Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

La actualidad de la Encarnación del Verbo, P. Carlos Miguel Buela I.V.E.

La actualidad de la Encarnación del Verbo

[Capítulo del libro “El Arte del Padre“, P. Carlos Miguel Buela I.V.E.]

verbo encarnadoEs muy interesante constatar como en este tiempo de «ateos militantes», de laicistas arcaicos, de eclipses morales, de apostasías encubiertas o públicas, de medios de comunicación anticristianos, etc., como, sin embargo, lo más actual que hay es el hecho de que el Verbo se hizo carne.

Ello es así por varias razones:

  1. Porque hablando absolutamente no hay nada más actual que Dios, que no sólo es el Creador de cuanto existe, sino que lo conserva en la existencia y, más aún, lo gobierna con su providencia. Él es el «Ipsum esse subsistens», el Acto subsistente, el Ser infinito que se hizo hombre.
  2. Que el Verbo de Dios se hizo carne significa que la naturaleza divina y la naturaleza humana se unen en la única Persona divina de Jesucristo. Es el gran misterio de la unión hipostática -la unión en la Persona- que no cesará nunca, por tanto, es siempre actual. Que la unión de ambas naturalezas en la Persona divina no cesará nunca es un dogma de fe definido, porque hubo un contrario a esa doctrina, Marcelo de Ancira († 374), quien fue condenado por herético en el II Concilio universal de Constantinopla (381)[1], por lo cual, como réplica, se añadió al símbolo de la fe: «cuyo reino no tendrá fin» (Lc 1,33; Dz 86; cfr. Dz 283). Si permanecerá eternamente la unión de las dos naturalezas en Jesucristo, la Encarnación del Verbo es absolutamente actual.
  3. La actualidad del misterio de la Encarnación también se puede ver por la difusión, entre otras, de las ideas hegelianas en filosofía y de las ideas marxistas en sociología, ya que brotan de una caricatura de la Encarnación.

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En primer lugar, debemos señalar la difusión de las doctrinas de Hegel. Baste el testimonio de Massimo Borghesi[2], que resume su libro en un artículo: «Hegel, maestro de todos. Incluso de los católicos»[3]. Notemos la afirmación neta: maestro de todos, incluidos los católicos. Sobre la difusión, incluso en Argentina, del marxismo no es necesario detenerse; es sabido por casi todos.

Para la doctrina católica de 20 siglos, Dios es infinitamente trascendente –incluso siendo más íntimo a nosotros, que nosotros mismos-, crea al hombre y al mundo libre y gratuitamente, en Él hay dos procesiones divinas inmanentes -quedan en Él-: una la generación del Verbo y otra la espiración del Espíritu Santo. Cuando llega la plenitud de los tiempos el Verbo, sin dejar de ser Dios, toma en unidad de persona la naturaleza humana en y de la Virgen. Es la comunicación y comunión más grande de Dios con la creatura. ¡Misterio augusto, impenetrable y grandioso!

San Pablo en la carta a los Filipenses describe la Encarnación como la «negación de Dios»: «se anonadó» (Fil 2, 7), que es como decir «se hizo nada». La Vulgata traduce con «semetipsum exinanivit» la frase griega «eautón ekénōsen» (ἑαυτὸν ἐκένωσεν): se vació. La mala inteligencia de estos conceptos, que expresan realidades trascendentes, produce relecturas falsas[4].

Sobre esta verdad del anonadamiento del Verbo en la encarnación hay una interpretación falsa de la Reforma luterana, que influyó sobre Hegel en su dialéctica que descansa sobre el llamado «segundo momento», o «antítesis», o «negación», o «contradicción», o, sobre todo, «alienación».

El anonadamiento del Verbo, no es ontológico, como si dejara de ser Dios y se hiciera otra cosa. Que el Verbo se anonade se nos muestra como ejemplo de humildad, al esconder la gloria y el poder de la divinidad.

El luteranismo al perder la visión sapiencial de los misterios cristianos, se queda sólo en cuanto interesan para nosotros, para la praxis. No le interesa el aspecto metafísico y contemplativo del Verbo encarnado, sino su aspecto dramático. Poco le importa que tenga dos naturalezas en unidad de Persona; sí que haya venido a tomar nuestros pecados y a darnos su justicia.

De ahí a confundir la comunicación de idiomas, o sea, la asociación y mutuo cambio de propiedades, atributos y operaciones divinas y humanas referidas a un único sujeto concreto, Jesucristo, no hay más que un paso. Así decimos, y es verdad, «Dios nació en Belén», «Dios murió en la cruz», lo cual no significa que nació o murió en su divinidad, sino que nació y murió según su humanidad y como esta humanidad ha sido asumida por la Persona divina del Verbo, es verdad decir que Dios nació y que murió, en cuanto hombre.

