Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Introducción a “De la verdad”, cuestión I

INTRODUCCIÓN

El estudio del texto tomista de la primera cuestión de la serie designada como De Veritate es de gran importancia para entrar en la filosofía y en el pensamiento de Santo Tomás. Esta cuestión contiene algunas de las páginas geniales y fundamentales de su pensamiento, como la del concepto de ente y de las propiedades trascendentales del ser. A lo largo y ancho de la cuestión, Tomás se presenta como un pensador cristiano integral, atento observador de lo real por medio de la experiencia, agudo filósofo, teólogo cabal, que ante todo trata de penetrar en el misterio de Dios y dar razón de la fe y la esperanza cristiana. A diferencia de otros tratados como el De ente et essentia, el De unitate intellectus, que se limitan al horizonte de la filosofía, esta cuestión implica el pensamiento de Tomás en toda su amplitud. Por ello requiere una triple lectura del texto: histórica, filosófica y teológica. El lector puede optar por una sola de las tres, pero tiene que admitir que sólo ha recorrido uno de los senderos que llevan a su obra. Esta es una de las cuestiones que reflejan con precisión la unidad y la complejidad de la obra de Tomás, su irrupción genial en la historia del pensamiento.

La novedad histórica de esta cuestión se advierte en la presentación del concepto de verdad, que incorpora la tradición, le da consistencia y la proyecta en una nueva fase. Esta cuestión es fruto de una intuición juvenil, cuando Tomás ronda los treinta años, la edad privilegiada en que el hombre entra en la edad madura del pensar, es la primera de sus lecciones magistrales, que da nombre a las otras 28 que le siguen y se refieren a los diversos problemas relativos al conocimiento, a la voluntad, al hombre ante Dios. Las circunstancias de la historia y de la biografía quedan trascendidas en la doctrina filosófica, como ésta resulta al servicio de la verdad revelada. Es todo un tratado teológico de la verdad, con el estilo tomista de hacer teología, buscando con serena objetividad la inteligencia sapiencial de los datos de la fe. Es el primer paso de un largo camino de la obra de Tomás con este género literario de cuestión disputada, que nace en la escuela, en medio de alumnos y maestros, pero la trasciende, y es la mejor expresión del magisterio.

Esta cuestión ha tenido lugar en el otoño de 1256, en las aulas universitarias del convento de Santiago de París. Tomás disputará en diversos lugares otras 67, con un total de 502 artículos. A las 29 cuestiones De Veritate le seguirán las De Potentia en Roma, y las De Virtutibus en París. Todas ellas de gran valor, mantienen el estilo y la altura de la primera, en la cual ya se pone de manifiesto la medida del genio. Tomás es el teólogo, que como pórtico y profecía de su tarea, afronta el eterno problema de la verdad, y logra darle una orientación doctrinal que no ha sido superada y conserva toda su potencia germinal.

Esta peculiaridad de Tomás es constante en su obra. Tomás es el primer pensador cristiano que no sólo distingue con nitidez el horizonte de la filosofía y el de la teología, sino que logra usarlos en una perfecta circularidad, desde una comprensión del ser que da origen a la primera filosofía cristiana y a la primera teología sapiencial. Tomás reconoce que su vocación teologal implica poner su ingenio humano al servicio de la fe y de las verdades reveladas. Su intento es hablar de Dios, descifrar de algún modo la sublimis veritas que ha sido revelada a Moisés junto a la zarza ardiente. Yo soy[1]. Dios es la verdad esencial, en la cual todo lo demás tiene su apoyo. El teólogo, para lograr un pleno conocimiento de la verdad, llama a su servicio a la filosofía, y, por ser ésta de índole metafísica muy consistente, le ha prestado el servicio sapiencial. Todo ello indica que estamos ante una cuestión que merece estudio profundo y plena asimilación. Cae de su peso que no es una cuestión fácil, que requiere esfuerzo e inteligencia. Tomás es un pensador que emplea un estilo trasparente, pero lleva siempre al lector hacia lo profundo de la realidad.

Nuestro cometido en la presentación de esta cuestión es doble, por una parte ofrecer una traducción en lengua castellana, lo más fielmente posible del texto latino, y por otra facilitar con alguna nota apropiada la tarea del lector y del estudioso. Lo esencial es lograr el encuentro del lector con el pensamiento auténtico de Tomás. Seguimos el consejo de Pío XI, Ite ad Thomam: Id a Tomás[2]. Un imperativo exigente. El acceso al texto latino se ha hecho difícil cuando no imposible para muchos, porque desconocen la lengua. Esta circunstancia se puede interpretar como una pérdida porque en efecto lo es. El autor requiere ser leído en su obra original. Nos queda el consuelo de que cabe interpretar esta circunstancia negativa como un estímulo. El no poder leer directamente a Tomás en latín, nos exige un esfuerzo nuevo, el de la traducción adecuada. Esta sólo se logra cuando la expresión en lengua distinta conserve el mismo sentido que la latina. Cambia el signo, permanece la verdad: El oficio del buen traductor consiste en que al traducir en otra lengua las verdades de la fe católica, conserve la verdad, y cambie el modo de hablar conforme a la índole de la lengua en la cual se expresa[3]. Este esfuerzo lo ha realizado ejemplarmente el traductor de la cuestión, el P. Gabriel Ferrer, O.P. El ha dedicado a esta tarea de traductor largas vigilias. El resultado es satisfactorio. Sin duda alguna, si yo hubiera asumido este oficio, lo habría hecho de modo distinto, porque no sólo cada uno tenemos nuestro estilo de expresarnos, sino porque las palabras de Tomás, muy precisas y exactas, admiten en español diversos modos de ser entendidas. Pero, aún estando invitado a hacer una revisión de la traducción, he preferido respetarla fielmente. Las notas que he añadido quedan reducidas a lo mínimo, y sólo tratan de ser auxiliares de la lectura del texto, que corresponde al lector.

