Santo Tomás de Aquino

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Cuestión 23: De la predestinación

Cuestión 23: De la predestinación

Tras el estudio de la providencia divina, debemos tratar ahora de la predestinación y del libro de la vida.

Acerca de la predestinación se han de averiguar ocho cosas.

Primera: si compete a Dios la predestinación.

Segunda: qué sea la predestinación, y si pone algo en el predestinado.

Tercera: si compete a Dios la reprobación de algunos hombres.

Cuarta: de las relaciones entre la predestinación y la elección, o sea, si los predestinados son elegidos.

Quinta: si los méritos son causa o razón de la predestinación, o de la reprobación, o de la elección.

Sexta: de la certeza de la predestinación, o sea, si los predestinados infaliblemente se salvan.

Séptima: si el número de los predestinados es cierto.

Octava: si la predestinación puede ser ayudada por las oraciones de los santos.

ARTÍCULO 1

Si los hombres son predestinados por Dios

Dificultades. Parece que los hombres no son predestinados por Dios.

1. Dice el Damasceno que “es necesario reconocer que Dios sabe de antemano todas las cosas, pero que no todas las predestina, pues de antemano conoce lo que hay en nosotros y, sin embargo, no lo predestina”. Pero los méritos y deméritos humanos están en nosotros, en cuanto por el libre albedrío somos dueños de nuestros actos. Luego lo referente al mérito y al demérito no está predestinado por Dios, y, por consiguiente, no hay tal predestinación del hombre.

2. Según hemos visto (S.Th. 1, 22, 1 y 2), todas las criaturas están ordenadas a sus fines por la providencia divina. Pero, si de las otras criaturas no decimos que son predestinadas, tampoco se debe decir del hombre.

3. Los ángeles son capaces de bienaventuranza lo mismo que los hombres. Sin embargo, no parece que les competa ser predestinados, porque nunca padecieron miserias, y predestinación, según San Agustín, es “propósito de tener misericordia”. Luego tampoco son predestinados los hombres.

4. Dios revela a los santos por el Espíritu Santo los beneficios que otorga a los hombres, como dice el Apóstol (1Co 2,12): “Pero nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que viene de Dios para que sepamos lo que por Dios nos ha sido dado”. Si, pues, los hombres fuesen predestinados por Dios, como la predestinación es un beneficio, la conocerían los predestinados, cosa evidentemente falsa.

Por otra parte, dice el Apóstol (Ro 8,30): “A los que predestinó, a ésos llamó”.

Respuesta. Compete a Dios predestinar a los hombres. Como ya dijimos (S.Th. 1, 22, 2), todos los seres están sujetos a la providencia divina. A la providencia pertenece ordenar las cosas al fin, como también hemos dicho (S.Th. 1, 22, 1). Pero las criaturas están ordenadas por Dios a un doble fin. Uno, desproporcionado por exceso con la capacidad de la naturaleza criada, y este fin es la vida eterna, que consiste en la visión de Dios y que está por encima de la naturaleza de toda criatura, como ya hemos explicado (S.Th. 1, 12, 4). El otro es proporcionado a la naturaleza criada, o sea, un fin que la naturaleza puede alcanzar con sus propias fuerzas. Pues bien, para que algo llegue a donde no puede alcanzar con las fuerzas de su naturaleza, es necesario que sea transmitido por otro, como lo es la flecha por el arquero; y por esto, hablando con propiedad, la criatura racional, que es capaz de vida eterna, llega a ella como si fuese transmitida por Dios. Pues la razón de esta transmisión preexiste en Dios, como preexiste en Él la razón del orden de todas las cosas a sus fines, en lo que hemos dicho (S.Th. 1, 22, 1) que consiste la providencia; y puesto que la razón que el autor de una obra tiene de lo que se propone hacer es una suerte de preexistencia en él de la obra que ha de realizar, síguese que a la razón de la antedicha transmisión de la criatura racional al fin de la vida eterna se la llame “predestinación”, pues “destinar” es enviar. Y de este modo se comprende que la predestinación, en cuanto a sus objetos, es parte de la providencia.

Soluciones. 1. El Damasceno llama “predeterminación” a la imposición de una necesidad como la que tienen los seres de la naturaleza determinados a una sola cosa, y esto se comprueba por lo que añade: “No quiere la malicia ni hace fuerza a la virtud”. Por tanto, no excluye la predestinación.

2. Las criaturas irracionales no son capaces de un fin que excede a las fuerzas de la naturaleza humana, y por esto no decimos que sean predestinadas, aunque a veces se habla abusivamente de predestinación respecto a otro cualquier fin.

3. Aunque nunca hayan sufrido miserias, compete, sin embargo, a los ángeles ser predestinados, lo mismo que a los hombres, pues el movimiento no se especifica por el punto de partida, sino por el de llegada. Para el hecho, por ejemplo, de ser blanqueado, nada importa que lo blanqueado haya sido negro, encarnado o gris; y, por lo mismo, para la razón de predestinación, nada importa que el predestinado a la vida eterna haya o no sufrido miserias. –También se puede decir que otorgar el bien en cuantía superior a lo debido a quien lo, recibe, pertenece a la misericordia, como hemos visto (S.Th. 1, 21, 3 ad 2; a.4).