Lutero en cambio interpretó la «kénosis» de Dios, el anonadamiento, como si Dios al encarnarse se despojara de los atributos de su naturaleza divina, de su inmutabilidad, de su infinito poder y adquiriese condiciones creaturales. Siglos después los teólogos luteranos interpretarán la Encarnación como si el Verbo no tuviera ser fuera de la humanidad, ni la humanidad tuviera ser fuera del Verbo. Debajo de este grueso desatino está el error del nominalismo, que predica el ser unívocamente, no análogamente. Para ellos no hay dos modos de poseer el ser: Uno, Dios es el ser por esencia; dos, la creatura es ser por participación; sino que sostienen que hay una única manera de poseer el ser, de donde se sigue el absurdo que lo que tiene Dios no lo tiene la creatura y lo que tiene la creatura no lo tiene Dios.

Pues bien, tanto el sistema hegeliano como el marxista se basan en la alienación. Hegel la llama Entäusserung, que es la forma sustantivada de la palabra hat sich selbs geeussert con que Lutero traduce de la Vulgata aquel «se anonadó». Por eso en Hegel el «Verbo» se vacía hasta realizarse en el Espíritu Absoluto que comprende la identidad de la identidad y de la no identidad. Rechaza al Dios trascendente en la célebre figura del amo y del esclavo; el amo es Dios trascendente y el esclavo la conciencia, pero esta llegará a ser amo de su amo cuando logre reabsorber la divinidad en la inmanencia de la conciencia. De modo que a la kénosis sigue la exaltación en la fe de la Iglesia; a la negación de la divinidad como trascendencia, sigue su conservación en la conciencia.

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De modo tal, que «el maestro de todos, incluso católicos» progresistas, de la Trinidad toma la idea de proceso o procesión; de la Encarnación toma la idea de automovimiento o alienación; y de la teología traslada esto al concepto.

Lo más peligroso de todo es que la dialéctica se constituye por la oposición, por la contradicción y negatividad, o sea no es movida por el ser sino por la nada. De la nada que es intrínseca a estos sistemas les viene su gran poder destructivo.

Del libre examen protestante nació el capitalismo liberal salvaje. También de la mala lectura que del himno de la kénosis hizo el protestantismo nació la dialéctica hegeliana, cuya derecha produjo el totalitarismo nazista y cuya izquierda produjo el totalitarismo marxista, que esclavizó por el terror a pueblos enteros, incluso durante 70 años. De tal modo que ¡de tales polvos, tales lodos! La falsa interpretación de la kénosis, también, como en negativo fotográfico, nos habla de la perenne actualidad de la Encarnación del Verbo.

No caigamos en las falsas y nefastas dialécticas que hoy día nos propone este mundo globalizado obligándonos a tomar partido por una posición necesariamente contra otra. Recordemos que cuando niños sabíamos romper las falsas dialécticas de dos cosas buenas. Cuando nos preguntaban: «A quién querés más a tu papá o a tu mamá?» Respondíamos: «¡A los dos!» Y si las cosas que nos quieren obligar a elegir son las dos malas, sin ambigüedades debemos decir que no queremos ninguna.

Tertuliano comparará el escándalo de la encarnación con el de la cruz: sólo porque tuvo lugar la pri­mera puede haber existido la segunda. Dice: «¿Qué cosa hay más indigna de Dios o de qué cosa se debe avergonzar más?, ¿de nacer o de morir?, ¿de llevar la carne o de llevar la cruz?, ¿de ser circuncidado o de ser crucificado?, ¿de ser depositado en una cuna o de ser puesto en un sepulcro? (…) No quitéis la única esperanza del mundo entero. ¿Por qué eliminar la necesaria vergüen­za de la fe? Lo que es indigno de Dios, a mí me conviene: Soy salvo si no seré confundido a causa de mi Señor (…). Fue crucificado el Hijo de Dios: no me avergüenzo porque hay que avergonzarse. Murió el Hijo de Dios: es creíble, porque es increíble (…). Pero cómo serán verdaderas esas cosas en Cristo, si Cristo mismo no fue verdadero, si no tuvo verdaderamente en sí mismo lo que podía ser colgado de la cruz, muer­to, sepultado y resucitado (…). Así la realidad de su doble sustancia nos lo mostró hombre y Dios, nacido y no na­cido, carnal y espiritual, débil y fortísi­mo, moribundo y viviente (…). ¿Por qué cortas por la mitad a Cristo con la men­tira? Todo entero fue verdad».

Seamos fieles a la verdadera doctrina sobre la Encarnación del Verbo, enseñada infaliblemente durante 2.000 años por la Iglesia Católica. Y sepamos llenarnos de santo estupor por la actualidad del Acontecimiento que divide la historia del mundo en un antes y un después.

¡Y cómo, aún los más grandes pensadores anticatólicos no pueden pensar sino en dependencia de los grandes misterios de la fe católica aunque busquen deformarlos!

¡Que la Virgen María que fue 9 meses copón, 33 años custodia y desde hace más 2000 años es ostensorio del Verbo de Dios encarnado, nos haga conocerlo, amarlo y servirlo más y mejor!


[1] Dz. 85.

[2] L’eta dello Spirito in Hegel. Dal Vangelo «storico» al Vangelo «eterno», Studium, Roma, 1995.

[3] Revista 30 Días, Año III, n. 1 (1996), p. 36-39.

[4] En esto y en lo que sigue ver: Julio Meinvielle, El poder destructivo de la dialéctica comunista, Buenos Aires 1973, 40 y ss.

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