Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Exposición de la salutación angélica llamada ordinariamente Avemaría

EXPOSICIÓN DE LA SALUTACIÓN ANGÉLICA LLAMADA ORDINARIAMENTE AVEMARÍA

INTRODUCCIÓN

PRÓLOGO

DIOS TE SALVE, MARÍA, LLENA DE GRACIA, EL SEÑOR ES CONTIGO

BENDITA TÚ ENTRE LAS MUJERES

BENDITO EL FRUTO DE TU VIENTRE

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INTRODUCCIÓN

Hoy nadie duda de que este opúsculo sea de Santo Tomás: las dudas que hubo sobre ello a fines del siglo XIX y primeros decenios del XX, debidas a la interpolación sobre la Inmaculada[1], y su ausencia en el catálogo oficial de los escritos tomasianos, ya se han ventilado. Su tenor y doctrina son los de Santo Tomás, especialmente en la III Parte de la Suma Teológica, escrita hacia el final de su vida.

Tampoco es segura la datación y lugar en que lo predicara, aunque a juicio de Mandonnet, con quien están de acuerdo Grabmann y Walz, habría sido en Nápoles, durante la Cuaresma de 1273, en la que predicó todos los días en la iglesia de Santo Domingo. También en cuanto a esto había y hay opiniones. Si el P. Mandonnet lo ponía en Nápoles, en la cuaresma de 1273[2], se podía apoyar en parte en un dato del proceso de canonización del santo: hay un testigo cualificado –el juez napolitano Giovanni di Biagio– que afirma haber visto al Angélico «durante toda una cuaresma predicando oculis clausis, contemplativis et directas ad coelum»; y que su predicación –la de fr. Tomás– en esa cuaresma «fue sobre el Avemaría gratia plena, Dominus tecum»[3].

Tal fue la posición sostenida por el conjunto de la crítica hasta Weisheipl, quien después de decir: «Probablemente sermones cuaresmales; Nápoles 1273», añade: «No es seguro si estos sermones sobre la Salutación Angélica fueron predicados en Nápoles o, en fecha más temprana, en Roma»[4]  –lo del testigo Biagio pudiera referirse a otra predicación sobre el mismo tema–. Torrell piensa que «probablemente se trata de la reportatio –o collatio– de un sermón predicado durante su segunda estancia en París» (septiembre de 1268-1272)[5]. Digamos, pues, que no es segura su datación; pero que, en todo caso, este comentario a la Salutación Angélica lo predicó en alguno de los años últimos de su vida.

Otros puntos importantes a la hora de abordar su texto son si se trata de un sermón o de varios; cuál es su carácter y cómo ve el santo la estructura del Avemaría.

Ante todo ha de tenerse en cuenta cuál es el Avemaría que él comenta. El Avemaría primitiva, recitada como oración en tiempo de Santo Tomás y bastante antes, se formó a base de dos frases del c.1 de Lucas: de las palabras del ángel en la Anunciación (Lc 1,28) y de las de la felicitación de Sta. Isabel a la Virgen en la Visitación (Lc 1,42).

Sin embargo habían de transcurrir varios siglos antes de que se pensara en unirlas y usarlas en forma de oración dirigida a la Virgen. Su ensambladura se constata en la Liturgia de San Basilio en el siglo y, haciéndose luego habitual en los siglos VI y VII, como se puede ver por Severo de Antioquía (hacia el 513) y por San Juan Damasceno dos siglos más tarde. Aparecen así mismo unidas en Occidente en una antífona gregoriana del ofertorio del Domingo 4.º de Adviento y también en una inscripción griega de la iglesia de Santa María la Antigua de Roma hacia el a. 650. La añadidura del nombre de Jesús, se debe a Urbano IV (hacia el a. 1263).

