Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Cuestión 18: De la vida de Dios

Cuestión 18: De la vida de Dios

Puesto que entender es propio de los seres vivientes, tras el estudio de ciencia divina y del entendimiento de Dios, es obligado tratar de su vida, y acerca de ella conviene averiguar cuatro cosas:
Primera: cuáles son los seres que viven.
Segunda: qué es la vida.
Tercera: si la vida compete a Dios.
Cuarta: si todas las cosas son vida en Dios.

ARTÍCULO 1
Si tener vida corresponde a todos los seres naturales
Dificultades. Parece que vivir pertenece a todos los seres naturales.
1. Dice el Filósofo que el movimiento es “como una especie de vida de todos los seres que existen en la naturaleza”. Pero todos los seres naturales participan del movimiento. Luego todos participan de la vida.
2. Atribuimos vida a las plantas porque tienen en sí mismas el principio de su movimiento de desarrollo y declinación. Pero el movimiento local es por naturaleza anterior y más perfecto que el de crecimiento y decrecimiento, como demuestra el Filósofo. Si, pues, todos los cuerpos de la naturaleza tienen algún principio de movimiento local, parece que todos viven.
3. Los más imperfectos entre los cuerpos naturales son los elementos, y, ello no obstante, se les atribuye vida, pues se habla de “aguas vivas”. Luego con mucha mayor razón se ha de atribuir vida a los demás cuerpos.
Por otra parte, dice Dionisio que “las plantas viven con la última resonancia de la vida”, de donde se puede deducir que tienen el ínfimo grado de vida. Pero los cuerpos inanimados están por debajo de las plantas. Luego no les pertenece vivir.
Respuesta. Examinando los seres que indudablemente viven podemos averiguar a cuáles pertenece la vida y a cuáles no. Es indudable que los animales viven, pues en el libro “De los vegetales” se dice que “la vida en los animales es manifiesta”. Por tanto los seres vivientes se han de distinguir de los que no lo son por aquello que nos mueve a decir que los animales viven, o sea, por aquello en que primero se manifiesta la vida y lo último en que da muestras de existir. Pues bien, lo primero que nos mueve a decir que un animal vive es que empiece a moverse por sí mismo, y pensamos que sigue viviendo mientras notamos en él este movimiento, y cuando ya no se mueve por si, sino sólo a impulso de otro, decimos que ha muerto por falta de vida. Por donde se ve que, hablando con propiedad, son vivientes los seres que se mueven a sí mismos, cualquiera que sea la especie de movimiento, bien se le tome en sentido estricto, o como acto de lo imperfecto, esto es, de lo que está en potencia; bien en sentido amplio, como acto de lo perfecto, sentido en que se llama también movimiento a los actos de entender y sentir, como dice el Filósofo. De suerte que vivientes llamamos a todos los seres que se actúan a sí mismos respecto a un movimiento u operación cualquiera, y, en cambio, aquellos cuya naturaleza no requiere que se actúen a sí mismos en el ejercicio de algún movimiento u operación, no se puede llamar vivientes más que en sentido metafórico.
Soluciones. 1. El texto del Filósofo se puede entender o bien del movimiento primero, esto es, del movimiento de los cuerpos celestes, o del movimiento en general. En ambas acepciones se puede decir por analogía, aunque no con propiedad, que el movimiento es, en cierto modo, la vida de los cuerpos de la naturaleza. En efecto, el movimiento del cielo es, con relación al universo corpóreo, lo que respecto al animal es el movimiento del corazón, que sirve para conservar la vida; y asimismo todos los movimientos naturales tienen en las cosas cierto parecido con la acción vital, por lo cual, si el universo entero fuese un solo animal cuyos movimientos proviniesen de un impulso intrínseco –y así lo han creído algunos–, se seguiría que el movimiento es la vida de todos los cuerpos de la naturaleza.