Como introducción a la lectura he estimado oportuno hacer tres reflexiones, una sobre el género literario de las llamadas cuestiones disputadas, otra acerca de la comprensión de la verdad tal cual la entiende Tomás v la tercera acerca de la primacía de la verdad que debe ser respetada por su perenne valor, y reconocida en nuestro tiempo. Tomás nos ha enseñado que el buen pensador cristiano tiene que dar la primacía a la verdad y que sólo debe dejarse vencer por su poderosa fuerza. Lo expresa en su obra y lo reflejó en su vida, porque, como dice la liturgia de su fiesta, fue un pensador apasionado por la verdad: unice veritatis amator.

1. El género literario: La cuestión disputada

El texto tomista De Veritate puede decirse modelo o paradigma de lo que entendían los medievales por una quaestio disputata. Era uno de los ejercicios escolares, el más complejo y exigente, el más comprometido para el maestro, especialmente en teología. La introducción en las escuelas se verifica en los comienzos del siglo XIII. Un texto paulino de la carta a Tito, que indica las actividades que debe ejercer el obispo, dio origen a los tres oficios del maestro: Es preciso que el obispo sea […] adicto a una enseñanza segura, conforme a la doctrina, capaz de exhortar en la sana doctrina y de confutar a los que la contradicen (Tit 1,9). En su ejercicio para obtener la Licentia docendi, Tomás recuerda ese texto, y lo interpretacomo Pedro el Cantor: El oficio de explicar la Escritura implica tres ejercicios: leer, predicar, disputar[4]. Todo profesor o maestro en la sacra doctrina estaba llamado al ejercicio de los tres deberes, que en el fondo eran tres modos de penetrar en la verdad de la Escritura.

La lectio era el ejercicio normal de todo profesor. Su cometido era en primer lugar leer un libro, es decir no sólo leerlo en alta voz ante los alumnos, sino también tratar de aclarar su contenido. El libro de texto, que es preciso leer, era ante todo la Escritura. A los dominicos se les encomendaba desde el principio de la Orden leer la Escritura, y no los libros de los gentiles: In libris gentilium non legant. El profesor dominico se distinguía con el nombre de Lector. No era posible erigir un convento sin prior, sin cantor, sin lector[5].

Junto con ese ejercicio la vocación incluía el de predicar. El lector tenía que ser también evangelizador.

El tercer ejercicio era el más exigente: disputar y argüir a los contradictores. En realidad de la lectio nace la quaestio. La hermenéutica de un texto da origen a muchas dudas, a pareceres opuestos, suscita problemas, implica investigar. La palabra quaestio viene del verbo latino quaero, buscar, indagar. Los medievales respetan al máximo el texto de la Sagrada Escritura, tratan de entender sus sentidos, del literal al espiritual, y encuentran en la tradición opiniones e interpretaciones diversas. En este contexto tienen su origen las llamadas quaestiones. El hombre por su condición de ser racional, es capaz de afirmar y de negar, necesita discurrir y deliberar, opinar, y disputar para llegar a la verdad. La disputa nace en la vida y luego pasa a la escuela. El mismo Pedro Cantor decía que era preciso masticar la verdad con los dientes de la disputa para que resalte y se imponga por su misma fuerza.

La disputa escolar tenía antecedentes en la historia de la cultura. En la filosofía griega se había desarrollado la dialéctica como el modo humano de llegar a la verdad a través de dos discursos opuestos o contradictorios: dialogos. Platón había logrado ser maestro en este arte cultivado con gran estilo por Sócrates. Aristóteles, Porfirio y Boecío habían ayudado al desarrollo de la dialéctica medieval, con sus reglas y métodos. Abelardo la había introducido en teología y Pedro Lombardo la había aplicado a sus Sententiae. La quaestio se separaba de la lectio y requería un desarrollo peculiar. Los estatutos de la universidad de París regulan este ejercicio escolar. En las disputas del maestro Simón de Tournai en 1201, ya se advierten las líneas esenciales del modelo de disputa que se impone a mediados de siglo.

