Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Cuestión 39: De las personas comparadas con la esencia

Cuestión 39: De las personas comparadas con la esencia

Después de lo que hemos dicho de las personas divinas consideradas en absoluto, quédanos tratar de las mismas personas en comparación con la esencia, con las propiedades y con los actos nocionales, y, además, de la comparación de unas con otras.

En cuanto a lo primero se han de averiguar ocho cosas.

Primera: si la esencia en Dios es lo mismo que la persona.

Segunda: si se ha de decir que las tres personas son de una misma esencia.

Tercera: si los nombres esenciales se deben atribuir a las personas en singular o en plural.

Cuarta: si los adjetivos nocionales o los verbos o los participios pueden atribuirse a los términos esenciales tomados en concreto.

Quinta: si pueden aplicarse a los términos esenciales tomados en abstracto.

Sexta: si los nombres de las personas pueden aplicarse a los nombres esenciales concretos.

Séptima: si los atributos esenciales se deben apropiar a las personas.

Octava: cuáles atributos deben apropiarse a cada persona.


 ARTÍCULO 1

Si la esencia en Dios se identifica con la persona

Dificultades. Parece que en Dios la esencia no es lo mismo que la persona.

1. En aquellos seres en los que se identifica la esencia con la persona o supuesto, no puede haber más que un supuesto de cada naturaleza, como se ve en todas las substancias separadas, puesto que, si varias cosas son realmente idénticas, no puede multiplicarse una sin multiplicarse las demás. Si, pues, hay en Dios una sola esencia y tres personas, según hemos dicho (S.Th. 1, 28, 3; q.30, 2), síguese que la esencia no es lo mismo que la persona.

2. La afirmación y la negación no son verdaderas a la vez y bajo el mismo aspecto respecto de la misma cosa. Pero la afirmación y la negación son verdaderas de la esencia y de la persona, pues la persona es distinta y la esencia no lo es. Luego la persona no es lo mismo que la esencia.

3. Nada hay que esté sujeto a sí mismo. Pero la persona está sujeta a la esencia, puesto que se llama “supuesto” o “hipóstasis”. Luego la persona no es lo mismo que la esencia.

Por otra parte, dice San Agustín: “Cuando decimos la persona del Padre, no decimos otra cosa que la substancia del Padre”.

Respuesta. Para quienes consideren la simplicidad divina, esta cuestión no tiene dificultad. Hemos demostrado (S.Th. 1, 3, 3) que la simplicidad divina requiere que en Dios sean lo mismo la esencia y el supuesto, que en las substancias espirituales no es otra cosa que la persona.

Mas lo que parece introducir dificultad es que, multiplicadas las personas divinas, la esencia conserva su unidad. Y como Boecio dice que “la relación multiplica la trinidad de personas”, han sostenido algunos que la persona en Dios difiere de la esencia, lo mismo que difieren las relaciones, a las cuales llaman adyacentes o asistentes, porque sólo aprecian en ellas lo que hace referencia a otro y no lo que tienen de entidad real.

Pero ya hemos visto (S.Th. 1, 28) que, así como las relaciones en las criaturas son realidades accidentales inherentes al sujeto, en Dios son la misma esencia divina; de lo cual se sigue que en Dios la esencia no es una cosa realmente distinta de la persona, y, esto no obstante, las personas se distinguen realmente entre sí. En efecto, la persona, según hemos dicho (S.Th. 1, 29, 4), significa la relación en cuanto subsiste en la naturaleza divina. Pero la relación, comparada con la esencia, no se distingue de ella realmente, sino sólo con distinción de razón, y, en cambio, comparada con la relación opuesta, se distingue realmente de ella en virtud de la oposición, y así tenemos una sola esencia y tres personas.

Soluciones. 1. En las criaturas, la distinción de supuestos no puede provenir de las relaciones, sino de sus principios esenciales, porque las relaciones en las criaturas no son subsistentes. Pero en Dios las relaciones son subsistentes, y, por consiguiente, en cuanto se oponen unas a otras, pueden distinguir a los supuestos. Y, sin embargo, la esencia permanece indistinta, porque las propias relaciones no se distinguen unas de otras en cuanto son realmente una misma cosa con la esencia.

2. En cuanto la esencia y la persona difieren en Dios con distinción de razón, síguese que se puede afirmar de una lo que se niega de la otra, y, por tanto, que, supuesta una cosa, se suponga también otra.

3. Según hemos dicho (S.Th. 1, 13, 1.3), en las cosas divinas imponemos los nombres que requieren tener los seres criados, y puesto que las naturalezas de las criaturas se individúan por la materia, que sustenta la naturaleza específica, de aquí que se llame a los individuos “sujetos, supuestos” o “hipóstasis”. Esta es, pues, la razón por la cual se llama a las personas divinas supuestos o hipóstasis, y no porque haya allí ninguna suposición o sujeción real.

 ARTÍCULO 2

Si se debe decir que las tres personas son de una misma esencia

Dificultades. Parece que no debe decirse que las tres personas son de una sola esencia.

1. Dice San Hilario que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo “son ciertamente tres por la substancia, mas por la armonía son uno”. Pero la substancia de Dios es su esencia. Luego las tres personas no son de una misma esencia.

2. No debe afirmarse de Dios cosa alguna que no esté expresamente autorizada por la Escritura, según consta por Dionisio. Pues en la Sagrada Escritura nunca se lee que el Padre, el Hijo y Espíritu Santo sean de una misma esencia. Luego esto es cosa que no se debe decir.

3. La naturaleza y la esencia divina son una misma cosa. Bastaría, pues, decir que las tres personas son “de la misma naturaleza”.

4. No suele decirse que la persona sea de la esencia, sino más bien que la esencia es de la persona. Luego tampoco parece conveniente decir que las tres personas son de una misma esencia.

5. Escribe San Agustín que no decimos que las tres personas son “de una misma esencia” [en latín “ex una”, en ablativo extractivo], no vaya a entenderse que en Dios es una cosa la esencia y otra la persona. Pero lo mismo es usar preposiciones extractivas que genitivos de posesión. Luego, por la misma razón, tampoco debe decirse que las tres personas son “de una misma esencia” [en latín “unius essentiae”, en genitivo posesivo].

6. Nada debe decirse de Dios que pueda ser ocasión de error. Pero, cuando se dice que las tres personas son de una misma esencia o substancia, hay peligro de error; porque, como dice San Hilario: “Una substancia predicada del Padre y del Hijo, o bien significa algo subsistente que tiene dos nombres, o que al dividirse una substancia resultaron dos substancias imperfectas, o que se trata de una tercera substancia anterior que fue asumida y absorbida por dos”. No debe, pues, decirse que las tres personas son de una misma esencia.

