Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

La doctrina Tomista de los sentidos bíblicos (I), P. Lic. Martín Villagrán IVE

La doctrina Tomista de los sentidos bíblicos a la luz de Lc 24 y aplicada al Salmo 22 (21)

St. Thomas-Domenico Maggiore (2)

Presentación

I. Lucas 24 como ámbito interpretativo de la sagrada Biblia

  1. Los hechos del Domingo de Lc 24
  1. Observaciones a partir del texto bíblico
  1. Algunas adquisiciones

Presentación

Luego del concepto fundamental de la ciencia exegética (el concepto de inspiración bíblica), quizás uno de los más importantes sea el de sentido bíblico.

Una rica tradición, precisada cada vez más y más con el paso de los tiempos, fue asumida por la santa Iglesia en cuyo seno se custodian y se explican las Escrituras. Son muchas las fuentes de este punto basilar de la doctrina exegética católica, pero una recta comprensión de la misma está fuertemente ligada a la obra y pensamiento de santo Tomás de Aquino a quien el Magisterio hace constante referencia al tratar este punto[1].

Es por eso que en el presente trabajo intentaremos presentar ordenadamente la conocida doctrina de los sentidos bíblicos según la propone santo Tomás de Aquino tanto en sus principios como en la praxis.

Esto será el corazón de la exposición, aunque creemos que un breve paso por Lc 24, al inicio del trabajo, nos proveerá de un trasfondo adecuado para juzgar una doctrina y una praxis que pretenden declarar el sentido de las santas Escrituras. Siendo este un elemento ilustrativo, deberemos limitarnos a un somero análisis que nos permita proponer cuál podría ser un ámbito propicio para interpretar legítimamente las santas Escrituras, es decir declarar sus diversos sentidos.

En el punto central, el dedicado al Aquinate, procederemos del siguiente modo:

Para la parte teorética presentaremos los textos clásicos[2] en los cuales el Angélico doctor desarrolla de modo más o menos sistemático esta doctrina, evidenciando a su vez los elementos que ayudarán a una visión panorámica de los mismos, sin sacar aún conclusiones o dar definiciones más allá de las estrictamente necesarias. Cuando así conviniera, en cambio, explicaremos, en nota o en texto, algunos términos o conceptos más relevantes.

Al final de la presentación de cada texto enumeraremos los diversos elementos encontrados al interno del mismo, evidenciando también aquellos que pudieran tener alguna relación con el resto de los textos en cuestión.

Una vez realizada esta operación en cada uno de ellos, trataremos de recoger armónicamente los diversos puntos señalados, proponiendo para esto una serie de definiciones y principios, todos inspirados en los textos analizados, que puedan ser útiles para dar una visión comprensiva y sintética de este tema.

Para analizar la praxis, es decir, la aplicación concreta que el Aquinate hace de esta doctrina en sus obras, nos concentraremos en su comentario al Salterio, presentando primero el importante proemio para adentrarnos luego en el comentario del Salmo 21(22). Consideramos oportuno este paso ya sea por lo tardío de esta obra (tratándose, pues, de un texto maduro de Santo Tomás) como por la riqueza y lógica complejidad que manifiesta esta doctrina de los sentidos bíblicos al ser aplicada por santo Doctor al libro de los Salmos.

Para terminar esta breve introducción y antes de pasar al cuerpo de la tesina, colocamos una breve nota metodológica sobre la forma expositiva escogida. Para facilitar una lectura más fluida, el texto principal será siempre en español, traduciendo los textos citados en otros idiomas y colocando en nota el texto en el idioma original, especialmente cuando citemos al Aquinate. Alguna vez, sin embargo, haremos excepción de esto incluyendo en el texto principal palabras o expresiones breves (latinas principalmente) que sean inmediatamente ilustrativas.


