Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Esse y esencia en Dios, P. Carlos Buela IVE (I)

Esse y esencia en Dios[1]

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I. De las creaturas al Creador

En su magistral camino de las creaturas al Creador, Santo Tomás parte de hechos de la experiencia sensible, como el movimiento, la causalidad, la contingencia, la participación, el orden, remontándose a Aquel que mueve y no es movido, causa y no es causado, existe y hace existir, el ser supremo de quien todos participan, ordenador y no ordenado por otros[2].

Para quien tenga una clara inteligencia metafísica de las pruebas, es patente la real distinción entre el punto de partida y el término de las mismas. Inteligencia metafísica que se sostiene, inconmovible, sobre el primer principio del ser y del pensar: el de contradicción[3].

No puede ser ‑y además es inconcebible‑ que todo se mueva y nadie mueva, que todo sea causado y nadie cause, que todo sea contingente y no haya nada necesario, que en todo haya grados y que nadie los sustente siendo a su vez el máximo en esa perfección, que haya armonía y ningún armonizador.

Eso es absurdo, eso es vanidad (cf. Sb 13,1), eso es necio (cf. Sl 53,1), eso es pecado inexcusable (cf. Ro 1,20).

II. De la naturaleza del Creador

Ahora bien, no menos magistral es el camino seguido por el Angélico para conocer la naturaleza de Dios: la triple vía de la afirmación, la negación y la eminencia.

Afirmación porque lo que hay en el efecto debe existir en la causa; negación porque el efecto es limitado y se debe negar que en su causa se dé esa limitación; eminencia porque la causa es análoga.

Y así en esta fascinante aventura intelectual, la máxima que al hombre le es dada, es de toda evidencia que al Acto Puro hay que quitarle toda potencialidad, a la Causa Incausada todo devenir, al Ser Necesario toda contingencia, al Sumo Ser toda limitación, a la Suprema Inteligencia toda subordinación.

Con calidad de orfebre, paciencia de santo y genialidad de gran  pensador, ya al inicio de la Summa Theologiae niega Santo Tomás en Dios toda composición (I, q. 3), ya que implica potencialidad e imperfección, inconcebibles en Dios, tanto la corporal (art.1), como la de materia y forma (art.2 ), la de naturaleza y persona (art. 3), de esencia y acto de ser (art. 4), de género y diferencia (art. 5), de sustancia y accidente (art. 6) y de cualquier otra posible o hipotética composición (art. 7).

En esta gran aventura del espíritu, la inteligencia humana llega a la cumbre en el artículo 4 de esa quaestio. Cumbre más allá de la cual es imposible subir, al demostrar que en Dios no hay composición de orden sustancial real entre esencia y acto de ser (esse).

Este ascenso culmina allí, de tal modo que la identidad en Dios del esse y la esencia, constituye como la clave de bóveda de la teología natural y de la sobrenatural. De hecho, luego de llegar a esta cima, comienza el proceso descendente o resolutivo, por el cual la inteligencia humana va deduciendo los demás atributos de Dios, incluidos «in nuce» en la admirable subsistencia divina.

III. Esse y esencia

Quedemos en el artículo en cuestión.

Allí, con toda decisión, firmeza y claridad, enseña el Aquinate que Dios «no sólo es su esencia, sino también su ser (esse)»[4]. Lo cual demuestra por tres razones principales: una, porque si no el ser lo recibiría de otro; otra, porque si no habría potencia en Dios, y, la última, porque Dios sería un ser por participación.

Y así desarrolla su pensamiento con argumentos tomados del término de la segunda vía, la primera y la cuarta, a saber:

  • Cuanto se encuentra en un ser y no pertenece a su esencia tiene que ser causado… Si el ser (esse) es distinto de la esencia, el ser debe ser causado… pero como Dios es primera Causa Incausada, es imposible que en Dios el ser sea distinto de la esencia[5].
  • El ser (esse) es la actualidad de toda forma o naturaleza… si en algún ser fuesen distintos el ser de la esencia, tendrían entre ellos la relación del acto con la potencia. Como en Dios no hay potencialidad alguna, no puede haber en Él composición real entre esencia y existencia[6].
  • Lo que tiene ser (esse) y no es el ser, existe por participación, no por esencia. Ahora bien, Dios es su misma esencia: si no se identificase con su ser, no sería por su esencia sino por participación y no sería el primer ser. Lo cual es un absurdo. Por tanto, Dios es su ser (esse), no sólo su esencia[7].