2. A los cuerpos, lo mismo pesados que ligeros, no les compete moverse más que cuando no tienen la disposición o estado que requiere su naturaleza; por ejemplo, cuando están fuera de su lugar, pues si ocupan su lugar propio y natural, se están quietos. En cambio, las plantas y los demás seres vivientes se mueven con movimiento vital precisamente cuando están en su estado o disposición natural, y nunca para acercarse o alejarse de ella; más aún, en la misma medida en que se apartan del movimiento vital, se alejan de su natural estado. –Además, los cuerpos, sean pesados o ligeros, son movidos por un agente extrínseco, bien sea el agente productor que les da la forma o el que, simplemente, quita obstáculos o impedimentos, como dice Aristóteles, y por esto no se mueven a sí mismos como los cuerpos vivientes.
3. Se llama aguas vivas a las que fluyen de continuo, y, por el contrario, las que han perdido su continuidad con el manantial, como las de estanques y cisternas se llaman aguas muertas. Pero ésta es una expresión metafórica fundada en que como parece que se mueven a sí mismas, tienen apariencias de vida. Sin embargo, no hay en tales aguas verdadera vida, porque el movimiento que tienen, lo mismo que el de los demás cuerpos pesados o ligeros, no proviene de ellas, sino de la causa que las produjo.

ARTÍCULO 2
Si la vida consiste en alguna operación
Dificultades. Parece que la vida es una operación.
1. Nada se divide más que en partes de su mismo género. Pero el vivir se divide en operaciones, como lo hace el Filósofo, que divide el vivir en cuatro grados, a saber, alimentarse, sentir, moverse de lugar y entender. Luego la vida es una operación.
2. Se dice que la vida activa es distinta de la contemplativa, y, sin embargo, los contemplativos no se distinguen de los activos más que en algunas operaciones. Luego la vida es una operación.
3. Conocer a Dios es una determinada operación, y, sin embargo, constituye la vida eterna, como se ve por lo que se dice en el Evangelio de San Juan: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero” (Jn 17,3). Luego la vida es una operación.
Por otra parte, dice el Filósofo que, “para los vivientes, vivir es ser”.
Respuesta. Como se desprende de lo que tenemos dicho (S.Th. 1, 17, 1.3), nuestro entendimiento, que propiamente conoce las esencias, toma sus datos de los sentidos, que tienen por objeto propio los accidentes externos; de donde resulta que las apariencias exteriores son el medio por donde llegamos a conocer las esencias de las cosas. Pues bien, como, según hemos dicho (S.Th. 1, 13, 1), nosotros denominamos las cosas como las conocemos, ocurre que, para designar las esen¬cias, se emplean frecuentemente nombres tomados de las propiedades externas; de donde proviene que estos nombres se emplean unas veces para designar exclusivamente las esencias, que es para lo que fueron impuestos, y otros, con menos rigor, para designar las propiedades de que se tomaron. Un ejemplo de esto es el nombre o término “cuerpo”, impuesto para significar cierto género de substancias que se caracterizan por tener tres dimensiones, debido a lo cual se emplea también a veces para designar las tres dimensiones, por lo mismo que cuerpo se toma como una de las especies de la cantidad.
Pues una cosa análoga se ha de decir hablando de la vida. El nombre de “vida” se toma de algo que aparece exteriormente en las cosas, y que consiste en que se muevan a sí mismas. Pero no fue impuesto para significar esto, sino para significar la substancia a la que por naturaleza conviene moverse espontáneamente o de algún modo impulsarse a la operación, y, por tanto, “vivir” no es otra cosa que existir en determinada naturaleza, y “vida” significa esto mismo en abstracto, como “carrera” es el mismo “correr” enunciado en abstracto. –Esto no obstante, se emplea también a veces con menos propiedad la palabra “vida” para designar las operaciones de que toma su nombre, y en este sentido dice el Filósofo que “vivir, principalmente, es sentir y entender”.