Por otra parte, como es sabido, la segunda parte del Avemaría actual –el Santa María, etc.– nació posteriormente. El Santa María… –propia del Occidente– con el «Amén» no aparece hasta mediados del siglo XIV, momento en que se encuentra con algunas variantes. Y sigue así hasta que, ya casi igual a la actual, la encontramos en el Breviario de los Trinitarios, impreso en París en 1514, siendo introducida finalmente por San Pío V en el Breviario Romano el a. 1568 tal como la decimos hoy[6].

La explicación tomasiana del Avemaría de su tiempo es breve, pues ¡sólo ocupa 3 páginas a dos columnas en la edición de Marietti de 1954! La última adición a la misma –Jesús– es debida justamente al papa Urbano IV (1261-1263); pero no se había introducido aún en Nápoles y otros lugares. Notemos de pasada que la fiesta del Smo. Sacramento, introducida también por dicho Papa, tardaría en extenderse a toda la Iglesia unos 50 años.

Este comentario, sobrio y claro, está fuertemente estructurado –more scholastico–, limitado a la primera parte del Avemaría actual y sin el Jesús.

El santo dividió su exposición en tres partes, atendiendo a los sujetos que pronunciaron las palabras del Avemaría: la primera parte es del ángel y también la última expresión (Ave, gratia plena, Dominus tecum, benedicta Tu in mulieribus); la segunda es de Sta. Isabel: y bendito el fruto de tu vientre; y la tercera (María), de la Iglesia, que añadió su nombre, no pronunciado por el ángel.

En su exposición, recogida por algún «reportero», secretario u oyente, el santo expuso con gran claridad las principales verdades de la fe católica sobre la Madre de Dios y los títulos que le competen por estar especial e íntimamente ligada al orden hipostático, siendo así superior a todas las demás criaturas. Por ello supera en dignidad y santidad a los mismos ángeles y arcángeles.

El lector actual ante este comentario tomasiano puede quedar desconcertado: parece más tratarse de unos apuntes de clase de teología que de un sermón. Sin embargo lo mismo ocurre, como nota Bataillon, con sermones de su contemporáneo San Buenaventura, transmitidos por su secretario[7]. Efectivamente, estamos ante unos apuntes esquemáticos, tomados por un oyente –probablemente fr. Reginaldo de Piperno, secretario del santo– preocupado no más que de copiar las ideas del santo y su orden. Con todo, quedan algunos indicios de que fuera algún sermón o sermones. Varias veces se puede ver que el santo dialoga o se dirige a cada uno de sus oyentes: dos veces les dice «puedes» y otra «encuentras»; varias veces usa la primera persona plural, asociándose él mismo a sus oyentes: «creemos», «nos unimos y asemejamos», «encontramos»; y dos veces más al final, como exhortación, «busquemos las cosas que deseamos», además de la frase «llegó a nosotros».

Por otro lado, si nos parece demasiado escueta, sobria y fría, no habremos de olvidar que se trata de una reportatio; es decir, de notas o apuntes tomados por un oyente medieval, que no podía ser tampoco como los taquígrafos de ahora.

Por lo demás, en esta exposición, tan escueta, ciertamente se puede percibir la admiración y veneración profunda del santo ante la grandeza de María: casi siempre dice, al referirse a ella, La Bienaventurada Virgen y una vez la gloriosa Virgen; sólo una vez dice «María» a secas (excepto cuando se refiere a la significación del nombre «María»). En todo esto ya late su admiración y reverencia por la Virgen, cosas que concuerdan con lo que nos dicen los contemporáneos de su piedad mariana –¡para la acción misma de probar la pluma frecuentemente escribía al margen Ave, María!–. Y aquí corona todo con un bello colofón: ¡Bendita, pues, la Virgen; pero más bendito el fruto de su vientre!

Ediciones: Rossi, G. F., «La “Expositio Salutationis Angelicae” di S. Tommaso»: Divus Thomas (Piacenza) 34 (1933) 5-37; Opuscula Theologica, II (Marietti 1931) 239-241.