  1. Lucas 24 como ámbito interpretativo de la sagrada Biblia

Como dijimos en la introducción, este punto será principalmente ilustrativo. No se intenta acá dar la base bíblica de la doctrina de los sentidos bíblicos. Otros lugares son los que los diversos expositores, y por ende santo Tomás, tienen en mente al exponer estas teorías[3].

Lc 24 nos interesa a nosotros a causa de diversos elementos que allí encontramos y que pueden resultar luminosos para encarar una doctrina que intenta establecer los criterios para interpretar de modo auténtico las sagradas Escrituras.

En efecto, allí encontramos una declaración de sentidos hecha por la máxima autoridad interpretativa, Cristo (Dios-hombre); hallamos a su vez una comprensión “humana” de estos sentidos que es alcanzada por medio de una gracia divina, una ilustración; además se establece un fuerte nexo entre Antiguo Testamento y Cristo y, a través de Éste, con el Nuevo Testamento y la vida de la Iglesia; se señala a los que serán testigos de este nexo; etc.

Un especialista[4] en nuestro tema da, siguiendo a De Lubac, una serie de notas que van a favor de nuestra propuesta de pasar por Lucas 24: “Esta manera (cristiana) de comprender e interpretar la Escritura […] se resume y sintetiza en cuanto es posible en la doctrina de los Sentidos de la Escritura, en un ‘acto completo’ que hemos de comprender en su totalidad. Posee una riqueza inmensa, una complejidad magnífica, unos fundamentos profundísimos, una estructura original[5]. ‘Pone en obra una dialéctica, a veces sutil, del antes y del después; define las relaciones de la realidad histórica y de la espiritual, de la sociedad y del individuo, del tiempo y de la eternidad, contiene, como se diría hoy, toda una teología de la historia, en conexión con una teología de la Escritura. Organiza toda la revelación alrededor de un centro concreto, marcado en el espacio y en el tiempo por la Cruz de Jesucristo”[6].

La centralidad, en la revelación bíblica, de Cristo y de sus misterios, es sin duda característica también del texto bíblico escogido. Es por eso que podemos proceder analizándolo de modo tal que se evidencian los elementos que sean propicios para alcanzar nuestro intento ilustrativo e introductorio.

 

  1. Los hechos del Domingo de Lc 24

Empecemos con una rápida colecta de los eventos que se relatan en el último capítulo del tercer Evangelio, para tener una primer visión contextual de los versículos que citaremos.

Es el día de la Resurrección del Señor. Dos ángeles recuerdan a las mujeres las predicciones de Jesús sobre su suerte final y estas refieren lo sucedido a los Apóstoles que permanecen incrédulos (vv. 1-11). Pedro, por su parte, corre al sepulcro y viendo solo las sábanas, se llena de admiración (v. 11)[7].

Se introduce luego el episodio de Emaús, sucedido el mismo día, donde aparece Cristo mismo interpretando las Escrituras en relación a Su propia persona (v. 13-32)[8].

También el mismo día, los discípulos de Emaús van a dar su testimonio a los Once (vv. 33-35[9]) y, mientras lo hacen, Cristo se aparece y Él mismo, no ya ángeles, les recuerda lo que les había dicho antes, indicando, explícitamente esta vez, la necesidad escriturística de lo sucedido (vv. 44.46-47), abriéndoles la mente (v. 45) y prometiéndoles un Enviado que les ayudará para que den testimonio de todo esto (vv. 48-49)[10]. Lucas salta abruptamente al día de la Ascensión del Señor con la cual termina este capítulo y el libro.

Es preciso señalar que se presentan variadas e interesantes problemáticas en torno a nuestro texto como son las diferencias que existen entre los relatos paralelos de estos episodios, la localización geográfica de la Emaús verdadera, la identificación del segundo discípulo, etc. Sin embargo, estos son problemas que no influyen de modo determinante en lo que buscamos recoger y que, por esto, podemos obviarlos.

            Nuestro interés se concentra en extraer y denotar lo que queremos agrupando algunos versículos en los que se dan elementos comunes para poder razonar sobre lo que nos propusimos.

