Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO XXXV: Solución de las razones antes puestas, y primeramente de aquellas que se aducían por parte de Dios

CAPÍTULO XXXV

Solución de las razones antes puestas, y primeramente de aquellas que se aducían por parte de Dios

Conviene, por tanto, demostrar que dichas razones no concluyen necesariamente. Y en primer lugar, aquellas que se aducen por parte del agente. Así:

No es necesario que Dios se mueva por sí ni accidentalmente porque sus efectos comiencen a existir de nuevo, según procedía la “primera razón”. Porque, ciertamente, la novedad del efecto puede indicar la mutación del agente, en cuanto demuestra la novedad de la acción, puesto que no puede ser que en el agente haya una nueva acción si no se mueve en alguna manera, al menos de la inacción al acto. Mas la novedad del efecto divino no demuestra una novedad de la acción divina, por en su acción su esencia, según se demostró ya antes (c. 9). De donde tampoco la novedad del efecto puede demostrar la mutación del agente que es Dios.

Tampoco se deduce necesariamente de la eternidad de la acción del agente primero la eternidad de su efecto, como concluía la “segunda razón”. Pues se ha demostrado antes (c. 23) que Dios produce las cosas por su voluntad. Mas no de manera que haya alguna otra acción su ya intermedia, como en nosotros la acción de la facultad motriz es intermedia entre el acto de la voluntad y el efecto, como se ha probado en los capítulos precedentes; sino que su entender y querer son necesariamente su hacer. Ahora bien, el efecto procede del entendimiento y de la voluntad, conforme a la determinación del entendimiento y el imperio de la voluntad. Por lo que, así como por el entendimiento se determina a la cosa que ha de ser hecha cualquier otra condición, así también se le prescribe el tiempo, pues el arte no sólo determina que esto sea tal, sino que exista en tal momento, como el médico que se dé la poción en tal instante. De donde, si su querer fuese de suyo eficaz para producir el efecto, tendría lugar la producción de un efecto nuevo por un acto voluntario antiguo, sin existir ninguna nueva acción. Nada impide, pues, decir que la acción de Dios existió desde la eternidad, pero que su efecto no existió desde la eternidad, sino en el instante dispuesto desde la eternidad.

Esto evidencia también que, aunque Dios sea la causa suficiente de la producción de las cosas en el ser, sin embargo no es necesario que se suponga su efecto como eterno, por el hecho de que Él sea eterno, según concluía la “razón tercera”. En efecto: puesta la causa suficiente, se sigue su efecto, mas no un efecto extraño a ella, pues esto sería por insuficiencia de la causa, como si lo cálido no calentase. Pero efecto propio de la voluntad es que exista lo que ella quiere; porque si existiese alguna otra cosa de lo que la voluntad quiere, no se consideraría efecto propio de tal causa, sino ajeno a ella. Y bien, la voluntad, según se ha dicho, así como quiere que esto sea tal, así quiere que esto exista en tal momento. De donde, para que la voluntad sea causa suficiente, no se requiere que el efecto exista cuando existe el acto voluntario, sino cuando la voluntad dispone que exista el efecto. Ciertamente que en las cosas que proceden de una causa agente natural ocurre de manera distinta, porque la acción natural corresponde a su modo de ser; de donde a la existencia de la causa sigue necesariamente el efecto. Mas la voluntad obra, no en conformidad con su ser, sino atendiendo a su propósito. Y por esto, así como el efecto del agente natural sigue a la existencia del agente, si es suficiente, así el efecto del agente voluntario sigue al modo de ser de lo que se ha propuesto.

Con esto queda también claro que no se retrasa el efecto de la divina voluntad aunque no haya existido siempre, y sí haya existido siempre la voluntad, según suponía la “razón cuarta”. Porque cae bajo la voluntad divina no sólo que exista su efecto, sino que exista cuando sea. Luego el querer consistente en que la criatura exista en tal momento no se retrasa, porque la criatura comienza a. existir en el instante que Dios dispuso desde la eternidad.