Soluciones. 1. En el pasaje citado llama el Filósofo “vivir” a las operaciones vitales. –O mejor, que los términos sentir, entender, etc., designan unas veces las operaciones vitales, y otras, el ser del que las ejecuta; y así es como el mismo Aristóteles dice que “ser es sentir y entender”, o sea, poseer una naturaleza apta para entender y sentir, y de este modo distingue los cuatro grados de vida. En efecto, cuatro son los géneros de vivientes que hay en este mundo, de entre los cuales, unos sólo son aptos para nutrirse y para lo que de ello se deriva: el desarrollo y la reproducción; otros alcanzan, además, a sentir, como los animales inmóviles; por ejemplo, las ostras; otros llegan al movimiento local, como los animales perfectos; por ejemplo, los cuadrúpedos, las aves, etc.; y otros, por fin, alcanzan a entender, como los hombres.
2. Obras de vida se llaman aquellas cuyos principios están en los agentes en forma que sean ellos mismos los que se determinen al ejercicio de tales obras. Pero sucede que para la ejecución de ciertas operaciones no sólo poseen los hombres principios naturales, cuales son las potencias, sino que tienen, además, otros sobreañadidos, como son los hábitos, que inclinan, como si fuesen otra naturaleza, a determinado género de actos, y hacen que tales actos sean agradables. De aquí que, en virtud de cierto parecido, se llame vida de un hombre a las obras que éste prefiere, o a las que se siente inclinado, o a aquellas en que se ocupa y a las que consagra su vida; y por esto se dice de unos que hacen vida depravada, y de otros que llevan vida honrosa. Pues de este modo se distingue la vida activa de la contemplativa, y por esto también conocer a Dios es la vida eterna.
3. De donde asimismo se deduce la solución de la tercera dificultad.

ARTÍCULO 3
Si la vida compete a Dios
Dificultades. Parece que la vida no compete a Dios.
1. Según hemos dicho (a.1.2), vivir compete a los seres que se mueven a sí mismos. Pero a Dios no le compete moverse. Luego tampoco vivir.
2. Todos los seres que viven han de tener algún principio de vida, y por esto dice el Filósofo que “el alma es causa y principio de la vida del cuerpo viviente”. Pero Dios no tiene principio. Luego tampoco le compete tener vida.
3. En los vivientes que conocemos, el principio de la vida es el alma vegetativa, que sólo tienen los seres corpóreos. Luego vivir es cosa que no compete a los incorpóreos.
Por otra parte, se dice en un salmo (Ps 83,3): “Mi corazón y mi carne se regocijaron en el Dios vivo”.
Respuesta. En Dios hay vida en el sentido más riguroso. Para comprobarlo, adviértase que, si la vida se atribuye a los seres que obran por sí mismos y no movidos por otros, cuanto con mayor perfección convenga esto a un ser, tanto más perfecta será la vida que hay en él. Así, pues, en los seres que mueven y son movidos, se encuentran tres elementos por este orden. Ante todo, el fin, que es el que mueve al agente, y el agente principal, que es el que obra por su forma, si bien en ocasiones lo hace por medio de algún instrumento, que, sin embargo, no obra en virtud de su forma propia, sino a impulso del agente principal, de suerte que al instrumento sólo corresponde la ejecución del acto.
Ahora bien, hay seres que se mueven a sí mismos, pero no en orden a una forma ni a un fin, que esto se lo da y señala la naturaleza, sino sólo en cuanto a la ejecución del movimiento, y tales son las plantas, que, en virtud de una forma infundida por la naturaleza, se mueven a sí mismas, desarrollándose y marchitándose.
Otros hay que se mueven no sólo en orden a la ejecución del movimiento, sino, además, para adquirir la forma que le da origen. Y de esta clase son los animales, que tienen como principio de su movimiento una forma, no aneja a la naturaleza, sino adquirida por sus sentidos; por los cual, cuanto más perfectos sean éstos con tanta mayor soltura se mueven. Por esto vemos que los que no poseen más que el sentido del tacto, como las ostras, sólo ejecutan movimientos de dilatación y contracción, muy poco superiores a los de las plantas, y, en cambio, los que tienen facultades sensitivas capaces de conocer, no sólo lo que está en contacto con ellos, sino también lo distante, recorren el espacio con movimiento progresivo.
