Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

La época actual, P. Carlos Miguel Buela I.V.E.

La época actual

  1. El drama más grave

Pide el Concilio Vaticano II que los semina­ristas tengan un «recto co­noci­miento de la mentalidad de la época actual» a fin de estar «prepara­dos a tiempo para dialogar con los hombres de su época».[1]

Sin duda que el fenómeno cultural más impresionan­te de esta época es el ateísmo en todas sus variantes. De hecho, jamás en toda la historia de la humanidad, se dio un ateísmo militante como en esta época. No sólo dominó la mente de muchos filósofos modernos, sino que, además, se hizo ideología y alcanzó el poder en muchas naciones de la tierra. Cosa que nunca antes había pasa­do con esas dimensiones planetarias.

Según recientes encuestas el ateísmo teórico está disminuyendo en el mundo, pero no así el ateísmo prác­tico que está creciendo. Ese ateísmo práctico es el de aquellos que «viven como si Dios no existiese». Se puede percibir en la habitual no referencia a Dios en los medios de comunicación social, en todos los niveles de la educación, en los parlamentos, en los medios empresariales y laborales, en los niveles donde se decide la paz o la guerra, en los generadores de opi­nión…

Estimamos que los mejores trabajos, de nivel cien­tífico sobre el ateísmo, fueron publicados por los Padres Cornelio Fabro,[2] Victorino Rodríguez, OP[3] y Mons. José Guerra Campos.[4] El estudio de los mismos es imperioso para conocer en profundidad el fenóme­no del ateísmo, sus raíces, sus adalides, sus ramificaciones. En especial, la gravedad del principio de inmanencia que, al quedarse en el ser mental, no llega al ser extra mental, y no puede, por tanto, remontarse válidamente al Principio de todos los seres, al Sumo Ser.

Consideramos que, incluso en amplios sectores de la Iglesia, en especial del progresismo de cepa liberal y de cepa marxista, el ateísmo sigue impactando culturalmente sin que todavía se implementen soluciones de fondo eficaces. Al no tener una formación sólida y al no conocer en profundidad la cultura moder­na, con todas sus implicancias, aun los de mejor doctrina, son incapaces de tomar una postura vigorosa y definida frente a la misma y, por tanto, la influencia cultural católica es casi nula.

El ateísmo con su negación de Dios, a Dios no le hace nada. Es como los que balearon imágenes de Jesucristo: a Él las balas no le hicieron nada. Todo el ateísmo actual, aun elevado a la enésima potencia, no le quita a Dios ni un gramo de su Gloria intrínseca. Más aún, todo el ateísmo feroz y militante, lejos de destruir a Dios, trabaja –sin que ellos lo quieran– para manifestación de la grandeza de Dios, de su sabiduría, de su omnipotencia, y, sobre todo, de su bondad y misericordia. Ya decía el salmista: ¿Por qué trazan los pueblos planes vanos? …se confabulan los príncipes contra Dios y contra su Cristo El que mora en los cielos se ríe, el Señor se burla de ellos (Sl 2,1–4). San Pablo nos recuerda: No os engañéis; de Dios nadie se burla (Ga 6,7); y a los Corintios: Escrito está: Cazaré a los sabios en su astucia (Job 5,13),[5] a lo cual comenta Santo Tomás: «El Señor atrapó a los sabios en su astucia, en el sentido de que en el mismo hecho de pensar astutamente contra Dios, Dios impide el intento de los mismos, y realiza su propio propósito; del modo como por la malicia de los hermanos de José, que querían impedir el principado de este, se cumplió por divina ordenación, que José vendido fuese príncipe en Egipto. Es por eso que antes de las referidas palabras, Job dice: Disipa sus pensamientos, a saber, los de los malvados, para que no puedan llenar sus manos con sus cálculos (5,2); porque como se dice en Pr 21,30: No hay sabiduría, no hay ciencia, no hay consejo contra el Señor».[6]

El ateísmo a Dios no le hace nada; el ateísmo a quien destruye es al hombre. El ateísmo, de hecho, es un atentado contra el hombre creado a imagen de Dios (Gn 1,27). El ateísmo sabe que a Dios no puede afectarlo en su ser ni la blasfemia, ni el sacrilegio, ni el odio, ni la negación de su existir (que es sólo postulatoria,[7] es decir, fundamentada en un único «argumen­to»: el deseo de que Dios no exista), pero sí puede destruir la imagen de Dios en el hombre; ese es el gran y único logro del ateísmo: la destrucción del hombre. Ese es el drama del humanismo ateo:[8] en nombre de una supuesta exaltación del hombre, lo destruye. ¿Habrá que recordar, tal vez, que, en nombre del materialismo ateo, mataron 66.000.000 de seres humanos en el período stalinia­no?[9] Ese efecto, destructor del hombre, propio del ateísmo ya lo habían advertido los Santos Padres: Así, por ejemplo, San Ireneo de Lyon: «si Dios faltara completa­mente al hombre, el hombre dejaría de existir. La gloria de Dios es que el hombre viva, pero la verdad del hombre es ver a Dios».[10]

Por eso afirmaba Pablo VI que el ateísmo «es el fenómeno más grave de nuestro tiempo».[11] Esto viene corroborado por el Concilio Vaticano II cuando dice: «uno de los fenóme­nos mas graves de nuestro tiempo»;[12] al punto que, como afirma más adelante: «la criatura sin el Creador desaparece».[13]

No se piense que esto sólo afecta a otros continentes. Hoy por el contrario está afectando, y muy gravemente, a toda Latinoamérica. Es uno de los princi­pales problemas de nuestro continente, y como expresa el inteligente colom­bia­no Darío Castri­llón Hoyos: «el ateísmo cultural, dentro del cual tiene un espacio amplio el marxis­ta, es un problema de proporciones crecientes que inquieta seriamente al Episcopado latinoame­rica­no».[14]

El hombre que «hace» a Dios, en su cabeza, luego lo niega.