Por otra parte, dice San Agustín qué la palabra “homousion”, adoptada en el Concilio de Nicea contra los arrianos, significa lo mismo que tres personas de una misma esencia.

Respuesta. Según hemos explicado (S.Th. 1, 13, 1 ad 2; a.3), nuestro entendimiento denomina las cosas divinas no tal y como son en sí mismas, que así no puede conocerlas, sino conforme al modo de ser que tienen en las criaturas. Ahora bien, como en las cosas sensibles, de las que nuestro entendimiento toma su saber, la naturaleza específica se individúa por la materia, de este modo la naturaleza hace oficio de forma, y el individuo, de supuesto de tal forma; por esto también en Dios, en cuanto al modo de significar, la esencia se significa como forma de las tres personas. Por otra parte, al hablar de las criaturas decimos que una forma cualquiera es de aquel en quien está, y así hablamos de la salud o de la belleza de un hombre cualquiera; en cambio, del sujeto que tiene la forma no decimos que es de la forma, a menos de añadir algún adjetivo que la determine, como sucede, por ejemplo, al decir: “esta mujer es de una hermosura egregia, este hombre es de una virtud perfecta”. Pues bien, como en Dios las personas son varias y la esencia una sola, decimos, de manera análoga, que “una misma esencia es de tres personas” y que “tres personas son de una misma esencia”, entendiendo que estos genitivos designan la forma.

Soluciones. 1. En el texto citado, la palabra “substancia” se toma por la “hipóstasis” y no por la “esencia”.

2. Si bien en la Sagrada Escritura no se halla literalmente que las tres personas son de la misma esencia, hállase, sin embargo, en sentido equivalente, por ejemplo este texto (Jn 10,30): “Yo y el Padre somos uno”, y éste (Jn 10,38): “El Padre está en mí, y yo estoy en el Padre”, y otros muchos que pueden convencer de lo mismo.

3. Como la “naturaleza” designa principio de operación, y, en cambio, “esencia” se deriva de “ser”, pueden llamarse de la misma naturaleza las cosas que convienen en alguna acción, por ejemplo, todos los cuerpos que calientan; pero que sean de la misma esencia sólo puede decirse de aquellos que tienen el mismo ser. Por consiguiente, se expresa mejor la unidad divina diciendo que las tres personas son “de una misma” esencia que si se dijese que son “de una misma naturaleza”.

4. La forma, tomada en absoluto, suele significarse como de aquel en quien está, v. gr., “la virtud de Pedro”. Por el contrario, la entidad que tiene una forma no se significa como de la forma, a no ser cuando queremos determinar o designar la forma misma, y en este caso se requieren dos genitivos, uno de los cuales signifique la forma y el otro su determinación; por ejemplo: “Pedro es de gran virtud”; o también un genitivo que tenga valor de dos; por ejemplo: “éste es varón de sangre”, esto es, “derramador de mucha sangre”. Supuesto, pues, que la esencia divina se significa como forma respecto a la persona, es correcto decir la esencia de la persona, pero no a la inversa, a menos de añadir alguna determinación de la esencia, como, por ejemplo, que el Padre es persona de “la esencia divina” o que las tres personas “son de una misma esencia”.

5. Las preposiciones de ablativo “ex” (“a partir de”) y “de” no indica relación de causa formal, sino más bien de causa eficiente o material, y estas causas se distinguen siempre de los seres de que son causa, pues, nada hay que sea su materia ni su principio o causa eficiente, y, en cambio, hay seres que son su propia forma, como acontece en todos los seres inmateriales. Por consiguiente, cuando decimos que las tres personas son “de una misma esencia” (en genitivo), significando la esencia con relación de persona, no damos a entender que la esencia sea distinta de la persona, cosa que ocurriría si dijésemos tres personas “de [equivalente a “ex” en ablativo] la misma esencia”.

6. Como dice San Hilario: “Mucho se perjudicarían las cosas santas si, por el hecho de que algunos no las consideran como tales, no debieran existir”. Pues del mismo modo, si “se entiende mal la palabra “homousion”, ¿qué culpa tengo yo, que la entiendo bien? –Diremos, pues, que la substancia es una en razón de la propiedad de la naturaleza engendrada, y no en virtud de una división, o de una unión, o de una comunión”.

 ARTÍCULO 3

Si los nombres esenciales se dicen en singular de las tres personas

Dificultades. Parece que los nombres esenciales, por ejemplo, el nombre de “Dios”, no pueden decirse en singular de las tres personas, sino sólo en plural.

1. Así como la palabra “hombre” quiere decir “el que posee la naturaleza humana”, así también “Dios” significa “el que tiene la deidad”. Pero las tres personas son tres que tienen la deidad. Luego las tres personas son “tres dioses”.

2. Donde el Génesis dice (Gn 1,1): “En el principio Dios creó el cielo y la tierra”, el texto hebreo escribe “Elohim”, que se puede traducir por “dioses” o “jueces”, y esto se dice aludiendo a la pluralidad de personas. Luego las tres personas “son muchos dioses” y no “un solo Dios”.

3. La palabra “cosa”, puesto que se dice en absoluto, parece referirse a la substancia. Pero esta palabra se aplica en plural a las tres personas, pues dice San Agustín que “las cosas de que hemos de gozar son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. Luego también podrán aplicarse en plural a las tres personas los otros nombres esenciales.

4. Así como la palabra “Dios” significa el que tiene la deidad, así también “persona” significa el que subsiste en una naturaleza intelectual. Si, pues, decimos “tres personas”, por la misma razón podemos decir “tres dioses”.

Por otra parte, se dice en el Deuteronomio (Dt 6,4): “Oye, Israel; el Señor, tu Dios, es (Dios) uno”.

Respuesta. Entre los nombres esenciales, unos significan la esencia a modo de substantivos, y otros por modo de adjetivos. Los que la significan de modo substantivo, se predican de las tres personas en singular, y nunca en plural. En cambio, los que significan la esencia de modo adjetivo, se aplican a las tres personas en plural. –La razón de esto es porque los nombres substantivos significan las cosas por modo de substancia, y los adjetivos por modo de accidente que se adhiere a un sujeto. La substancia, por su parte, así como tiene el ser por sí misma, así también por sí misma tiene la unidad y la multiplicidad, y, por tanto, el singular y el plural del término substantivo se toma de la forma expresada por el nombre. Los accidentes, en cambio, como no tienen ser más que en un sujeto, de él reciben la unidad o la pluralidad, y, por consiguiente, los adjetivos son singulares o plurales, según lo que sean los supuestos.