De donde se ve claro que en Dios se identifican esencia y ser: en Dios son «idem essentia et esse»[8].

IV. Esencia metafísica

Esto nos lleva de la mano al constitutivo metafísico de la naturaleza divina, o sea, aquella propiedad última, singular y fundamental del ser de Dios que, según nuestro modo analógico de pensar, debe tener tres características:

  • debe constituir la última y más profunda razón del ser divino,
  • debe distinguir al ser divino, radicalmente, de todos los seres creados,
  • y debe ser la raíz de las demás perfecciones, entitativas y operativas, de Dios.

La respuesta correcta nos dará el constitutivo formal de Dios específicamente en aquello que es la sustancia divina.

Distintas fueron, históricamente, las respuestas, tanto fuera como dentro de la escolástica.

Fuera de la escolástica nos encontramos con cinco opiniones al respecto:

  1. La bondad. Siguiendo a Platón, algunos afirmaron que la Bondad primaba sobre cualquier otro atributo de Dios, como si dijésemos, parafraseando Ex 3,14: «Ego sum qui est bonum».
  2. La unidad. En línea plotiniana, ya que para él la suma hipóstasis es el Uno. Sería: «Ego sum qui est unum».
  3. La inmutabilidad. Para San Agustín es lo que caracteriza el ser de Dios y por lo que se distingue de las creaturas. El entendía el nombre divino, Sum, por el término abstracto esencia, «que designa la inmutabilidad misma de “lo que es”»[9]. Es la doctrina de la essentialitas divina, continuada por San Anselmo; tendrá gran influencia en Ricardo de San Víctor, Alejandro de Hales y San Buenaventura. Se expresaría: «Ego sum qui non mutor».
  4. La libertad. Para algunos voluntaristas: « el espíritu puro no es más que lo que Él se hace, es decir que es la libertad absoluta… Yo soy lo que quiero; esta fórmula es, pues, la buena»[10]. «Ego sum quod volo».
  5. La fundamentabilidad. Para Zubiri, Dios es el ser fundamentante, que está fundamentando. Debería decir: «Ego sum fundamentum».

En la escolástica también son variadas las opiniones. Los no tomistas afirman ‑con distinciones‑ que es la infinidad. Los tomistas, a su vez, se dividen poniendo la esencia metafísica de Dios en el entender o en el ser. Aquí, también tenemos cinco opiniones:

  1. La infinidad radical. Es la postura de Scoto, o sea, la propiedad que Dios posee, y en grado infinito, todas las perfecciones. Diría: «Ego sum quod est infinitum».
  2. La infinidad extensiva. Es la postura del nominalismo (Occam, Biel, P. de Ailly), o sea el conjunto de todas las perfecciones posibles. Identifican esencia física con esencia metafísica. En la relectura leerían: «Ego sum qui est omnia».
  3. La infinidad intensiva. Los que ponen el constitutivo formal en la posesión de perfecciones en sumo grado. Tal Descartes y los cartesianos, que no pertenecen a la escolástica. Entenderían: «Ego sum qui est maximum».
  4. La absoluta intelectualidad.
    • Para Cayetano, como entender radical remoto o sustancia
    • Para Arriaga, Ferré y Godoy, como entender radical próximo o potencia
    • Para Juan de Santo Tomás, Gonet, el Ferrariense, los Salmaticenses, Billuart, Finlayson, como entender formal o la intelección subsistenteplenamente identificada con Dios.

Para ellos sería correcto decir: «Ego sum qui intelligo».

