Santo Tomás de Aquino

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Cuestión 33: De la persona del Padre

Cuestión 33: De la persona del Padre

Siguiendo el orden establecido, viene ahora el estudio de las personas en particular, y en primer lugar el de la persona del Padre. Acerca de ella se han de averiguar cuatro cosas.

Primera: si compete al Padre ser principio.

Segunda: si con este nombre, “Padre”, se significa con propiedad la persona del Padre.

Tercera: si la palabra “Padre” antes se dice de Dios tomada en contenido personal que tomada en sentido esencial.

Cuarta: si es propio del Padre el ser ingénito.


 ARTÍCULO 1

Si compete al Padre ser principio

Dificultades. Parece que no puede llamarse al Padre principio del Hijo o del Espíritu Santo.

1. Principio y causa son lo mismo, según el Filósofo. Pero no decimos que el Padre sea causa del Hijo. Luego tampoco debemos decir que sea su principio.

2. Principio se dice con relación a lo principiado. Si, pues, el Padre es principio del Hijo, síguese que el Hijo es principiado y, por tanto, criatura, cosa que parece errónea.

3. El nombre de principio se deriva de prioridad. Pero en Dios “no hay anterior ni posterior”, como dice San Atanasio. Luego no debemos usar en Dios el nombre de principio.

Por otra parte, dice San Agustín: “El Padre es principio de toda la deidad”.

Respuesta. La palabra “principio” no significa más que aquello de que procede algo, pues llamamos principio a todo aquello de que procede algo, de cualquier manera que sea, y a la inversa. Si, pues, el Padre es aquel de quien procede otro, síguese que es principio.

Soluciones. 1. Los griegos usan indiferentemente los términos de “causa” y “principio” aplicados a Dios; pero los doctores latinos no emplean el de causa, sino sólo el de principio. La razón es porque la palabra “principio” es más general que “causa”, como a su vez “causa” es más general que “elemento”, y por esto al primer elemento o primera parte de una cosa se le llama principio y no causa. Ahora bien, cuanto un nombre es más general, tanto más apto es para aplicarle en Dios, como arriba hemos dicho (S.Th. 1, 13, 11), ya que cuanto más especiales son los nombres, más determinan el modo de ser propio de las criaturas; y así la palabra “causa” parece implicar diversidad de substancias y dependencia de una cosa con respecto a otra, lo que no incluye la palabra “principio”. En efecto, en todos los géneros de causas hallamos siempre que hay distancia entre la causa y aquello de que es causa, bien sea en la perfección o en el poder; mientras que empleamos la palabra “principio” en las cosas que no tienen ninguna de estas diferencias, y sólo para marcar un cierto orden, como sucede cuando decimos que el punto es principio de la línea, y también que el cabo es principio de la línea.

2. Los griegos no tienen reparo en decir que el Hijo y el Espíritu Santo son principiados. Pero nuestros doctores no acostumbran a decirlo, porque, si bien atribuimos alguna autoridad al Padre, en atención a que es principio, no por eso atribuimos al Hijo ni al Espíritu Santo cosa alguna que signifique sujeción o minoración, con objeto de evitar todo pretexto de error. A este propósito dice San Hilario: “El Padre es mayor por su autoridad de donante, pero no es menor el Hijo, a quien se da el mismo ser”.

3. Si bien la palabra “principio”, por razón de su etimología, parece que proviene de prioridad, sin embargo no significa prioridad, sino “origen”, pues, según hemos dicho (S.Th. 1, 13, 8), el significado de un nombre no se identifica con la raíz de donde se deriva.

ARTÍCULO 2

Si la palabra “Padre” es propiamente el nombre de una persona divina

Dificultades. Parece que la palabra “Padre” no es propiamente e nombre de una persona divina.

1. “Padre” significa una relación, y, en cambio, la persona es una substancia individual. Luego la palabra “Padre” no es palabra que signifique con propiedad una persona.

2. La expresión “el que engendra” es más universal que “padre”, pues todo padre engendra, pero no a la inversa. Si, pues, conforme hemos dicho (S.Th. 1, 13, 11), cuanto más general es un nombre, más apto es para aplicarlo a Dios, síguese que serán más propios de la persona divina los nombres de “el que engendra” o “progenitor” que el de Padre.

