Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

En el ojo de la tormenta, P. Carlos M. Buela IVE

carlos miguel buelaEN EL OJO DE LA TORMENTA

Por gracia de Dios, que no por méritos nuestros, estamos, en este final del siglo XX, en pleno ojo de tormenta, o sea, en la rotura de las nubes que cubren la zona de calma que hay en el vórtice de un ciclón, por el cual puede verse el azul del cielo.[1] Estamos en el vórtice del ciclón. En el centro del drama de la humanidad dolorida de estos últimos tiempos. En estos últimos siglos se desarrolló una suerte de pulseada planetaria, donde no se pide ni se da cuartel.

¿Cuál, a nuestro entender, es la naturaleza de esta lucha? Es de orden intelectual, espiritual, ideológico.

¿Cuáles son los contendientes? En última instancia, sólo dos. Es la lucha de la trascendencia contra la inmanencia. Del ser contra la nada. Del éxtasis (salir de sí) contra el éntasis (ensimismarse). De la visión cristiana que brota de la Encarnación del Verbo contra el drama del humanismo ateo. De los Santos Padres y Doctores de la Iglesia contra los modernos sofistas. De lo católico contra lo gnóstico. Del ser pleno –esse– de Santo Tomás de Aquino contra el ser vacío –Leeres Sein– de Hegel.

¿Hace mucho tiempo que se desenvuelve esta batalla? Esta batalla comenzó hace mucho tiempo con la lucha en el cielo entre el Non serviam (Jr 2,20) del Enemigo y el ¿Quis ut Deus? de San Miguel. Esta guerra en sus principios es cosa pasada, en los efectos es algo absolutamente actual. Con todo, propiamente, toma envergadura y debacle (derrumbe) planetarios con la fractura del protestantismo, luego del filosofismo liberal, por último del humanismo y marxismo ateos.

¿Dónde se efectúa esta batalla? En la mente y en el corazón de cada hombre y mujer. Lo sepa o no, lo quiera o no.

Es por eso que hoy día no basta con una formación sacerdotal de barniz, no basta con principios agarrados con alfileres, no basta con repetir de memoria frases hechas de autores ilustres. No alcanza saber metafísica como si fuese un catecismo de primeras nociones a base de preguntas y respuestas que se repiten como los loros. Es necesario pensar.

Decía bellamente Ignacio B. Anzoátegui: «La palabra es una facultad común a los hombres y a los loros. Los loros, afortunadamente, no saben escribir, pero hay hombres que al escribir imitan maravillosamente a los loros. Son los hombres que repiten la verdad que oyeron, como si la verdad no fuera más que un ruido en la cabeza. Sus palabras son, evidentemente, las palabras de la verdad, pero les falta el acento de la verdad, que es la inteligencia. La verdad es siempre la verdad, en la boca de un tonto o en la boca de un sabio, pero la verdad en la boca de un tonto no convence sino a los tontos. …(Mues­tran) el grado de estupidez a que puede llevar la rutina de la verdad».[2] Hoy día estamos llenos hasta el hartazgo de los rutinarios de la verdad, de los que carecen del acento de la verdad. Y no estamos hablando sólo de los progresistas.

Con clarividencia señalaba el Padre Julio Meinvielle: «El sector tradicionalista del clero se ha mantenido sano en su formación cultural pero sin vigor para tomar una posición frente a la cultura moderna. Al no poseer una formación cultural fuerte y que se defina frente a la cultura moderna, ha estado en posición paralizante. De ahí que haya carecido, salvo contadas excepciones, de eficacia para influir culturalmente…».[3] Hay que sopesar detenidamente estas sabias palabras: … sin vigor para tomar una posición… sin fuerza para definirse… en posición paralizante… sin eficacia para influir culturalmente … ¿Acaso no es lo que ocurre, por ejemplo, en nuestra Patria? ¿Cuántos líderes católicos salen de muchos de nuestros colegios y universidades «católicas»? ¿Dónde están los santos obispos y sacerdotes, egresados de nuestros Seminarios, que con eficacia evangélica, influyen culturalmente? ¿Dónde los grandes predicadores y los escritores eclesiásticos de buena pluma? ¿Dónde, salvo excepciones, teólogos de peso, moralistas de consulta, filósofos serios? ¿Acaso no estamos atosigados de plúmbeas declaraciones sin vigor, sin posiciones claras y definidas, paralizantes y de muy escasa influencia? Este cristianismo deletéreo e invertebrado que parece invadirlo todo, ¿acaso no es un efecto que nos indica una causa: mentes deletéreas e invertebradas? ¿No indica inteligencias a las que se les escapa lo principal, la realidad, el ser, quedándose en empalagosas disquisiciones marginales? ¿No es, tal vez, el 98% de lo que se produce «moda cultural», incluso en el ámbito católico?

