Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

El P. Cornelio Fabro, discípulo de Tomás de Aquino, por Abelardo Lobato O.P.

Cornelio Fabro 5[El 4 de mayo del año 1995, a la edad de 84 años, entregaba su espíritu a Dios y su cuerpo al polvo el P. Cornelio Fabro. En un aniversario más del fallecimiento del máximo exponente de Santo Tomás de los últimos tiempos, ofrecemos como homenaje, además de nuestras oraciones en sufragio de su alma, estas sentidas palabras del P. Lobato][1]

En la tarde del 4 mayo de 1995, mientras en Roma la primavera hacía su anual explosión de vida, en la iglesia de Santa Croce al Flaminio, volvía al polvo, como hoja amarilla de otoño, el gran pensador cristiano del s. XX P. Cornelio Fabro. Un nutrido grupo de amigos, de discípulos, de admiradores nos apiñamos en torno a él para la piadosa despedida. Le decíamos adiós con el rito fúnebre, preparado anticipadamente por él mismo con todo detalle. Allí el que fuera hombre ilustre siendo sencillo y humilde, yacía de corpore insepulto, in medio ecclesiae, a la espera de la resurrección. Aquel rostro era solo su “máscara”. No tenía expresión, gestos, lenguaje, alma. Estaba apagada la llama de la vida que es un torrente de actos procedentes de un secreto manantial. Esa fuente del alma del P. Fabro se había secado. Quantum mutatus ab illo! Había dado el paso cruzando los umbrales de la existencia temporal. Él estaba ya en la otra orilla, solo y ante Dios. Nosotros en ésta sin él y con dolor en el alma. La muerte es el acto definitivo de la vida, que no tolera ni entrenamiento ni repetición. El funeral cristiano pone un manto de dulzura y esperanza con la memoria passionis et resurrectionis D.N.J.Christi.

Ante el cuerpo mortal, ya sin vida del P. Fabro, entre el dolor y la esperanza, grabando en el alma las palabras sensatas de su testamento que resonaba en el templo con voz de ultratumba, como navegando contra corriente, yo sentía reavivarse la memoria y la presencia de aquel hombre yacente a quien había encontrado y tratado desde mi llegada a la Urbe. El recuerdo se hacía concreto, existencial y daba cuerpo a los encuentros vividos a lo largo de los años. Ante la muerte de los seres queridos, porque se corta de pronto el manantial, uno vuelve al pasado y trata de evocar lo vivido y de apresarlo de modo que resista al paso del tiempo y de mero recuerdo pase a ser vida. Así hacía yo un haz de vivencias y de eventos con la memoria de lo que el P. Fabro había sido en mi experiencia romana. La muerte pone fin a la existencia terrena, y abre la puerta para la comprensión abstracta y global, pero siempre anhelada, de la persona y de la obra. Aquella tarde, con el dolor y la pena de haberle dicho adiós de modo definitivo y no hasta otro día, como en las visitas anteriores, y con el consuelo de haber encomendado su alma al Señor, yo volvía a casa como en diálogo secreto con el P. Fabro. Me parecía ver su persona acogida por el Señor con un abrazo de padre. Al mismo tiempo ponía ante mis ojos su gigantesca obra, y sentía una cierta envidia, un enorme deseo de aprender en ella al menos una lección que creía la más importante para mí, entre las muchas que había dado. Me parecía que la lección más valiosa de cuantas él había tratado de explicar toda su vida era de diálogo con dos interlocutores. El primero y principal era el diálogo inteligente del P. Fabro con Santo Tomás. El segundo era un diálogo con todo un coro de voces: con los pensadores de la modernidad y de nuestro tiempo. Había encontrado a Tomás para descubrir a fondo también al hombre de hoy. La obra de Fabro tenía ese perfil ejemplar en mi recuerdo. Un discípulo de Tomás, que trata de llegar a lo radical del propio tiempo no puede menos de admirarlo, reconocerlo y tratar de imitarlo con su propio estilo.

Poco después me fui de Roma y hace poco que a Roma he vuelto. Aquí me encuentro una invitación del amigo G. M. Pizzuti, quien me pide y me insta a dar un testimonio para honrar la memoria fabriana. Para mí es una memoria felicis recordationis. La voy a hacer, gustoso, evocando ahora en el papel lo que entonces rumiaba conmigo a solas en el secreto del corazón.