3. Ninguna expresión metafórica puede ser nombre propio de cosa alguna. Pero a nuestro verbo sólo por metáfora se le llama engendrado o prole, y, en consecuencia, aquel de quien el verbo procede sólo por metáfora se llama padre. Luego tampoco en Dios puede con propiedad llamarse Padre al principio del Verbo.

4. Lo que con propiedad se dice de Dios, antes se dice de Dios que de las criaturas. Pero parece que la generación más bien se dice de las criaturas que de Dios, pues más verdadera parece la generación cuando algo procede de otro distinto de él, no sólo por una relación, sino también por esencia. Luego la palabra “Padre”, que se toma de la generación, no parece que sea el nombre propio de ninguna persona divina.

Por otra parte, se dice en el Salmo (Ps 88,27): “El mismo me invocará: tú eres mi Padre”.

Respuesta. El nombre propio de una persona significa aquello por lo que tal persona se distingue de todas las demás. Por tanto, así como al concepto de hombre pertenece el que tenga alma y cuerpo, así también pertenece al concepto de este hombre que tenga esta alma y este cuerpo, como dice el Filósofo, y en esto se distingue este hombre de todos los demás. Ahora bien, aquello por lo que la persona del Padre se distingue de todas las otras es la paternidad. Por tanto, el nombre propio de la persona del Padre es éste: “Padre”, que significa la paternidad.

Soluciones. 1. Entre nosotros, la relación no es una persona subsistente, y, por tanto, el término “padre” entre nosotros no significa persona, sino la relación de una persona. Mas no sucede así en Dios, como falsamente han opinado algunos, pues allí la relación que significa la palabra “Padre”, es persona subsistente, que por esto hemos dicho (S.Th. 1, 29, 4) que el término “persona” en Dios significa la relación en cuanto subsistente en la naturaleza divina.

2. Según el Filósofo, la denominación de las cosas debe tomarse sobre todo de la perfección y del fin. Ahora bien, la generación significa algo como en periodo de ejecución, y, en cambio, la paternidad significa el complemento de la generación, y, por consiguiente, más bien es nombre de persona divina el de “Padre” que el de “progenitor” o “el que engendra”.

3. En la naturaleza humana el verbo no es cosa subsistente, por lo cual no puede llamarse con propiedad engendrado ni hijo. Mas el Verbo de Dios es algo que subsiste en la naturaleza divina, y, por consiguiente, con propiedad, y no por metáfora, se le llama Hijo, y a su principio, Padre.

4. Los nombres de generación y paternidad, como otros que se aplican propiamente a la divinidad, antes se dicen de Dios que de las criaturas en cuanto a la cosa significada, aunque no en cuanto al modo de significar; por lo cual dice el Apóstol (Ef 3,14-15): “Doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra”. Y fácilmente se comprueba esto, porque es indudable que la generación toma la especie de su término, que es la forma de lo engendrado, y que en cuanto ésta se aproxima más a la forma del que engendra, tanto la generación es más verdadera y perfecta; y así la generación unívoca es más perfecta que la no unívoca, toda vez que es de esencia del que engendra que engendre un semejante a él en la forma. Ahora bien, el hecho de que en la generación divina la forma del generante y la del engendrado es numéricamente la misma, y, en cambio, en las criaturas no es la misma en número, sino sólo en especie, prueba que la generación, y por consiguiente la paternidad, es en Dios más perfecta que en las criaturas. Por tanto, el hecho mismo de que en Dios el generante y el engendrado se distinguen exclusivamente por la relación, prueba lo verdaderas que son la generación y paternidad divinas.

ARTÍCULO 3

Si el nombre de “Padre” antes se dice de Dios cuando se toma como nombre personal que cuando se toma como esencial

Dificultades. Parece que la palabra “Padre” no se dice primariamente de Dios tomada en sentido personal.

1. En el orden intelectual, lo que es común precede a lo que es propio. Pero la palabra “Padre”, tomada personalmente, es propia de la persona del Padre, y, en cambio, en cuanto esencial es común a toda la Trinidad, pues a toda la Trinidad rezamos diciendo “Padre nuestro”. Luego la palabra “Padre” antes tiene sentido esencial que personal.

