Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XXXV: Contra el error de Eutiques

CAPÍTULO XXXV

Contra el error de Eutiques

Y como, según vimos muchas veces (c. prec.), es preciso entender el misterio de la encarnación de suerte que sea una e idéntica la persona del Verbo de Dios y la del hombre, queda ahora una dificultad en el estudio de este misterio. En efecto, la personalidad divina sigue necesariamente a la naturaleza divina. Y lo mismo hay que decir de la naturaleza humana, pues todo lo que subsiste en la naturaleza intelectual o racional tiene razón de persona. De ahí que no parezca posible que haya una sola persona, siendo dos las naturalezas, divina y humana.

Para solucionar tal dificultad, propusieron algunos diversas opiniones. Y así Eutiques, para salvar, contra Nestorio, la unidad de persona en Cristo, dijo que había también en Cristo una sola naturaleza, de suerte que, a pesar de que antes de la unión hubiera dos naturalezas distintas, divina y humana, sin embargo, en la unión se juntaron en una sola naturaleza. Y así decía que la persona de Cristo “procedía de dos naturalezas”, pero “que no subsistía en dos naturalezas”. Por esto fue condenado en el sínodo de Calcedonia.

Mas se ve que esta opinión es falsa por muchas razones. En efecto, probamos arriba que en Cristo Jesús hubo cuerpo y alma racional y divinidad. Y es evidente que el cuerpo de Cristo, aun después de la unión, no fue la misma divinidad del Verbo, puesto que el cuerpo de Cristo, incluso después de la unión, fue palpable y visible a los ojos corpóreos y distinto de los demás por la configuración de los /miembros. Todo lo cual es extraño a la divinidad del Verbo, según se ve por lo dicho (l. 1, c. 17 ss.). De la misma manera, también el alma de Cristo, después de la Unión, fue algo distinto de la divinidad del Verbo, ya que el alma de Cristo, aun después de la unión, estuvo afectada por las pasiones de tristeza, de dolor y de ira, lo que no puede convenir en modo alguno a la divinidad del Verbo, según aparece por lo dicho (1. 1, c. 89). Pero el alma y el cuerpo humanos constituyen la naturaleza humana. En consecuencia, aun después de la unión, en Cristo se distinguió la naturaleza humana de la divinidad del Verbo, que es naturaleza divina. Hay, pues, en Cristo, incluso después de la unión, dos naturalezas.

Además, naturaleza es aquello por lo que una cosa se dice cosa natural. Y una cosa se dice natural en cuanto que tiene forma, lo mismo que la cosa artificial. Por ejemplo, no se dice casa mientras no tenga la forma del arte, como no se dice caballo mientras no tenga la forma de su naturaleza. Por lo tanto, la forma de la cosa natural es su naturaleza. Ahora bien, es preciso decir que en Cristo hay dos formas aun después de la unión, pues dice él Apóstol hablando de Cristo Jesús que, “existiendo en la forma de Dios, tomó la forma de siervo”. Y no puede decirse que la forma de Dios sea la misma forma de siervo, puesto que nadie recibe lo que ya tiene. Y así, si la forma de Dios fuese la misma del siervo, teniendo ya la forma de Dios, no recibiría la de siervo. Ni puede decirse tampoco que la forma de Dios haya desaparecido en Cristo a causa de la unión, pues así Cristo no sería Dios después de la unión. Tampoco puede decirse que haya perecido la forma de siervo en la unión, porque en tal caso no la recibiría. Y ni siquiera puede decirse que la forma de siervo se haya mezclado con la forma de Dios, porque las cosas mezcladas no permanecen íntegras, sino que desaparecen en parte; según esto, no podría decirse que había recibido la forma de siervo, sino sólo parte de ella. Y así, es preciso afirmar, según las palabras del Apóstol, que en Cristo, después de la unión, hubo dos formas. Luego también dos naturalezas.

El nombre de “naturaleza” se usó en primer lugar para designar la generación de los que nacen. De ahí pasó a significar el principio de tal generación. Y luego se usó para el principio intrínseco del movimiento en el móvil. Y como tal principio es materia o forma, se llama también naturaleza la forma o la materia de la cosa natural que tiene en sí el principio del movimiento; y como la forma y la materia constituyen la esencia de la cosa natural, el nombre de naturaleza se extendió a significar la esencia de cualquier cosa que exista en la naturaleza, de suerte que se llama naturaleza de alguna cosa a “la esencia significada por la definición” y en este sentido hablamos aquí de la naturaleza cuando decimos que en Cristo están la naturaleza humana y la divina.

Si, pues, según decía Eutiques, la naturaleza humana y la divina fueron dos antes de la unión, pero de ellas resultó una sola naturaleza después de unidas, es preciso que esto suceda mediante alguno de los mudos por los que de muchas cosas suele hacerse una.

Y que de muchas cosas salga una acontece, en primer lugar, “según el solo orden”, y así de muchas casas resulta una ciudad y de muchos soldados un ejército. En segundo, “según el orden y la composición”, y así de las partes de la casa unidas y de la conexión de las paredes se hace la casa. Pero estas dos maneras no sirven para constituir de muchas naturalezas una sola.