 

  1. Observaciones a partir del texto bíblico

Como hemos apenas mencionado procedamos a realizar algunas someras consideraciones tomadas del texto bíblico en cuestión.

Este capítulo de Lucas ha sido muy estudiado y comentado a lo largo de la historia de la Iglesia; esto se debe a la riqueza que posse en sí mismo ya sea por la viveza del relato, ya sea por su profundidad teológica.

Nuestra aproximación será, sin embargo, enderezada a destacar de modo sencillo algunos elementos o puntos que nos interesan: el primero es sobre qué es lo que hace Cristo, es decir, cual es la acción precisa del Señor que el evangelista quiere relatarnos (podemos decir que, substancialmente, la acción es “explicar”); el segundo punto que queremos evidenciar es el objeto de la acción de Cristo, es decir, qué es lo que Cristo explica; intentaremos luego señalar dónde está esta explicación para lo cual destacaremos algunos versículos en los que parece insinuarse en dónde y por medio de quiénes se han conservado estas explicaciones, cuyo contenido esencial encontraremos también señalado en el texto.

Iniciamos, entonces, por observar la persona de Jesucristo, preguntándonos por lo que Él mismo realiza según el relato lucano. Para esto podemos señalar tres versículos (27, 32 y 45) en los que el griego neotestamentario nos permitirá buscar alguna respuesta.

En el v. 27 se dice que Cristo “[…] comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les interpretaba lo que todas las Escrituras de él decían”. El verbo διερμηνεύω puede significar traducir, explicar o interpretar. El nuevo Testamento lo usa en estos varios sentidos: traducir (He 9,36), o explicar, interpretar (Lc 24,27; He 18,6; 1 Cor 12,30; 14,5.13.27)[11].

Los otros dos versículos mencionados dirán lo siguiente: “por el camino… nos explicaba las Escrituras” (v. 32); y: “Entonces les abrió la mente para que entendieran las Escrituras” (v. 45). Acá encontramos que ambos versículos usan un mismo verbo, διανοίγω, que se puede usar como abrir o explicar, interpretar.

También este verbo es usado por Lucas en ambos sentidos pero con diversos objetos directos: abrir… el vientre (Lc 2,23), los ojos (Lc 24,31), la mente (Lc 24,45), los cielos (He 7,56), el corazón (He 16,14); o explicar, interpretar… las Escrituras (Lc 24,32), lo que era necesario (He 17,3)[12].

Podemos observar que en este último lugar (He 17,3), tenemos nuestro verbo actuado por san Pablo que “explica y demuestra que era necesario que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos”, aunque sin referencia explícita a las Escrituras; notemos también que en Lc 24,45 es “la mente” de los Apóstoles, y no las Escrituras, que se abre, pero es abierta “para que entiendan las Escrituras”[13].

En conclusión, por una parte, Cristo mismo interpreta las Escrituras y, por otra, es Él quien obra sobre los receptores de la explicación, la cual ya habían oído (cfr: Lc 24, 6.44) y que recién entenderán cabalmente cuando Cristo actúe sobre ellos.

Lo segundo que podemos intentar determinar es cuál era el objeto explicado por Cristo, el cual viene referido cuatro veces y las cuatro veces en modos distintos.

En el v. 25 se dice: “[…] creer todo lo que anunciaron los profetas”; en el v. 27: “Y comenzando por Moisés, y continuando por todos los profetas, les fue interpretando todos los pasajes de la Escritura que se referían a él”; en el v. 32 se dice: “las Escrituras”; y, finalmente, en el v. 44: “en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”.