4. Aunque por privilegio especial sea revelada a alguien su predestinación, no es, sin embargo, conveniente que se revele a todos, porque en tal caso los no predestinados se desesperarían, y la seguridad engendraría negligencia en los predestinados.

ARTÍCULO 2

Si la predestinación pone algo en el predestinado

Dificultades. Parece que la predestinación pone algo en el predestinado.

1. Toda acción, de suyo, acarrea pasión. Si, pues, la predestinación es acción en Dios, es preciso que sea pasión en el predestinado.

2. Comentando el pasaje de la Epístola a los Romanos “el que fue predestinado, etc.” (Ro1,4), dice Orígenes: “Ser predestinado es propio del que no existe, y ser destinado, del que existe”. Pero San Agustín dice: “¿Qué es la predestinación sino que alguien sea destinado?” Luego no cabe predestinación más que de lo existente, y así pone algo en el predestinado.

3. La preparación es algo en lo preparado. Pues predestinación es “la preparación de los beneficios de Dios”, como dice San Agustín. Luego es algo en los predestinados.

4. Lo temporal no entra en la definición de lo eterno. Pero la gracia, que es temporal, entra en la definición de la predestinación, que, según dicen, es “preparación de la gracia para el presente y de la gloria para el porvenir”. Luego la predestinación no es algo eterno, y, por consiguiente, no está en Dios, sino en los predestinados, pues todo lo que hay en Dios es eterno.

Por otra parte, dice San Agustín que predestinación es “presciencia de los beneficios de Dios”. Pero la presciencia no está en los objetos, sino en el presciente. Luego la predestinación tampoco está en los predestinados, sino en el que predestina.

Respuesta. La predestinación no es nada en los predestinados, y sólo lo es en el que predestina. Hemos dicho (a.1) que la predestinación es una parte de la providencia. Ahora bien, la providencia no está en las cosas provistas, ya que, conforme hemos visto (S.Th. 1, 22, 1), es una determinada razón qué hay en la mente del provisor. Únicamente la ejecución de la providencia, llamada gobierno, está pasivamente en lo gobernado; pero de modo activo está el gobernante. Por consiguiente, no cabe duda que la predestinación es la razón que en la mente divina hay del orden de algunos a la salvación eterna. En cuanto a la ejecución de este orden, pasivamente está en los predestinados, pero activamente está en Dios; y la ejecución de la predestinación es la “vocación” y la “glorificación”, como dice el Apóstol: “A los que predestinó a ésos llamó, y a los que llamó, a ésos glorificó” (Ro 8,30).

Soluciones. 1. Las acciones que pasan a materia exterior, v. gr., las de calentar o cortar, acarrean pasión; pero no así las que permanecen en el agente, como las de entender y querer, según hemos dicho (S.Th. 1, 14, 2; q.18, 3 ad 1); y tal es la predestinación. Por consiguiente, la predestinación nada pone en los predestinados, si bien su ejecución, que pasa a materia exterior, pone en ellos algún efecto.

2. La palabra destinar se emplea unas veces en la acepción de envío real de algo a algún sitio, y en este sentido únicamente se puede enviar lo que existe. Otras se emplea para designar un envío concebido en el entendimiento, y por esto llamamos “destinado” a lo que en nuestro fuero interno hemos resuelto hacer; y en este sentido se dice en el libro de los Macabeos que Eleázaro “destinó no aceptar lo ilícito por amor a la vida” (2M 6,20); y en esta forma se puede destinar lo que no existe. Por lo demás, cualquiera que sea la acepción en que se tome la palabra destinar, la predestinación, en virtud del concepto de anterioridad que incluye, puede recaer sobre lo que no existe.

3. Hay dos clases de preparación: la del sujeto para que reciba una acción, y ésta está en lo preparado, y la del agente para obrar, y ésta está en el agente, y de esta clase es la predestinación, en el sentido en que decimos que se prepara para obrar el agente que obra por el entendimiento, que es en cuanto preconcibe la razón o idea de la obra que ha de hacer. De este modo, Dios se preparó desde la eternidad predestinando, en cuanto concibió la razón del orden de algunos a la salvación.

4. No se incluye la gracia en la definición de la predestinación como si formase parte de su esencia, sino porque la predestinación tiene con la gracia la relación de causa a efecto o de acción a objeto. Por tanto, no se sigue que la predestinación sea algo temporal.

ARTÍCULO 3

Si Dios reprueba a algún hombre

Dificultades. Parece que Dios no reprueba a ningún hombre.

1. Nadie reprueba al que ama. Pero Dios ama a todos los hombres; pues dice el Sabio (Sb 11,25): “Amas todo cuanto existe y nada de lo que hiciste has odiado”. Luego Dios no reprueba a ningún hombre.

2. Si Dios reprueba a algún hombre, es preciso que la reprobación sea para los reprobados lo que la predestinación para los predestinados. Pues, como la predestinación es causa de la salvación de los predestinados, la reprobación sería causa de la perdición de los réprobos, y esto es falso, porque en Oseas se dice: “Tu perdición viene de ti, Israel; sólo de mí viene tu auxilio” (Os 13,9). Luego Dios no reprueba a nadie.

3. A nadie se debe hacer cargo de lo que no puede evitar. Pero si Dios reprueba a alguno, es inevitable que perezca, porque en el Eclesiástico se dice: “Contempla la obra de Dios, que nadie puede corregir lo que Él despreció” (Eccl 7,10). Por consiguiente, no se podría imputar a los hombres su perdición, y como esto es falso, síguese que Dios no reprueba a nadie.