Y en tercer lugar se hace una cosa de muchas “por mezcla”, tal como de los cuatro elementos se hace un cuerpo mixto. Y tampoco este modo atañe a nuestro propósito. En primer lugar, porque la mezcla es solamente de aquellos que tienen materia común y que pueden obrar y recibir mutuamente, lo cual no puede acontecer aquí, pues probamos en el libro primero (cc. 17 ss.) que Dios es inmaterial y completamente impasible. En segundo lugar, porque no puede resultar mezcla alguna de aquellas cosas de las cuales una excede mucho a las otras. Pues, si alguien echa una gota de vino en mil ánforas de agua, no habrá mezcla, sino pérdida de vino; y por lo mismo no decimos que la leña echada al horno de fuego se mezcla con el fuego, sino más bien que es consumida por el fuego, gracias a la excelente virtud del fuego. Ahora bien, la naturaleza divina excede hasta el infinito a la humana, por ser infinita la virtud de Dios, según probamos en el primer libro (capítulo 43). Luego de ninguna manera pueden mezclarse una y otra naturalezas. En tercer lugar, porque, dado que hubiera mezcla, ninguna de las dos permanecería íntegra, porque las cosas que se mezclan desaparecen en la mezcla si ésta es verdadera. En consecuencia, si se mezclan ambas naturalezas, a saber, la divina y la humana, ni una ni otra permanecerían, pero sí una distinta. Y así Cristo no sería ni Dios ni hombre. Luego lo que dijo Eutiques no puede entenderse como si en el Señor Jesucristo hubiese habido dos naturalezas antes de la unión y, después de la unión, una sola; como si de dos naturalezas resultara una sola. Sólo cabe entenderlo de modo que, después de la unión, haya permanecido una de ellas. Por lo tanto, o hubo en Cristo solamente la naturaleza divina, siendo en El imaginario lo que parecía humano, según dijo Maniqueo; o la naturaleza divina se convirtió en humana, según enseñó Apolinar, contra lo que argüimos antes (cc. 29 ss.). Resulta, pues, que es imposible que antes de la unión hubiera dos naturalezas en Cristo y después de la unión una sola.

Además, nunca se ha visto que, permaneciendo dos naturalezas, se haga de ellas una sola; y la razón está en que cada naturaleza es un todo, mientras que aquellas cosas de las que se forma otra tienen razón de parte; y así, puesto que del alma y del cuerpo se hace uno, ni el cuerpo ni el alma pueden llamarse naturaleza, pues ni uno ni otro tienen especie completa, sino que ambos son partes de una misma naturaleza. Por lo tanto, por ser la naturaleza humana, y lo mismo la divina, una naturaleza completa, es imposible que concurran en una sola naturaleza, a no ser que una u otra perezca. Mas esto no puede suceder, pues es evidente por lo dicho (c. prec.) que Cristo, siendo uno, es verdadero Dios y verdadero hombre. Luego es imposible que en Cristo haya una sola naturaleza.

De dos cosas que permanecen se hace una sola naturaleza, primero, de partes corporales, así como con miembros se constituye un animal; lo que no tiene lugar aquí por no ser algo corpóreo la naturaleza divina. Segundo, de materia y de forma se hace algo único, así como con el alma y el cuerpo se hace un animal. Mas esto no dice a nuestro caso, pues vimos en el libro primero (cc. 17, 27) que Dios ni es materia ni puede ser forma de alguien. Si, pues, Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, según consta (c. prec.), es imposible que en El haya una sola naturaleza.

La adición o substracción de algún principio esencial cambia la especie de la cosa y, en consecuencia, también la naturaleza, que no es más que la “esencia significada en la definición”, según dijimos antes. Y por esto vemos que una diferencia específica añadida o quitada a la definición hace variar de especie, y así, animal racional y carente de razón se distinguen específicamente, igual que en los números la unidad añadida o disminuida hace otra especie de número. Ahora bien, la forma es el principio esencial. Luego toda adición de forma cambia la especie y la naturaleza en el sentido en que usamos aquí naturaleza. En consecuencia, si la divinidad del Verbo se añadiera a la naturaleza humana como forma, resultaría otra. Y así Cristo no sería de la naturaleza humana, sino de otra cualquiera; lo mismo que un cuerpo animado es de naturaleza distinta del que es solamente cuerpo.

Las cosas que no convienen en naturaleza, tampoco son semejantes en especie, como hombre y caballo. Mas si la naturaleza de Cristo se compone de la divina y de la humana, es evidente que la naturaleza de Cristo no está, en los demás hombres. Y, en consecuencia, no es semejante a nosotros según la especie. Lo cual va contra el Apóstol, que dice: “Hubo de semejarse en todo a sus hermanos”.

Con la forma y la materia se constituye siempre una sola especie, que es predicable de muchas cosas, en acto o en potencia, dentro de lo que ella comprende. Luego, si a la naturaleza humana le sobreviene como forma la naturaleza divina, es necesario que de la mezcla de ambas resulte cierta especie común, participable por muchos. Lo cual es evidentemente falso, puesto que no hay sino un solo Señor, Jesucristo, Dios y hombre. En consecuencia, la naturaleza divina y la humana no constituyeron en Cristo una sola naturaleza.

También parece ser extraño a la fe lo que dijo Eutiques, a saber: que antes de la unión hubo en Cristo dos naturalezas. Pues como quiera que la naturaleza humana se compone de alma y cuerpo, se seguiría que, bien el alma, bien el cuerpo, bien una y otro, hubieran existido antes de la encarnación de Cristo. Lo cual, según se ve por lo dicho (cc. 30, 34), es falso. Luego es contrario a la fe decir que hubo en Cristo dos naturalezas antes de la unión y una sola después de ella.

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