Traducciones al castellano: STO. TOMÁS DE AQUINO, El Avemaría, Exposición sobre la salutación angélica, trad. de Manuel Ortega, en El Padrenuestro (Edibesa, Madrid 1994) 91-107; ÍD., Escritos de Catequesis, ed. de Josep I. Saranyana (Rialp, Madrid 21978) 179-187; ÍD., El Padrenuestro y el Avemaría comentados (México 1977) 125-149.

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[1] La cuestión de «Sto. Tomás y la Inmaculada Concepción», debatida especialmente por os años 30 del siglo pasado –cf. Nota Bibliográfica del P. R. Spiazzi en su Introducción a In Salutationem Angelicam… Expositio, en la edición de Marietti, 1954, p238 y el Bulletin Thomiste de esos años y próximos siguientes–, ha pasado a la historia, aunque no ha faltado algún investigador que la haya vuelto a recordar, atendiendo a algún sector más concreto, cf. Ulrich HORST, Die Diskusion um die Immaculata Conceptio im Dominikanerorden. Ein Beitrag zur Geschichte der theologischen Methode (Schóningh, Paderborn 1987).

[2] «Le Caréme de S. Thomas d’Aquin á Naples (1273)», en Miscellanea storico-artistica (Roma 1924) 195-212.

[3] Cf. Acta Sanctorum, mart. Processus canonizationis Sti. Thomae, t.I n.º 70.

[4] J. A. WEISHEIPL, Tomás de Aquino. Vida, obras y doctrina (Pamplona 1994) 456.

[5] Cf. J.-P. TORRELL, Initiation á saint Thomas d’Aquin, o.c., 521 y 261-265.

[6] Cf. U. BERLIÉRE, «Angélique (Salutation)», en DTC I col.1273-1277.

[7] Cf. TORRELL, Initiation á saint Thomas d’Aquin, o.c., 105 (74).

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PRÓLOGO

Esta Salutación consta de tres partes. Una, es obra del ángel, a saber: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita Tú entre las mujeres». Otra, lo es de Isabel, la madre de Juan el Bautista, esto es: «Bendito el fruto de tu vientre». La tercera parte la añadió la Iglesia, es decir: «María», pues el ángel no dijo: Dios te salve, María; sino «Dios te salve, llena de gracia». Y este nombre –María– según su interpretación concuerda con las palabras del ángel, como se pondrá de manifiesto.

DIOS TE SALVE, MARÍA, LLENA DE GRACIA, EL SEÑOR ES CONTIGO

En cuanto a lo primero, es digno de considerarse que antiguamente era cosa muy grande el que los ángeles se aparecieran a los hombres; o que los hombres los reverenciasen, (cosa que) se tenía por un honor máximo. Por donde en honor de Abrahán se dice (en la S. Escritura) que recibió como huéspedes a los ángeles y que los reverenció.

Mas que un ángel reverenciase a un hombre no se oyó nunca, a no ser después que (el ángel) saludó a la Bienaventurada Virgen, diciéndole reverentemente: «Dios te salve». Mas la razón de que antiguamente no reverenciase el ángel al hombre, sino el hombre al ángel, es que el ángel era superior al hombre; y esto en cuanto a tres cosas:

Primera, en cuanto a la dignidad: la razón es que el ángel es de naturaleza espiritual. El Salmo 103,4 dice: El que hace espíritus a sus ángeles; mas el hombre es de naturaleza corruptible; por donde decía Abrahán (Gén 18,27): Hablaré a mi Señor, aun cuando sea polvo y ceniza. No era, pues, decoroso que una criatura espiritual e incorruptible reverenciase a una corruptible, esto es al hombre.

La segunda es en cuanto a su familiaridad con Dios. Pues el ángel es familiar de Dios, como asistente (suyo). Dan 7,10 dice: Millares de millares le servían, y miríadas de miríadas le asistían. Mas el hombre es como un extraño y alejado de Dios por el pecado. El Salmo 54,8 dice: Me alejé huyendo. Por consiguiente es conveniente que el hombre reverencie al ángel, en cuanto que (éste) es cercano y familiar del rey.