Por otra parte, se dice en Malaquías (Ml 1,2s): “Amé a Jacob, pero odié a Esaú”.

Respuesta. Dios reprueba a algunos. Hemos dicho (a.1) que la predestinación es una parte de la providencia, y que a la providencia pertenece permitir algún defecto en las cosas que le están sometidas (S.Th. 1, 22, 2 ad 2). Pues bien, como los hombres están ordenados a la vida eterna por la providencia divina, a, la Providencia divina pertenece también permitir que algunos no alcancen este fin, y a esto se llama “reprobar”.

Así, pues, lo mismo que la predestinación es una parte de la providencia respecto a los que están ordenados por Dios a la salvación eterna, la reprobación es una parte de la providencia respecto a los que no han de alcanzar este fin. Por consiguiente, la reprobación no incluye solamente la presciencia, sino que, según nuestro modo de entender, le añade algo, como la añade la providencia, según hemos visto (S.Th. 1, 22, 1 ad 3), pues así como la predestinación incluye la voluntad de dar la gracia y la gloria, la reprobación incluye la voluntad de permitir que alguien caiga en la culpa, y por la culpa aplicarle la pena de condenación.

Soluciones. 1. Dios ama a todos los hombres, como ama a todas las criaturas, por cuanto para todos quiere algún bien; pero no para todos quiere toda clase de bienes. Por consiguiente, en cuanto para algunos no quiere el bien de la vida eterna, se dice que les odia, o que los reprueba.

2. La reprobación en cuanto causa, no obra lo mismo que la predestinación. La predestinación es causa de lo que los predestinados esperan en la vida futura, o sea, de la gloria, y de lo que reciben en la presente, que es la gracia. Pero la reprobación no es causa de lo que tienen en la vida presente, que es la culpa, y, en cambio, es causa de lo que se aplicará en lo futuro, esto es, del castigo eterno. Pero la culpa proviene del libre albedrío del que es reprobado y abandonado por la gracia y, por tanto, se cumplen las palabras del profeta: “De ti, Israel, viene tu perdición”.

3. La reprobación de Dios no merma en nada el poder del, reprobado, y, por tanto, cuando se dice que el reprobado no puede conseguir la gracia, no se entiende en el sentido de una imposibilidad absoluta, sino de una imposibilidad condicional, a la manera como hemos dicho (S.Th. 1,  19, 8 ad 1) ser necesario que el predestinado se salve, pero con necesidad condicional, que no destruye el libre albedrío. De aquí, pues, que, si bien el que ha sido reprobado por Dios no puede alcanzar la gracia, sin embargo, el que caiga en este o en el otro pecado proviene de su libre albedrío, y, por tanto, con razón se le imputa como culpa.

ARTÍCULO 4

Si Dios elige a los predestinados

Dificultades. Parece que los predestinados no son elegidos por Dios.

1. Dice Dionisio que así como el sol físico derrama su luz sin previa elección sobre todos los cuerpos, así también derrama Dios su bondad. Pero la bondad divina se comunica a algunos principalmente por la, participación de la gracia y de la gloria. Luego Dios comunica sin previa elección la gracia y la gloria, cosas que pertenecen a la predestinación.

2. Únicamente cabe elección entre cosas que existen. Pero la predestinación desde la eternidad recae también sobre las que no existen. Luego hay quienes son predestinados sin elección.

3. Toda elección implica una selección. Pero “Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1Tm 2,4), como dice el Apóstol. Luego la predestinación, que preordena a los hombres a la salvación, no requiere elección.

Por otra parte, dice San Pablo (Ef 1,4): “Nos eligió en Él antes de la constitución del mundo”.

Respuesta. Según nuestra manera de concebir, la predestinación presupone una elección, y la elección un amor. La razón de esto es porque la predestinación, según hemos dicho (a.1), es una parte de la providencia, y la providencia, lo mismo que la prudencia, es, como también dijimos (S.Th. 1, 22, 1), una razón existente en el entendimiento, que manda se ordenen algunas cosas al fin. Pero, como no se manda ordenar algo a un fin si previamente no se quiere tal fin, síguese que la ordenación de algunos a la salvación eterna presupone, según nuestro modo de concebir, que Dios quiera su salvación, y en esto intervienen la elección y el amor. El amor, por cuanto quiere para ellos la salvación eterna, pues hemos visto (S.Th. 1, 20, 2.3 )que amar es querer el bien para alguien; y la elección, por cuanto quiere este bien para unos con preferencia a otros, puesto que reprueba a algunos (a.3).

Adviértase, sin embargo, que la elección y el amor no guardan en Dios el mismo orden que en nosotros. En nosotros, la voluntad que ama no es causa del bien, sino que, por el contrario, es un bien preexistente el que la incita a amar; y de aquí que elegimos a alguien para amarle, y por esto en nosotros la elección precede al amor. Pero en Dios sucede lo contrario, porque su voluntad, por la que quiere el bien para alguien amándole, es causa de que éste obtenga tal bien con preferencia a los otros; y de este modo se comprende que, a nuestra manera, de entender, el amor precede a la elección, y la elección, a la predestinación, y, por consiguiente, que todos los predestinados son elegidos y amados.