También fuera de las aulas había disputas muy diversas. Las más notorias eran las políticas y las religiosas. Domingo de Guzmán, el apóstol de Languedoc, el padre de los predicadores, disputaba con los albigenses y recurría con ellos a la prueba del fuego para probar la verdad de sus escritos. Al tiempo de Santo Tomás la Quaestio Disputata, o Disputatio magistralis, había pasado a ser el ejercicio escolástico de mayor prestigio. Se distinguían en las escuelas, y de modo especial en la uníversidad de París, disputas de dos clases: una llamada solemne, porque en ella tomaba parte toda la facultad, profesores y alumnos; otra reservada al profesor en su aula, designada como ordinaria. Para tener una disputa solemne era preciso suspender a esa hora toda otra actividad escolar. Para la ordinaria bastaba la participación del maestro con sus bachilleres y alumnos. En ambos casos se trataba de un ejercicio complejo.

Toda quaestio disputata comprendía tres momentos integrantes: la discusión en el aula, la respuesta magistral y la publicación del texto elaborado por el maestro. Los tres estaban sometidos a un reglamento severo.

La discusión implicaba una previa presentación del tema por parte del magister, distribuida con antelación a todos a modo de invitación, y una reunión en el aula de maestros y escolares en la cual se discutía el tema. El maestro presidía pero en esta primera reunión no tomaba parte, era como el oyente cualificado. Los participantes eran opponentes y un bachiller era el respondens, de parte del maestro. Este acto inicial y esencial era el momento de la espontaneidad, del acaloramiento, y con harta frecuencia, el de los excesos verbales. En el aula había un notario que escribía lo esencial de la sesión y lo consignaba al maestro.

El segundo momento requería otra sesión que normalmente la tenía sólo el maestro con sus discípulos: era el momento de la responsio. Tocaba al maestro decidir. Para ello necesitaba una visión integral del problema y un desarrollo suficiente de la cuestión. Esta toma de posición se llamaba determinatio. Todos los maestros estaban obligados a tener algunas determinaciones a lo largo del año escolar. Además de las quaestiones disputatae eran aconsejadas otras llamadas quodlibetales, en las cuales el maestro se presentaba para ser interrogado de lo que los oyentes quisieran. Lo esencial en la solución del maestro era la habilidad para penetrar en las raíces de la cuestión de modo que los oyentes no sólo pudiesen evitar el error, ser fieles a la autoridad de la fe, sino que llegasen a entender el porqué de la solución, la verdad de lo que se afirmaba: quomodo sit verum quod dicitur[6]. El maestro incorporaba a su respuesta todas las aportaciones de los presentes, de modo que su solución de la cuestión y su respuesta a las objeciones tuviese la base y el apoyo de lo que realmente se había tratado en común.

El tercer momento era el más comprometido para el maestro. Se requería consignar por escrito un texto, la publicación y difusión de la entera cuestión. El maestro redactaba la totalidad de las objeciones, su determinación, y las respuestas a cada una de las cuestiones, y consignaba su manuscrito a la secretaría de la Facultad que se encargaba de su distribución en copias. Esta tarea era la que exigía tempus et oleum. La dificultad y el compromiso que lleva consigo explica el hecho de que son pocos los maestros que entregan su manuscrito. Glorieux que ha investigado la larga lista de los catálogos de la Universidad de París, o Bazán que ha organizado el material de las disputas, llegan a la conclusión de que estos ejercicios eran muy exigentes, y por ello no todos los maestros cumplían con sus requisitos. Si la mayor .parte tenía algunas disputas al año, ya era menor el número de las sesiones para la determinatio y eran muy escasos los que redactaban los textos y los consignaban a la Facultad.

Por el contrario, en todos estos oficios Tomás es una gloriosa excepción. No sólo participó como bachiller y alumno de Alberto Magno, y de Elías Brunet de Bergerac, sino que, una vez que logra el magisterio, mantuvo cada año un número muy alto de los tres ejercicios que competen al magister. Toda su vida fue fiel a la lectio de la sacra pagina, que tenía a primera hora. Como fraile predicador fue muy fiel a la praedicatio[7]. Al par de esas actividades nos sorprende el alto número de Quaestiones Disputatae determinadas y consignadas por Tomás. Por fortuna tenemos el texto tomista, aunque no estamos ciertos del género de las mismas, si eran solemnes o sólo ordinarias. La seria objeción a sostener que eran solemnes, está en que al ser tantas, habrían paralizado la vida de la Facultad. Es más creíble que la mayor parte hayan sido disputadas en el aula.

La cuestión De Veritate es de 1256, un año antes de que Tomás fuera admitido en el consortium magistrorum. Todos los años tuvo también, en Adviento y Cuaresma, dos quodlibetales, y de todas ellas consignó el texto. De tal modo Tomás prestó atención a este ejercicio, que podemos afirmar que las Cuestiones Disputadas son el lugar privilegiado donde mejor muestra su genio de teólogo. Chenu encuentra en las Cuestiones Disputadas la expresión más auténtica de su talento personal[8]. Por su parte, M. Grabmann piensa que desde el punto de vista científico, se trata de la obra más profunda y fundamental de Tomás[9].

