Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULO XXXVIII: Razones con las que algunos se empeñan en demostrar que el mundo no es eterno

CAPÍTULO XXXVIII

Razones con las que algunos se empeñan en demostrar que el mundo no es eterno

Hay quienes aducen algunas razones para probar que el mundo no existió siempre, cuyos fundamentos son éstos:

Está demostrado que Dios es causa de todas las cosas, y la causa debe preceder en duración a aquello que se hace por acción de la causa.

Siendo todo el ser creado por Dios, no se puede decir que haya sido hecho de otro ser, y así, es forzoso decir que es hecho de la nada, y, por consiguiente, que tiene el ser después del no‑ser.

Como el infinito es intraspasable, si el mundo hubiese existido siempre, tendríamos que habrían transcurrido ya infinitos instantes, porque lo que es pretérito ya transcurrió; si, pues, el mundo existió siempre, han pasado infinitos días o circunvoluciones solares.

Se sigue además que, al añadir cada día un día más a los días y circunvoluciones pretéritas, se añadiría algo al infinito.

Se sigue también, si es que siempre hubo generación -lo que es forzoso afirmar, dado que el mundo haya existido siempre-, que se ha de proceder indefinidamente en las causas eficientes, porque la causa del hijo es el padre, y la de éste otro, y así indefinidamente.

Se seguirá, además, que se dará el infinito en acto, es a saber, las almas inmortales de infinitos hombres pretéritos.

Pero como estas razones no concluyen del todo necesariamente, aunque sean probables, basta apuntarlas solamente para que no parezca que la fe católica se funda en vanas razones y no más bien en la enseñanza solidísima de Dios. Y por esto parece conveniente exponer cómo les salen al paso los que defienden la eternidad del mundo.

Respecto a lo que se dice en la “primera” -que el agente necesariamente precede al efecto que es hecho por su operación-, esto es verdadero en los agentes que hacen algo por movimiento; porque el efecto no está sino en el término del movimiento, pues es necesario que exista el agente ya cuando comienza el movimiento. Pero en los agentes que obran instantáneamente no es necesario esto, así como a la vez que el sol está asomando por el oriente ya ilumina nuestro hemisferio.

Lo que se dice en la “segunda” no concluye. Pues lo contradictorio de “ser hecho algo de algo” -que debe darse si no se da esto- es “ser hecho no de algo”; mas no lo es el ser hecho “de nada”, de no tomarlo en el primer sentido; por lo que no se puede concluir que sea hecho después del no‑ser.

Lo que afirma la “tercera razón” no tiene fuerza. Pues aunque no exista el infinito a la vez en acto, puede, sin embargo, existir sucesivamente; porque así, todo infinito dado es finito. Y, por tanto, cualquier circunvolución de las precedentes pudo pasar porque fue finita. Ahora bien, si el mundo hubiese existido siempre, entre todas ellas a la vez no se habría podido señalar una primera, y así, tampoco el tránsito, que siempre exige dos extremos.

Lo que se propone en la “cuarta” carece de consistencia. Porque nada impide añadir algo al infinito por la parte que es finito. Pues al afirmar un tiempo eterno, consiguientemente es infinito por la parte “anterior”, pero finito por la parte “posterior”, porque el presente es el término del pretérito.

Lo que se objeta en “quinto lugar” no fuerza admitirlo. Porque, según los filósofos, es imposible un proceso indefinido en las causas agentes cuando se trata de causas obrando a la vez, pues sería preciso que el efecto dependiera de infinitas acciones existentes a la vez. Y tales son las causas de sí infinitas, porque se requiere su infinitud para lo causado. Pero, en las que no obran a la vez, esto no es imposible, según aquellos que defienden la generación perpetua. Ahora bien, esta infinitud es accidental a las causas, pues es accidental al padre de Sócrates que él sea hijo o no de otro; pero no es accidental al bastón, en tanto que mueve la piedra, que sea movido por la mano, puesto que mueve en cuanto es movido.

Lo que se objeta en la “sexta razón” sobre las almas ofrece más dificultad. Sin embargo, la razón no es muy útil, porque supone muchas cosas. Pues algunos de los que afirmaban la eternidad del mundo afirmaron también que las almas humanas no existían después del cuerpo; otros, que de todas las almas no permanece sino el entendimiento separado: el agente, según unos; el posible, según otros; y otros defendieron el retorno de las almas, diciendo que después de algunos siglos las almas humanas tornan a los cuerpos; y hay quienes no tienen inconveniente en que existan algunos infinitos en acto, en aquellas cosas que no guardan orden entre sí.

Para demostrar esto se puede proceder con más eficacia partiendo del fin de la misma voluntad, como ya se ha insinuado más arriba. Pues el fin de la divina voluntad al producir las cosas es la manifestación de su bondad en lo causado. Pero la potencia y bondad divinas se manifiestan principalmente si todas las demás cosas, excepto Él, no existieron siempre; pues así, al no existir siempre, se muestra evidentemente que todas las otras cosas, excepto Él, de Él han recibido la existencia. También se demuestra que no obra por necesidad natural y que tiene una potencia operativa infinita. Por lo que fue convenientísimo a la bondad divina dar principio de duración a las cosas creadas.

Con lo que hemos dicho, podemos evitar diversos errores de los filósofos gentiles. Algunos de los cuales sostuvieron la eternidad del mundo; otros, la eternidad de la materia del mundo, de la que en algún tiempo comenzó a engendrarse el mundo, sea por casualidad, o por algún entendimiento, o también por atracción o repulsión. Mas todos ellos suponen la eternidad de algo además de Dios. Lo cual va contra la fe católica.

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