Soluciones. 1. Si la comunicación de la bondad divina se considera en general, es cierto que Dios la comunica sin elegir, ya que nada hay que no participe en algo de su bondad, según hemos dicho (S.Th. 1, 6, 4). Pero si se considera la comunicación de este o del otro bien, es cosa que no se hace sin elección, puesto que a unos concede bienes que niega a otros; y así es como se entiende la elección en la concesión de la gracia y de la gloria.

2. Cuando el bien preexistente en las cosas es el que provoca a la voluntad para elegir, la elección recae forzosamente sobre objetos que existen, y tal ocurre en nuestras elecciones. Pero en Dios, como hemos dicho (in c; S.Th. 1, 20, 2), sucede de otra manera, y por esto “son elegidos por Dios los que no existen, y, sin embargo, no se equivoca el que elige”, como dice San Agustín.

3. Que todos los hombres se salven, lo quiere Dios, según hemos dicho (S.Th. 1, 29, 6), “antecedentemente”, que no es querer en absoluto, sino hasta cierto punto, pero no “consiguientemente”, que es el querer definitivo.

ARTÍCULO 5

Si la presciencia de los méritos es causa de la predestinación

Dificultades. Parece que la presciencia de los méritos es causa de la predestinación.

1. Dice el Apóstol (Ro 8,29): “Los que de antemano conoció, a éstos predestinó”; y la glosa de San Ambrosio, comentando el pasaje “tendré misericordia de quien tendré misericordia”, dice: “Otorgaré misericordia a los que de antemano conozco que se han de volver a mí de todo corazón” (Ro 9,15). Luego parece que la presciencia de los méritos es causa de la predestinación.

2. La predestinación divina incluye la voluntad de Dios, que no puede menos de ser razonable, porque predestinación es “propósito de tener misericordia” como dice San Agustín. Pero nada hay que pueda ser razón de la predestinación más que la presciencia de los méritos. Luego la presciencia de los méritos es la causa de la predestinación.

3. “En Dios no hay iniquidad” (Ro 9,14), como dice el Apóstol. Pues parece inicuo dar trato desigual a los que son iguales, y todos los hombres son iguales por naturaleza y por el pecado original, y la desigualdad entre ellos sólo proviene del mérito o demérito de sus acciones. Por consiguiente, Dios no prepara a los hombres un trato desigual, predestinando a unos reprobando a otros, como no sea porque conoce de antemano la diferencia de sus merecimientos.

Por otra parte, dice el Apóstol (Tit 3,5): “No por las obras de justicia que nosotros hayamos hecho, sino por su misericordia, nos salvó”. Pues por la misma razón que nos salvó, nos predestinó para que nos salvásemos. Por consiguiente, no es la presciencia de los méritos la causa o razón de la predestinación.

Respuesta. Como la predestinación, según hemos visto (a.3.4), incluye la voluntad, la razón de la predestinación será la misma que la de la voluntad divina. Respecto a ésta hemos dicho (S.Th. 1, 19, 5) que no es posible asignar causa a la voluntad de Dios por parte del acto de querer, si bien se le puede asignar motivo por parte de las cosas que quiere, en cuanto Dios quiere que una cosa sea por otra. De aquí que nadie se haya obcecado hasta el punto de sostener que los méritos sean causa de la predestinación por parte del acto del que predestina. Lo que, pues, aquí se discute es si la predestinación tiene alguna causa por parte de sus efectos, o lo que es lo mismo, si Dios predeterminó que Él daría a alguien el efecto de la predestinación por algún merecimiento.

Pues bien, hubo quienes dijeron que se preordena a algunos el efecto de la predestinación por méritos adquiridos con anterioridad en otra vida, y ésta fue la opinión de Orígenes, quien sostuvo que las almas humanas fueron creadas al principio, y que, con arreglo a la diversidad de sus obras, ocupan en este mundo diversos estados unidas a los cuerpos. –Pero el Apóstol excluye esta opinión, al decir: “Cuando aun no habían nacido ni habían hecho cosa alguna, buena ni mala, no por las obras, sino por el que llama, se dijo que el mayor serviría al menor” (Ro 9,11-13).

Otros dijeron que la razón o causa del efecto de la predestinación son los méritos preexistentes en esta vida, y así los pelagianos sostuvieron que el principio del bien obrar procede de nosotros, y la consumación, de Dios, y que, por tanto, el motivo de que se dé a uno y no a otro el, efecto de la predestinación, proviene de que el primero suministró el principio preparándose, y el segundo, no. –Pero contra esta opinión dice el Apóstol (2Co 3,5) que “de nosotros no somos capaces de pensar algo como de nosotros mismos”, y no es posible hallar un principio anterior al pensamiento. Por consiguiente, no se puede decir que haya en nosotros principio alguno que sea motivo del efecto de la predestinación.