Ahora bien, en las criaturas no se halla que una misma forma esté en varios supuestos, como no sea la unidad de orden, que es la forma de una multitud organizada, y, según lo acabamos de decir, cuando los nombres que significan tal forma son substantivos, se aplican a muchos en singular, pero no cuando son adjetivos; y así decimos que muchos hombres son “un colegio” a “un ejército”, o “un pueblo”, y, en cambio, decimos que muchos hombres están “colegiados”. Mas cuando se trata de Dios, la esencia divina se significa, según hemos dicho (S.Th. 1, 39, 2), por modo de forma. Pero esta forma es simple y tiene la máxima unidad (cf.: S.Th. 1, 3, 7; q.2, 4), y, por consiguiente, se atribuye en singular, y no en plural, a las tres personas divinas. La razón, pues, de que, por ejemplo, Sócrates, Platón y Cicerón se llaman tres hombres, y, sin embargo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no se llaman tres dioses, sino un solo Dios, es porque en los tres supuestos de naturaleza humana hay tres humanidades, y, en cambio, en las tres personas divinas hay una sola esencia divina.

Cuanto a los términos que significan la esencia de modo adjetivo, se aplican en plural a los tres, por razón de la pluralidad de los supuestos, y así decimos “tres existentes, o tres sabios, o tres eternos, o increados, o inmensos”, tomados estos términos como adjetivos. Mas si se toman como substantivos, decimos “un solo increado, inmenso y eterno”, como dice San Atanasio.

Soluciones. 1. Si bien “Dios” significa el que “tiene la deidad”, sin embargo, el modo de significar no es el mismo, puesto que `Dios” es un substantivo, y “el que tiene la deidad” es una expresión adjetiva. Por tanto, aunque haya “tres que tienen la deidad”, no se sigue que sean “tres dioses”.

2. Cada idioma tiene sus modalidades propias, y de aquí que, así como los griegos, por razón de la pluralidad de personas, dicen “tres hipóstasis”, así también en hebreo se dice en plural “Elohim”. Pero nosotros no decimos “dioses” ni “substancias” en plural, para evitar que la pluralidad se atribuya a la substancia.

3. El vocablo “cosa” es uno de los trascendentales, y, por consiguiente, cuando se refiere a la relación se atribuye a Dios en plural, y, en cambio, cuando se refiere a la substancia, en singular; y por esto dice San Agustín que “la misma Trinidad es cierta cosa suprema”.

4. La forma significada por el término “persona” no es la esencia o naturaleza, sino la “personalidad”, y puesto que hay tres personalidades, o sea tres propiedades personales, en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, no es en singular, sino en plural, como debe decirse de los tres.

 ARTÍCULO 4

Si los nombres esenciales concretos se pueden poner en lugar de las personas

Dificultades. Parece que los nombres esenciales concretos no se pueden poner en lugar de las personas, en forma que sea verdadera esta proposición: “Dios engendró a Dios”.

1. Como dicen los dialécticos, “el término singular significa lo mismo que aquello en cuyo lugar se pone”. Pero la palabra “Dios” parece ser término singular, ya que, según hemos dicho (S.Th. 1, 39, 3), no puede atribuirse en plural. Si, pues, significa la esencia, parece que deba ponerse en lugar de la esencia y no de la persona.

2. El predicado de una proposición no restringe al sujeto por razón de su significado, sino únicamente por razón del tiempo qué denota. Pero cuando digo “Dios crea”, el término “Dios” ocupa el lugar de la esencia. Luego cuando se dice “Dios engendró”, el término “Dios”, por razón del predicado nocional, no puede ponerse en lugar de la persona.

3. Si la proposición “Dios engendró” es verdadera porque el Padre engendra, por la misma razón será verdadera esta otra: “Dios no engendró”, puesto que el Hijo no engendra. Luego hay Dios que engendra y Dios que no engendra, y así parece seguirse que hay “dos dioses”.

4. Si “Dios engendró a Dios”, o se engendró Dios a sí mismo o engendró a otro Dios. Pero no se engendró Dios a sí mismo, porque, como dice San Agustín, “ninguna cosa se engendra a sí misma”. Tampoco engendró otro Dios, porque Dios no hay más que uno. Luego la proposición “Dios engendró a Dios” es falsa.

5. Si “Dios engendró a Dios”, o engendró a Dios que es Dios Padre o a Dios que no es Dios Padre. Si a Dios que es Dios Padre, síguese que Dios Padre es engendrado. Si a Dios que no es Dios Padre, síguese que existe un Dios que no es el Dios Padre, y esto es falso. Luego no puede decirse que “Dios engendró a Dios”.

Por otra parte, se dice en el Símbolo: “Dios de Dios”.

Respuesta. Han dicho algunos que la palabra “Dios” y todas las que se le parecen, por su naturaleza se ponen con propiedad en lugar de la esencia, pero que cuando llevan adjunto algún término nocional pasan a significar la persona. El origen de esta opinión parece haber sido la consideración de la simplicidad divina, la cual exige que en Dios sean lo mismo el que tiene y lo que se tiene; y así, “el que tiene la deidad”, y esto es lo que significa el término “Dios”, es lo mismo que “la deidad”.

Mas para discernir la propiedad de las locuciones, no sólo se ha de atender a la cosa significada, sino también al modo de significar. Y precisamente porque la palabra “Dios” significa la esencia divina como en el sujeto que la tiene, lo mismo que la palabra “hombre” significa la humanidad en el supuesto, dijeron otros, más acertadamente, que la palabra “Dios” tiene de su modo de significar el que se pueda poner con propiedad en lugar de la persona, lo mismo que el término “hombre”.

Luego el término “Dios” unas veces se pone en lugar de la esencia, como al decir “Dios crea”, porque este predicado compete al sujeto por razón de la forma significada, que es la deidad; y otras ocupa el lugar de las personas, bien de una sola, por ejemplo: “Dios engendra”; bien de dos, como al decir “Dios espira”, o de las tres, como en el texto (1Tm 1,17) “al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios”, etc.

Soluciones. 1. Aunque la palabra “Dios” conviene con los singulares en que no se multiplica la forma significada por él, conviene, por otra parte, con los términos comunes, en que la forma significada se halla en varios supuestos; y por esta razón no es necesario que se ponga siempre en lugar de la esencia que significa.

2. La objeción es válida contra los que suponen que la palabra “Dios” no puede por su naturaleza emplearse en lugar de la persona.