Tomás conoció y llevó a su máxima expresión el método dialéctico de la quaestio disputata, propia de las escuelas, pero no se limitó a hacerlo exclusivo. La obra en que expresa del modo más completo su propia visión de los problemas de la teología, la Summa contra Gentes, usa el método expositivo. A petición de su secretario Reginaldo, proyecta un Compendio de teología para los que no van a las escuelas porque tienen muchas ocupaciones, y lo hace con estilo narrativo. En cambio la Summa theologiae, destinada a corregir los desvíos de la enseñanza en las escuelas, adopta el ordo disciplinae que debe prevalecer sobre la occasio disputandi. Tomás mantiene con pulcritud y mesura el método de la dialéctica de la quaestio, de tal modo que cada uno de los artículos resulta un ejercicio y una aplicación del método de la quaestio disputata. El exceso de formalismo lógico en los siglos posteriores, y la necesidad de atender a la experiencia y a los datos, llevaron al olvido este género literario. Permanece el núcleo, cambia el estilo. Lo que fue aporía para los griegos, será problema para los modernos. Las controversias de nuestro tiempo conservan por necesidad el fondo de la quaestio, pero han dejado de lado el formalismo de la lógica, en cuyo laberinto se da el peligro de perder el peso de lo real. Podemos afirmar que la lectura de la quaestio disputata de veritate de Tomás de Aquino nos lleva al momento cumbre de un género literario que no ha perdido su vigor.

2. La quaestio de la verdad

La cuestión de la verdad va con el hombre como ser cognoscente. El hombre, por su condición de racional, es capaz de conocer. Por sus sentidos corporales, por su experiencia del mundo, por sus potencias del alma, es un ser abierto. Su capacidad de apropiarse de modos diversos, intencionales, de la realidad, le da una cierta excelencia y dignidad que lo distingue de los seres que no son capaces de conocer. Esta capacidad de apertura hacía lo que le trasciende es su nota distintiva. El nous puede ser pequeño en magnitud, pero es la grandeza del hombre, por su capacidad de apropiarse de todo. El ser humano inicia su andadura terrena con esta capacidad de apertura, pero sin contenidos. Es un ignorante. Por esta condición de poder y no tener, pregunta, interroga, se admira, busca, se pone en camino hacia la verdad del ser. La capacidad de conocer hace del hombre un ser en busca de la verdad, y hace de la verdad la cuestión central del ser humano. El hombre es el ser que camina buscando la verdad.

Tomás ha percibido con toda claridad la radicalidad de la cuestión de la verdad. La verdad es punto de partida, es camino y es término de todo lo humano. El ser humano no puede prescindir de la verdad. Una de sus preguntas capitales es la que hacía Pilato en el proceso a Jesús, cuando le oyó hablar de la verdad: ¿Qué es la verdad? (Jn 18,38). Tomás entra en la escena cultural con la cuestión de la verdad, buscando una respuesta a esa misma pregunta. No es un hecho casual que sus primeras obras comiencen con la cuestión de la verdad. La considera punto de partida de la vida intelectual. Así lo hace al comentar la obra de Pedro Lombardo en su inmenso Scriptum super Sententiis, lo hace cuando se convierte en hermeneuta del pensamiento de Aristóteles, en exegeta del evangelio de Juan, y lo mismo hace exponiendo su propio pensamiento. Tomás ha vivido la pasión por la verdad que caracteriza a todo hombre, de modo especial al hombre de estudios, al predicador de la verdad.

Entre todos los lugares de la obra de Tomás, hay dos que indican la radicalidad de la cuestión de la verdad, uno es el amplio pórtico de la Summa contra Gentes –los nueve primeros capítulos–, en el que se confronta con el problema de la verdad y del error; otro es la primera cuestión De Veritate. La cuestión acerca de la verdad es inevitable: es fin de la inteligencia, es lo que busca el filósofo, es el fin del universo, es uno de los nombres de Dios hecho hombre, que ha dicho de sí mismo: Yo soy la verdad (Jn 14,6). El officium sapientis es la búsqueda, el encuentro y la comunicación de la verdad. Y este oficio tiene dos ejercicios, uno es el de perseguir y dar caza a la verdad, otro el de denunciar y confutar el error[10].

La cuestión de la verdad tiene una prioridad incontestable en la vida humana, y la tiene en la vida cristiana. La razón y la fe coinciden en ser las dos alas para el vuelo del hombre hacia la verdad. Por ser tan radical se sigue que tenga muchas manifestaciones. Tomás hereda una larga y rica tradición de búsqueda de la verdad, y es consciente de que será siempre poco lo que un hombre solo añade a esta tarea común, en la cual todos los predecesores, tanto los que aciertan como los que se equivocan, nos sirven de ayuda. Uno de los pocos lugares en que Tomás habla de sí mismo, de su vocación, es el del prólogo a la Summa contra Gentes. Aquí confiesa que se siente llamado a manifestar la verdad de la fe católica, y para ello quiere ejercer el oficio de teólogo, con tal radicalidad que no sólo sus palabras sino su vida entera sea una locución acerca de Dios. Le ha pedido prestadas las palabras a Hilario, pero se las ha apropiado[11]. Este momento inicial de su ejercicio de magister in sacra doctrina, puede ser descrito como el despegue del vuelo con las dos alas, como será descrito más tarde por León XIII y por Juan Pablo II, el ala de la razón y el ala de la fe. Lo que importa a Tomás teólogo es la verdad en toda su amplitud, la del ser, la del hombre, la del mundo, la del Verbo encarnado, la de Dios.