Por esto dijeron otros que la razón de la Predestinación son los méritos que siguen a su efecto, y esto quiere decir que, si Dios da la gracia a alguno y predeterminó que se la había de dar, es porque previó que había de usar bien de ella, a la manera como el rey da un caballo al soldado que sabe ha de usar bien de él. –Pero éstos parecen haber distinguido entre lo que pertenece a la gracia y lo que pertenece al libre albedrío, como si el mismo efecto no pudiese provenir de ambos. Es indudable que lo que procede de la gracia es efecto de la predestinación; pero esto no se puede poner como razón suya, puesto que está incluido en ella. Si, pues, hubiera de nuestra parte alguna otra cosa que fuese razón de la predestinación, habría de ser distinta del efecto de la predestinación. Pero lo que procede de la predestinación y del libre albedrío no lo es, por lo mismo que no son cosas distintas lo que procede de la causa primera y de la segunda, y la providencia divina produce sus efectos por las operaciones de las causas segundas (S.Th. 1, 22, 3). Por consiguiente, lo que se hace por el libre albedrío proviene de la predestinación.

En vista de esto, se ha de decir que podemos considerar el efecto de la predestinación de dos maneras. Una, en particular, y de este modo no hay inconveniente en que un efecto de la predestinación sea causa de otro: el posterior, del anterior en el orden de causa final, y el anterior, del posterior en calidad de causa meritoria, que viene a ser como una disposición de la materia. Es como si, por ejemplo, dijéramos que Dios predeterminó que había de dar a alguien la gloria por los méritos contraídos, y que le había de dar la gracia para que mereciese la gloria. –La otra manera como se puede considerar la predestinación, es en común, y, así considerada, es imposible que el efecto de toda la predestinación en conjunto tenga causa alguna por parte nuestra, porque cuanto de lo que se ordena a la salvación hay en el hombre, todo está comprendido bajo el efecto de la predestinación, incluso la misma preparación para la gracia, pues ni ésta se hace sin el auxilio divino, según leemos en Jeremías (Jer 5,21): “Con-viértenos, Señor, a ti, y nos convertiremos”. Sin embargo, la predestinación, en este sentido, tiene por causa, por parte de sus efectos, la bondad divina, a la que se ordena todo el efecto de la predestinación como a su fin y de la que procede como de su causa motriz.

Soluciones. 1. El conocimiento previo del uso de la gracia no es motivo para que Dios la conceda, si no es en el orden de causa final, según hemos dicho (in c).

2. Si la predestinación se considera en común, tiene como razón, por parte de sus efectos, la misma bondad divina, y considerada en particular, un efecto es razón de otro.

3. La razón de la predestinación de unos y de la reprobación de otros se puede hallar en la misma bondad divina. En efecto, si Dios lo hizo todo por su bondad, fue para que la bondad divina estuviese representada en las cosas. Pero la bondad divina, que en sí misma es una y simple, tiene que estar representada en las cosas de múltiples maneras, porque las criaturas no pueden alcanzar la simplicidad de Dios. De aquí, pues, que para la perfección del mundo, se requieran seres de diversos grados, de los cuales unos ocupen en el universo sitio elevado y otros lugar ínfimo, y que para conservar en las cosas la multiplicidad de grados permita Dios que sobrevengan algunos males, con objeto de que no se impidan muchos bienes, según hemos dicho (S.Th. 1, 2, 3 ad 1; q.22, 2).

Si, pues, consideramos al género humano como si fuese el universo de todos los seres, en algunos hombres, los que predestina, quiso Dios representar su bondad por modo de misericordia, perdonando, y en otros, los que reprueba, por modo de justicia, castigando. Esta es, pues, la razón por qué Dios elige a unos y reprueba a otros, y ésta también la causa que señala el Apóstol cuando dice (Ro 9,22s) que, “queriendo Dios mostrar su ira (o sea, su justicia vindicativa), para dar a conocer su poder, soportó (esto es, permitió) los vasos de ira aptos para la perdición, a fin de mostrar las riquezas de su gloria en los vasos de misericordia que preparó para la gloria”. Y asimismo dice: “En una casa grande no solamente hay vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro, unos destinados a servicios honrosos y otros a menesteres viles” (2Tm 2,20).

Ahora bien, por qué elige en concreto a éstos para la gloria y reprueba a aquéllos, no tiene más razón que la voluntad divina; y por esto dice San Agustín: “Por qué atrae a éste y no atrae a aquél, guárdate de juzgarlo si no quieres errar”. Algo parecido sucede también en los seres de la naturaleza. Por ejemplo, dado que la materia prima en sí misma es toda informe, se puede asignar la razón de por qué una de sus partes ha recibido la forma de fuego y otra la de tierra desde que Dios la creó, que es para que hubiese diversidad de especies en la naturaleza. Pero por qué esta parte de la materia recibe esta forma y aquélla la otra, es cosa que depende de la simple voluntad de Dios, como de la simple voluntad del constructor depende que esta piedra esté en este sitio de la pared y aquélla en el otro, aunque la razón del arte exige que una clase de piedras se coloquen en un lugar y otras en otro.

Y sin embargo, aunque Dios prepara trato desigual para los que no son desiguales, no por ello hay iniquidad en Él. Se opondría esto a la razón de justicia si el efecto de la predestinación fuese pago de una deuda y no un don gratuito. Y precisamente cuando se trata de donaciones gratuitas puede alguien dar más o menos a quien mejor le parezca con tal de que lo haga sin quitar a nadie lo debido y sin perjuicio de la justicia, que es lo que dice aquel patrono en el Evangelio: “Toma lo que es tuyo y vete. ¿Acaso a mí no me es permitido hacer lo que quiero?” (Mt 20,14).

ARTÍCULO 6

Si es cierta la predestinación

Dificultades. Parece que la predestinación no es cierta.