3. En cuanto a ponerse en lugar de la persona, no sucede lo mismo con la palabra “Dios” que con la palabra “hombre”. La razón es porque, como la forma designada por el término “hombre”, es decir, la humanidad, es realmente múltiple en los distintos supuestos, de suyo se pone en lugar de la persona; aun en el caso en que no se añada cosa alguna que determine a la persona, que es un supuesto distinto. Por otra parte, la comunidad de la naturaleza humana no es real, sino sólo conceptual o de razón, por lo cual la palabra “hombre” no se pone en lugar de la naturaleza común a todos, a no ser que así lo exija algún aditamento, como sería, por ejemplo, éste: “el hombre es especie”. En cambio, la forma significada por el término “Dios”, es decir, la esencia divina, es realmente una y común. Por tanto, de suyo, se pone en lugar de la naturaleza común; pero en virtud de algo que se le añada puede determinarse para que ocupe el lugar de la persona. Así, pues, cuando se dice “Dios engendra”, el nombre “Dios”, por razón del acto nocional, se pone en lugar de la persona del Padre; pero cuando se dice “Dios no engendra”, nada se añade que determine el nombre de “Dios” a la persona del Hijo, y más bien se da a entender que la generación repugna, a la naturaleza divina. En cambio, si se añadiese algo perteneciente a la persona del Hijo, la proposición sería verdadera; por ejemplo, si se dijese “Dios engendrado no engendra”; y, por tanto, tampoco se sigue que hay “Dios que engendra y Dios que no engendra”, a menos que se ponga algo perteneciente a las personas, diciendo, por ejemplo, “el Padre es Dios que engendra” y “el Hijo es Dios que no engendra”; y de este modo no se sigue que haya “muchos dioses”, puesto que el Padre y el Hijo son “un solo Dios”, como queda dicho (S.Th. 1, 39, 3).

4. La proposición “el Padre se engendra Dios a sí mismo” es falsa, porque el recíproco “a sí mismo” designa al mismo supuesto; lo cual no se opone a lo que dice San Agustín: que el Dios Padre “engendró otro Él” (“alterum se”), porque el “se” latino, o es un ablativo, y en tal caso significaría que engendró a otro distinto de Él, o es una sencilla relación de acusativo, y en este caso expresa la identidad de naturaleza. De cualquier modo, la locución es impropia y enfática, y su sentido sería que “engendró otro semejantísimo a sí mismo”. También es falsa la proposición “engendró otro Dios”, porque si bien es cierto que el Hijo es “otro” que el Padre, como arriba dijimos (S.Th. 1, 31, 2), no puede, sin embargo, decirse que sea “otro Dios”, pues se entendería que el adjetivo “otro” carga su significado sobre el substantivo “Dios”, y de este modo se significaría que hay división de la deidad. –Sin embargo, hay quienes conceden la proposición “engendró otro Dios”, considerando la palabra “otro” como substantivo, y la palabra “Dios” como un término adosado; pero debe evitarse este modo de hablar por impropio y expuesto a error.

5.La proposición “Dios engendró un Dios que es Dios Padre” es falsa, porque la palabra “Padre”, yuxtapuesta a la palabra “Dios”, la restringe a significar la persona del Padre, de modo que el sentido sería: “engendró un Dios que es el mismo Padre”, y en este caso el Padre sería engendrado, cosa del todo falsa. Luego la proposición negativa “engendró un Dios que no es Dios Padre” es verdadera. –No obstante, si se entiende que en la frase no hay una simple yuxtaposición de las palabras “Dios” y “Padre”, sino que es preciso intercalar algo entre ellas, entonces la proposición afirmativa es verdadera y la negación falsa, y el sentido sería: “engendró un Dios que es el mismo Dios que el Padre”. Pero ésta es una explicación forzada, y por ello lo mejor es negar en absoluto la afirmativa y conceder la negativa.

A pesar de esto, Prepositino dijo que tan falsa es la negativa como la afirmativa, porque el relativo “que” en la afirmativa puede referirse al supuesto, pero en la expresión negativa se refiere al supuesto y a la naturaleza; de donde se sigue que, según la afirmativa, “ser Dios Padre conviene a la persona del Hijo”, y, según la negativa, “ser Dios Padre no se niega solamente del Hijo, sino también de ser divinidad”. –Pero esto no parece razonable, puesto que, según el Filósofo, sobre el sujeto de una afirmación puede recaer también una negación.

 ARTÍCULO 5

Si los nombres esenciales, significados de modo abstracto, pueden ponerse en lugar de las personas

Dificultades. Parece que los nombres esenciales abstractos pueden ponerse en lugar de las personas, de modo que sea verdadera esta proposición: “la esencia engendra la esencia”.

1.Dice San Agustín: “El Padre y el Hijo son una misma sabiduría, porque son una misma esencia, y en particular sabiduría de sabiduría, como esencia de esencia”.

2. Cuando nosotros somos engendrados o destruidos, se engendra o destruye cuanto en nosotros hay. Pero el Hijo es engendrado. Luego, como la esencia divina está en el Hijo, parece que la esencia divina se engendra.

3. Lo mismo es Dios que la esencia divina, según hemos dicho (S.Th. 1, 3, 3). Pero la proposición “Dios engendra a Dios” es verdadera, como también dijimos (a.4). Luego también es verdadera ésta: “la esencia engendra la esencia”.

4. Lo que se dice de un ser puede ponerse en lugar suyo. Pero la esencia divina es Padre. Luego la esencia puede ponerse en lugar de la persona del Padre, y tendremos que “la esencia engendra”.

5. La esencia es una cosa que engendra, porque es el Padre, y éste engendra. Si, pues, la esencia no engendra, será una cosa que engendra y que no engendra, y esto es imposible.

6. Dice San Agustín: “El Padre es principio de toda la deidad”. Pero no es principio sino en cuanto engendra y espira. Luego el Padre engendra o espira la deidad.

Por otra parte, dice el propio San Agustín que “ninguna cosa se engendra a sí misma”. Pero si la esencia engendra a la esencia, la esencia se engendraría a sí misma, puesto que nada hay en Dios que se distinga de la esencia divina. Luego la esencia no engendra la esencia.

Respuesta. Acerca de esta materia erró el abad Joaquín, sosteniendo que, así como se dice “Dios engendró a Dios”, también puede decirse “la esencia engendró la esencia”. Fundóse para ello en que, por razón de la simplicidad divina, Dios no es cosa distinta de la divina esencia. –Pero en esto se engañó, porque, según hemos dicho (S.Th. 1, 39, 4), para que sean verdaderas las locuciones, no es suficiente atender a las cosas significadas, sino también al modo de significarlas; por lo cual, aunque en la realidad sean lo mismo “Dios” que “deidad”, no es, sin embargo, el mismo el modo de significar en uno y otro caso. La palabra “Dios”, puesto que significa la esencia divina como en el sujeto que la tiene, por su modo de significar exige naturalmente que pueda ponerse en lugar de la persona, y por este motivo lo que es propio de las personas puede decirse de la palabra “Dios”; por ejemplo: que “Dios es engendrado” o que “engendra”, según tenemos dicho (S.Th. 1, 39, 4). En cambio, la palabra “esencia” no requiere por su modo de significar que se ponga en lugar de la persona, puesto que significa la esencia como forma abstracta; por lo cual lo que es propio de las personas y hace que se las distinga unas de otras, no puede atribuirse a la esencia, ya que se daría a entender que en la esencia divina hay la misma distinción que en las personas.