La tercera es que (el ángel) tenía la preeminencia por la plenitud del esplendor de la gracia divina, pues los ángeles participan de la luz divina misma en la plenitud suma. Job 25,3 dice: ¿Acaso tiene número su milicia, sobre la cual no surgirá su luz? Y por eso siempre se aparecen con luz. Mas los hombres, aunque participen algo de la misma luz de la gracia, sin embargo es poco, y con cierta oscuridad.

No convenía, pues, que (el ángel) reverenciase al hombre hasta que en la naturaleza humana se encontrase alguien que excediese a los ángeles en estas tres cosas. Y ésta fue la Bienaventurada Virgen. Y por eso, para manifestar que (ella) le superaba en las tres, quiso reverenciarla el ángel. De ahí que dijera: «Dios te salve».

Por donde se ve que la Bienaventurada Virgen excedió a los ángeles en estas tres cosas.

a) En primer lugar, en la plenitud de la gracia, la cual es mayor en la Bienaventurada Virgen que en cualquier ángel; y por eso, para insinuar esto, el ángel le mostró reverencia, diciendo: «Llena de gracia», como si dijese: Por esto te reverencio, porque me superas en la plenitud de la gracia.

Y la Bienaventurada Virgen se dice «llena de gracia» en tres sentidos:

Primero, en cuanto al alma, en la que tuvo toda la plenitud de la gracia. Pues la gracia de Dios se da para dos fines: para obrar el bien y para evitar el mal, y en cuanto a estas dos cosas la Bienaventurada Virgen tuvo una gracia perfectísima. Pues ella evitó todo pecado más que santo alguno después de Cristo. Pues el pecado o es el original, y de éste fue purificada en el seno materno; o es el mortal; o el venial; y de éstos estuvo libre. Por donde en el Cant 4,7 se dice: Toda hermosa eres, amiga mía, y en ti no hay mancha alguna. (San) Agustín escribe en el libro De Natura et Gratia: Exceptuando […] a esta Virgen, si pudiésemos reunir a todos los santos y santas cuando vivían sobre la tierra y preguntarles si estaban exentos de todo pecado, todos responderían a una voz: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad está ausente de nosotros. Exceptuando, pues, a la santa Virgen María, acerca de la cual, por el honor debido a Nuestro Señor, cuando se trata de pecados, no quiero mover absolutamente ninguna cuestión, porque sabemos que a ella le fue conferida más gracia para vencer por todos sus flancos al pecado, pues mereció concebir y dar a luz al que nos consta que no tuvo pecado alguno.

Pero Cristo sobrepuja a la Bienaventurada Virgen en que fue concebido y nació sin el pecado original. Mas la Bienaventurada Virgen fue concebida en pecado original; pero no nació (con él). Ella también practicó todas las virtudes, mientras otros santos sólo algunas: pues uno fue humilde, otro casto, otro misericordioso; y por eso se ponen como ejemplo de virtudes especiales, como S. Nicolás cual ejemplo de misericordia, etc.. Mas la Bienaventurada Virgen (se pone) como ejemplo de todas las virtudes: pues en ella encuentras un ejemplo de humildad; en Lc 1,3 dice: He aquí la esclava del Señor; y más adelante (en el v.48): Miró la humildad de su sierva; de castidad: pues no conozco varón (v.34); y de todas las virtudes, como es claro. Así pues, la Bienaventurada Virgen está llena de gracia ya en cuanto a practicar el bien, ya en cuanto a evitar el mal.