1. Comentando aquel texto: “Asegura lo que tienes, no sea que otro reciba tu corona” (Ap 3,11), dice San Agustín que “no recibiría aquél la corona si éste no la perdiese”. Luego la corona, que es el efecto de la predestinación, es cosa que se puede adquirir y perder, y por consiguiente, la predestinación no es cierta.

2. Supuesto algo posible, no se sigue ninguna cosa imposible. Pues bien, es posible que un predestinado, v. gr., Pedro, cometa un pecado y en aquel momento le maten, y en esta hipótesis quedaría frustrado el efecto de su predestinación. Pero esto no es imposible. Luego la predestinación no es cierta.

3. Todo lo que Dios pudo lo puede ahora. Pues bien, pudo no predestinar al que predestinó. Luego puede ahora no predestinarlo, y, por consiguiente, la predestinación no es cierta.

Por otra parte, comentando el texto del Apóstol (Ro 8,29): “Los que de antes conoció y predestinó”, dice la Glosa: “Predestinación es la presciencia y preparación de los beneficios de Dios, por la que ciertísimamente se libran todos los que se libran”.

Respuesta. La predestinación consigue su efecto ciertísima e infaliblemente, y, sin embargo, no impone necesidad, o sea, no hace que su efecto se produzca de modo necesario. Hemos dicho (a.1) que la predestinación es una parte de la providencia. Mas no todo lo sujeto a la providencia se produce necesariamente, ya que hay cosas que se producen de modo contingente, debido a la condición de las causas próximas que para tales efectos destina la providencia divina, no obstante lo cual, el orden de la providencia es infalible, según hemos dicho (S.Th. 1, 22, 4). Por consiguiente, es asimismo cierto el orden de la predestinación, y, sin embargo, no destruye la libertad del albedrío, del que proviene que su efecto sea contingente.

En esta materia recuérdese también lo que tenemos dicho (S.Th. 1, 14, 13; q.19, 8) de la ciencia y de la voluntad divina, que no destruyen la contingencia de las cosas, no obstante ser ellas ciertísimas e infalibles

Soluciones. 1. La corona puede, pertenecer a alguien por dos motivos. Uno, por razón de la predestinación, y en este caso nadie puede perder su corona. Otro, por los méritos de la gracia, ya que, en cierto modo, es nuestro lo que tenemos merecido, y en este caso puede alguien perder su corona por el pecado mortal subsiguiente. Esta corona perdida la recibe otro, por cuanto es subrogado en el lugar del que la perdió; pues Dios no permite que caigan unos sin que levante a otros, como se dice en el libro de Job: “Quebrantaré a muchos, a innumerables, y haré que se levanten otros en su lugar”  (Job 34,24). Por esto ocupan los hombres el lugar de los ángeles caídos, y los gentiles el de los judíos. El substituto en el estado de gracia recibe, además, la corona del caído, por cuanto en la eterna bienaventuranza se alegrará de las buenas obras que el otro hizo, pues allí cada uno se alegra lo mismo de los bienes que él hizo que de los que hicieron los demás.

2. Aunque mirado en sí mismo es posible que un predestinado muera en pecado mortal, es, sin embargo, caso imposible en la hipótesis (y esta hipótesis se hace) de que sea predestinado, y, por tanto, no se sigue que quede fallida la predestinación.

3. La predestinación incluye la voluntad divina. Pues si hemos dicho (S.Th. 1, 19, 3) que cuando Dios quiere una cosa creada, ésta, debido a la inmutabilidad de la voluntad divina, es necesaria por su posición pero no en absoluto, esto mismo se ha de decir aquí de la predestinación. No es, pues, correcto decir que Dios puede no predestinar al que predestinó, si la proposición se entiende en sentido compuesto, o sea, simultaneando ambas cosas, si bien en absoluto puede o no predestinar; pero esto no resta certeza a la predestinación.

ARTÍCULO 7

Si el número de los predestinados es cierto

Dificultades. Parece que el número de los predestinados no es cierto.

1. Un número susceptible de adición es incierto. Pero, al parecer, el número de los predestinados es susceptible de adición, porque se dice en el Deuteronomio: “El Señor Dios nuestro añada a este número muchos millares” (Dt 1,11), y explica la Glosa: “esto es, al definido por Dios, que conoce a los que son suyos”. Luego el número de los predestinados es incierto.

2. No se puede dar razón de por qué Dios preordena a los hombres a la salvación en un número determinado más bien que en otro. Pero Dios no dispone cosa alguna sin razón. Luego el número preordenado por Dios de los que se han de salvar es incierto.

3. Las obras de Dios son más perfectas que las de la naturaleza. Pero en las de la naturaleza lo más frecuente es el bien, y el defecto y el mal son la excepción. Si, pues, fuese Dios el que determina el número de los que se han de salvar, serían más los que se salvan que los que se condenan, y, sin embargo, es lo contrario, como se dice en el Evangelio (Mt 7,13-14): “Ancho y espacioso es el camino que conduce a la perdición y son muchos los que entran por él; estrecha es la puerta y angosta la sería que conduce a la vida, y son pocos los que la hallan”. Luego no está predestinado por Dios el número de los que se han de salvar.

Por otra parte, dice San Agustín: “Cierto es el número de los predestinados, que no puede ser aumentado ni disminuido”.

