Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULOS LXXX Y LXXXI: Razones para probar que el alma se corrompe al corromperse el cuerpo y refutación de las mismas

CAPÍTULOS LXXX Y LXXXI

Razones para probar que el alma se corrompe al corromperse el cuerpo y refutación de las mismas

Parece que podría probarse con algunas razones que las almas humanas no pueden permanecer al desaparecer los cuerpos.

Porque si las almas humanas se multiplican al multiplicarse los cuerpos, como se demostró (c. 75) destruidos, pues, los cuerpos, las al mas no podrían permanecer multiplicadas. Luego hay que optar por uno de estos dos extremos: o que e alma deja de ser en absoluto o que sólo queda un alma. Cosa esta en conformidad con la opinión de quienes suponen que sólo es incorruptible lo que es uno en todos los hombres, ya sea esto el entendimiento agente solamente, como dice Alejandro, o el entendimiento agente y el posible, como dice Averroes.
La razón formal es causa de la diversidad específica. Pero, si permanecen muchas almas después de corromperse los cuerpos, tendrán que ser diversas; pues así como es igual lo que es uno substancialmente, así también son diversos los que son muchos substancialmente. Pero en las almas que permanecieren después del cuerpo no puede haber otra diversidad que la formal, porque no están compuestas de materia y forma, como se probó (cc. 50‑51) al hablar de la substancia intelectual. Luego conclúyese que son diversas específicamente. Mas, por la corrupción del cuerpo, las almas no cambian de especie, porque todo lo que pasa de una especie a otra se corrompe. De esto, pues, se deduce que antes de separarse del cuerpo ya eran diversas específicamente, porque los compuestos reciben la especie de su forma. Luego las almas individuales eran diversas específicamente. Esto no es admisible. Por tanto, es imposible que las almas humanas permanezcan multiplicadas después de abandonar los cuerpos.
Parece totalmente imposible, según los que suponen que el mundo es eterno, suponer que las almas humanas permanezcan multiplicadas después de la muerte del cuerpo. Porque, si el mundo es eterno, también lo es el movimiento. Luego la generación es eterna. Y si la generación es eterna, antes que nosotros murieron infinitos hombres. Luego si las almas de los muertos permanecen multiplicadas, será necesario decir que actualmente hay infinitas almas de hombres que ya murieron. Esto es imposible, porque el infinito en acto no se da en la naturaleza. Luego, en conclusión, si el mundo es eterno, las almas no pueden permanecer multiplicadas después de la muerte.
“Lo que le adviene al ser y de él se separa, prescindiendo de su corrupción, le adviene accidentalmente”; ésta es la definición de accidente. Luego, si el alma no se corrompe con la separación del cuerpo, síguese que su unión con el cuerpo es accidental, y el hombre es un ser accidental, compuesto de alma y cuerpo. Y, además, síguese también que no hay tal especie humana, porque con uniones accidentales no puede formarse una especie; por ejemplo, “hombre blanco” no es una especie.
Es imposible que haya una substancia que carezca de operación. Mas todas las operaciones del alma terminan con el cuerpo. Esto se ve por inducción, pues las potencias del alma nutritiva obran mediante cualidades corpóreas e instrumento corpóreo, y en el cuerpo, que por el alma se perfecciona, y que nutre y aumenta, del que se extrae el semen para la generación. Y también las operaciones de todas las potencias que pertenecen al alma sensitiva se realizan mediante órganos corporales, pues algunas de ellas se efectúan mediante algún cambio corporal, como son las llamadas pasiones del alma, tales como el amor, el gozo y otras semejantes. Mas el entender, aunque no es una operación ejercida mediante un órgano corpóreo, sin embargo tiene por objeto los fantasmas, que están relacionados con el entender como los colores lo están con la vista; y así como la vista no puede ejercerse sin el color, así también el alma intelectiva no puede entender sin fantasmas. Necesita también el alma para entender de algunas potencias que preparen los fantasmas para que sean inteligibles en acto, a saber, la potencia cogitativa y la memorativa, acerca de las cuales consta que, como son actos de algunos órganos corporales, por los que obran, no pueden permanecer después de desaparecido el cuerpo. Por eso dice Aristóteles que “nunca entiende el alma sin fantasma y que nada entiende sin el entendimiento pasivo”, que llama potencia cogitativa, la cual es corruptible. Y por esto dice en el I “Sobre el alma” que “el entender del hombre se corrompe cuando hay corrupción interior”, es decir, del fantasma o del entendimiento pasivo. Y en el IV “Sobre el alma” dice que después de la muerte “no nos recordaremos” de lo que sabíamos en vida. Así, pues, se ve que después de la muerte ninguna operación del alma permanece. Ni tampoco su substancia, porque ninguna substancia puede estar sin su operación.