2. Cuando se trata de cosas que tienen la misma razón, no hay por qué hablar de prioridad ni posterioridad de atribución. Pero la paternidad y la filiación parecen tener el mismo concepto cuando se dice que la persona divina es Padre del Hijo que cuando se dice que la Trinidad es Padre nuestro o de la criatura, puesto que, según San Basilio, el “recibir” es común a la criatura y al Hijo. Luego la acepción personal de la palabra “Padre” en Dios no tiene preferencia sobre la esencial.

3. No cabe comparar cosas que no se consideran bajo la misma razón. Pero el Hijo se compara con las criaturas por razón de la filiación o generación, como dice el Apóstol (Col 1,15): “Que es la imagen de Dios, invisible, primogénito de toda criatura”. Luego la paternidad, tomada en sentido personal, no se aplica en Dios con preferencia a la tomada en sentido esencial, sino con igual título.

Por otra parte, lo eterno es anterior a lo temporal. Pero Dios es Padre del Hijo desde la eternidad, y, en cambio, de las criaturas lo es en el tiempo. Luego antes se dice paternidad en Dios con respecto al Hijo que con respecto a la criatura.

Respuesta. Un nombre cualquiera antes se dice de aquello en que se salva íntegramente toda la razón de ser de dicho concepto que de aquello en que sólo de algún modo se salva, ya que de esto se dice por alguna semejanza que tenga con lo primero; porque lo imperfecto deriva siempre de lo perfecto. Así, el nombre de “león” antes se aplica al animal que realiza todo su concepto, que es el que propiamente se llama león, que a un hombre cualquiera en el que se encuentre algo de aquel concepto, por ejemplo, la audacia, la fortaleza o cualidades parecidas, ya que de éste se dice por semejanza.

Ahora bien, conforme a lo que hemos dicho (S.Th. 1, 27, 2; q.28, 4), no cabe duda que en Dios Padre y en Dios Hijo se realiza plenamente el concepto de paternidad y filiación, porque el Padre y el Hijo tienen una misma naturaleza y una misma gloria. En cambio, en las criaturas la filiación con respecto a Dios no se halla según toda su perfección, ya que una es la naturaleza del Criador y otra la de la criatura; sino en virtud de alguna semejanza, que cuanto más perfecta sea, tanto más de cerca se aproxima al verdadero concepto de filiación. De aquí, pues, que se llame a Dios Padre de algunas criaturas, cuales son las irracionales, debido a una semejanza que no es más que huella o vestigio, según aquello del libro de Job: “¿Quién es el Padre de la lluvia y quién engendró las gotas de rocío?” (Job 38,28). De otras, esto es, de las racionales, en virtud de una semejanza de imagen, conforme a aquello del Deuteronomio (Dt 32,6): “¿No es él el Padre tuyo, el que te poseyó, te hizo y te creó?” Es, además, Padre de algunos por la semejanza de la gracia, y a éstos se llama hijos adoptivos, en cuanto por el don de la gracia recibida están ordenados a la herencia de la gloria eterna, según dice el Apóstol (Ro 8,16-17): “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; si, pues, hijos, también herederos”. Por fin, lo es de algunos por la semejanza de la gloria, en cuanto la poseen ya como herencia, según el mismo Apóstol (Ro 5,2): “Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios”.

Así, pues, no cabe duda que la paternidad se dice de Dios antes y con más propiedad cuando significa relación de persona a persona que cuando incluye relación de Dios a las criaturas.

Soluciones. 1. Lo común, dicho en absoluto, precede en el orden de nuestro entendimiento a lo propio, porque va incluido en el concepto de lo propio; pero no a la inversa; en el concepto, por ejemplo, de la persona del Padre se entiende a “Dios”, pero no al revés. En cambio, lo que incluye referencia a las criaturas es posterior a lo propio que envuelve relaciones personales, porque en Dios la persona procedente procede como principio de la producción de las criaturas. Así, pues, como el verbo concebido en la mente del autor de una obra de arte tiene que proceder del artífice antes que el artefacto, que se fabrica a semejanza del verbo concebido en su mente, así también el Hijo procede del Padre antes que las criaturas, a las cuales atribuye la filiación en cuanto participan alguna semejanza con el Hijo, como se ve por lo que dice el Apóstol (Ro 8,29): “A los que de antes conoció y predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo”.