El texto griego no dice que todas las Escrituras en todas sus partes fueron auto referidas por Cristo, sino que Cristo explicó lo que a Él se refería en todas las Escrituras[14]. Sin embargo, al leer en Lucas “Moisés y todos los profetas”, “las Escrituras”  y  “[…] en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”, pareciera querer indicarse en cierto modo la totalidad de las Escrituras. En este sentido podríamos decir que ellas, en su conjunto, se refieren a Cristo, al menos en cuanto contenedoras de cosas referidas a Cristo. Sea como sea, no hay lugar a duda que, según Lc 24, el Antiguo Testamento se refirió a Cristo.

En tercer lugar podemos ver si es que existen indicios que nos ayuden a responder a un interrogatorio que puede surgir al leer el capítulo en cuestión. En efecto, este importante pasaje bíblico nos hace preguntarnos dónde es que está esta explicación tan valiosa y tan cualificada.

El primer deseo que puede surgir al lector de este capítulo, es el de tener en manos el texto de esta exégesis así como se han conservado otros tantos discursos del Señor. Lamentablemente no lo tenemos, pero podemos buescar respuestas en otros lugares gracias a los indicios que encontramos en algunos de nuestros versículos.

En los vv. 6-8 dicen los ángeles a los apóstoles: “Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: ‘Es necesario […]’”[15]; en el v. 44 Cristo, por su parte, dice: “Éstas son las palabras que yo os dije cuando todavía estaba con vosotros[16]; finalmente, el v. 48 dice de los apóstoles: “Vosotros sois testigos de estas cosas”[17].

De todo esto podemos colegir que no habría sido esta la primera y única vez que Cristo explicaba lo que el Antiguo Testamento decía de Él. Pareciera que, durante los años de su vida pública, el Señor se hubiera esmerado personalmente para que sus discípulos sintieran y recordaran estas explicaciones para ser, en un futuro, testigos privilegiados de lo que habría de suceder, ayudados a su vez por el Espíritu Santo que les sería enviado.

Este testimonio -que los apóstoles de hecho han dado- nos ha sido transmitido por medio de los escritos neotestamentarios como también a través de la sagrada Tradición. Por esto la “búsqueda” de estas explicaciones dadas por Cristo puede enderezarse en estas direcciones. Son los Evangelios y los escritos apostólicos los que han transmitido fielmente la predicación del Señor y no hay por qué negar que también de estas “exégesis” nos hayan legado muchos elementos.

No obstante este basto campo de “extracción”, nuestro interés se frena al punto ya determinado, a saber: evidenciar el rol de intérpretes de la Biblia que cumplen los apóstoles, los discípulos y en definitiva la Iglesia, sea como receptores de un sentido bíblico revelado, sea como transmisores de esta revelación realizada por Dios en ellos.

Finalmente, en cuanto al contenido esencial de estas exégesis, baste con mencionar que el mismo ronda en torno a la pasión, muerte, resurrección de Cristo y la predicación universal que los apóstoles habrían de llevar a cabo. Esto es claro si consideramos los versículos 7, 26 y 46-47. En el primero de ellos, los ángeles les recuerdan a las mujeres que visitaban el sepulcro vacío lo que Cristo había dicho en Galilea: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día”[18]; el reproche de Cristo por la falta de fe sobre “todo lo que anunciaron los profetas” termina con esta pregunta: “¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?”[19]; a los Once y a los que estaban con ellos en Jerusalén es Cristo quien les dice: “Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados”[20].

 

  1. Algunas adquisiciones

De esta somera consideración de Lc 24 emergen algunas conclusiones relacionadas a la legítima interpretación bíblica y que darán también cierto soporte a lo que trataremos en el resto de nuestro trabajo.

a. El Espíritu Santo, principal intérprete de sus Escrituras

Ya sea Cristo en persona, ya sea Cristo abriendo la mente a otros, ya sea el Prometido del Padre asistiendo a los testigos, siempre es Dios quien da el sentido auténtico y último de las Escrituras.