Pero, si bien esta clase de animales se procuran con sus sentidos las formas que les sirven de principio para sus operaciones, no son ellos, sin embargo, los que se determinan a sí propios el fin de sus actos o movimientos, sino que esto lo llevan anejo a su naturaleza, cuyo instinto los inclina a hacer lo que hacen movidos por la forma que perciben sus sentidos Luego por encima de estos animales están los seres que se mueven también en orden a un fin que ellos mismos se fijan, cosa imposible de hacer si no es por medio de la razón y del entendimiento, al que corresponde conocer la relación que hay entre el fin y lo que a su logro conduce, y subordinar esto e aquello. Por tanto, el modo más perfecto de vivir es el de los seres dotados de entendimiento, que son, a su vez, los que con mayor perfección se mueven a sí mismos, en prueba de lo cual vemos cómo en el mismo hombre es la facultad intelectual la que mueve las potencias sensitivas, y éstas las que mandan la actividad de los órganos, ejecutores del movimiento. Cosa que, por lo demás, ocurre también en las artes, pues se observa, por ejemplo, que el arte a que corresponde el empleo de una nave, que es el arte de navegar, da reglas al constructor, y éste al que se limita a ejecutar el proyecto.
Pero, aunque nuestro entendimiento tenga la iniciativa en orden a conseguir algunas cosas, otras hay, sin embargo, que de antemano le impone la naturaleza, como son los primeros principios, acerca de los cuales no puede cambiar de parecer, y el último fin, que no puede por menos de querer; y, por consiguiente, si en orden a algunas cosas se mueve a sí mismo, respecto de otras es necesario que sea movido. Luego el ser cuya naturaleza es su propio entender, y que no recibe de nadie lo que la naturaleza tiene, éste alcanza el grado supremo de la vida. Pues este ser es Dios, y, por tanto, la vida alcanza en Dios el grado máximo. Por esto el Filósofo, de la prueba de que Dios es un ser inteligente, deduce que tiene vida sempiterna y perfectísima, fundado en que su entendimiento es perfectísimo y está siempre en acto.
Soluciones. 1. Como dice Aristóteles, hay dos clases de acciones: unas que pasan a materia exterior, como las de calentar, y otras que permanecen en el agente, como las de entender, querer y sentir. La diferencia entre unas y otras consiste en que las primeras no son perfecciones del que las ejecuta sino de lo que las recibe, y las segundas son perfecciones del agente; por lo cual, en virtud de la semejanza que hay entre el movimiento como acto del móvil y el segundo grupo de acciones como actos del operante, se llama a éstas movimientos del agente, no obstante que el movimiento sea acto de lo imperfecto, esto es, de lo que está en potencia, y estas acciones sean acto de lo perfecto, o sea, de lo que está en acto, como dice el Filósofo. Por consiguiente, del ser que se entiende a sí mismo se dice que se mueve, a la manera como entender es movimiento, y de este modo, y no en cuanto el movimiento es acto de lo imperfecto, admitió Platón que se mueve Dios.
2. Lo mismo que Dios es su ser y su entender, es también su vivir; y por esto de tal manera vive que no necesita principio de vida.
3. La vida de los seres inferiores está infundida en una naturaleza corruptible que, para conservar la especie, necesita de la generación y del alimento para conservar al individuo; por lo cual no hay vida en ellos sin alma vegetativa. Pero nada de esto tiene lugar en los seres incorruptibles.

ARTÍCULO 4
Si todas las cosas son vida en Dios
Dificultades. Parece que no todas las cosas son vida en Dios.
1. Dice el Apóstol (Act 17,28): “En Él vivimos, nos movemos y existimos”. Pero como no todas las cosas son en Dios movimiento, tampoco son vida en Él.
2. Todas las cosas están en Dios como en su primer modelo, o ejemplar. Si, pues, todas son imagen, o copia, deben adaptarse al modelo. Pero, como no todas viven en la realidad, parece que tampoco viven todas en Dios.
