Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Cuestión 4: De la perfección de Dios

(Traducción española publicada por la Editorial B.A.C., 1950 á 1960).

Cuestión 4: De la perfección de Dios

Después de haber tratado de la simplicidad divina, debemos hablar de la perfección del mismo Dios; y puesto que las cosas son buenas por cuanto son perfectas, trataremos en primer lugar de la perfección de Dios, y en segundo, de su bondad.

Acerca de lo primero conviene averiguar tres cosas:

Primero: si Dios es perfecto.

Segundo: si Dios es tan universalmente perfecto que tenga las perfecciones de todas las cosas.

Tercero: si puede decirse que las criaturas sean semejantes a Dios.

ARTÍCULO 1

Si Dios es perfecto

Dificultades. Parece que no corresponde a Dios ser perfecto.

1. Porque perfecto es lo acabado o totalmente hecho. Pero como no corresponde a Dios ser hecho, síguese que tampoco ser perfecto.

2. Dios es el primer principio de las cosas. Pero los principios de las cosas parecen ser imperfectos, como lo es la semilla, principio de animales y plantas. Por tanto, Dios es imperfecto.

3. Hemos dicho (S.Th. 1, 3, 4) que la esencia de Dios es el mismo ser. Pero el ser parece imperfectísimo, por ser lo mas común y por ser susceptible de todas las adiciones. Por tanto, Dios es imperfecto.

Por otra parte, en el Evangelio se dice (Mt 5,48): “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Respuesta. Según refiere el Filósofo, hubo algunos filósofos antiguos, esto es, los pitagóricos y Speusipo, que negaron al primer principio la calidad de óptimo y perfectísimo. El motivo de esto fue porque los antiguos filósofos no tuvieron en cuenta más que el primer principio material, y, efectivamente, el primer principio material es imperfectísimo, porque, debido a que la materia, como tal, está en potencia, el primer principio material ha de ser la potencia en grado sumo, y por ello imperfectísimo.

Dios es, indudablemente, el primer principio, pero no material, sino del género de causa eficiente, y ésta ha de ser perfectísima, pues así como la materia, en cuanto materia, está en potencia, así también el agente, en cuanto tal, está en acto; de donde se sigue que el primer principio activo es el acto supremo, y, por consiguiente, tiene la máxima perfección, pues en la medida en que una cosa está en acto, así la consideramos de perfecta, y llamamos perfecto a lo que nada le falta de cuanto requiere su perfección.

Soluciones. 1. Como dice San Gregorio: “Expresamos las cosas de Dios con balbuceos y como podemos, pero, efectivamente, lo que no es hecho no puede en rigor llamarse perfecto”. Sin embargo, debido a que las cosas en trance de hacerse no las llamamos perfectas hasta que hayan pasado de la potencia al acto, se acomodó el vocablo “perfecto” para indicar todo lo que no tiene deficiencia en su ser actual, lo mismo cuando es algo hecho que cuando no lo es.

2. El principio material imperfecto que encontramos en el mundo, no puede ser el primero en absoluto, sino que ha de estar precedido de otro que sea perfecto. Por ejemplo, aunque la semilla sea principio del animal nacido de ella, fue indispensable que existiese antes el animal o planta de que se desprendió. Y esto es porque, antes de lo que está en potencia, ha de haber algo en acto, ya que el ser en potencia no llega al acto más que en virtud de algo que está en acto.

3. El ser o existir es lo más perfecto de todo, pues se compara con todas las cosas como acto, y nada tiene actualidad sino en cuanto existe, y por ello es la existencia la actualidad de todas las cosas, hasta de las formas. Por consiguiente, no se compara con las cosas como el recipiente con lo recibido, sino más bien como lo recibido con el recipiente. Y así, cuando digo, por ejemplo, el “ser” del hombre, o del caballo, o de otra cosa cualquiera, entiendo el ser como algo formal y recibido, no como sujeto a quien compete el ser.

ARTÍCULO 2

Si están en Dios las perfecciones de todas las cosas

Dificultades. Parece que no están en Dios las perfecciones de todas las cosas.

1. Porque Dios es simple, y las perfecciones de las cosas son muchas y diversas, y, por lo tanto, no pueden estar en Dios (S.Th. 1, 3, 7).

2. No puede haber cosas opuestas en un mismo sujeto. Pero las perfecciones de las cosas son opuestas, ya que las especies se determinan por sus diferencias específicas, y las diferencias con que se divide un género y se forman las especies son opuestas. Si, pues, en un mismo sujeto no puede haber simultáneamente cosas opuestas, parece que no están en Dios todas las perfecciones de las cosas.