Ya en un texto humano es determinante la intención del autor al punto que el sentido auténtico de las palabras expresadas puede tener diversos grados de evidencia. El ejemplo banal de un enigma o una adivinanza -en el que un mínimum de “soporte literal” deja tanta oscuridad sobre la intención del autor- nos puede dar una idea de cuánto puede ser necesaria la declaración positiva del sentido de las palabras bíblicas.

La desproporción entre lo revelado y el vehículo de revelación, la distancia entre la verdad sobrenatural y la inteligencia creada, la religiosa obscuridad con que Dios se reveló -por nuestra utilidad[21]-, nos obligan a tener una aproximación cautelosa respecto de la interpretación del texto bíblico, siempre sumisa a la autoridad de su autor.

Es muy cierto que no debe en absoluto descuidarse la atención a la intención del autor instrumental, el cual ha sido elegido por Dios para transmitirnos su Palabra no de modo mecánico sino involucrando toda su libertad e idiosincrasia propias; sin embargo, es más cierto que es el Autor principal es el que con mayor verdad puede declarar el sentido más exacto y profundo del texto.

Considerando, pues, la naturaleza teándrica de la Biblia, debemos evitar toda infructuosa dialéctica que separe erradamente ambos autores y toda falsa unificación que no los considere armónica y jerárquicamente.

 b. Cristo, centro y cumplimiento de las Escrituras

Si bien las sagradas Escrituras poseen una riqueza infinita, incluso si se consideran tan sólo en parte (atendiendo, por ejemplo, únicamente al Antiguo Testamento, o deteniéndose en un libro o grupo de libros en particular, o una doctrina o sentencia aislada), permanece fundamental la verdad de la centralidad de Jesucristo en la obra de la revelzación divina y, por ende, en la santa Biblia.

Esta verdad, que salta a la vista al considerar Lc 24, es una enseñanza constante de la Iglesia y debe funcionar como clave de bóveda de la labor exegética. Se está faltando a la verdad (mutilándoloa o contrariándola) si no se ilumina el estudio de la Biblia, en cualquiera de sus partes, a la luz del misterio de Jesucristo.

El amor a la verdad en general y el amor a la ciencia bíblica en particular, deben manifestarse, por tanto, en la búsqueda de lo que Dios -a través del hagiógrafo- y el hagiógrafo -bajo inspiración de Dios- han querido manifestarnos en las sagradas Escrituras. En esta búsquda, no debe minusvalorarse ni omitirse la consideración de la centralidad cristológica ya que es en Cristo que hallan cumplimiento las figuras y profecías del Antiguo Testamento, y es Su misterio el que narra y en el cual se inspira todo el Nuevo Testamento.

c. Los apóstoles y la Iglesia como intérpretes “autorizados”

La última conclusión, que en parte hemos adelantado ya, está relacionada al ámbito eclesiástico en el cual nace y en el cual es custodiada la recta inteligencia de las Escrituras.

Es a la Iglesia que ha sido entregado y encomendado el depósito de la fe, y es en referencia a su fe que se miden y sopesan las diversas interpretaciones que puedan tomarse del texto sacro. Fue voluntad de Cristo que su predicación y la inteligencia de la misma sea trasmitida a los hombres por medio de hombres, bajo la custodia de los Apóstoles y sus sucesores.

Las nuevas preocupaciones y los nuevos interrogantes que presentan nuestros tiempos, ya sea por el progreso de las ciencias, ya sea por los nuevos ataques que han surgido contra la Fe, deben ser acogidos bajo la custodia de esta importante verdad. En efecto, el progreso que plausiblemente debe darse en la Teología católica consiste en renovar la Tradición recibida, precisando más los conceptos, distinguiendo lo que fuera necesario, explicitando lo que aún permanece en gérmen, etc. Pero nunca puede considerarse progreso auténtico la actitud porfiadora que quiere poner dialéctica entre lo antiguo y lo nuevo, entre la Tradición y los científicos modernos, entre la fe y la razón.