Al iniciar su discurso acerca de la verdad, Tomás cuenta con una rica herencia de quienes le han precedido. En esta herencia hay tres nociones complementarias de la verdad, que Tomás tiene en cuenta y que podemos designar como la hebrea, la griega y la cristiana.

La palabra que significa la verdad en hebreo es emet. Este vocablo en su raíz indica firmeza, estabilidad. Cuando se dice de una persona, de su actuar, de su hablar, se indica que tiene garantía, que es constante y firme, y que en sus relaciones es digna de confianza. La verdad en hebreo indica ante todo una dimensión firme en el comportamiento, una nota ética, que se verifica en la fidelidad. Este significado se dice con prioridad de Dios, que merece toda confianza, que se comporta de modo estable y firme. Dios mantiene fielmente su palabra, y en eso está su verdad. Dios es el Dios del amén (Is 65,16), es el Dios de la verdad (Sal 31,6). Por ello son verdaderas sus palabras (2 Sam 7,28), y es fiel en su obrar. Porque Dios es fiel se pide al hombre que responda a Dios con verdad y fidelidad, que camine en la verdad ante Dios (Sal 25,5), que viva en la justicia (Ez 18,5). Frente a la infidelidad de los hombres, resalta la fidelidad de Dios, que mantiene su pacto con el pueblo. El hombre tiende a ser infiel, en cambio Dios es el Dios de la fidelidad[12].

El NT mantiene esta noción de verdad y la amplía con la revelación de Jesucristo. Pablo y Juan abren nuevos horizontes a la verdad de Dios revelada en el evangelio. Si Jesucristo es la plenitud de la gracia y la verdad (Jn 14,6), lo es también su palabra, y creer en ella es venir en conocimiento de la verdad. El discípulo está invitado a caminar en la verdad, a decir, a hacer, a testimoniar la verdad. Hay dos sentencias que resumen toda esta doctrina de la verdad, la de Juan, «conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (8,32), y la de Pablo, «viviendo la verdad en el amor» (Ef 4,15)[13].

La palabra griega que significa la verdad es aX£6£ta. Es una palabra clave en la filosofía griega y por ello ha sido objeto de investigación incesante. Es incierta su etimología y las opiniones se bifurcan. Para unos deriva de la raíz letho, que significa ocultar, precedido de la a privativa. Por tanto su significado sería el de desvelar, desocultar, indica lo patente y presente. Tal ha sido la lectura de Heidegger[14]. A esa opinión se opone la que defiende que la a no es privativa, como no lo es en otras palabras griegas, y si lo fuera habría vocablos positivos que se oponen a lo escondido, y no los hay. Por tanto el significado hay que indagarlo en el contexto de su uso. Hay tres significados principales, uno referido al conocer, otro al ser y el tercero al obrar. La aletheia: a) indica rectitud en el pensar y el decir frente a la mentira y el engaño; b) significa la realidad, frente a la mera apariencia; c) designa una conducta recta frente a la engañosa. Son famosos los fragmentos presocráticos que hablan de la aletheia: el Frag. B, 16 de Heráclito: ¿Cómo puede uno esconderse ante aquello que jamás se oculta?, y los fragmentos del poema de Parménides, en los que el caminante recorre los caminos de la apariencia y se sitúa en el bivio que puede llevar al caminante tanto a la sima del no-ser, cuanto al corazón del eón, donde mora la verdad (Frag. 8).

A partir de Parménides la filosofía es ante todo discurso acerca de la verdad. Para Sócrates el camino hacia la verdad parte del yvoet 6£avtóv, todo Platón está en el mito de la caverna, donde se presenta la dialéctica entre lo que aparece y lo que es, y donde la verdad mora sólo en el orden de la realidad inteligible; y todo Aristóteles se condensa en la concepción de la filosofía como búsqueda de la verdad del ser. Amicus Plato, sed magis amica veritas. Esta sentencia latina traduce gráficamente la justa expresión del Filósofo que afirma: hay que amar a los amigos y a la verdad, pero en caso de conflicto, la ética impone dar la preferencia a la verdad[15]. La filosofía se condensa en ser una teoría de la verdad, que coincide con el ser, que es su objeto. El filósofo es el que busca conocer el ser. La historia del filosofar humano es la historia de esta búsqueda y de los logros en el esfuerzo por poseerla: Lo que antes, ahora y siempre se ha discutido y buscado es sólo esto: qué es el ente, es decir qué es la sustancia[16]. La búsqueda de la verdad en la filosofía griega asume todas las actitudes posibles: la palabrería de los sofistas, el idealismo de los platónicos, la precisión de Aristóteles y su escuela que subordina el conocer al ser de las cosas; la seguridad de los estoicos; la fluctuación de los escépticos; la superficialidad de los epicúreos. El ágora de Atenas está abierta a todas las escuelas, y en la senda que lleva al Areópago hay un puesto para todos los dioses, los conocidos y el dios desconocido que Pablo trata de anunciar (Hch 17,23). Todos intentan cubrirse con retazos del amplio manto de la verdad. La aletheia griega, oscilante entre el conocer y el ser, entre el aparecer y la realidad que se esconde, ha preparado el camino para el fundamento de la filosofía como saber acerca del mundo, del hombre y de lo que trasciende la physis.