1. El P. Fabro ha sido un fiel discípulo de Santo Tomás, un discípulo ejemplar, genial. El gran maestro Tomás tiene muchos discípulos y con diversos estilos a lo largo de los siglos. En su tiempo corría la frase de los Victorinos, de que el buen discípulo es el que, subido en los hombros del maestro, logra descubrir un horizonte aún más dilatado que el del maestro. El maestro auténtico no se contenta con repetidores, exige discípulos creadores. Siendo el P. Fabro un hombre de acusada personalidad, y tan celoso de conservar su libertad, que le prohibía dejarse “encasillar” con alguna etiqueta, no es un pensador engolado, que pretenda haber producido un pensamiento como la araña su tela, sin genealogía, sino que le agrada confesar su dependencia de Santo Tomás de Aquino. Fabro tuvo a Tomás por maestro desde que lo conoció y lo asimiló a fondo. Sentía una noble pasión por el maestro, por su doctrina, por su obra, y se confesaba su discípulo. De él había recibido la forma mentis, el estilo esencial y dialogante de su pensamiento, la pasión por la verdad, los puntos claves de su doctrina. Distinguía muy oportunamente entre el maestro y la llamada “escuela tomista”. De ésta se distancia sin reparos, con un cierto desdén. No quería ser ni tomista, ni paleo, ni neo, ni siquiera escolástico. Todo ello era muy complejo y ambiguo. Pero sí se sentía “tomasiano”. Estaba muy convencido de la distancia entre Tomás y los más renombrados maestros de la escuela. Con ellos peleaba el buen combate de las ideas. Lo hacía por afán de “ortodoxia tomista”, por acercarse más a lo profundo del maestro. Estaba convencido que hasta los mejores estudiosos de Tomás, más inquietos por responder a las cuestiones del propio tiempo, que por penetrar a fondo en lo originario del maestro, habían pasado por alto ante el núcleo originario de su doctrina, desde la cual tiene sentido, unidad y vigencia. Todo ello estaba cubierto de cenizas, por la flexión esencialista y por la exaltación racionalista. A él le había sido dado aventar esas cenizas, penetrar en el corazón de la doctrina, dejar al descubierto el gran mérito de Tomás y colocarlo en su puesto entre los genios de la historia del pensamiento. Su tesis contra los tomistas se centraba en la cuestión del ser como actus essendi. Fabro sostenía con pasión que había un cierto offuscamento dello esse, aún en los mejores discípulos de Tomás, como Cayetano, Juan de Santo Tomás. Más de una vez la polémica se hizo viva y fuerte, como en el centenario de Juan de Santo Tomás. Le interesaba la historia de la escuela desde este punto de vista…

Si los discípulos de Tomás no le caían bien por esa cierta distancia en un punto capital, ello no era obstáculo para el amor profundo por Santo Tomás. A su estudio y apropiación dedicó buena parte de su vida, desde que trabajó la tesis sobre la “participación”. Fabro logró conocer a fondo al maestro y dominar toda su obra. Su talante filosófico le impulsaba al punto de partida, al fundamento, al núcleo originario. El amor al maestro le llevaba a estimar a quienes la conocían y cultivaban. No era hombre de muchas visitas, pero cuando estaba en Roma, a veces venía a la Universidad de Santo Tomás y llamaba a la celda del P. C. Vansteenkiste. Tenía gran aprecio por la obra de este paciente investigador y crítico que lleva, como atlante, sobre sus hombros, todo el peso de la Rassegna di letteratura tomista. En el homenaje de los 80 años del P. Clemente, le dedica un sentido elogio, y lo describe como “Un testimone del tomismo autentico”, en la línea de los grandes, como Denifle, Mandonnet, Grabmann. No faltaba en las ocasiones solemnes, en las fiestas anuales. Tenía en gran aprecio haber sido formado en esta Universidad, recordaba con veneración a sus maestros, a Garrigou-Lagrange y a Browne. Fue invitado más de una vez a tener la lección magistral de la fiesta de Santo Tomás, y en ella proponía el perfil de su pensamiento que no coincidía con la escuela. Yo recuerdo la del año 1972, sobre la “Orizzontalità e verticalità della liberta”. A veces tenía diálogo con los Profesores sobre un tema. Llegaba con su cuaderno de notas y glosaba algunos puntos que se prestaban a controversia. En la Facultad de filosofía se le hizo un homenaje en los 80 años. Él mismo me indicaba los relatores a quienes tenía que invitar para exponer su pensamiento, seguro de que no todos sus discípulos lo habían captado. Su exposición llena de vida y de nervio, suscitaba discusiones sin fin entre profesores y estudiantes. Fabro se consideró siempre discípulo de Tomás, y trató de ser un discípulo fiel. Logró desvelar con mayor claridad que en el pasado el núcleo del actus essendi. En su obra volvía siempre a este punto central. La cultura actual le reconoció esa filiación y ese mérito. En el año del centenario de Tomás, 1974, el P. Fabro era reconocido a nivel mundial como el exponente más autorizado del maestro. Él decía que había que honrarlo al máximo en ese VII Centenario de su muerte, ¡porque ya no nos tocaría celebrarlo en el VIII de su nacimiento! El encuentro con Tomás ha sido la gran fortuna para el P. Fabro.