Soluciones. 1. Los santos doctores, para más acentuar la unidad de la esencia y de la persona, emplearon a veces locuciones más rotundas de lo que tolera la propiedad de los términos empleados. Por eso, este género de expresiones no debe propagarse, sino más bien explicarlas, traduciendo los tiempos abstractos por sus correspondientes concretos, e incluso por nombres personales; en forma que donde se dice “esencia de esencia” o “sabiduría de sabiduría”, se entienda: el “Hijo, que es esencia y sabiduría, es del Padre, que es esencia y sabiduría”. –Sin embargo, entre los términos abstractos hay que observar cierto orden, porque lo perteneciente a las acciones está más cerca de las personas, ya que las acciones son de los supuestos. De aquí, pues, que las expresiones “naturaleza de naturaleza” o “sabiduría de sabiduría” son menos impropias que “esencia de esencia”.

2. En las criaturas lo engendrado no recibe una naturaleza numéricamente igual a la que tiene el generante, sino otra numéricamente distinta, que de nuevo empieza a existir en él por la generación y deja de existir por la destrucción del sujeto, y, por tanto, se engendra y destruye accidentalmente. Pero el Dios engendrado recibe la misma naturaleza numérica que tiene el que engendra, y, por tanto, la naturaleza divina en el Hijo no es engendrada ni directa ni accidentalmente.

3. Aunque Dios y la esencia divina en la realidad sean la misma cosa, sin embargo, por razón de su diverso modo de significar debemos hablar de cada uno de distinta manera.

4. La esencia divina se dice del Padre por modo de identidad, por razón de la simplicidad divina; pero como el modo de significar es diferente, no se sigue que pueda ponerse en lugar del Padre. El argumento sería válido tratándose de seres que en los cuales algo de uno se atribuyen a otro, como lo universal de lo particular.

5. La diferencia entre los nombres substantivos y los adjetivos consiste en que los substantivos llevan consigo su supuesto, y los adjetivos no, sino que aplican su significado al substantivo; y por esto dicen los dialécticos que “los nombres substantivos sustentan, y, en cambio, los adjetivos no sustentan, sino que añaden”. Por tanto, los nombres personales substantivos pueden decirse de la esencia, por razón de la identidad real, y, sin embargo, no se sigue que la propiedad personal determine una esencia distinta, puesto que lo que se hace es sencillamente aplicarla al supuesto, indicado por el substantivo. En cambio, los términos nocionales y personales adjetivos no pueden atribuirse a la esencia, a menos de añadir algún nombre substantivo; y, por tanto, no se puede decir que “la esencia engendra”, aunque sí puede decirse que “la esencia es una cosa que engendra”, o “el Dios que engendra”, si los términos “cosa” y “Dios” se ponen en lugar de la persona y no de la esencia. Por consiguiente, no hay contradicción al decir que “la esencia es una cosa que engendra y es una cosa que no engendra”, porque en el primer caso el término “cosa” significa la persona, y en el segundo, la esencia.

6. La “deidad”, por cuanto se halla idénticamente en varios supuestos, tiene cierto parecido con la forma del nombre colectivo. Así, pues, cuando se dice: “el Padre es principio de toda la deidad”, puede entenderse que lo es de la universalidad de las personas, o lo que es lo mismo, que tiene razón de principio respecto de todas las personas divinas, sin que por ello sea principio de sí mismo, igual que cuando se dice de alguno del pueblo que es jefe “de todo el pueblo”, no se sigue que lo sea de sí mismo. –Puede decirse también que es principio de toda la deidad, no porque la engendre y espire, sino porque al engendrarla y espirarla la comunica.

 ARTÍCULO 6

Si las personas pueden decirse de los términos esenciales

Dificultades. Parece que las personas no puedan decirse de los términos esenciales concretos, en forma que se pueda decir: “Dios es tres personas” o es “la Trinidad”.

1. La proposición “el hombre es todo hombre” es falsa, porque no puede verificarse de ningún supuesto, ya que ni Sócrates es todo hombre, ni Platón, ni otro alguno. Pero, asimismo, esta otra: “Dios es la Trinidad”, tampoco puede verificarse de ningún supuesto de naturaleza divina, pues ni el Padre es la Trinidad, ni el Hijo, ni el Espíritu Santo. Luego la proposición “Dios es la Trinidad” es falsa.

2. Lo inferior no se predica de lo superior si no es a modo de atribución accidental, como al decir “el animal es hombre”, pues en el animal ser hombre es accidental. Pero el término “Dios” es con respecto a las tres personas como lo común respecto a las cosas de un orden subalterno, según dice el Damasceno. Luego parece que los nombres de las personas no puedan decirse del término “Dios” más que accidentalmente.

Por otra parte, San Agustín dice: “Creemos que un solo Dios es una sola Trinidad de nombre divino”.

Respuesta. Hemos advertido ya (S.Th. 1, 39, q.5) que, si bien los términos personales y nocionales adjetivos no pueden decirse de la esencia, pueden, sin embargo, atribuírsele, si son substantivos, por razón de la real identidad de la esencia con las personas. Pero la esencia en Dios no se identifica solamente con una persona, sino con las tres. Luego lo mismo una persona, que dos, que las tres, pueden decirse de la esencia; por ejemplo: “la esencia es el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo”. Y puesto que el término “Dios” puede de suyo ocupar el lugar de la esencia, según hemos visto (S.Th. 1, 39, 4 ad 3), síguese que, así como es verdadera esta proposición: “la esencia es tres personas”, también lo es esta otra: “Dios, es tres personas”.

Soluciones. 1. Según hemos dicho (S.Th. 1, 39, 4), el término “hombre” requiere por sí ocupar el lugar de la persona, pero mediante alguna adición, expresa la naturaleza común; y así es falsa la proposición “el hombre es todo hombre”, porque no puede verificarse en ningún supuesto. Pero el término “Dios” de suyo puede ponerse por la esencia. Luego, aunque la proposición “Dios es la Trinidad” no se verifica de ningún supuesto de naturaleza divina, se verifica, sin embargo, de la esencia. –Por no tomar esto en cuenta la negó el Porretano.