3. El ser viviente es más perfecto que el que se limita a existir, y el ser sabio lo es más que el que simplemente vive; luego es más perfecto vivir que solamente existir, y saber lo es más que simplemente vivir. Pues si la esencia de Dios es su misma existencia o ser, no puede tener las perfecciones de vida, sabiduría y otras parecidas.

Por otra parte, dice Dionisio que Dios “en un solo ser concentra todo lo existente”.

Respuesta. Hay que decir que en Dios se hallan las perfecciones de todos los seres, y se llama universalmente perfecto, porque no le faltan ni una sola de cuan¬tas se encuentran en cualquier género, como dice el Comentador, y a esta conclusión se puede llegar desde diversos puntos de mira.

Primero, basándose en que cuanto hay de perfección en el efecto ha de haberlo en su causa eficiente, bien con la misma naturaleza, cuando la causa es unívoca, cual sucede cuando un hombre engendra a otro hombre, o bien de modo más elevado, cuando el agente es equívoco, y así en el sol hay el equivalente de lo producido por su energía. Pues todos saben que el efecto preexiste virtualmente en su causa agente; y preexistir virtualmente en la causa agente no es un género de existencia más imperfecto que el de existir en la realidad, sino más perfecto; no obstante que pre¬existir en la potencia de la causa material sea un género de existencia más imperfecto que el real, debido a que la materia, como tal, es imperfecta, y, en cambio, el agente, en cuanto agente, es perfecto. Si, pues, Dios es la primera causa eficiente de las cosas, es necesario que preexistan en Él las perfecciones de todos los seres del modo más eminente; y esto es lo que viene a decir Dionisio cuando escribe, hablando de Dios, que “ni es esto ni deja de ser lo otro, sino que es todas las cosas, porque de todas es causa”.

Segundo, porque si, como hemos dicho (S.Th. 1, 3, 4), Dios es el mismo ser subsistente, ha de tener en sí toda la perfección del ser. Si, por ejemplo, un cuerpo caliente no tiene toda la perfección del calor, es evidente que esto se debe a que no lo participa en toda su intensidad; pero si, en cambio, existiese un calor subsistente por sí, a éste no le faltaría nada de su intensidad. Por tanto, si Dios es el mismo ser subsistente, no puede faltarle ninguna de las perfecciones del ser, y como la razón de ser va incluida en la perfección de todas las cosas, puesto que en tanto son perfectas en cuanto tienen alguna manera de ser, síguese que en Dios no puede faltar la perfección de cosa alguna; y esto lo indicó Dionisio, al decir que Dios “no existe de un modo cualquiera, sino que absolutamente, sin límites y son oscilaciones, concentra en sí todo el ser”; y después añade que “es el ser de todo lo que subsiste”.

Soluciones. 1. Dice Dionisio que así como el sol, “sin experimentar cambios ni dejar de brillar sin interrupción, concentra  unificadas en sí mismo las múltiples y variadas substancias y cualidades del mundo sensible, con mucha mayor razón es necesario que todas las cosas preexistan naturalmente unificadas en quien es causa de todas”. Y por esto lo que en sí mismo es diverso y opuesto, preexiste en Dios como uno, son detrimento de la simplicidad divina.

2. De aquí mismo se deduce la respuesta a la segunda dificultad.

3. En el mismo capítulo dice Dionisio que si bien en cuanto conceptos abstractos, entre los que el entendimiento hace distinciones, se puede decir que el ser es más perfecto que la vida, y la vida, en sí misma, más que la ciencia, no obstante, en la realidad, el viviente es más perfecto que el mero ser, porque además tiene la vida, y el sabio es además ser y viviente. Por tanto, aunque ser no incluya en sí al ser viviente y al sabio, porque no es preciso que lo que participa el ser lo participe en todos sus grados, sin embargo, el ser de Dios incluye la vida y la ciencia, porque ningún modo de ser puede faltar en quien es el mismo ser subsistente.

ARTÍCULO 3

Si alguna criatura puede ser semejante a Dios

Dificultades. Parece que ninguna criatura puede ser semejante a Dios.

1. En un salmo se dice (Ps 85,8): “Señor, no hay entre los dioses semejante a ti”. Pues si entre las criaturas más nobles, llamadas “dioses” por participación, ninguna es semejante a Dios, mucho menos lo serán las demás.