[CAPÍTULO LXXXI] Vamos a intentar la refutación de estas razones, cuyas conclusiones son falsas, como se demostró en el capítulo anterior. Y en primer lugar hay que saber que las cosas que están necesariamente adaptadas y proporcionadas entre sí reciben simultáneamente la unidad o la multiplicación, cada cual de su correspondiente causa. Luego si el ser de una depende del ser de la otra, la unidad o la multiplicación dependerán del mismo; por el contrario, de una causa extrínseca. Ahora bien, la forma y la materia deben estar siempre proporcionadas entre sí y como naturalmente adaptadas, porque el acto propio en su propia materia tiene lugar. De donde la materia y la forma deberán mutuamente conseguir la multiplicación o la unidad. Luego, si el ser de la forma depende de la materia, su multiplicación dependerá de la materia, y también su unidad. Si no depende, entonces será ciertamente necesario multiplicar la forma multiplicando la materia, o sea, simultáneamente y guardando su proporción, pero no de modo que la unidad o multiplicación de la forma dependa de la materia.

Se demostró ya (c. 68) que el alma humana es una forma independiente de la materia en cuanto al ser. De esto se sigue que, si bien las almas se multiplican en realidad multiplicándose los cuerpos, no obstante, la multiplicación de los cuerpos no es causa de la multiplicación de las almas. Y, por tanto, no es necesario que, destruidos los cuerpos, cese la pluralidad de almas, como concluía la “primera” razón.

Teniendo esto en cuenta, fácilmente se responde a la “segunda” razón. Porque no es cualquier diversidad de formas la que da origen la diversidad específica, sino sólo aquella que es según los principios formales o según una diversa razón formal; consta, por ejemplo, que una es la esencia de la forma de este fuego y otra la de aquél, y, sin embargo, específicamente son el mismo fuego y la misma forma. Luego la multitud de almas separadas de los cuerpos es diversa según la diversidad substancial de las formas, porque una es la substancia de esta alma y otra la de aquélla, y, sin embargo, tal diversidad no procede de las diversidades de los principios esenciales del alma ni de su diversa razón formal, sino que obedece a la diversidad de adaptación de las almas a los cuerpos; porque esta alma está adaptada a este cuerpo, y la otra a aquél, y aquélla al otro, y así todas las demás. Y esta clase de adaptaciones permanecen en las almas al desaparecer los cuerpos, como también permanecen sus propias substancias, porque son independientes de los cuerpos en cuanto al ser. Porque las almas son formas substanciales de los cuerpos; de lo contrario, uniríanse sólo accidentalmente al cuerpo, y así del alma y el cuerpo no resultaría una unión substancial, sino sólo accidental. Además, en cuanto que son formas, deben de estar proporcionadas a los cuerpos. Por donde se ve que tales diversas proporciones permanecen en las almas separadas y, en consecuencia, permanece la pluralidad.

Con ocasión de la “tercera” razón aducida, suponiendo algunos que el mundo era eterno, cayeron en diversas opiniones extraviadas. Pues algunos, acatando en absoluto la conclusión, dijeron que las almas mueren con los cuerpos. Otros dijeron que de todas las almas permanece algo separado, que les es común: el entendimiento agente, según algunos, o éste y el posible, según otros. Otros supusieron que las almas permanecían en su pluralidad después de abandonar los cuerpos, pero, para no verse obligados a admitir las almas en número infinito, dijeron que se unirían a diversos cuerpos después de un tiempo determinado. Y ésta fue la opinión de los discípulos de Platón, de la que hablaremos después (c. 83). Otros, para evitar todo lo anterior, dijeron que no hay inconveniente para que existan actualmente infinitas almas, porque el ser infinito en acto en aquellos que no guardan orden entre sí es ser infinito accidentalmente; y no tuvieron inconveniente en admitirlo. Esta opinión es de Avicena y de Algacel. No podemos saber expresamente qué opinión tuvo Aristóteles acerca de esto, aunque admite expresamente la eternidad del mundo. Sin embargo, la última de las opiniones expuestas está de acuerdo con sus principios. Pues en el III de los “Físicos” y en el I “Sobre el cielo y el mundo” prueba únicamente que el infinito en acto no existe en los cuerpos naturales, pero nada dice con relación a las substancias inmateriales. Y esto no crea ciertamente ninguna dificultad a quienes, negando la eternidad del mundo, profesan la fe católica.

Ni tampoco es necesario que, si el alma permanece después de la destrucción del cuerpo, que estuviera unida a él accidentalmente, como resolvía la “cuarta” razón. Pues tal se define el accidente: “lo que puede estar o no en el sujeto compuesto de materia y forma, prescindiendo de su corrupción”. Si esto se refiere a los principios del sujeto compuesto, no es verdadero, porque consta que la materia prima es ingénita e incorruptible, como dice Aristóteles en el I de los “Físicos”. Por lo tanto, al desaparecer la forma, ella permanece en su esencia. Y, sin embargo, su unión con la forma no era accidental, sino esencial, pues ambas formaban un solo ser. Pues de esta manera se une el alma al cuerpo, como ya se demostró (c. 68). Luego, aunque permanezca después del cuerpo, únese substancialmente a él, y no accidentalmente. Ahora bien, si la materia prima no permanece en acto después de la desaparición de su forma, de no ser actuada por otra forma, y el alma humana, no obstante, permanece en su propio acto, esto obedece a que el alma humana es forma y acto, mientras que la materia prima es un ser potencial.

