Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XXXI: La perfección divina y la pluralidad de nombres no repugnan a la simplicidad de Dios

CAPÍTULO XXXI

La perfección divina y la pluralidad de nombres no repugnan a la simplicidad de Dios

Se puede ver también, por lo que precede, que la perfección divina y los muchos nombres dados a Dios no se oponen a su simplicidad.

Hemos dicho que se atribuyen a Dios las perfecciones de los otros seres, de la misma manera que se hallan los efectos en las causas equívocas. Y estos efectos están en sus causas virtualmente, como el calor en el sol. Pero esta virtud, si no fuese de alguna manera del género del calor, el sol, al obrar por ella, no produciría algo semejante a sí. Precisamente por esta virtud se dice que el sol es cálido, no sólo porque produce calor, sino también porque la virtud con que obra es conforme al calor. Sin embargo, con la misma virtud con que el sol produce calor, hace otros muchos efectos en los cuerpos inferiores, por ejemplo, la sequedad. Y así, el calor y la sequedad, que en el fuego son cualidades diversas, se atribuyen al sol por razón de una misma virtud. De igual modo, todas las perfecciones que convienen a los otros seres por diversas formas es necesario atribuirlas a Dios por razón de una misma virtud, que no es otra cosa que su propia esencia, ya que, como dijimos, nada puede ser accidental en Él. Así, pues, llamamos “sabio” a Dios, no sólo en cuanto es autor de la sabiduría, sino también porque, en la medida que nosotros somos sabios, imitamos de alguna manera su virtud, que nos hace sabios En cambio, no le llamamos “piedra”, aunque sea el hacedor de ella, porque el nombre de piedra significa un determinado modo de ser, que distingue la piedra de Dios; imita, sin embargo, la piedra a Dios, en cuanto Él es causa y razón de su ser, de la bondad y de otros atributos, igual que le imitan las demás criaturas.

Algo parecido a esto sucede en las potencias cognoscitivas y en las virtudes operativas humanas. El entendimiento conoce, por una sola virtud, todo lo que capta la parte sensitiva mediante diversas potencias, además de muchas otras cosas. Asimismo, en la medida que sea más elevado, el entendimiento podrá conocer con más unidad muchas cosas que un entendimiento inferior llega a conocer por muchos medios. La potestad real, por ejemplo, se extiende a todas las cosas que dicen relación a los diferentes poderes subordinados. Así, pues, también Dios, por su ser uno y simple, posee la perfección absoluta que los otros seres consiguen por diferentes medios y en un grado mucho menor.

Es evidente, por todo esto, la necesidad de dar a Dios muchos nombres. Porque no podemos conocerle naturalmente sino llegando a Él por medio de sus efectos, es necesario que sean diversos los nombres con que expresarnos sus perfecciones, así como son varias las perfecciones que encontramos en las cosas. Si, en cambio, pudiéramos entender la esencia divina como ella es y aplicarle un nombre propio, la expresaríamos con un solo nombre. Lo que se promete a los que verán a Dios en su esencia: “En aquel día será uno el Señor y uno su nombre”.

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