2. Cuando se dice: “Dios” o “la esencia divina es el Padre”, se trata de una atribución de identidad y no de una atribución de inferior a superior, porque en Dios no hay universal y singular. Luego si esta proposición: “el Padre es Dios”, es verdadera por sí y no accidentalmente, también esta otra: “Dios es Padre”, es verdadera por sí y no de modo accidental.

 ARTÍCULO 7

Si los nombres esenciales deben apropiarse a las personas

Dificultades. Parece que los nombres esenciales no deben apropiarse a las personas.

1. Cuando se trata de Dios, debe evitarse todo lo que pueda acarrear peligro de error en la fe, porque, como dice San Jerónimo, “por las palabras dichas precipitadamente se incurre en la herejía”. Pero apropiar a una persona lo que es común a las demás puede prestarse a error en la fe, porque pudiera creerse que o solamente conviene a, la persona a quien se apropia, o que le conviene a ella con preferencia a las otras. Luego los atributos esenciales no deben apropiarse a las personas.

2. Los atributos esenciales enunciados en abstracto significan por modo de forma. Pero ninguna persona tiene razón de forma respecto de otra, puesto que la forma, desde el punto de vista del supuesto, no se distingue de aquello cuya forma es. Luego los atributos esenciales, y máxime los enunciados en abstracto, no deben apropiarse a las personas.

3. Lo propio es anterior a lo apropiado, pues lo “propio” entra en el concepto de lo apropiado. Pero, según nuestro entender, los atributos esenciales son anteriores a las personas, como lo común es anterior a lo propio. Los atributos esenciales no deben apropiarse.

Por otra parte, dice el Apóstol (1Co 1,24): “Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios”.

Respuesta. Para mejor dar a conocer la fe, ha sido conveniente que los atributos esenciales se apropiasen a las personas. Si bien es cierto que, según hemos dicho (S.Th. 1, 32, 1), no es posible demostrar la Trinidad de personas, es, sin embargo, conveniente hacerlas entrever por medio de cosas mejor conocidas. Racionalmente nos son más conocidos los atributos esenciales que lo que es propio de las personas; porque por medio de las criaturas, de las cuales tomamos nuestros conocimientos, podemos elevarnos con toda certeza al conocimiento de los atributos esenciales, pero en manera alguna al de las propiedades personales, según hemos visto (S.Th. 1, 32, 1 ad 1). Si, pues, nos servimos de la semejanza que en forma de vestigio o imagen hallamos en las criaturas para dar a conocer las personas divinas, también podemos servirnos de los atributos esenciales; y esta manifestación de las personas por los atributos esenciales es lo que llamamos “apropiación”.

Ahora bien, de dos maneras se pueden manifestar las personas divinas por los atributos esenciales: o bien por vía de semejanza, y así lo que pertenece al entendimiento se apropia al Hijo, que procede por el entendimiento como verbo, o por vía de desemejanza, y así la potencia se apropia al Padre, porque, como dice San Agustín, entre nosotros los padres, debido a la edad, suelen estar débiles, y es preciso evitar que se sospeche de Dios algo parecido.

Soluciones. 1. Los atributos esenciales no se apropian a las personas de tal manera que se diga que son suyos propios, sino para darlas a conocer por vía de semejanza o de desemejanza, como se ha dicho. No se sigue, pues, ningún error contra la fe, sino más bien la manifestación de la verdad.

2. Si de tal manera se apropiasen los atributos esenciales a las personas que fuesen propios de ellas, sin duda se seguiría que una persona tendría razón de forma con respecto a otra. Pero esto es lo que excluye San Agustín, demostrando que el Padre no es sabio por la sabiduría que engendró en el sentido de que sólo el Hijo fuese la Sabiduría, y únicamente pudiera llamarse “sabio” al Padre junto con el Hijo, y no el Padre sin el Hijo. El Hijo se llama sabiduría del Padre porque es la sabiduría que procede del Padre, que es también la sabiduría, pues uno y otro de por sí son la sabiduría, y ambos son una misma sabiduría. Por tanto, el Padre no es sabio por la sabiduría que engendró, sino por la sabiduría que es su propia esencia.

3. Aunque de suyo el atributo esencial precede, según nuestro modo de entender, a la persona, sin embargo, en cuanto tiene razón de apropiado, no hay obstáculo en que lo propio de la persona sea anterior a lo apropiado. El color, por ejemplo, es posterior a un cuerpo en cuanto es cuerpo, pero es naturalmente anterior a “un cuerpo blanco”, en cuanto es blanco.

 ARTÍCULO 8

Si los santos doctores han apropiado convenientemente los atributos esenciales a las personas

Dificultades. No parece conveniente la apropiación de los atributos esenciales a las personas hecha por los santos doctores.

1. Dice San Hilario: “La eternidad está en el Padre, la especie en la Imagen, el uso en el Don”. En estas palabras consigna tres nombres propios de las personas: el nombre de Padre, el de Imagen, que es propio del Hijo, como hemos dicho (S.Th. 1, 35, 2), y el de Don, que es propio del Espíritu Santo, como también dijimos (S.Th. 1, 38, 2). Pone, además, tres cosas apropiadas, pues apropia la eternidad al Padre, la especie al Hijo y el uso al Espíritu Santo. Pero esto no parece razonable, pues la “eternidad” implica la duración en el ser, la “especie” es principio de ser y el “uso” parece referirse a la operación. Pero, como ni la esencia ni la operación se apropian jamás a persona alguna, parecen inconvenientes estas apropiaciones.

2. Dice San Agustín: “En el Padre está la unidad, en el Hijo la igualdad, en el Espíritu Santo la concordia de la unidad con la igualdad”. Esto tampoco parece aceptable, porque una persona no se denomina formalmente por lo que se apropia a otra, y así el Padre no es sabio por la sabiduría engendrada, según hemos dicho (S.Th. 1, 37, 2 ad 1). Esto no obstante, añade el propio San Agustín: “Estas tres cosas son una por el Padre, iguales por el Hijo y conexas por el Espíritu Santo”. No se apropian, pues, convenientemente estas notas a las personas.

3. Según el mismo San Agustín, al Padre se le atribuye la “potencia”, al Hijo la “sabiduría” y al Espíritu Santo la “bondad”; y tampoco parecen convenientes estas apropiaciones, pues la “virtud” o energía pertenece a la potencia; pero hallamos que la virtud se apropia al Hijo, como dice el Apóstol (1Co 1,24): “Cristo, virtud de Dios”; y también al Espíritu Santo, según San Lucas (Lc 6,19): “Salía de Él una virtud y sanaba a todos”. Luego la potencia no debe apropiarse al Padre.