Respuesta. El número de los predestinados es cierto. Hubo, sin embargo, quienes sostuvieron que la certeza de este número es formal, y no material, como si dijéramos que es cierto que se han de salvar cien o mil, pero no que sean éstos o aquéllos. Mas esto destruye aquella certeza de la predestinación de que hemos hablado (a.6), y, por consiguiente, es preciso decir que para Dios es cierto el número de los predestinados, no sólo formal, sino materialmente.

Pero adviértase que el número de los predestinados es cierto para Dios, no sólo por razón de su conocimiento, esto es, porque sabe cuántos son los que se han de salvar (pues así conoce también el número de las gotas de lluvia o el de las arenas del mar), sino por razón de la elección y de cierta selección.

Para entender esto, recuérdese que todo agente tiende a producir algo finito, según hemos dicho al hablar de lo infinito (S.Th. 1, 7, 4). Ahora bien, todo el que haya fijado la amplitud de su obra, determina también el número de lo que son sus partes esenciales, necesarias por sí mismas para la perfección del conjunto; pero no el número en concreto de lo que no son partes principales y sólo se requiere por razón de ellas, pues de éstas toma cuantas sean necesarias para las primeras. Así, por ejemplo, el arquitecto determina la capacidad de una casa, y fija también el número de habitaciones que se propone hacer en ella, y señala las dimensiones de las paredes y de la techumbre, pero no fija un número determinado de piedras, sino que toma las que sean necesarias para dar a las paredes las dimensiones calculadas.

Pues en esta forma debemos razonar cuando se trata de Dios con relación al universo. De antemano fijó cuáles habrían de ser sus dimensiones y cuál el número más conveniente de sus partes esenciales, esto es, de las que de algún modo están ordenadas a la perpetuidad; v. gr., cuántas esferas, cuántas estrellas, cuántos elementos y cuántas las especies de los seres. En cuanto a los seres individuales perecederos, éstos no están ordenados al bien del universo como partes principales suyas, sino de modo casi secundario, en cuanto que en ellos se salva el bien de las especies; por lo cual, aunque Dios conoce el número de todos los seres individuales, sin embargo, el de bueyes, el de mosquitos y el de otras cosas parecidas no es número que Dios predetermine, sino que de éstas produce la providencia divina cuantas sean necesarias para la conservación, de las especies.

Pues bien, entre todas las criaturas, las que de modo más principal están ordenadas al bien del universo son las criaturas racionales, que en cuanto tales son incorruptibles, y entre ellas de modo principalísimo las que consiguen la bienaventuranza, por ser las que de modo más inmediato se unen al fin. Por consiguiente, para Dios es cierto el número de los predestinados, y no sólo por modo de conocimiento, sino también, y principalmente, por modo dé determinación previa. –Pero no podemos decir exactamente lo mismo del número de los reprobados, que parecen estar preordenados por Dios al bien de los elegidos, para los cuales todas las cosas cooperan al bien (Cf. Ro 8,28).

Respecto a cuál sea el número de los hombres predestinados, dicen unos que se salvarán tantos cuantos fueron los ángeles que cayeron; otros, que tantos como ángeles perseveraron, y otros, en fin, que se salvarán tantos hombres cuantos ángeles cayeron, y, además, tantos cuantos sean los ángeles creados. Pero lo mejor es decir que “sólo de Dios es conocido el número de los elegidos que han de ser colocados en la felicidad suprema”.

Soluciones. 1. El texto del Deuteronomio se ha de entender de los prenotados por Dios en orden a la justicia presente, pues el número de éstos es el que aumenta y disminuye, y no el de los predestinados.

2. La razón de la cantidad o magnitud de las partes se toma de su proporción al todo, y así en Dios la razón de que haya tantas estrellas o tantas especies de seres, y la de que predestine en tal número, se toma de la proporción entre las partes principales y el bien del universo.

3. El bien proporcionado al estado común de la naturaleza se halla en los más, y la falta de este bien, en los menos. Pero el bien que sobrepasa al estado común de la naturaleza se halla en los menos, y su falta, en los más. Por esto vemos que son los más los hombres dotados de inteligencia suficiente para el manejo de su vida, y que los que carecen de ella, llamados tontos o idiotas, son muchos menos; pero los que alcanzan a tener un conocimiento profundo de las cosas inteligibles son en proporción poquísimos. Pues como la bienaventuranza eterna, que consiste en la visión de Dios, está por encima del estado común de la naturaleza, y sobre todo en cuanto está privada de la gracia por la corrupción del pecado original, los que se salvan son los menos. Y, sin embargo, en esto mismo se descubre la inmensidad de la misericordia divina, que eleva a algunos a un género de salvación de que muchos se ven privados según el curso ordinario y la inclinación de la naturaleza.

ARTÍCULO 8

Si la predestinación puede ser ayudada por las oraciones de los santos

Dificultades. Parece que la predestinación no puede ser ayudada por las oraciones de los santos.

1. Ninguna cosa eterna está precedida de otra temporal, y, en consecuencia, lo temporal no puede ayudar a que exista lo eterno. Pero la predestinación es eterna, y puesto que las oraciones de los santos son temporales, no pueden ayudar a que alguien sea predestinado. Luego la predestinación no se ayuda con las oraciones de los santos.