En segundo sentido, estuvo llena de gracia en cuanto a su redundancia del alma en la carne o el cuerpo. Pues es grande en los santos tener tanta gracia que santifique el alma; mas el alma de la Bienaventurada Virgen estuvo llena de tal manera que de ella redundó la gracia en su carne, de modo que concibiese al Hijo de Dios mediante ella (su carne). Y por eso dice Hugo de San Víctor: Puesto que en su corazón ardía especialmente el amor del Espíritu Santo, por eso en su carne hacía maravillas, en cuanto que de Ella habría de nacer el Dios y hombre. En Lc 1,35 se dice: Pues el Santo, que nacerá de ti, se llamará Hijo de Dios.

En tercer sentido, en cuanto a su redundancia respecto de los hombres. Pues es grande en cualquier santo el tener tanta gracia que baste para la salvación de muchos; pero si (alguno) tuviese tanta que fuera suficiente para la salvación de todos los hombres del mundo, esto sería lo máximo: esto es lo que ocurre en Cristo y en la Bienaventurada Virgen. Pues en todo peligro puedes lograr la salvación por la misma gloriosa Virgen. Por donde en el Cant 4,4 se dice: Mil escudos –esto es: remedios contra los peligros– penden de ella. E igualmente en toda práctica de la virtud la puedes tener como auxilio; y por eso dice ella misma: En mí (hay) toda esperanza de vida y de virtud (Eclo 14,15).

Así pues, está llena de gracia y excede a los ángeles en la plenitud de la gracia; y por esto se la llama convenientemente María, (nombre) que se interpreta «iluminada en sí (misma)». Por donde en Is 58,11 se dice: Llenará de esplendores tu alma; y (se interpreta también) «iluminadora de los otros», en cuanto al mundo entero; y por eso se asemeja al sol y a la luna.

b) En segundo lugar, excede a los ángeles en cuanto a la familiaridad divina. Y refiriéndose a esto el ángel dijo: «El Señor es contigo». Como si dijera: Por esto te reverencio, porque tú eres más familiar con Dios que yo, pues «el Señor está contigo». «El Señor» denota al Padre con el Hijo mismo (de ambos), cosa que ningún ángel ni criatura alguna tuvo. Lc 1,35 dice: Pues el Santo, que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios. El Hijo Señor en el vientre: Is 12,6 dice: Alégrate y alaba, habitación de Sión, porque es grande el que está en medio de ti, el Santo de Israel. Por consiguiente, está de distinta manera con la Bienaventurada Virgen que con el ángel, pues con ella está como Hijo y con el ángel como Señor. Y está el Espíritu Santo como en (su) templo; por donde se dice (de ella en la Liturgia): Templo del Señor, sagrario del Espíritu Santo, ya que concibió por (obra del) Espíritu Santo: Lc 1,35 dice: El Espíritu Santo vendrá sobre ti.

Así pues, la Bienaventurada Virgen es más familiar para con Dios que el ángel, pues está con ella el Padre Señor, el Hijo Señor y el Espíritu Santo Señor; es decir: toda la Trinidad. Y por eso se canta, refiriéndose a ella: Noble triclinio de toda la Trinidad.

Esta frase «el Señor es contigo» es la más grande que se pueda decir a uno. Con razón, pues, el ángel reverencia a la Bienaventurada Virgen, porque (siendo) Madre del Señor, por eso también es Señora. Por lo cual le conviene este nombre, María, que en siriaco significa Señora.

c) En tercer lugar, excede a los ángeles en cuanto a la pureza: porque la Bienaventurada Virgen no sólo era pura en sí misma; sino que procuró la pureza a otros. Pues ella misma fue purísima tanto en cuanto a la culpa, ya que no incurrió ni en pecado mortal ni en venial; y lo mismo en cuanto a la pena.

Tres maldiciones se dieron a los hombres por el pecado.

La primera se dio a la mujer, a saber: que concebiría con corrupción, que llevaría (lo concebido) con molestias; y (lo) daría a luz con dolor. Mas de esta (maldición) fue inmune la Bienaventurada Virgen, pues concibió al Salvador sin corrupción, lo llevó con solaz, y lo dio a luz conalegría. Isaías 35,2 dice: Fructificará copiosamente, y se regocijará llena de alborozo, y entonará himnos.