Lo propuesto en la “quinta” razón, al decir que ninguna operación puede permanecer en el alma si está separada del cuerpo, es falso, pues permanecen todas las operaciones que no se ejercitan mediante los órganos. Tales son el entender y el querer. No obstante, las que se ejecutan per órganos corpóreos, como son las operaciones de las potencias nutritivas y sensitivas, éstas no permanecen.

Además, debe saberse que el alma no entiende del mismo modo cuando está separada del cuerpo que cuando está unida, pues tiene diverso modo de ser. “Porque cada cual obra en consonancia con su ser”. En realidad, aunque el ser del alma no dependa en absoluto del cuerpo, sin embargo, cuando ambos están unidos, el cuerpo sírvele de envoltura y es su propio sujeto recipiente. De ahí que su propia operación, que es el entender, aunque no depende del cuerpo, pues prescinde de órgano corpóreo, tiene, no obstante, su objeto en el cuerpo, o sea, el fantasma. Por eso, mientras el alma está en el cuerpo, no puede entender sin fantasma, como tampoco recordar si no es por las potencias cogitativa y memorativa, en las cuales se preparan los fantasmas, como consta por lo ya dicho. Y por eso esta manera de entender y la similar de recordar, destruido el cuerpo, desaparecen. Pero el ser del alma separada excluye el cuerpo. Luego tampoco su operación, que es el entender, se ejercerá en atención a los objetos existentes en los órganos corpóreos, que son los fantasmas; por el contrario, entenderá por sí misma, a la manera de las substancias que en su ser son absolutamente separadas de los cuerpos, de las cuales hablaremos luego. Y de éstas, pues son superiores, podrá recibir con abundancia cierta influencia para conocer más perfectamente. Un ejemplo de esto se ve en los jóvenes, pues el alma, cuando deja de ocuparse del propio cuerpo, se convierte en más hábil para entender lo más alto; por esto, la virtud de la templanza, que distrae al alma de las delectaciones corporales, convierte principalmente a los hombres en más aptos para entender. -Otro ejemplo: También los hombres al dormir, no usando de los sentidos, si no están impedidos por perturbación alguna a causa de los humores o flatos, perciben, bajo la influencia de agentes superiores, ciertas cosas futuras que exceden el alcance de la razón humana. Y este fenómeno se da sobre todo en los que sufren síncopes y éxtasis, cuanto mayor es el alejamiento de los sentidos corporales. Y esto no sucede sin razón. Porque, como el alma humana está situada en el confín de los cuerpos y de las substancias incorpóreas, “como existentes en el horizonte de la eternidad y del tiempo”, apartándose de lo ínfimo se acerca a lo supremo. Por esto, cuando está totalmente separada del cuerpo, se asemejará perfectamente a las substancias separadas en el modo de entender y con abundancia recibirá su influencia.

Así, pues, aunque nuestro entender en el presente estado de vida, corrompido el cuerpo, se corrompa, no obstante será reemplazado por otro más alto modo de entender.

Pero como el recordar es un acto ejecutado por un órgano corpóreo, como lo prueba Aristóteles en el libro “Sobre la memoria y la reminiscencia”, no podrá perdurar en el alma tras la desaparición del cuerpo, a no ser que “recordar” equivalga equívocamente a conocimiento de aquello que uno conoció antes; y este conocimiento de lo que en vida conoció necesariamente ha de estar en el alma separada, porque las especies inteligibles se reciben en el entendimiento posible indeleblemente, como ya se dijo (c. 74).

Acerca de las otras operaciones del alma, como amar, gozar y otras semejantes, hay que precaverse de una posible equivocación. Pues unas veces se toman como pasiones del alma, y entonces son actos del apetito sensitivo, concupiscible o irascible, acompañados de un cambio corporal. De esta manera no pueden permanecer en el alma después de la 1 muerte, como lo prueba Aristóteles en el libro “Sobre el alma”. Mas otras veces se toman como simples actos de la voluntad, carentes de pasión. Por eso dice Aristóteles, en el VII de los “Éticos”, que “Dios goza de una simple operación”; y en el X, que en la contemplación de la sabiduría hay un “goce admirable”; y en el VIII distingue “el amor de amistad del amor pasional”. Y como la voluntad es una potencia que prescinde de órgano, igual que el entendimiento, es indudable, pues, que tales cosas, como son actos de la voluntad, permanecerán en el alma separada. De esta manera, atendiendo a las razones expuestas, no puede sacarse la conclusión de que el alma humana es mortal.

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