión de uno y otro. Ahora bien, dos orígenes no pueden distinguirse más que por el término, o el principio, o el sujeto. Ejemplos: por parte del término, el origen del caballo se distingue del origen del buey, en cuanto que estos dos orígenes terminan en naturalezas específicamente distintas. Por parte del principio, como si suponemos, dentro de la misma especie animal, que algunos son engendrados solamente por la virtud activa del sol y otros por la virtud activa de la semilla, junto con aquella otra. Finalmente, por parte del sujeto, se distingue la generación de este y de aquel caballo en que la naturaleza de la especie es recibida en distinta materia; pero esta distinción, por parte del sujeto, no puede tener lugar en las personas divinas, puesto que son completamente inmateriales. Tampoco puede haber distinción de procesiones por parte del término, si así es permitido hablar, puesto que el Espíritu Santo, procediendo, recibe la misma y única naturaleza divina que recibe el Hijo naciendo. Luego uno y otro origen sólo pueden distinguirse por parte del principio. Ahora bien, es claro que el principio del origen del Hijo es solamente el Padre. Luego, si el principio de la procesión del Espíritu Santo fuese solamente el Padre, la procesión del Espíritu Santo no se distinguirla de la generación del Hijo, y así tampoco el Espíritu Santo sería distinto del Hijo. Por tanto, para que haya otras procesiones y otros que procedan, es necesario decir que el Espíritu Santo no procede solamente del Padre, sino del Padre y del Hijo.

Pero si alguien dice nuevamente que las procesiones difieren según el principio, en cuanto que el Padre produce al Hijo por modo de entendimiento, como Verbo, y al Espíritu I Santo por modo de voluntad, como Amor, será preciso decir -conforme a esto- que, según la diferencia de la voluntad y del entendimiento en Dios Padre, se distinguen las dos procesiones y los dos procedentes. Pues bien, la voluntad y el entendimiento en Dios Padre no se distinguen realmente, sino sólo de razón, como probamos en el primer libro (cc. 45, 73). Se sigue, pues, que entre las dos procesiones y los procedentes sólo habrá distinción de razón. Ahora bien, aquellas cosas que se distinguen sólo conceptualmente -o según razón- se predican mutuamente, porque es verdadero decir que la voluntad divina es su entendimiento y viceversa. Luego será verdadero decir que el Espíritu Santo es el Hijo y viceversa; lo cual es la herejía sabeliana (cf. c. 5). En consecuencia, para la distinción del Espíritu Santo y del Hijo no es suficiente decir que el Hijo procede por modo de entendimiento y el Espíritu Santo por modo de voluntad, a no ser que con esto se diga también que el Espíritu Santo procede del Hijo.

Además, si decimos que el Espíritu Santo procede por modo de voluntad, y el Hijo por modo de entendimiento, se sigue que el Espíritu Santo procede del Hijo. Porque el amor procede del Verbo, puesto que no podemos amar nada si no lo concebimos con el verbo del corazón.

Es más, si alguien considera las diversas especies de cosas, verá entre ellas cierto orden, en cuanto que los vivientes están por encima de los no vivientes; y los animales, por encima de las plantas; y el hombre, por encima de los demás animales, y en cada uno de éstos se hallan diversos grados según las diversas especies; de donde dedujo Platón que las especies de las cosas eran números, que varían de especie por adición o substracción de la unidad. Por tanto, en las substancias inmateriales no puede haber más distinción que la que es según el orden. Ahora bien, en las divinas personas, que son completamente inmateriales, no puede haber más orden que el de origen. Luego no hay dos personas procedentes de una, si una de ellas no procede de la otra. Es necesario, pues, que el Espíritu Santo proceda del Hijo.

Además, el Padre y el Hijo, en cuanto a la unidad de esencia, no se distinguen sino en que uno es Padre y el otro es Hijo. Por tanto, todo lo que esté fuera de esto es común al Padre y al Hijo. Ahora bien, ser principio del Espíritu Santo está fuera de la razón de paternidad y filiación, puesto que una es la relación por la que el Padre es Padre, y otra por la que el Padre es principio del Espíritu Santo, según dijimos antes. Luego ser principio del Espíritu Santo es común al Padre y al Hijo.

Todo lo que no es contra la razón de alguno no es imposible que le convenga, como no fuere quizá accidentalmente. Mas ser principio del Espíritu Santo no es contra la razón de Hijo, ni en cuanto es Dios, puesto que el Padre es principio del Espíritu Santo; ni en cuanto que es Hijo, puesto que una es la procesión del Espíritu Santo y otra la del Hijo. Mas no repugna que lo que viene de un principio según una procesión sea principio de la procesión de otro. Resulta, pues, que no es imposible que el Hijo sea principio del Espíritu Santo. Pero lo que no es imposible puede ser. Y “en Dios no difiere el ser y el poder”. Luego el Hijo es principio del Espíritu Santo.

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