Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XXXI: No es necesario que haya habido siempre criaturas

CAPÍTULO XXXI

No es necesario que haya habido siempre criaturas

De lo anterior queda por demostrar que no es necesario que hayan existido eternamente cosas creadas. Pues:

Si es necesario que exista el universo creado o una criatura cualquiera, es preciso que esa necesidad provenga de sí misma o de otro. De sí ciertamente que no la puede tener, pues se demostró antes (c. 15) que todo ente proviene necesariamente del ente primero. Mas lo que no tiene el ser de sí es imposible que tenga de sí la necesidad de ser, porque lo que necesariamente es, es imposible que no sea; y asá, lo que tiene de sí la necesidad de ser, de suyo tiene la imposibilidad de que sea no‑ser, y, por consiguiente, que no sea no‑ser y que sea, por tanto, ser.

Pero, si esta necesidad de la criatura proviene de otro, debe provenirle de alguna cosa extrínseca, porque cualquier cosa que se considere intrínseca a la criatura tiene el ser recibido de otro. Ahora bien, la causa extrínseca es o eficiente o final. Por parte de la eficiente, el efecto existe necesariamente cuando el agente obra necesariamente, pues el efecto depende de la causa eficiente por virtud de la acción del agente. Por tanto, si el agente no obra necesariamente en la producción del efecto, tampoco el efecto existe con necesidad absoluta. Pero ya se ha visto que Dios no obra con necesidad alguna en la producción de las criaturas (c. 23). Luego no es absolutamente necesario que la criatura exista si esta necesidad se la hace depender de la causa eficiente. -Ni tampoco es necesario que exista atendiendo a la causa final. Pues lo que se ordena a un fin no recibe la necesidad del fin sino en cuanto que sin ello el fin o no puede existir, como la conservación de la vida sin comida, o no puede existir con facilidad, como un largo viaje sin caballo. Ahora bien, el fin de la divina voluntad, del cual procedieron todas las cosas en el ser, no puede ser otro que su bondad, como se mostró en el libro primero (c. 75), la cual no depende de las criaturas, ni en cuanto al ser, pues existe necesariamente, ni en cuanto al bienestar, por ser de suyo absolutamente perfecta; todo lo cual se ha demostrado más arriba (cc. 13 y 28). Luego no es absolutamente necesario que la criatura exista. Y, por consiguiente, tampoco es necesario afirmar que siempre haya existido.

Lo que procede de la voluntad no es absolutamente necesario, a no ser quizás cuando es necesario que la voluntad quiera un objeto determinado. Mas Dios no produjo las criaturas en el ser por necesidad de naturaleza, sino por voluntad, según se probó (l. 1, c. 81); ni tampoco quiere necesariamente que exista, como también se ha demostrado en el primer libro. Luego no es absolutamente necesario que la criatura exista. Y, en consecuencia, tampoco es necesario que haya existido siempre.

Consta, por lo dicho anteriormente (c. 23), que Dios no obra con acción alguna que sea exterior a Él como saliendo de Él y terminando en la criatura, así como el calor sale del fuego y termina en los leños; pues su querer es su obrar; y también sabemos que las cosas existen tal como Dios quiere que existan. Mas no es necesario que Dios haya querido la existencia sempiterna de la criatura, desde el momento que tampoco es necesario que Dios quiera que la criatura existiese en absoluto, como se demostró en el primer libro (c. 81). Luego no es necesario que la criatura haya existido siempre.

Nada procede necesariamente de un agente voluntario sino por razón de algún débito. Pero ningún débito tenía Dios en producir la criatura, si se considera en absoluto la producción de las criaturas en su totalidad, según se probó ya (c. 28). Luego Dios no produjo por necesidad la criatura. Y, en consecuencia, tampoco es necesario que Dios, por más que sea sempiterno, haya producido la criatura desde la eternidad.

Se ha demostrado antes (cc. 29 y 30) que no hay necesidad absoluta en las cosas creadas con relación al primer principio que existe necesariamente por sí mismo, que es Dios, sino con relación a las otras causas, que no existen necesariamente por sí mismas. Pero la necesidad que tiene alguna cosa en orden a algo que no es necesario por sí mismo, no obliga a concluir que haya tenido que existir siempre; como en el supuesto de que, si algo corre, se mueve, pues no es necesario que siempre haya estado moviéndose, porque el mismo correr no es necesario en sí mismo. Luego nada obliga a concluir que las criaturas hayan existido siempre.

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