Bajo este punto de vista, entonces, es urgente anclarse firmemente en aquello que hemos recibido de Dios, en aquel depositum fidei que ha sido conservado, interpretado y transmitido fielmente por la santa Iglesia Católica bajo la asistencia del Espíritu Santo.

Basten estas breves líneas para hacer de antesala al cuerpo de esta tesina que estará centrado en la doctrina y obra de santo Tomás de Aquino, gran Doctor de la Iglesia, cuya mayor actividad consistió en interpretar las Escrituras.

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[1] Cfr. León XIII, Providentissimus Deus 16 (Enquiridion bíblico, Documentos de la Iglesia sobre las Sagradas Escrituras, C. Granados – L. Sánchez Navarro [ed.], BAC, Madrid 2010, § 96); Benedicto XV, Spiritus Paraclitus (Enquiridion bíblico, op. cit., § 455); Pontificia Comisión Bíblica -en adelante PCB- (año 1941), Carta a los obispos de Italia ((Enquiridion bíblico, op. cit., § 525); Pío XII, Divino Afflante Spiritu 21 (Enquiridion bíblico, op. cit., § 556); Concilio Vaticano II, Optatam Totius 16; PCB, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Enquiridion bíblico, op. cit., § 1405); PCB, El Pueblo Judío y sus sagradas Escrituras (Enquiridion bíblico, op. cit., § 1720); Catecismo de la Iglesia Católica -en adelante CIC-, 112-116; Verbum Domini, 37.

[2] Cfr. M. Arias Reyero, Thomas von Aquin als Exeget, Emsieàeln 1971; «Historia y teología. La interpretación de la Escritura en Santo Tomás», Salmanticensis 22 (1975), 499-526; M.-D. Chenu, Introduction à l’étude de saint Thomas d’Aquin, Vrin, París 1993; M. De Tuya, «El sentído típico del Antiguo Testamento es “verdadera y estrictamente” sentido de la Biblia», Ciencia Tomista 80 (1953), 626-661; A. Fernández, «Sentido plenior, literal, típico, espiritual», Biblica 34 (1953), 299-326; M.-D. Mailhiot, «La pensée de saint Thomas sur le sens spirituel», Revue Thomiste 59 (1959), 613-663; J. Á. Oñate, «El llamado sentido típico ¿es estrictamente sentido bíblico viejo-testamentario?», Estudios Bíblicos 13 (1954), 185-197; J. M. Revuelta, «Los comentarios bíblicos de santo Tomás», Scripta Theologica 3 (1971), 539-579; M. M. Rossi, Teoria e metodo esegetici in S. Tommaso D’Aquino, Pontificia Università San Tommaso D’Aquino, Roma 1992; A. Ruiz Freites, «Il “Commento ai Salmi penitenziali” di Innocenzo III e l’interpretazione biblica alla luce di san Tommaso», Sacra Doctrina 53 (2008), 54-114; M. Sales, «Principia tradita a divo Thomas por SS. Scripturarum interpretatione», Xenia Thomisitca, Roma 1925; C. Spicq, «Saint Thomas exégète», in Dictionnaire theologie catholique, 694-738; P. Synave, «Les commentaires Scriptuaires de saint Thomas d’Aquin», Vie Spirituelle 8 (1923), 455-469; «La doctrine de Saint Thomas d’Aquin sur le sens littéral des écritures», Revue Biblique 35 (1926), 40-65; M. Á. Tábet, Una introducción a la Sagrada Escritura, RIALP, Madrid 1981; «La perspectiva sobrenatural de la hermenéutica bíblica de santo Tomás», Scripta Theologica 18 (1986), 175-196; «Il senso letterale e il senso spirituale della Sacra Scrittura: un tentativo di chiarimento terminologico e concettuale», Annales Theologici 9 (1995), 3-54; Introducción general a la Biblia, Palabra 2003; J.-P. Torrell, Amico della verità: vita e opere di Tommaso d’Aquino, Edizioni Studio Domenicano, Bologna 2006; Tommaso d’Aquino: l’uomo e il teologo, Piemme 1994; T. Weinandy – D. A. Keating – J. P. Yocum, Aquinas on Scripture: An Introduction to His Biblical Commentaries, Continuum 2005; J. A. Weisheipl, Friar Thomas D’Aquino: His Life, Thought, and Work, Doubleday 1974.