2.Se dice que “recibir” es común a la criatura y al Hijo, pero no de modo unívoco, sino en razón de cierta semejanza lejana, por la cual se llama al Hijo “primogénito de toda criatura” (Ro 8,29); y por esto el texto citado, después de decir “a ser conformes con la imagen del Hijo de Dios”, añade: “Para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos”. Pero el Hijo natural de Dios tiene sobre los otros una prerrogativa singular, que es la de poseer por naturaleza lo mismo que recibe, como dice el propio San Basilio, y por esto se llama “unigénito”, como se lee en el Evangelio (Jn 1,18): “El Unigénito, que está en el seno del Padre, ése se nos ha dado a conocer”.

3. De aquí se deduce también la respuesta a la tercera dificultad.

ARTÍCULO 4

Si ser ingénito es una propiedad del Padre

Dificultades. Parece que ser ingénito no es propiedad del Padre.

1. Toda propiedad pone algo en aquello cuya es la propiedad. Pero el título de “ingénito” nada pone en el Padre, sino que simplemente excluye. Luego no significa una propiedad del Padre.

2. “Ingénito” o bien se dice en sentido privativo o bien en sentido negativo. Si se toma en sentido negativo, puede llamarse ingénito a todo lo que no es engendrado. Pero ni el Espíritu Santo ni la naturaleza divina han sido engendrados. Luego les conviene también ser “ingénitos”, y, por tanto, no es propiedad del Padre. –Si se toma en sentido privativo, puesto que toda privación envuelve imperfección del sujeto privado, síguese que la persona del Padre es imperfecta, y esto es imposible.

3. “Ingénito” en Dios no significa relación, porque no es término relativo; luego significa substancia. Por tanto, lo “ingénito” y lo “engendrado” difieren substancialmente. Pero el Hijo, que es engendrado, no difiere substancialmente del Padre. Luego no se debe llamar ingénito al Padre.

4. Propio es lo que conviene a uno solo. Pero, como en Dios son varios los que proceden de otro, no se ve inconveniente en que haya también varios que no se originen de otro. Luego no es lo propio del Padre el ser ingénito.

5. Lo mismo que el Padre es principio de la persona engendrada, lo es también de la persona procedente. Si, pues, por razón de la oposición que tiene a la persona engendrada es propio del Padre ser ingénito, también debe atribuírsele la propiedad de “improcedente”.

Por otra parte, dice San Hilario: “Uno procede del otro”, esto es, del ingénito el engendrado, “debido a la propiedad que hay en uno de la innascibilidad y en otro de su origen”.

Respuesta. Así como en las criaturas hallamos principio primero y principio segundo, así en las personas divinas, en las cuales no hay prioridad ni posterioridad, hallamos un “principio que no tiene principio”, y éste es el Padre, y un “principio que tiene principio”, que es el Hijo. En las criaturas, el primer principio se conoce de dos maneras: una en cuanto es primer principio porque dice relación con lo que procede de él, y otra en cuanto es principio primero porque él no procede de otro. Por consiguiente, el Padre, con respecto a las personas procedentes de Él, se conoce por la paternidad y la común espiración; mas en cuanto es principio sin principio, se conoce porque no procede de otro; y esto es lo que corresponde a la propiedad de la innascibilidad, significada con la palabra “ingénito”.

Soluciones. 1. Dicen algunos que la innascibilidad, significada con la palabra “ingénito”, en cuanto es propiedad del Padre no se dice en sentido puramente negativo, sino que o bien implica ambos sentidos, o sea que el Padre no procede de nadie y que es principio de otros, o quiere decir universal autoridad o plenitud fontal. –Mas esto no parece ser verdad, porque en este caso la innascibilidad no sería propiedad distinta de la paternidad y de la espiración, sino que las incluiría, como se incluye lo propio en lo común; pues ser fuente y ser autor no significan en Dios más que el principio de origen. –Por tanto, se ha de decir con San Agustín que “ingénito” incluye negación de la generación pasiva, pues dice que “tanto vale decir ingénito como decir no hijo”. Mas no se sigue de aquí que “ingénito” no sea noción propia del Padre, porque lo primario y simple se enuncia con negaciones, y así decimos que punto es lo que “no tiene partes”.