  1. El «ens a se». Para Santo Tomás[11], Capreolo, Bañez, Gotti, Contenson, Ledesma, Del Prado, Hugon, Manser, Remer, Garrigou‑Lagrange, Maquart, Arnou, Fabro, Innocenti, etc., y fuera de la Escuela, Suárez, Molina, Vázquez, Torres, etc., la esencia metafísica de Dios es la identidad de su esencia y su esse. «Ego sum qui sum» (Ex 3,14).

V. El «ipsum esse subsistens»

Esta última posición expresa el ser absoluto de Dios, término de las cinco vías; es la única formulación exacta del constitutivo metafísico del ser divino ya que reúne las tres notas, a saber:

  • constituye la última y más profunda razón del ser de Dios,
  • que le distingue, radical y esencialmente, de todo lo que no es Él,
  • y que, al mismo tiempo, es la raíz y como el arranque y la cepa de las demás perfecciones divinas.

El constitutivo formal es la pura actualidad de su mismo existir; es el ser (esse) sustantivo y no adjetivamente; es propio del que es el ser de sí mismo y por sí mismo; es el ser (esse) constitutiva y no consecutivamente; es la sustancialidad de todas las perfecciones divinas; es lo que sólo compete a Dios; es el Ser que subsiste por sí mismo, no producido, no creado, no hecho a sí mismo; es en Quien coinciden esencia y ser; en Quien se excluye todo no‑ser y toda mera posibilidad de ser; es el Ser real, purísimo, sin mezcla alguna de potencialidad; es el Ser por antonomasia; la unidad y la simplicidad absoluta; la plenitud infinita del Ser; la aseidad eterna y el eternamente presente; en una palabra «El que es» (Ex 3,14).


[1] Publicado en Revista Diálogo, n. 19 (noviembre 1993) p. 47-58.

[2] Cfr. S. Th. I, q. 2, a. 3.

[3] Leer Aristóteles, Metafísica, l.6; G. M. Manser, OP., La esencia del tomismo, Madrid 1953, p. 333-358.

[4] «Deus non solum est sua essentia…, sed etiam suum esse» (I, q.3, a.4).

[5] «Impossibile est ergo quod in Deo sit aliud esse, et aliud eius essentia» (Idem).

[6] «Cum igitur in Deo nihil sit potentiale… sequitur quod non sit aliud in eo essentia quam suum esse. Sua igitur essentia est suum esse» (Ídem).

[7] «Est igitur Deus suum esse, et non solum sua essentia» (Ibídem).

[8] Ibídem.

[9] Cfr. E. Gilson, El Tomismo, Eunsa, Pamplona 1978, p. 144‑145.

[10] Secretán, La Philosophie de la Liberté, p. 364; cit. Por R. Garrigou-Lagrange, Dios. Su naturaleza, Madrid 1977, p. 222.

[11] S.Th. I, q. 4, a. 2, ad 3; q. 13, a. 11; etc.

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2 Comments

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  1. Buen artículo de introducción, sin embargo, como tal, es muy general y abstracto. Me parece que este estudio es mas bien una respuesta muy concisa y estructurada al ateísmo cada vez más rampante.

    Lo que yo estoy interesado en saber, es cual es el Dios judeocristiano, porque en el presente artículo la concepción de Dios vale para toda religión monoteísta; al ser introductoria y fundamental, incluso podría servir para sostener las nociones deístas del universo. Por ende, me gustaría conocer cual es la identidad del Dios de la Biblia para el autor de este estudio.

    1. El Autor justamente habla del Dios Judeo-Cristiano, siguiendo la afirmación bíblica de Ex 3,14. En cuanto a que se pueda aplicar a la noción de Dios de cualquier religión monoteísta, pues no; hay aspectos fundamentales que no se pueden aplicar al dios del Islam. Tampoco puede servir para sostener una visión deísta del universo, puesto que Dios es el “Ipsum esse subsistens”, mientras que el universo (todo lo creado) es, precisamente, creado, no subsitente sino “por participación”. Es, por tanto, imcompatible con el deísmo.

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