La tradición hebrea y griega han servido de punto de partida y de ayuda para la concepción cristiana de la verdad. En el cristianismo la verdad es personal. Dios hecho hombre ha manifestado que la verdad no es una cosa, es una persona. Las conquistas anteriores de las diversas culturas son una preparación para acoger la verdad del evangelio. Esta nueva revelación de la verdad abarca la totalidad del horizonte: Dios como verdad, la creación como participación de esa verdad, el hombre como el ser capaz de conocer, de desvelar y de realizar en sí mismo la verdad. El ser, el conocer y el decir, se dan la mano en el discurso cristiano acerca de la verdad. Justino es el primer filósofo cristiano que recorre todas las escuelas y confiesa que sólo en Cristo ha conseguido la verdad plena. A partir de la fe en Cristo, los pensadores cristianos, no sólo los genios como Pablo y Juan, sino los maestros en las escuelas, los escritores, los fieles, unen sus esfuerzos por llegar a la verdad toda entera. Ha sido providencial el encuentro del evangelio con la paideia griega[17]. A partir de Dionisio en Oriente y de Agustín en Occidente, se consolida un nuevo estilo cristiano de búsqueda de la verdad, donde el conocer se pone al servicio del ser y del vivir en Cristo. La verdad tiene que integrar la fidelidad hebrea, que es una dimensión ética, y la realidad de las cosas, su esencia y sustancia, como quiere la filosofía griega, pero debe ir hasta la plenitud del ser como acto y reunir la pluralidad de los entes bajo la unidad del ser. La verdad tiene su lugar en el recto entendimiento de las cosas, en la adecuación de la mente a las cosas cual son en sí mismas, en la rectitud del juicio, y lo tiene en Dios, que es la verdad esencial, de cuyo entendimiento depende la verdad de las cosas creadas, que son como productos del arte divino. Por ello, en definitiva, la verdad en el cristianismo es personal. Dios lo ha revelado: Yo soy la verdad (Jn 14,6).

Tomás de Aquino se encuentra con esta herencia del pasado y su aportación es la incorporación de esas visiones parciales en una comprensión de totalidad cual conviene al pensador cristiano, donde el ser y el conocer se refieren mutuamente y dan valor al decir y al significar. La verdad consiste en la adaequatio del entendimiento a la realidad: adaequatio rei et intellectus. Sobre esta herencia del pasado, ya consolidada, Tomás edificará su propia concepción de la verdad. Se trata de una quaestio disputata con soluciones contrarias e insuficientes. El status quaestionis exige a Tomás comenzar por el análisis de la verdad como relación entre la inteligencia y la realidad. La entidad de las cosas precede a la verdad, el conocimiento sigue a la adecuación, la esencia está en esa relación entre ambos polos. Sólo en el conocimiento de la verdad, que sigue a la adaequatio, el entendimiento humano logra su perfección. Tomás no se apropia de esa noción nueva de la verdad, la preferida entre las nueve que le salen al paso. Se la atribuye al judío Isaac Israeli, como era común en su tiempo, pero en verdad, esa definición remonta a Avicena, cuyo pensamiento Tomás ha conocido y asimilado[18]. Todo pensador tiene que partir de una concepción de la verdad, si quiere darle alcance. La cuestión de la verdad es punto de partida. Tomás lo deja bien claro al comenzar por ella.