4. Dice asimismo San Agustín: “No debe tomarse globalmente lo que dice el Apóstol: “de Él, y por Él, y en Él”. “De Él” lo dice por el Padre; “por Él”, por el Hijo; “en Él”, por el Espíritu Santo”. Pero tampoco parecen correctas estas apropiaciones, porque la locución “en Él” parece incluir relación de causa final, que es la primera de las causas. Luego esta relación de causa debiera apropiarse al Padre, que es principio sin principio.

5. Hallamos que al Hijo se le apropia la “verdad”, como dice San Juan (Jn 16,6): “Yo soy el camino, la verdad y la vida”; y también el “libro de la vida”, según aquello del Salmo (Ps 39,8): “En la cabeza del libro está escrito de mí”, que explica la Glosa diciendo: “esto es, en el Padre, que es mi cabeza”; y también la locución “El que es”; pues explicando aquel texto de Isaías (I s 65,1): “Heme aquí, voy a las gentes…”, dice la Glosa: “Habla el Hijo, que dijo a Moisés: Yo soy el que soy”. –Pero todas estas cosas más bien parecen propias del Hijo que no apropiadas. La “verdad”, según San Agustín, “es la semejanza suma con el principio, sin desemejanza alguna”; y así parece que propiamente conviene al Hijo, que tiene principio. –El “libro de la vida” parece ser también algo propio, porque significa un ser que procede de otro, pues todo libro está escrito por alguien. –También la expresión “El que es” parece ser propia del Hijo, porque si cuando se dice a Moisés: “Yo soy el que soy”, habla la Trinidad, síguese que Moisés podía decir: “El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo me envió a vosotros”; y señalando después una persona determinada, podía decir también: “Aquel que es Padre e Hijo y Espíritu Santo me envió a vosotros”. Pero esto es falso, porque ninguna persona es Padre e Hijo y Espíritu Santo. Luego este nombre no puede ser común a toda la Trinidad, sino que es propio del Hijo.

Respuesta. Debido a que nuestro entendimiento es conducido, como por la mano, del conocimiento de las criaturas al conocimiento de Dios, es necesario que considere a Dios según el modo de conocer que le proporcionan las criaturas. En la consideración de una criatura cualquiera se nos ofrecen cuatro aspectos, en este orden: “Primero”, se considera la cosa en absoluto y en cuanto es cierto ente o ser. “Segundo”, se la considera en cuanto es una. “Tercero”, en cuanto dispone de poder para obrar y para causar. “Cuarto”, se la considera en cuanto a la relación que tiene con los efectos causados. Por consiguiente, al tratar de Dios nos hallaremos también con esta cuádruple consideración.

1º. Según la primera, por la que se considera a Dios en absoluto según su ser, tenemos la fórmula de San Hilario, según la cual la “eternidad” se apropia al Padre, la “especie” al Hijo y el “uso” al Espíritu Santo. –En efecto, la “eternidad”, en cuanto significa el ser que no tiene principio, guarda semejanza con la propiedad del Padre, que es principio sin principio.

La “especie”, o sea la “belleza”, tiene semejanza con lo que es propio del Hijo, pues para que haya belleza se requieren tres condiciones: primero, la integridad o perfección, porque lo inacabado, por ser inacabado, es feo; segundo, la debida proporción y armonía, y, por último, la claridad, y así a lo que tiene un color nítido se le llama bello. –Pues bien, cuanto a lo “primero”, guarda semejanza con una propiedad del Hijo, la de poseer real e íntegramente la naturaleza del Padre; y para insinuar esto dice San Agustín: “en donde”, es decir, en el Hijo, “está la primera y suprema vida”, etc, Respecto a lo “segundo”, conviene con lo propio del Hijo en cuanto es imagen expresa del Padre, y así vemos que se llama bella una imagen cuando representa el original con perfección, aunque éste sea feo; y a esto aludió también San Agustín cuando escribió del Hijo: “Donde es tanta la conveniencia y la primera igualdad”, etc. Lo “tercero”, conviene también con lo propio del Hijo en cuanto es Verbo, el cual es “luz y resplandor del entendimiento”, como dijo el Damasceno y asimismo sugiere también San Agustín cuando dice: “Como Verbo perfecto a quien nada falta, y, de algún modo, arte del Dios omnipotente”, etc.

El “uso”, tomado el vocablo en sentido amplio, guarda semejanza con lo propio del Espíritu Santo, por cuanto el “usar” incluye también el “disfrutar”, ya que usar es “disponer de algo al arbitrio de la voluntad”, y disfrutar es “usar con placer”, como dice San Agustín. Por tanto, el uso por el cual el Padre y el Hijo se disfrutan mutuamente conviene con lo propio del Espíritu Santo, en cuanto es Amor, y esto es lo que también dice San Agustín: “Aquella dilección, deleite, felicidad o dicha es lo que él llama uso”. –Asimismo, el uso con que nosotros gozamos de Dios tiene semejanza con lo propio del Espíritu Santo en cuanto es Don, y esto es lo que enseña San Agustín cuando dice: “En la Trinidad está el Espíritu Santo, suavidad del que engendra y del engendrado, que nos inunda con caudalosa abundancia y generosidad”.

Por todo esto se comprende por qué se atribuye o apropia a las personas la “eternidad”, la “especie” y el “uso”, y no la “esencia” o la “operación”, pues en el concepto de éstas, debido a que son comunes, nada se halla que funde una semejanza con lo que es propio de las personas.

2ª. La segunda consideración de Dios es en cuanto se considera como uno, y en este aspecto San Agustín apropia al Padre la “unidad”, al Hijo la “igualdad” y al Espíritu Santo la “concordia” o “conexión”. Claro es que estas tres cosas llevan consigo la unidad, pero de diferente manera. La “unidad” es algo absoluto que no presupone ninguna otra cosa, y por esto se apropia al Padre, que no presupone persona alguna, porque es principio sin principio. –La “igualdad” requiere unidad respecto a otro, pues igual es lo que tiene la misma magnitud que otro, y por ello la “igualdad” se apropia al Hijo, que es principio de principio. La “conexión” requiere la unidad de dos, y por ello se apropia al Espíritu Santo, en cuanto procede de dos.