Por otra parte, no se puede admitir diversidad alguna de partes en ninguna clase de duración antes del comienzo de todas las criaturas, como se suponía en la “quinta razón”. Porque la nada no tiene medida, ni duración, y la duración de Dios, que es la eternidad, no tiene partes, sino que es absolutamente simple, no teniendo antes ni después, por ser Dios inmóvil, según se probó en el libro primero (c. 15). Luego no se puede comparar el comienzo de toda criatura con el de algunas que se encuentran ya bajo alguna medida preexistente, creyendo que ha de haber una razón que determina al agente a la producción de la criatura en el ser en un momento determinado de tal duración, y no en otro precedente o siguiente, pues respecto a ellas, el principio de las criaturas en su totalidad puede conducirse de manera semejante o distinta. Habría, ciertamente, motivo para indagar tal razón si existiese alguna duración divisible en partes antes de ser producida criatura alguna, como acontece en algunos agentes particulares, por los que es producido el efecto en el tiempo, mas no el tiempo mismo. Pero Dios produjo a la vez en el ser la criatura y el tiempo. No hay, por tanto, en esto razón alguna que nos mueva a pensar por qué ahora y no antes, sino por qué no siempre. Caso muy parecido a éste es el que nos ofrece el lugar, pues los cuerpos particulares, así como son producidos en un tiempo determinado, así también lo son en un determinado lugar; y como tienen fuera de sí al tiempo y al lugar que los contienen, es natural que haya una razón que explique su producción en este lugar y tiempo en vez de en otros; pero si se trata del firmamento entero, fuera del cual no hay lugar y con el cual se produce el lugar universal de todas las cosas, no hay razón para pensar por qué fue puesto aquí y no allí; razón por la que algunos, que creían que se había de tener en cuenta, cayeron en el error de admitir el infinito en los cuerpos. Del mismo modo, pues, en la producción de la totalidad de las criaturas, fuera de la cual no hay tiempo, y con la cual es producido a la vez el tiempo, no se ha de prestar oídos a la cuestión por qué es ahora y no antes, que pretende constreñirnos por este camino a conceder la infinitud del tiempo; sino que sólo se ha de considerar por qué no siempre o por qué después del no‑ser o con algún principio.

Para buscar esto, la “razón sexta” acudía al fin, el único que puede ser causa de necesidad en los agentes que obran voluntariamente. Pero el fin de la voluntad divina no puede ser otro que su bondad, pues no obra movida por el fin que ha de ser producido en el ser, como el artífice obra para rematar su obra, por ser su bondad eterna e inmutable, tanto que nada puede acrecentarla. Además, tampoco se podría decir que Dios obra por su mejoramiento, ni tampoco obra para adquirir este fin para sí, como el rey pelea para conquistar la ciudad, pues Él es su propia bondad. Forzoso es concluir, por tanto, que obra por el fin en cuanto produce el efecto a modo de participación del fin. Al producir así las cosas por el fin, tenemos en consecuencia que la disposición uniforme que tiene el fin respecto al agente no se ha de considerar como causa de la obra sempiterna, sino que más bien se ha de atender a la disposición del fin respecto al efecto que se hace por el fin; resultando que es producido el efecto del modo más conveniente en orden al fin. De donde se sigue que, por más que el fin esté en correspondencia uniforme con el agente, no se puede concluir que el efecto sea sempiterno.

Tampoco es necesario que haya existido siempre el efecto divino por razón de que así se ordenaría más convenientemente al fin, según parecía proceder la “razón séptima”; pues más convenientemente se ordena al fin supuesto que no haya existido siempre. Porque todo agente que produce un efecto participante de su forma, intenta introducir en él su semejanza; y así, convino a la voluntad divina producir a la criatura por participación de su bondad, para que con su semejanza representase a la bondad divina. Mas tal representación no puede darse a modo de igualdad, así como el efecto unívoco representa a su causa, de manera que sea preciso que la bondad infinita produzca efectos eternos; sino como lo excedente es representado por aquello a que excede. Y por lo que mejor se expresa la excedencia de la bondad divina sobre la criatura es que las criaturas no existieron siempre. Con esto, pues, aparece expresamente que todo lo que no es El mismo le tiene a Él como autor de su ser, y que su potencia no queda obligada a producir tales efectos, como la naturaleza a los efectos naturales; y, por consiguiente, que obra por su voluntad y su entendimiento. Lo contrario a esto afirmaron quienes suponían la eternidad de las criaturas.

Así, pues, nada hay por parte del agente que nos fuerce a admitir la eternidad de las criaturas.

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