3. La primacía de la cuestión de la verdad

Tomás inicia su oficio de maestro, de escritor, de predicador, proponiendo la cuestión de la verdad. Se trata de un hecho. Así ha comenzado su tratado de filosofía en el opúsculo De ente et essentia: afirmando que el hombre debe asentar con firmeza los pies en la roca de la verdad desde el principio, y no en el fango resbaladizo del error, por pequeño que sea; así el Scriptum super Sententiís, porque aspira a una sabiduría firma et vera; así en la primera cuestión de Veritate como piedra angular del programa del maestro en teología; así también la Summa contra Gentiles, o De veritate doctrinae catholicae contra errores infidelium. En todo ello hay una resonancia del principio de la Metafísica de Aristóteles: Por naturaleza todos los hombres desean saber[19]. Este dato se trasciende a sí mismo, y pasa a principio: todo hombre, todo conocer, en todo tiempo y por su misma condición humana. La razón se toma del fin: la verdad es el fin de todo conocer, de los sentidos, de la razón, de la fe. Esta primacía es de derecho. De tal modo que los tipos de conocer dan las dimensiones de la verdad: puede ser de los sentidos, de la razón, de la fe y religión. La exclusión de la verdad como fin hace imposible el camino del hombre. Hay una relación inmediata entre la verdad, el conocer y el ser. Y en esto coinciden los tres tipos de la verdad, emet, aletheia, adaequatio. Hay diferencias, pero no hay exclusión: la verdad se relaciona directamente con el conocer del entendimiento, el cual está abierto al ser, y es como un medio entre el fundamento en el ser y el signo en el decir. El peso de la verdad es el peso del ser. El conocer de los sentidos lleva a una verdad, el de la razón a otro y el de la fe a uno superior. Se dan diversos rostros de la verdad y en todos ellos un solo esplendor que se hace más claro frente a las tinieblas del error. Por ello es punto de partida, es camino que se verifica en los dos niveles en los que se mueve el pensador cristiano: el de la razón y el de la fe. En los dos se da la misma estructura fundante: en la medida en que conoce el ser, se conquista la verdad. La primacía de la verdad se basa en la primacía del fin, que mueve todas las otras causas, no por vía impelente, sino por atracción, como mueve el objeto amado[20].

Este modo de comprender la verdad y su primacía en la cultura humana, responde a una antropología basada en una ontología, la cual se fundamenta a su vez en una teología[21]. El ser funda el conocer, y éste proporciona una base consistente al hablar. Esa convicción profunda sobre el hombre y su destino, su capacidad de verdad y por ello de Dios, se ha ido desmoronando en la edad moderna y puede decirse que de todo ello hoy queda muy poco, al menos en apariencia. Del hombre moderno quizá no se puede decir que no apetezca la verdad, pero sí se constata que nutre una cierta fobia hacia ella, que le da miedo, que no admite de buen grado su vocación a la verdad, que ahora prefiere la libertad a la verdad, y por ello rechaza verdades con el sello de definitivas y últimas. Se ha pasado de la primacía de la verdad al rechazo de la verdad absoluta. El paso ha sido gradual. El iluminismo exaltó la razón, y la prefirió a la verdad. Lessing lo expresaba gráficamente: Si Dios tuviera en su mano derecha toda la verdad, y en la mano izquierda la aspiración eterna hacia la verdad y si él me dijera: ¡Escoge! Sencillamente yo elegiría la mano izquierda, diciéndole: Padre, dame ésta, porque la pura verdad es para ti solo[22]. La exaltación de la razón llevó al olvido del ser, y a la primacía de la libertad. Kant es el mejor exponente del viraje hacia el hombre y del olvido del ser. La verdad de las cosas queda lejos de la capacidad humana. Todo es antropología, pero no hay más que una respuesta pragmática a la pregunta por el hombre. No le interesa al pensador lo que la naturaleza ha hecho con el hombre, sino sólo lo que el hombre pueda hacer con su libertad[23]. Su tragedia está en que no tiene respuesta para la única pregunta que se plantea: ¿Qué es el hombre? Es decir ¿cuál es la verdad del ser del hombre? Si no hay hombre de verdad, no hay verdad sobre el hombre, y en definitiva no hay hombre.

El pensamiento llamado postmoderno va mucho más allá, con la negación de la metafísica, y la disolución de la razón en las diversas actitudes del llamado pensiero debole. Puede decirse que se respira una cierta oposición no sólo a la primacía de la verdad, a las verdades llamadas últimas, porque no son apropiadas al hombre, exceden su alcance. Este tiene que contentarse, en el mejor de los casos, con las verdades penúltimas[24]. Umberto Eco lo expresa en El nombre de la rosa, donde se afirma: La única verdad consiste en aprender a liberarte de la pasión enfermiza por la verdad. Afirmaciones semejantes son ya un lugar común que a nadie extraña.

Está muy difundido el nihilismo anunciado por Nietzsche y llevado a su culmen con la muerte de Dios. En esa actitud no hay un puesto para la verdad. Esto ha dado origen a múltiples sistemas que se oponen a la verdad de modo definitivo. Así el relativismo, el cientismo, el historicismo. En todos ellos se reduce el ámbito de la verdad a una cultura, a un tiempo, porque no se admite su primacía. La verdad quedaría relegada a ser sólo una de las grandes palabras que deben ser olvidadas[25].

La patología de la verdad tiene muchos nombres, pero a pesar de ella la primacía de la verdad goza de fundamento sólido.