El mismo autor indicaba, hace 36 años, que en orden a la formación intelectual católica, triple era la urgente tarea a realizar: «Ya no puede caber un tomismo vulgarizado, de manual.[4] Hay que conocer en sus fuentes la filosofía de Santo Tomás, conocer los vastos sectores de la ciencia moderna y aplicar aquel saber filosófico a iluminar esta ciencia que crece incesantemente… Ahora se hace necesario beber el tomismo directamente en el mismo Santo Tomás».[5] Aquí en la Argentina, sobran los dedos de las manos para contar a quienes han realizado una tarea de esa profundidad, y muy pocos son los eclesiásticos que se abrevan directamente en Santo Tomás. La mayoría conoce «algo», generalmente superficial y epidérmico, y casi siempre impregnado de la Escolástica formalista o esencialista, que trasmutó el esse por la existentia. De allí las «espiritualidades» y las «pastorales» formalistas o esencialistas.

La falta de inteligencia auténticamente metafísica, incapacita a los pastores de almas para conocer la realidad, hacer diagnósticos precisos y aplicar los remedios oportunos. Así, por ejemplo, después de, por lo menos, 7 años del Plan Pastoral «Matrimonio y Familia» el Congreso de la Nación sancionó la ley de divorcio vincular en la Argentina. Así, por ejemplo, la proliferación de la búsqueda emocional de lo divino, formando novicios, seminaristas, agentes de pastoral, incapaces de trascender la esfera de lo sensible. Y como el justo vive de la fe (Ro 1,17)[6] y la fe es de lo que no se ve («de non visus»),[7] la fe es la prueba de las cosas que no se ven (Heb 11,1), por eso hay tantas defecciones y claudicaciones, y pareciera que no se hace nada en serio. Así, por ejemplo, pocos son los capaces de captar la belleza, y menos los capaces de hacer cosas bellas, hermosas, desde sermones a iglesias, desde escritos a intervenciones en los medios, desde los cantos litúrgicos a las acciones pastorales. De allí la tendencia a cambiar lo bueno por lo meramente placentero, lo bello por lo lindo, lo verdadero por lo difuso.[8]

Para evitar esto es necesario una metafísica con garra, que muerda la realidad y no ocupada en disquisiciones de estratósfera o en deliquios cerebrales, entretenidos en estimar cuántos ángeles pueden sentarse en la punta de un alfiler.

Por eso una de las cosas que nunca dejaremos de agradecer al Padre Meinvielle es habernos hecho conocer al Padre Cornelio Fabro, a nuestro modo de ver, el conocedor más profundo de Santo Tomás de todos los tiem­pos. Eran entrañablemente amigos y eso lo sé por el testimonio de ambos, del Padre Julio[9] y del Padre Fabro,[10] quien en nuestra última entrevista con él nos dijera: «–Io condivido– Yo estoy de acuerdo con todas sus tesis». Más que las decenas de anécdotas que hay entre los dos, lo que los unió indisolublemente fue el mismo ferviente amor a la verdad.

Este regalo de Dios a la humanidad y a la Iglesia que fue el Padre Cornelio Fabro, quien se pasó la vida estudiando científicamente a Santo Tomás y a todos los demás filósofos, antiguos y modernos.

Entendemos que fueron tres los principales frentes de lucha que lo tuvieron al Padre Fabro como inteligente gladiador y constituyen sus aportes más importantes al pensamiento filosófico:

– Remarcar la primacía del «actus essendi», con la captación del «esse ut actus”, del ser como acto de todos los actos. El «esse ut actus» es el aporte más singular que Santo Tomás ha hecho a la filosofía de todos los tiempos, y en el que supera a todos los pensadores de todos los tiempos, inclusive a Aristóteles y a Platón y a todos los modernos, inclusive a Hegel y Heidegger;

– refutar sapientísimamente la concreción del principio de inmanencia, con su más funesta consecuencia lógica: el ateísmo;

– sus estudios sobre la emergencia de la voluntad, recuperan­do la más genuina reflexión metafísica sobre la libertad.

Y como si fuese un pivote de estos tres grandes temas, profundizó como nadie en la noción de participación.

Sólo el volver a descubrir en plenitud el ser, permite al hombre remontarse válidamente al mismo Ser Subsistente, su principio y fin, y el máximo garante de su inalienable libertad. Como dice Fabro: «La crisis actual de la teología, y reflejamente de la Iglesia postconciliar, es de naturaleza metafísica: es el oscurecimiento, si no el rechazo explícito, de la presencia del Absoluto en el horizonte de la conciencia del hombre contemporáneo: una crisis que se ha transferido a los teólogos por una “colisión de simpatía”, como diría Kierkegaard. Sin la referencia al Absoluto no puede existir ningún valor; privado de la referencia metafísica, el sujeto mismo no alcanza a constituirse en un centro operativo responsable, y es trastornado por el juego irracional de las pasiones y de las fuerzas de la historia.