La segunda maldición se dio al hombre, a saber, que con sudor comería su pan. De ésta (también) estuvo inmune la Bienaventurada Virgen, porque, como dice el Apóstol en 1 Cor (7,34), las vírgenes están libres de las preocupaciones de este mundo y se dedican sólo a Dios.

La tercera (maldición) fue común para varones y mujeres, a saber: que volverían al polvo. Y de ésta (también) estuvo inmune la Bienaventurada Virgen, ya que fue asunta al cielo en cuerpo (y alma). Pues creemos que después de su muerte fue resucitada y llevada al cielo. En el Salmo 131,8 se dice: Levántate, Señor, (y ven) a tu mansión: tú y el arca de tu santificación.

BENDITA TÚ ENTRE LAS MUJERES

Así pues, estuvo inmune de toda maldición y, por consiguiente, «(fue) bendita entre (todas) las mujeres», porque ella sola puso bajo sus pies la maldición, portó la bendición y abrió la puerta del paraíso. Y por eso le conviene (también) el nombre de María, que se interpreta (así mismo) «estrella del mar»; porque así como los navegantes se dirigen al puerto por la estrella del mar, así también los cristianos por María se dirigen a la gloria.

BENDITO EL FRUTO DE TU VIENTRE

El pecador a veces busca en alguna cosa lo que no puede conseguir; pero lo consigue el justo. Prov 13,22 dice: La hacienda del pecador está reservada para el justo. Así Eva buscó el fruto y en él no encontró todo lo que deseaba; mas la Bienaventurada Virgen encontró en su fruto todo lo que deseó.

Pues Eva en su fruto deseó tres cosas.

La primera: Lo que falsamente le prometió el diablo, a saber: que serían como dioses, conocedores del bien y del mal: Seréis –dijo aquel mentiroso– como dioses, según se dice en Gén 3,5. Y mintió, porque es mentiroso y el padre de la mentira. Pues Eva por la comida de aquel fruto no vino a ser semejante a Dios, sino desemejante: pues, pecando, se apartó de Dios, su salvador, por lo cual también fue expulsada del paraíso. Pero esto lo encontró la Bienaventurada Virgen y todos los cristianos en el fruto de su vientre: ya que por Cristo nos unimos y asemejamos a Dios. En la 1 de Jn (3,2) se dice: Cuando aparezca, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

La segunda: Eva en su fruto deseó el deleite, porque (parecía) bueno para comer. Pero no lo encontró, porque enseguida se conoció desnuda, y tuvo dolor. Mas en el fruto de la Virgen encontramos la suavidad y la salvación. Jn 6,55 dice: El que come mi carne tiene vida eterna.

La tercera: El fruto de Eva era bello de aspecto; pero es más bello el de la Virgen, en el cual desean contemplar los ángeles. El Salmo 44,3 dice: Bello es su aspecto, más que el de los hijos de los hombres: y esto es porque es esplendor de la gloria del Padre.

No pudo, pues, Eva encontrar en su fruto lo que tampoco puede encontrar ningún pecador en los pecados. Por eso busquemos las cosas que deseemos en el fruto de la Virgen.

Este fruto es bendito de Dios, porque de tal manera lo colmó (Dios) de toda gracia que llegó hasta nosotros, manifestándole (por ello) reverencia. Ef 1,3 dice: Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda (clase de) bendición en Cristo. (Se la manifiestan) los ángeles, pues (en) el Ap 7,12 dicen: La bendición y la claridad y la sabiduría y la acción de gracias, el honor y la virtud y la fortaleza (sean dadas) a nuestro Dios; y se la manifiestan los hombres: el Apóstol (en) Flp 2,11 dice: Toda lengua confiese que Jesucristo está en la gloria del Padre; y en el Salmo 117,26 se dice: Bendito el que viene en nombre del Señor.

Así, pues, es bendita la Virgen; pero más bendito todavía es su fruto.

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