Frente a todas las negaciones de la primacía de la verdad o a sus reducciones es un buen antídoto el pensamiento de Tomás que defiende la fuerza invencible de la verdad, su incompatibilidad con el error, y su contribución a la plenitud del hombre. Quizá también en este caso, las apariencias engañan. También nosotros, imitando a los llamados filósofos de la sospecha, podemos preguntarnos por lo que se oculta en estos movimientos culturales y en las posiciones contra la verdad. Porque el ser humano sigue siendo el mismo indigente de siempre, un mendicante del absoluto, un ser en camino hacia la verdad y la felicidad. La fascinación que ejerce la ciencia en nuestro tiempo es una prueba de la sed de verdad que hay en el hombre. El descontento radical de nuestra cultura es una prueba de la vocación al absoluto y a la verdad. No le bastan al ser humano ni las palabras, ni la experiencia, ni la ciencia. Tiene hambre radical, retrasada, y por ello cuando proclama la muerte de Dios, sólo manifiesta que ha caído en la tentación de poder sustituirlo, de que en el fondo es él un muerto de hambre. Esta enfermedad mortal del hombre de hoy, sólo se remedia con el pan de la verdad. Y Tomás le sale al paso con este pan que es suave a quien tiene sano el paladar, con el pan de la verdad toda entera acerca de la verdad. Por ello es actual esta primera quaestio disputata de Tomás de Aquino. En ella se pone de manifiesto que la verdad es la fuerza más poderosa del hombre: potentissimum est veritas!

Nota bibliográfica

Para una introducción más completa acerca de las Cuestiones disputadas:

Bazán, B. c., «La quaestio disputata», en Les genres littéraires dans les sources théologiques et philosophiques médiévales (Louvain-la-Neuve 1982) 31-49.

– «Les questions disputées, principalement dans les Facultés de Théologie», en Les questions disputées (Turnhout 1985) 15-152.

García López, j., Doctrina de Santo Tomás sobre la verdad. Comentarios a la Cuestión I De Veritate y traducción castellana de la misma (Ed. Universidad de Navarra, S.A., Pamplona 1947).

Glorieux, p., «Les questions disputées de saint Thomas et leur suite chronologique»: Recherches de Théologie ancienne et médiévale 4 (1932) 5-33.

Lobato, A., Introduzione a «S. Tommaso d’Aquino, Le questioni disputate». I: La veritá (Ed. Studio Domenicano, Bolonia 1992) 15-65.

Mandonnet, P., Introduction á «Questiones disputatae S. Thomae Aquinatis» (París 1925).

INTRODUCCIÓN Y NOTAS EXPLICATIVAS DE ABELARDO LOBATO, O.P.

__________________________

[1] Cf. Contra Gentes I 22.

[2] Pío xi, Enc. Studiorum Ducem (29-6-1923). Este imperativo pontificio lo ha glosado con gran competencia el filósofo E. Forment, en su obra Id a Tomás. Principios fundamentales del pensamiento de Santo Tomás (Fundación Gratis Date, Pamplona 1998).

[3] Santo Tomás, Contra errores graecorum, n.1030.

[4] Santo Tomás, Rigans montes, n.6. Petrus Cantor, Verbum abbreviatum I: ML 205,25.

[5] Cf. A. Lobato, «Filosofía y sacra doctrina en la escuela dominicana del s. )(Hl»: Angelicum 71 (1994) 3-42.

[6] Santo Tomás, quodlibetum IV q.9. a.3.

[7] Cf. L. J. Bataillon, Les sermons attribués á saint Thomas (Walter de Gruyter, Berlín 1988) 325-341.

[8] 8 M.-D. Chenu, Introduction á l’étude de saint Thomas d’Aquin (Montreal 1948) 240.

[9] M. Grabmann, Die Werke des hl. Thomas von Aquin (Münster 1949) 30.

[10] Santo Tomás, Contra Gentes I 1.

[11] Ibid., I 2.

[12] Cf. C. Spicq, «La fidélité dans la Bible»: La Vie Spirituelle (1958) 311-327.

[13] I. De la Potterie, SJ, La vérité en saint Jean (1959) 277-294.

[14] M. Heidegger, «Aletheia, frag. B 16»: Vortrdge und Aufsdtze (1954).

[15] Aristóteles, Ethic. Nic. 1, 6, 1096a16.

[16] Aristóteles, Met. VII, 4, 1028b2.

[17] Cf. W. Jaeger, Cristianismo primitivo y paideia griega (FCE Breviarios, México 1965).

[18] Cf. J. T.muckle, «Isaac Israeli’s definition of truth»: Archives HDLMA 8 (1933) 3-8; A. Lobato, Avicena y Santo Tomás (Granada 1956).

[19] Aristóteles, Met. I 1 (980a21).

[20] Santo Tomás, Summa 1-2 q.l a.2; Contra Gentes III17.

[21] Cf. A. Lobato, «Antropología y metantropología. Los caminos actuales de acceso al hombre», en Antropologia e cristologia ieri e oggi (SITA, Roma 1987) 5-41.

[22] G. E. Lessing, Eine Duplik, Werke. Ed. Hempel, XVI, p.26.

[23] E. Kant, Anthropologie im pragmatischer Hinsicht (Berlín 1798) prol.

[24] Cf. P.laín Entralgo, Qué es el hombre. Evolución y sentido de la vida (Ediciones Nobel, Oviedo 1999) 219-234.

[25] Cf. V. Possenti, «Metafísica, problema della veritá, pragmatica trascendentale», en Anuario di Filosofia (Mondadori 2000) 63-96.

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  1. Muy interesante.

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