2. La palabra “ingénito” se toma algunas veces en sentido puramente negativo, y así dijo San Jerónimo que el Espíritu Santo es ingénito, o sea “no engendrado”. –Otras veces puede emplearse la palabra “ingénito” en sentido en cierto modo privativo, pero sin que envuelva imperfección alguna. La razón es porque la privación puede ser de muchas maneras. Una consiste en que un ser no tenga algo que a otros corresponde tener, aunque él no exija tenerlo; por ejemplo, si alguien dijese de una piedra que es “cosa muerta” porque carece de la vida, que otros seres poseen. Otra es cuando una cosa no tiene lo que por naturaleza exige tener otra de su mismo género, y en este sentido se llama “ciego” al topo. Otra, por fin, cuando un ser no tiene lo que por naturaleza requiere tener, y de este modo la privación implica imperfección. Pues bien, “ingénito” en sentido privativo no se dice del Padre de esta última manera, sino de la segunda, en cuanto hay algún supuesto en la naturaleza divina no engendrado, cosa que, sin embargo, conviene a otro supuesto de la misma naturaleza. –Cierto que, con arreglo a esto, también podría llamarse “ingénito” al Espíritu Santo; por lo cual, para que sea propiedad solamente del Padre, es necesario entender, además, en la palabra “ingénito” que convenga a una persona divina que sea también principio de otra persona, para que así se entienda que implica la negación en el género de principio, dicho personalmente en Dios; o también que se entienda por “ingénito” lo que de ninguna manera procede de otro, y no sólo lo que no procede de otro por generación, pues en este sentido no conviene al Espíritu Santo ser ingénito, porque, como persona subsistente, emana de otro por procesión, ni tampoco a la esencia divina, de la cual puede decirse que está en el Hijo y en el Espíritu Santo como recibida de otro, esto es, del Padre.

3. Según el Damasceno, “ingénito” unas veces significa lo mismo que “increado”, y en este sentido se aplica a la substancia, pues en esto se diferencia la substancia creada de la increada. Otras veces significa lo que no es engendrado, y así es relativo, a la manera como la negación se reduce al género de afirmación; por ejemplo, “no-hombre” al género de substancia, “no-blanco” al de cualidad; y, en consecuencia, por lo mismo que en Dios “engendrado” es término relativo, “ingénito” pertenece también a la relación. No se sigue, pues, que el Padre ingénito se distinga del Hijo engendrado según la substancia, sino únicamente según la relación, o sea en cuanto se niega del Padre la relación de Hijo.

4. Así como en todo género de seres es necesario que haya un primero, así también es indispensable poner en la naturaleza divina un primer principio que no provenga de otro, al que llamamos “ingénito”. Admitir, pues, dos ingénitos equivale a admitir dos dioses y dos naturalezas divinas, y por ello dice San Hilario: “Puesto que hay un solo Dios, no puede haber dos innascibles”. Y principalmente porque, si hubiese dos innascibles, ninguno de ellos procedería del otro, y así no se distinguirían por su oposición relativa, y, por tanto, habrían de distinguirse por una diversidad de naturaleza.

5. La propiedad del Padre, en cuanto no tiene origen en otro, se expresa mejor con la remoción del nacimiento del Hijo que con la negación de la procesión del Espíritu Santo; y esto porque la procesión del Espíritu Santo no tiene nombre especial, como arriba hemos dicho (S.Th. 1, 27, 4 ad 3), y además porque, según el orden natural, presupone la generación del Hijo. Por tanto, excluido del Padre el que sea engendrado, como, sin embargo, es principio de generación, síguese en consecuencia que no procede de la procesión del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo no es principio de generación, sino que procede del engendrado.

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