Por esto se comprenderá también aquello que dice San Agustín: que “los tres son uno por el Padre, iguales por el Hijo, conexos por el Espíritu Santo”; pues es sabido que cada cosa se atribuye a aquel en quien primariamente se hallan, y por esto se dice que los seres inferiores “viven” por el alma vegetativa, por ser la primera en que se manifiesta la vida de estos seres. Pues bien, la “unidad” aparecería inmediatamente en la persona del Padre, aunque, por un imposible, desapareciesen las otras personas. Por tanto, las otras personas tienen del Padre la unidad. –Mas, desaparecidas las otras personas, en el Padre no habría “igualdad”; y, en cambio, aparecerá en cuanto existe el Hijo. Por esto se dice que todos son iguales por el Hijo, y no porque el Hijo sea principio de igualdad para el Padre, sino porque si el Hijo no fuese igual al Padre, el Padre no podría ser llamado igual, puesto que su igualdad se considera primariamente con relación al Hijo y la, misma igualdad que tiene el Espíritu Santo con el Padre la tiene del Hijo. –Asimismo, si se excluyese al Espíritu Santo, que es el nexo de los dos, no podría entenderse la unidad de “conexión” entre el Padre y el Hijo, y, por tanto, están conectados por el Espíritu Santo, porque puesto el Espíritu Santo, aparece la razón de que el Padre y el Hijo puedan decirse conectados.

3º. Al tercer aspecto, por el cual se considera en Dios la virtud suficiente para causar, corresponde la tercera fórmula de apropiación, o sea la de “potencia”, “sabiduría” y “bondad”. Esta apropiación procede por vía de semejanza, si se considera lo que hay en las divinas personas, y por vía de desemejanza, si se considera lo que hay en las criaturas. Así, pues, la “potencia” tiene razón de principio y, por tanto, tiene semejanza con el Padre celestial, que es principio de toda la divinidad: pero a veces falta en el padre terreno, debido a los achaques de la edad. –La “sabiduría” tiene semejanza, con el Hijo celestial, en cuanto es Verbo, que no es otra cosa que el concepto de la sabiduría; pero a veces falta también en el hijo terreno, debido a los pocos años. –La “bondad”, por ser razón y objeto del amor, tiene semejanza con el Espíritu Santo, que es el Amor: pero parece incompatible con el espíritu terreno, en cuanto éste implica cierto impulso violento, como se dice en Isaías (I s 25,4): “El espíritu de los poderosos es como el huracán que empuja una pared”.

En cuanto al término “virtud”, se apropia al Hijo y al Espíritu Santo; pero no en el sentido en que se llama virtud a la fuerza o potencia de alguna cosa, sino porque a veces también se llama virtud a lo que procede de la potencia, y en este sentido decimos de un hecho virtuoso que fue ejecutado “por virtud” de algún agente.

4ª. A la cuarta consideración, en que se mira a Dios en relación con sus efectos, corresponde la apropiación “de Él”, “por Él” y “en Él”. La proposición “de” (en latín “ex”) indica unas veces relación de causa material, para la cual no hay lugar en Dios. Otras de causa eficiente, y ésta ya compete a Dios por razón de su potencia activa, y por ello, lo mismo que el poder, se apropia al Padre. –La preposición “por” designa unas veces causa intermedia, por ejemplo, cuando decimos que el artesano obra “por el martillo”, y en este sentido “por” es en ocasiones no apropiado, sino propio del Hijo, conforme a lo que dice San Juan (Jn 1,3): “Todas las cosas fueron hechas por Él”, no porque el Hijo sea instrumento, sino porque es principio procedente de principio. En otras ocasiones designa la forma por la que opera el agente, y así decimos que el artífice opera “por el arte”, y, por tanto, así como la sabiduría y el arte se apropia al Hijo, también se le apropia el dictado de “por Él”. –La preposición “en” designa la relación de continente. Pero Dios contiene las cosas de dos maneras: una según su semejanza, y así se dice que las cosas están en Dios por cuanto están en la ciencia divina, y en este sentido la locución “en Él” debiera apropiarse al Hijo. Pero hay otro modo de estar contenidas las cosas en Dios, y es en cuanto Dios por su bondad las conserva, las gobierna y las conduce al fin que les conviene, y así la locución “en Él” se apropia al Espíritu Santo, como se le apropia la bondad.

Por lo demás, nada obliga a admitir que la relación de causa final, aunque sea la primera de las causas, se apropie el Padre, que es principio que no procede de principio, porque las personas divinas, de las cuales es principio el Padre, no proceden como ordenadas a un fin, puesto que cada una de ellas es fin último, sino por procesión espontánea, que más bien parece referirse a la potencia natural.

Respecto de las otras apropiaciones de que se habló (cf. obj. 5), hemos de decir que la “verdad”, puesto que, según hemos visto (S.Th. 1, 16, 1), pertenece al entendimiento, se apropiaría al Hijo, y, sin embargo, no es propiedad suya. La verdad, según dijimos (I b.), puede considerarse o en cuanto está en el entendimiento o en cuanto está en las cosas. Pero lo mismo el entendimiento que el objeto, tomado en sentido esencial, son esenciales y no personales, y, por consiguiente, también lo es la verdad. –La definición de San Agustín conviene a la verdad en cuanto se apropia al Hijo.

El “libro de la vida” directamente implica conocimiento, e indirectamente vida. Es, como hemos dicho (S.Th. 1, 24, 1), el conocimiento que Dios tiene de los que han de alcanzar la vida eterna. Por esta razón se apropia al Hijo, no obstante que la vida se apropie al Espíritu Santo, puesto que implica cierto movimiento interior, por el cual conviene con lo propio del Espíritu Santo en cuanto es Amor. –Lo de ser escrito por alguien no pertenece al concepto de libro en cuanto libro, sino en cuanto obra de arte, y, por consiguiente, no implica relación de origen ni es personal, sino apropiado a la persona.

La expresión “El que es” se apropia a la persona del Hijo, no por sí misma, sino por razón de algo que se añade, es decir, por cuanto el hecho de hablar Dios a Moisés prefiguraba la liberación del género humano, que el Hijo había de hacer. No obstante, si “El que” se toma como pronombre relativo, puede enunciar también la persona del Hijo, y en este caso tendría significado personal, como si, por ejemplo, dijéramos: “el Hijo es el engendrado que es”, lo mismo que “Dios engendrado” es personal. Pero si se toma en sentido indeterminado es esencial. –Por fin, aunque gramaticalmente el pronombre “éste” parece designar una determinada persona, es porque, en sentido gramatical, cualquier cosa demostrable se considera como persona, aunque en realidad no lo sea, y así también decimos “esta piedra” o “este asno”. Por esto, la esencia divina, cual la supone y significa el término “Dios”, puede designarse gramaticalmente con el pronombre “éste”, según leemos en el Éxodo (Ex 15,2): “Este es mi Dios y le alabaré”.

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