2. Así como nadie necesita consejo si no es por falta de conocimiento, tampoco necesita nadie de auxilio si no es por falta de poder. Pero ninguna de estas cosas es aplicable al Dios que predestina, y por esto dice el Apóstol (Ro 11,34): “¿Quién ayudó al Espíritu del Señor, o quién fue su consejero?” Luego la predestinación no es ayudada por las oraciones de los santos.

3. Ser ayudado y ser impedido recaen en el mismo sujeto. Pero la predestinación no puede ser impedida por cosa alguna. Luego no puede ser ayudada por ninguna cosa.

Por otra parte, se dice en el Génesis que “Isaac rogó a Dios por Rebeca, su mujer, quien le dio el que Rebeca concibiese” (Gn 25,21), y de aquella concepción nació Jacob, que fue predestinado. Pues de no haber nacido, no hubiera llegado a término su predestinación. Luego la predestinación es ayudada por las oraciones de los santos.

Respuesta. Acerca de esta materia ha habido diversos errores. Unos, sin atender a más que a la certeza de la predestinación divina, dijeron que son inútiles tanto las oraciones de los santos como todo lo que se haga para alcanzar la salvación eterna, porque, háganse o no estas cosas, los predestinados la alcanzarán y los reprobados no la conseguirán. -Pero contra esto están todas las advertencias de la Sagrada Escritura exhortándonos a la oración y a la práctica de las buenas obras.

Dijeron otros que la predestinación divina se cambia por las oraciones, y ésta parece haber sido la opinión de los egipcios, según los cuales la ordenación divina, que ellos llamaban el “hado”, podía ser impedida por ciertos sacrificios y oraciones. –Pero contra esto se levanta también la autoridad de la Sagrada Escritura, pues en el libro de los Reyes se dice (1Re 15,19): “El que es triunfador en Israel no perdonará, ni se doblegará por el arrepentimiento”; y asimismo dice el Apóstol (Ro 11,29): “Los dones de Dios y la vocación son sin arrepentimiento”.

Por tanto, en busca de otra solución, se ha de decir que en la predestinación hay que distinguir dos cosas: la misma preordenación divina y su efecto. En cuanto a lo primero, la predestinación en modo alguno puede ser ayudada por las oraciones de los santos, pues no son éstas las que hacen que alguien sea predestinado por Dios. Pero en cuanto a lo segundo, se dice que la predestinación es ayudada por las oraciones de los santos y por otras obras buenas, porque la providencia, de la que forma parte la predestinación, no prescinde de las causas segundas, sino que provee a sus efectos en forma tal, que incluso el orden de las causas segundas está comprendido en sus planes. Por tanto, así como Dios provee a los efectos naturales de modo que tengan causas también naturales, sin las cuales no se producirían, de la misma manera predestina la salvación de alguien de modo tal, que bajo el orden de la predestinación queda comprendido todo lo que promueve la salvación del hombre, bien sean sus propias oraciones, las de los demás, las otras obras buenas o cualquiera de las cosas sin las cuales no se alcanza la salvación. Y he aquí por qué los predestinados deben poner empeño en orar y practicar el bien, pues de esta manera se realiza con certeza el efecto de la predestinación, y por esto dice San Pedro (2P 1,10): “Procurad, por vuestras buenas obras, hacer cierta vuestra vocación y elección”.

Soluciones. 1. La razón alegada demuestra que la predestinación no es ayudada por las oraciones de los santos en cuanto a la preordenación.

2. De dos maneras puede ser alguien ayudado por otro. Una, en cuanto recibe del otro poder, que es el caso propio del débil, por lo cual no compete a Dios, y esto es la que significa el texto “¿quién ayudó al Espíritu del Señor?” De otro modo es ayudado alguien por el que utiliza para que haga las cosas que quiere hacer, como lo es el dueño por el criado, y de este modo Dios es ayudado por nosotros en cuanto cumplimos sus mandatos, como dice el Apóstol (1Co 3,9): “Somos cooperadores de Dios”. Bien entendido que no por insuficiencia del poder divino, sino porque Dios emplea las causas intermedias para que se conserve en las cosas la belleza del orden y para comunicar a las criaturas la prerrogativa de la causalidad.

3. Las causas segundas no pueden salirse del orden de la causa primera universal, pero lo ejecutan, y de aquí que la predestinación pueda ser ayudada por las criaturas, pero no impedida (S.Th. 1, 19, 6; q.22, 2 ad 1).

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3 comentarios

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  1. Pregunto: ¿ según Tomas de Quino tanto las cosas como los animales al no tener voluntad propia quedan excluidas la predestinación?

  2. JOSÉ IGNACIO LESACA ESEVERRI

    Me gustaría saber: ¿Cuáles de las cosas que dice Santo Tomás en esos ocho artículos son, propiamente, doctrina oficial o segura de la Iglesia, a las que debe el creyente adherirse obligatoriamente por la fe? ¿Y cuáles son solo opiniones del autor? Gracias.

    1. Estimado, le aconsejo consultar en el Denzinger todo lo relacionado con la predestinación, y comparar con lo que Santo Tomás dice aquí.
      Aunque primero sería necesario hacer un estudio de este tema en las demás obras de Santo Tomás (atendiendo a la cronología y al progreso doctrinal, si es que lo hay), para tener una noción completa. Muchas gracias!!

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