3. Dice San Agustín que una substancia viviente es mejor que cualquier otra no viviente. Si, pues, las que no viven fuesen vida en Dios, tendrían en Dios un ser más verdadero que en sí mismas, cosa que parece falsa, pues en sí mismas están en acto, y en Dios están en potencia.
4. Lo mismo que Dios conoce los bienes y lo que en cualquier tiempo ha de suceder, conoce también los males y lo que puede hacer y jamás hará. Si, pues, todas las cosas son vida en Dios en cuanto las conoce, también lo será el mal y lo que no ha de existir, en cuanto conocido por Dios, lo cual es inadmisible.
Por otra parte, se dice en el Evangelio de San Juan: “Lo que ha sido hecho, era vida en Él” (Jn 1,3), y como todos los seres, excepto Dios, han sido hechos, se sigue que todos son vida en Dios.
Respuesta. Hemos dicho (a.3) que el vivir de Dios es su mismo entender. Pero como en Dios se identifican el entendimiento, el acto de entender y el objeto entendido, síguese que cuanto hay en Dios a título de entendido, es su vida y su mismo vivir. Por consiguiente, como todo lo que Dios hace está en Él como entendido, todo es en La vida divina.
Soluciones. 1. Estar las criaturas en Dios se entiende de dos maneras. Una, en cuanto el poder divino las contiene y conserva, al modo como se dice que en nosotros está lo que podemos hacer, y de este modo están las criaturas en Dios incluso tal como son en sí mismas, y en este sentido se entienden las palabras del Apóstol: “En Él vivimos, nos movemos y existi-mos”, ya que nuestro ser, nuestro vivir y nuestro movimiento tienen por causa a Dios. De otra manera se dice que las criaturas están en Dios como en quien las conoce, y de este modo están en Dios por sus razones o ideas propias, que en Dios no son cosa distinta de su esencia; y por ello, en cuanto las cosas están de este modo en Dios son esencia divina. Pues bien, como la esencia divina es vida, pero no movimiento, síguese que, según este modo de hablar, las cosas no son movimiento en Dios, sino vida.
2. La conformidad de la imagen con el original es precisa en cuanto a la forma, pero no en cuanto al modo de ser, puesto que en ocasiones la forma tiene distinto modo de ser en el original y en la copia, como sucede a la forma de un edificio, que en la mente del arquitecto tiene un ser inmaterial e inteligible, y en la realidad lo tiene material y sensible. De aquí que las razones o ideas de los seres que en sí mismos no tienen vida, sean vida en la mente de Dios, porque allí tienen ser divino.
3. Si en la esencia de las cosas naturales no entrase la materia, sino sólo la forma, tendrían por sus ideas en la mente divina un modo de ser en todos los aspectos más verdadero que el que tienen en sí mismas, y por esto dijo Platón que el verdadero hombre es el hombre separado y que el material sólo es hombre por participación. Pero, como la materia pertenece a la esencia de los seres naturales, se ha de decir que, en cuanto al ser, más perfecto es el que tienen los seres naturales en la mente de Dios que el que en sí mismos tienen, porque en la mente divina tienen un ser increado, y el que en sí mismos tienen es creado. Pero en cuanto a ser esto o lo otro, v. gr. hombre o caballo, es más verdadero el ser de su naturaleza que el de la mente divina, porque para la verdad del hombre se requiere la materia, que no tiene en la mente de Dios, lo mismo, por ejemplo, que una casa, que en la mente del artífice tiene un ser más noble que en la materia, y, sin embargo, con más verdad se llama casa a la material que a la que está en la mente del arquitecto, pues aquélla existe de hecho y ésta sólo en potencia.
4. Si bien los males entran en el ámbito del conocimiento de Dios en cuanto comprendidos en la ciencia, no por eso están en él porque Dios los produzca o conserve, ni tampoco porque tenga idea de ellos, ya que los conoce por las ideas de los bienes; por lo cual no se puede decir que los males sean vida en Dios. Respecto de las cosas que nunca han de existir, se puede decir que son vida en Dios, si por vivir se entiende solamente conocer, pues Dios las conoce; pero no en cuanto vivir incluye principio de operación.

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