2. El P. Fabro, discípulo de Tomás, dialoga y disputa con los filósofos y pensadores de la modernidad. No es un estudioso de Tomás, por el gusto de volver al ayer. Es un pensador de su tiempo. A diferencia de los tomistas de escuela, Fabro no parte de Tomás para salir a la palestras del pensamiento vivo de la actualidad. Más bien es lo contrario. Topó con Heidegger en buena hora, comprendió el alcance profundo de sus planteamientos en filosofía, le llegó al alma la tesis heideggeriana del olvido del ser, y para darle solución radical recurrió a Tomás. La cuestión del ser le dio muchos dolores de cabeza, pero le abrió los horizontes para la comprensión de los grandes problemas de la modernidad, el de la muerte de Dios y el ateísmo, el de la inmanencia, el de la flexión de los esencialismos y de los existencialismos. Allá en lo profundo los pensadores habitan en montañas vecinas y hay un secreto diálogo entre ellos. Fabro es de los pocos pensadores cristianos que dialogan con Heidegger de tú a tú, y recogiendo el guante de las acusaciones que Heidegger hace al pensar occidental, del olvido del ser y del cambio del lugar de la verdad, le puede demostrar que eso no es verdad en Tomás, quien no solo no tiene olvido del ser, sino que propone una interpretación del ente y del ser, que va mucho más allá que la de Heidegger. En este encuentro entre colosos Heidegger no tiene respuesta a Fabro, que se presenta en el campo con Tomás de Aquino. Desde esa posición que parte del ente y llega al ser, y ve los entes desde la participación y la causalidad del ser absoluto, Fabro puede dialogar con los pensadores de la modernidad para denunciar los desvíos del tomismo trascendental, de quienes recurren a Kant y a Heidegger para superar a Tomás. Las iras de Fabro ante este colosal desvío se ponen de manifiesto en el encuentro polémico con Rahner.

Otro pensador le salió al paso y le cautivó desde el principio, el danés Kierkegaard, por su oposición radical a Hegel, por su talante ético-religioso, por su capacidad persuasiva en el tema de la libertad humana. Es admirable la obra de Fabro con este pensador. Él contaba cómo pudo llegar a él pidiendo una edición de sus obras en la embajada danesa en Roma, y poniéndose a estudiar el danés hasta que logró conocerlo a fondo y pudo hacer la traducción de sus obras al italiano. La cultura italiana ha sido enriquecida con una obra de gran valor. También con este pensador Fabro quedó fascinado. Comprendió la novedad del problema de la libertad, la fuerza que tiene en la modernidad, y trató de darle respuesta. Para esto también recurrió a Tomás de Aquino. La fortuna no le sonrió tanto en este empeño. Tomás reconoce la libertad del hombre, como esencial al acto humano, pero no la distancia de la racionalidad, ni de la inteligibilidad. Fabro buceó en todos los textos tomistas. Sonó a veces con haber encontrado la primacía de la libertad en Tomás: Intelligo quia volo! Pero aquí no ha tenido el consenso de los especialistas. Esa es una cuestión abierta. La libertad del hombre se funda en el ser del hombre, y es participada. Fabro defiende que además es “creadora” y lo es “para la verdad”. Resonó en toda Italia la lección magistral de Fabro en el Capitolio, en el año centenario de Tomás, en presencia del Presidente de la República, “San Tommaso d’Aquino, maestro di liberta”. En esa ocasión, uno de los momentos cumbres del reconocimiento público del pensador, Fabro presentaba la otra vertiente de su pensamiento, la libertad radical del hombre, que quería ver también apoyada por el maestro Tomás.