2. La semejanza es un modo de comparación, y no hay comparación posible, ni por tanto semejanza, entre cosas de distinto género, y por esto no decimos que la dulzura sea semejante a la blancura. Si, pues, ninguna criatura pertenece al mismo género que Dios, porque, según hemos dicho (S.Th. 1, 3, 5), Dios no pertenece a ningún género, síguese que ninguna es semejante a Dios.

3. Las cosas semejantes tienen comunidad de forma. Pero no hay cosa que convenga con Dios en la forma, porque ninguna esencia, excepto la divina, es su misma existencia. Luego ninguna criatura puede ser semejante a Dios.

4. Entre las cosas semejantes la semejanza es recíproca, pues lo semejante se asemeja a su semejante. Si, pues, alguna criatura es semejante a Dios, también Dios se asemejará a la criatura, y esto se opone a lo que se dice en Isaías: “¿Con quién asemejasteis a Dios?” (Is 40,18).

Por otra parte, en el libro del Génesis se dice (Gn 1,26): “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”; y en San Juan: “Cuando aparezca, seremos semejantes a Él” (1Jn 3,2).

Respuesta. Puesto que la semejanza se entiende como conveniencia o comunidad en la forma, hay muchas maneras de semejanza, debido a los múltiples modos de convenir en una forma. Llámanse semejantes las cosas que participan en la misma forma, según el mismo concepto y del mismo modo; pero éstas no sólo son semejantes, sino iguales en lo que las asemeja, y en este sentido se llaman semejantes en la blancura dos cuerpos igualmente blancos; y ésta es la más perfecta de las semejanzas. En otro sentido se llaman semejantes las cosas que participan en la forma bajo el mismo concepto, pero no del mismo modo, sino unas más y otras menos, y en este sentido se dice que lo menos blanco se asemeja a lo más blanco, y este género de semejanza es imperfecto. En tercer lugar se llaman semejantes las cosas que participan en la misma forma, pero no bajo el mismo concepto, cual se ve en los agentes no unívocos; pues como todo agente ejecuta algo semejante a sí mismo en cuanto agente, y el poder de obrar viene de la forma, es indispensable que se encuentre en el efecto la semejanza de la forma del agente. Por tanto, si el agente pertenece a la misma especie que su efecto, la semejanza entre la forma del agente y la de lo hecho se apoya en que ambas participan en la forma bajo la misma razón específica, y tal es la semejanza entre el hombre que engendra y el engendrado. En cambio, si el agente no es de la misma especie que el efecto, habrá semejanza, pero no bajo la misma razón de especie; y así, por ejemplo, lo que se engendra en virtud de la actividad solar, alcanza cierta semejanza con el sol, pero no una semejanza específica con la forma del sol, sino sólo genérica.

Por tanto, si hay algún agente que no pertenezca a ningún género, sus efectos tendrán aún menos semejanza con la forma del agente, puesto que no participan de ella ni específica ni genéricamente, sino en cierto sentido analógico, basado en que el ser es común a todas las cosas. Pues, con arreglo a esto, lo que procede de Dios se asemeja a Él, como se asemejan los seres al principio primero y universal de todo ser.

Soluciones. 1. Como dice Dionisio, cuando la sagrada Escritura dice de algo que no es semejante a Dios, esto “no se opone a la semejanza con Él, pues una cosa es semejante y desemejante con Dios: es semejante, porque le imita cuanto es posible imitar lo que no es enteramente imitable, y desemejante, por su inferioridad respecto a su causa”; y no solamente porque su perfección sea más o menos elevada, como lo menos blanco es inferior a lo más blanco, sino porque no conviene con su causa ni en especie ni en género.

2. No se compara a Dios con las criaturas como se comparan cosas de distintos géneros, sino como una cosa que está fuera de todos los géneros y es principio de todos ellos.

3. No se atribuye a la criatura la semejanza con Dios por razón de la comunidad de forma dentro de la misma especie o género, sino sólo por analogía, es decir, en cuanto Dios es ser por esencia y lo demás lo es por participación.

4. Si bien decimos que las criaturas son en cierto modo semejantes a Dios, de ninguna manera se ha de admitir que sea Dios semejante a la criatura, pues, como dice Dionisio, “hay semejanza mutua entre las cosas que son del mismo orden, pero no entre la causa y el efecto”. Si, pues, decimos que el retrato es semejante al hombre, pero no al revés, así también podemos decir que la criatura es semejante a Dios, pero no que Dios es semejante a la criatura.

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