[3] Como referencia sirvan los siguientes citas –condensadas algunas-:  Mt 12,39-42: “Así como Jonás […], aquí hay algo más que Jonás”; Jn 3,14: “Del mismo modo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”; Rom 5,14: “Adán, el cual es figura (τύπος) del que había de venir”; Rom 10,4: “Porque el fin de la ley es Cristo”; 1 Cor 10,1-13: “[…] nuestros padres […] bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo. […] Estas cosas sucedieron para ejemplo (τύποι) nuestro”; 2 Cor 3,13-16: “No como Moisés, que se ponía un velo sobre su rostro para impedir que los israelitas vieran el fin de lo que era pasajero […]. Pero se embotaron sus inteligencias. En efecto, hasta el día de hoy permanece ese mismo velo en la lectura del Antiguo Testamento, y no se levanta, pues sólo en Cristo desaparece”; 2 Cor 4,3-6: “Y si todavía nuestro Evangelio está velado, lo está para los que se pierden, para los incrédulos, cuyo entendimiento cegó el dios de este mundo para impedir que vean el resplandor del glorioso Evangelio de Cristo, que es imagen de Dios”; Gal 4,21-31: “Estas cosas son alegóricas (ἀλληγορούμενα). Estas mujeres son dos alianzas (24). Y vosotros sois, como Isaac, hijos de la promesa (28)”; Heb 7,3: “Melquisedec, rey de Salem, […] asemejado al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre”; Heb 9: “También la primera alianza tenía sus ritos litúrgicos y su santuario terreno (1) […] De esa manera daba a entender el Espíritu Santo que aún no estaba abierto el camino del santuario mientras subsistiera la primera Tienda (8). […] En cambio presentose Cristo como sumo sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre” (11-12); Heb 10,1: “La Ley, teniendo una sombra de los bienes futuros, y no la imagen misma de las cosas, […] nunca puede perfeccionar a los que se acercan a ella”; St 5,10-11: “Tomen como ejemplo de fortaleza y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor […]. Ustedes oyeron hablar de la paciencia de Job […]”; St 5,17: “Elías era un hombre como nosotros, y sin embargo, cuando oró con insistencia […]”; 1 Pe 1,10-12: “Sobre esta salvación investigaron e indagaron los profetas, que profetizaron sobre la gracia destinada a vosotros, procurando descubrir a qué tiempo y a qué circunstancias se refería el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, cuando les predecía los sufrimientos destinados a Cristo y las glorias que les seguirían”; 1 Pe 3,21: “En los días de Noé se preparaba el arca, en la que pocos… se salvaron por en medio del agua. Cuyo antitipo es el Bautismo, que ahora nos salva […]”.; 2 Pe 2,6: “La ciudades de Sodoma y Gomorra […] puestas como ejemplo (ὑπόδειγμα) de los impíos venideros” (cfr. Mt 11,22-24: “Tiro y Sidón”); 1 Jn 3,12: “No hagamos como Caín, que era del Maligno y mató a su hermano”; Judas 7: “También Sodoma y Gomorra, y las ciudades vecinas, que se prostituyeron de un modo semejante a ellos, […] han quedado como ejemplo (πρόκεινται δεῖγμα), sometidas a la pena de un fuego eterno”; Judas 11: “¡Ay de ellos! Porque siguieron el camino de Caín; por amor al dinero cayeron en el extravío de Balaam y perecieron en la rebelión de Coré”; Ap 11,8: “La gran Ciudad, llamada espiritualmente (πνευματικῶς) Sodoma y también Egipto […]”.