3. El P. Fabro, Presidente de la SITA. Las dos perspectivas anteriores, la del discípulo de Tomás, y el hombre de diálogo esencial con la filosofía y la cultura de nuestro tiempo, tuvieron una concreción casi plástica en el cargo de Presidente de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino que el P. Fabro ocupó desde 1985 hasta 1991. Son seis años que yo he convivido con el P. Fabro en una constante relación. Los avatares de la SITA quedan narrados con detalle en el reciente volumen Sanctus Thomas Aquinas Doctor hodiernae humanitatis, que publica la Pontificia Academia de Santo Tomás en la Librería Vaticana. La Sociedad nació con motivo del VII Centenario de Santo Tomás, en el cual tuvo una parte importante el P. Fabro, como el entonces Cardenal Wojtyla. En el año 1978 se constituía la SITA para el estudio y análisis de los problemas de nuestro tiempo y el diálogo con el pensamiento contemporáneo. Fabro es uno de los doce fundadores, quien estuvo siempre muy identificado con su ideal, que compartía con el Maestro de la Orden P. Aniceto Fernández. Si el primer Presidente fue el P. V. De Couesnongle, por ser el Maestro de la Orden, el primer Presidente elegido por los socios fue el P. Fabro. Resultó un Presidente benévolo, magnánimo. Participó activamente en las reuniones, de las que a veces se salía por cansancio, tuvo intervenciones en los Congresos, y fue siempre un gran animador. Cada vez que lo necesitaba yo iba a su “santuario” de la callé Guido Reni. Allí me recibía en su biblioteca tan nutrida en la que había obras muy singulares y raras. Se interesaba por la marcha de la cultura, le dolía mucho la decadencia de los estudios, visible en los últimos tiempos, aún en Roma. Me animaba a romper lanzas en los problemas esenciales del pensamiento católico y de la cultura actual muy desviada de los problemas esenciales y de la pasión por la verdad. En el Congreso de 1991, cuando llegó al final de su mandato, ya estaba muy decaído. Tuvo una intervención casi improvisada, que nunca me quiso dar por escrito y que no fue posible transcribir de la cinta en que estaba recogida. Era una visión panorámica de la marcha de la historia cultural de la humanidad. Él la veía divida en dos períodos, uno de la verdad y otro de la libertad. Su anhelo era fundir los dos en un tercero, que fuera capaz de integrar en el ser tanto la verdad como la libertad participada y creadora del hombre. La SITA quedó muy agradecida a la presidencia del P. Fabro. No solo nos honró con su gran prestigio, sino con su sabia dirección en los dos campos, el de tratar con el mundo y la cultura actual y dar solución a los nuevos problemas desde la luz y los viejos principios de Santo Tomás.

* * *

Tal era aquel 6 de mayo mi evocación del P. Fabro. Lo consideraba un maestro, un pensador de perfil original, un hombre de temple recio y de reacciones de gran temperamento. Un estudioso de Tomás, un pensador de lo esencial y por ello comprometido a fondo con la cultura contemporánea, cuyas lagunas ha denunciado con valentía y por cuya promoción ha trabajado como buen servidor del hombre. Esa lección suya era magistral, envidiable, imitable.

En este contexto resonaban en mi interior las palabras que había oído de su testamento: “Doy gracias a Dios por la vocación singular de poder dedicarme a los estudios y por las luces que me ha concedido, algunas muy singulares, para poder llevar a cabo una tal empresa sin retroceder nunca en el testimonio de la verdad en tantos centros en los que he trabajado….”. Lo había escrito en los días en que se sintió amenazado de muerte por las Brigadas Rojas, ¡y ofrecía su vida aún por los que lo querían matar! ¡Qué hermoso testamento y qué grandeza de alma! El P. Fabro había vuelto a la casa del Padre, en la tierra quedaban los despojos, la toga, los libros, y como flotando entre los amigos el recuerdo viviente de un genial pensador, de un hombre de Dios que emerge entre todos con un nuevo estilo del discípulo de Tomás y deja una huella duradera en la cultura de nuestro tiempo.

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[1] Publicado en AA.VV., Cornelio Fabro, Ricordi e Testimonianze, raccolte da G. M. Pizzuti, Ermes, Potenza 1996. Se pueden ver numerosos testimonios sobre el P. Fabro en http://www.corneliofabro.org/centenario/sufabro.asp.

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