Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XXVIII: Del error de Fotino acerca de la encarnación

CAPÍTULO XXVIII

Del error de Fotino acerca de la encarnación

Algunos, falseando el sentido de las Escrituras, erraron acerca de la divinidad y humanidad de nuestro Señor Jesucristo.

Porque hubo algunos, como Ebión y Corinto, y después Pablo de Samosata y Fotino, que sólo admitieron en Cristo la naturaleza humana, imaginando que en Él está la divinidad, no por naturaleza, sino por cierta excelente participación de la gloria divina que mereció por sus obras, según dijimos antes (c. 4).

Pero, omitiendo algunas cosas que ya dijimos antes contra esta opinión (ibíd.), hemos de advertir que ella destruye el misterio de la encarnación.

Porque, según esta opinión, Dios no hubiese asumido la carne para hacerse hombre, sino que más bien el hombre carnal se hubiese hecho Dios. Y así no sería verdad el dicho de San Juan: “El Verbo se hizo carne”, sino lo contrario, “la carne se hizo Verbo”.

Igualmente, no convendrían al Hijo de Dios la anonadación o el descenso, sino que más bien convendría al hombre la glorificación y la ascensión, y así no seria verdadero el dicho del Apóstol: “Quien, existiendo en la forma de Dios, se anonadó, tomando la forma de siervo”; sino solamente la exaltación del hombre a la gloria divina, de la que dice después: “Por lo cual Dios le exaltó”.

Tampoco sería verdad lo que dice el Señor: “He bajado del cielo”, sino sólo aquello: “Subo a mi Padre”; siendo así que la Sagrada Escritura une ambas cosas. Porque dice el Señor: “Nadie sube al cielo sino quien bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está, en el cielo”; y “El mismo que bajó es el que subió sobre todos los cielos”.

Y así tampoco convendría al Hijo el ser enviado por el Padre ni el haber salido del Padre para venir al mundo, sino sólo el ir al Padre; y, sin embargo, El mismo une ambas cosas, diciendo: “Mas ahora voy al que me ha enviado”; y también: “Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y me voy al Padre”; con lo cual se comprueba a la vez la humanidad y la divinidad.

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