[4] M. Arias Reyero, «Historia y teología. La interpretación de la Escritura en Santo Tomás», op. cit., p. 513-514.

[5] Cfr. H. de Lubac, Exégèse Médiéval; Les quatre sens de l’écriture (Theologie 41, 42, 59) (París 1959-1964) I/I, p. 11 ss.

[6] Ibidem, p. 17.

[7] “El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro. Entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían qué pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Asustadas, inclinaron el rostro a tierra, pero les dijeron: ‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, pero al tercer día resucitará’. Y ellas recordaron sus palabras. Regresaron, pues, del sepulcro y anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Las que referían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas. Pero a ellos todas aquellas palabras les parecían desatinos y no les creían. Con todo, Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se inclinó, pero sólo vio los lienzos y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido”. (Lc 24,1-12).

[8] “Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que dista sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle. Él les dijo: ‘¿De qué discutís por el camino?’ Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: ‘¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí éstos días?’. Él les dijo: ‘¿Qué cosas?’. Ellos le dijeron: ‘Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron’. Él les dijo: ‘¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?’. Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron insistentemente: ‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado’. Entró, pues, y se quedó con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno a otro: ‘¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’”. (Lc 24,13-32).

[9] “Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: ‘¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!’ Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido al partir el pan”. (Lc 24,33-35).

[10] “Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros’. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: ‘¿Por qué os turbáis? ¿Por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo’. Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como no acababan de creérselo a causa de la alegría y estaban asombrados, les dijo: ‘¿Tenéis aquí algo de comer?’. Ellos le ofrecieron un trozo de pescado. Lo tomó y comió delante de ellos. Después les dijo: ‘Éstas son aquellas palabras mías que os dije cuando todavía estaba con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras y les dijo: ‘Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. ‘Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto’”. (Lc 24,36-49).

[11] Cfr. W. Bauer – F. W. Danker – W.F. Arndt – F. W. Gingrich, A Greek English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, Chicago-London 20003.

[12] Ibidem.

[13] “[] τοῦ συνιέναι τὰς γραφάς”. (Lc 24,45).

[14] “[] ἐν πάσαις ταῖς γραφαῖς τὰ περὶ ἑαυτοῦ”. (Lc 24,27).

[15] “[] μνήσθητε ὡς ἐλάλησεν ὑμῖν ἔτι ὢν ἐν τῇ Γαλιλαίᾳ λέγων τὸν υἱὸν τοῦ ἀνθρώπου ὅτι δεῖ []”. (Lc 24,6-7).

[16] “[…] οὗτοι οἱ λόγοι μου οὓς ἐλάλησα πρὸς ὑμᾶς ἔτι ὢν σὺν ὑμῖν […]. (Lc 24,44).

[17] “ὑμεῖς μάρτυρες τούτων”. (Lc 24,48).

[18] “[…] δεῖ παραδοθῆναι εἰς χεῖρας ἀνθρώπων ἁμαρτωλῶν καὶ σταυρωθῆναι καὶ τῇ τρίτῃ ἡμέρᾳ ἀναστῆναι”. (Lc 24,7).

[19] “[…] οὐχὶ ταῦτα ἔδει παθεῖν τὸν χριστὸν καὶ εἰσελθεῖν εἰς τὴν δόξαν αὐτοῦ;”. (Lc 24,26).

[20] “[…] οὕτως γέγραπται παθεῖν τὸν χριστὸν καὶ ἀναστῆναι ἐκ νεκρῶν τῇ τρίτῃ ἡμέρᾳ, καὶ κηρυχθῆναι ἐπὶ τῷ ὀνόματι αὐτοῦ μετάνοιαν εἰς ἄφεσιν ἁμαρτιῶν εἰς πάντα τὰ ἔθνη”. (Lc 24,46-47).

[21] Cfr. León XIII, Providentissimus Deus 29 (Enquiridion bíblico, op. cit., § 108).

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