Sin un Dios trascendente, creador del mundo y del hombre, no existe ningún yo como núcleo inquebrantable de libertad. Sin el Hombre–Dios, redentor y santificador, inmanente en la historia como verdadero hombre y trascendente en la eternidad como verdadero Dios, según la fórmula calcedo­niense, no existe ninguna esperanza de salvación. Sin metafísica no existe, pues, teología, no existe un sentido y consistencia de la teología, ya que sin el fundamento del Absoluto el trabajo teológico se deshace en la precariedad del modo de proceder de las llamadas “ciencias humanas”, en la insignificancia de la impresión, del sentimiento, del juego semántico, del énfasis vacío. Sin el Absoluto de la metafísica falta al hombre el fundamento de la pietas, el ánimo se endurece en el orgullo de lo transeúnte y la voluntad se corrompe con la sugestión de los instintos: la revolución como contestación permanente o el suicidio».[11]

Por todo esto, estimamos que el Padre Cornelio Fabro se constituyó en el más profundo y científico conocedor de Santo Tomás. Quiera Dios que se cumpla lo que él, en una confidencia, nos aseguró: «El próximo milenio será el milenio de Santo Tomás». De Santo Tomás se dijo que «iluminó más a la Iglesia que todos los otros doctores. En sus libros aprovecha más el hombre en un solo año que en el estudio de los demás durante toda la vida».[12] Porque «por la suma veneración con que honró a los doctores sagrados, recibió en cierto modo el entendimiento de todos ellos».[13] Porque «la Iglesia ha proclama­do que la doctrina de Santo Tomás es su propia doctrina».[14] Y porque Dios ha querido que por la fuerza y la verdad de la doctrina del Doctor Angélico «…todas las herejías y los errores que se siguieran, confundidos y convictos se disiparan…».[15]

Por la misma razón, enseña Juan Pablo II en la Fides et ratio, que «la Iglesia ha propuesto siempre a Santo Tomás como maestro del pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología», y citando a Pablo VI afirma, en cierto modo, la apertura que la filosofía cristiana debe tener hacia los distintos caminos filosóficos que se han ido abriendo en busca de la verdad: «No cabe duda que santo Tomás poseyó en grado eximio la audacia para la búsqueda de la verdad, la libertad de espíritu para afrontar problemas nuevos y la honradez intelectual propia de quien, no tolerando que el cristianismo se contamine con la filosofía pagana, sin embargo no rechaza a priori esta filosofía. Por eso ha pasado a la historia del pensamiento cristiano como precursor del nuevo rumbo de la filosofía y de la cultura universal».[16]



[1] cfr. Real Academia Española, Diccionario de la Real Academia Española (Madrid 1992).

[2] Sol y Luna,1 (Buenos Aires 1938) 96–97.

[3] J. Meinvielle, «Desintegración de la Argentina y una falsa integración» (Buenos Aires 1973) 14.

[4] Obviamente, mucho menos, cuando se trata del resumen de un resumen de un manual (nota nuestra).

[5] Estudios teológicos y filosóficos, I,1 (Buenos Aires 1959) 98.

[6] cfr. Hab 2,4; cfr. Ga 3,11; Heb 10,38–39.

[7] cfr. Santo Tomás de Aquino, STh, III,7,4sc; III,7,9,ad1.

[8] Recuerdo un escrito de Mons. Quarracino, aparecido en L´Osservatore Romano, cuando era presidente del CELAM, que se quejaba de la ausencia de metafísica y del sentido de la belleza en los seminarios.

[9] De la Cábala al progresismo (Salta 1970) 11: «Vaya asimismo mi agradecimiento al querido amigo Padre Cornelio Fabro … ».

[10] «Era un hombre de inteligencia extrordinaria y de gran humildad. Realmente comprendió a Santo Tomás». cfr. «Entrevista del 8 de enero de 1994», Ave María 17 (1994) 38.

[11] C. Fabro, La aventura de la teología progresista (Navarra 1976); El retorno al fundamento, 319–320.

[12] Juan XXII, «Alocución al Consistorio de 14 de julio de 1323».

[13] Cardenal Cayetano, In Secundam secundae,148,4 in fine.

[14] Benedicto XV, Carta Encíclica «Fausto Appetente Die» (29–06–1921),4.

[15] San Pío V, Bula «Mirabilis Deus»; cfr. León XIII, Carta Encíclica «Aeterni Patris»,3.

[16] Juan Pablo II, Carta Encíclica «Fides et ratio», n. 43.

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