Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XXXIII: Razones que, partiendo de las criaturas, aducen los que quieren probar la eternidad del mundo

CAPÍTULO XXXIII

Razones que, partiendo de las criaturas, aducen los que quieren probar la eternidad del mundo

Hay otras razones, por parte de las criaturas, que parecen mostrar lo mismo. Pues:

Lo que no está en potencia a no ser es imposible que no sea. Pero hay entre las criaturas algunas en las que no hay potencia a no ser. Efectivamente, no puede haber potencia a no ser más que en aquellas que tienen materia sujeta a contrariedad, porque la potencia a ser y a no ser es potencia a la privación y a la forma, de las cuales es sujeto la materia; y la privación siempre ya unida a la forma contraria, al ser imposible que exista la materia sin forma alguna. Es así que hay algunas criaturas en las que no se da materia sometida a contrariedad, ya sea porque no tienen materia en absoluto, como las substancias intelectuales, según se demostrará más adelante (capítulo 50); sea porque no tienen contrario, como los cuerpos celestes, cuyo movimiento demuestra que no tienen contrario. Luego es imposible que algunas criaturas que son no sean. Por tanto, es necesario que existan siempre.

Tanto dura algo en el ser, cuanto es su capacidad de ser, salvo en caso de accidente, como ocurre en lo que se corrompe de manera violenta. Pero hay algunas criaturas en las que hay capacidad de ser no sólo para un tiempo determinado, sino para ser siempre, como los cuerpos celestes y las substancias intelectuales, que son incorruptibles por no tener contrario. Luego lógicamente ha de competirles existir siempre. Pero lo que tiene comienzo no existió siempre. Por tanto, no comenzaron a existir.

Siempre que algo comienza a moverse de nuevo, es necesario que el que mueve o el movido, o uno y otro, se comporte de distinta manera en el instante en que hay movimiento que antes, cuando no habla movimiento, pues media cierta disposición o relación entre el que se mueve y el movido en el acto mismo de mover; nueva relación que no comienza sin la mutación de uno y otro, o de uno al menos, de los extremos. Pues lo que se comporta de distinto modo ahora y antes, se mueve. Luego es preciso que al movimiento que comienza de nuevo preceda otro movimiento en el móvil o en el moviente. Y, por consiguiente, es necesario que todo movimiento sea eterno o que le preceda otro movimiento, resultando que siempre hubo movimiento y, por ende, también móviles. Y así, existieron siempre criaturas, pues Dios es absolutamente inmóvil, según se probó en el libro primero (c. 13).

Todo agente, al engendrar algo semejante a él, intenta conservar perpetuamente su ser específico, ya que no puede conservar perpetuamente su ser individual. Pero es imposible que el apetito natural sea vano. Luego es necesario que las especies de las cosas que se engendran sean perpetuas.

Si el tiempo es perpetuo, necesariamente el movimiento es perpetuo, por ser “la medida del movimiento”; y, consiguientemente, los móviles han de ser también perpetuos, por ser el movimiento “acto del móvil”. Pero el tiempo debe ser perpetuo, porque, efectivamente, no es comprensible que haya tiempo sin, que haya “ahora”, como tampoco se puede entender la línea sin el punto. Ahora bien, el “ahora” es siempre “el fin del pretérito” y “el principio del futuro” pues tal es la definición del mismo “ahora”; y así, cualquier “ahora” dado incluye en su concepto tiempo anterior y posterior, no pudiendo, de esta suerte, ningún “ahora” ser lo primero ni lo Último. En consecuencia, forzoso es decir que los móviles, que son las substancias creadas, existen desde la eternidad.

Es preciso o afirmar o negar. Luego, si a la negación del algo se sigue su afirmación, es necesario que ello exista siempre. Y el tiempo es de esta condición; porque si el tiempo pretérito no existió siempre, esto equivale a admitir antes su no‑ser que su ser; y del mismo modo, si no ha de existir siempre el futuro, es necesario que su no‑ser sea posterior a su ser. Pero el antes y el después no pueden darse en la duración si no hay tiempo, porque el tiempo es “la medida de lo anterior y lo posterior”, y, en este caso, el tiempo pretérito habría necesariamente existido antes de comenzar a existir, y el futuro existiría después de dejar de existir. Por lo que el tiempo deberá ser eterno. Mas el tiempo es un accidente, que no puede darse sin sujeto; y su sujeto no es Dios, que está sobre el tiempo, por ser totalmente inmóvil, como se probó en el libro primero (cc. 13 y 15). Luego concluyese que alguna substancia creada es eterna.

Hay muchas proposiciones tales que el que las niega necesariamente las afirma, como el que niega que exista la verdad afirma que la verdad existe, pues afirma que la negación que profiere es verdadera. Lo mismo ocurre respecto al que niega este principio: la contradicción no es simultánea; pues, negando esto, dice que la negación que establece es verdadera, y la afirmación opuesta, falsa; y así, que lo uno y lo otro no puede verificarse de lo mismo. Luego si aquello a cuya remoción se sigue su posición tiene que existir siempre, según se probó ya, síguese que las proposiciones antedichas y todas las que de ellas se derivan son sempiternas. Pero estas proposiciones no son Dios. Luego tiene que haber algo eterno además de Dios.

Estas y parecidas razones se pueden aducir por parte de las criaturas para probar que las criaturas han existido siempre.

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