Ya en la antigüedad algunos escépticos habían afirmado:

– «Es el temor ante lo inexplicable (la caída del rayo, el río que arrasa la ciudad) lo que engendra la creencia en Dios» (Petronio).

– «Es conveniente la creencia en Dios; luego, hagamos que exista» (Ovidio).

Y en los siglos recientes:

– «Si Dios no existe, habría que inventarlo» (Voltaire).

– «Sin el mundo, Dios no es Dios» (Hegel).

– «Dios no es más que la humanidad» (Feuerbach).

– «Los hombres hacen a Dios a su semejanza» (A. Huxley).

– «Si tu comportamiento variase … necesitarías ese dios» (B.Brecht).

– «Dios es el Fondo de nuestro ser» (J.A.T.Robinson).

Traeremos distintos testimonios, aun del underground cultural, de la lumper­kul­tur:

– «Dios ha muerto» (Nietzsche).

– «¿Oyes la campanilla? ¡De rodillas! Están llevando los sacramen­tos a Dios que agoniza» (H.Heine).

– «Dios es la alienación, y la muerte de Dios es la liberación del hombre» (Feuerbach).

– «No tenemos Dios… Todos somos huérfanos. Ni vosotros ni yo tenemos padre» (J.P.Ricther).

– «No creas en la magia,

no creas en la Biblia,

no creas en Jesús,

no creas en Hitler,

no creas en Kennedy,

no creas en el yoga,

no creas en Elvis,

no creas en Zimmerman (Bob Dylan),

no creas en los Beatles,

cree en mí, cree en mí» (John Lennon).

– «Hemos paseado por el cielo y no hemos visto ni a Dios ni a los ángeles» (Gagarín).

– «Dios es una anécdota… la existencia ya no es teocéntrica, el hombre puede vivir y de hecho vive sin Dios» (Bergmann).

– «Lo absoluto (Dios) es indeterminable, impensable e inexorable. Es una quimera» (Ludwing von Mises).

– «Yo respeto la figura de Jesucristo, pero para mí no tiene valor trascendente. Es una pequeña anécdota sin ningún valor» (Jean Rostand).

– «Los caminos (para llegar a Dios) son infinitos, el único que no es válido es el de la religión católica» (Nina Hagen).

  1. Al negar a Dios, el hombre se destruye.

Y como quien siembra vientos, recoge tempestades (Os 8,7) y «de tales polvos, tales lodos», el ateísmo, teórico y práctico, conduce al estallido del hombre:

– «El hombre es una pasión inútil» (Sartre).

– «Es un ser para la muerte» (Heidegger).

– «Es un perverso polimorfo» (Freud).

– «Es lo que come» (Feuerbach).

– «Es un conjunto de fuerzas electromagnéticas» (B. Russell).

– «Es cosa entre cosas» (Levi–Strauss).

– «Es sólo una máquina compleja» (Lamettrie).

– «Es un animal en busca de un significado» (Leroi–Gourgham, etnólogo).

– «Es tierra en movimiento» (Calchaquí).

– «Es una máquina cibernética propensa a error» (Van Resselaer Potter).

De ahí, que con razón, pudiera afirmar Foucault: «Hoy no es tanto afirmar la muerte de Dios, cuanto la muerte del hombre… según Nietzsche es el último hombre el que anuncia que ha matado a Dios… (Nietzsche anuncia) el fin del asesino de Dios».

Esta es la gran tragedia de nuestro tiempo: los hombres y los pueblos están escupiendo para arriba; pero su misma saliva, al caer, ensucia sus rostros. Otro escritor decía con verdad: «cuando los dioses mueren, el hombre no encuentra más que una cosa: su cuerpo… La droga, el sexo y la violencia son los sustituti­vos naturales de la desaparición de Dios».

  1. El único remedio

Hay que comenzar por la cabeza de los que tienen como función ser cabezas, porque, como en los pescados, la pudrición del hombre comienza por la cabeza. Nos parece que lo más conducente, sin negar otras opciones, es comenzar por formar bien a los seminaristas.

Ninguna garantía de sólida formación doctrinal y por tanto de futura perse­verancia, da un joven incapaz de llegar a Dios con la sola luz de la razón. Si un candidato al sacerdocio no está convencido –con convicción personal, libre y racional– que desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras (Ro 1,20), es «inexcusa­ble»,[15] a nuestro modo de ver, carece de idoneidad intelectual, y si, luego de toda la ayuda necesa­ria, por su configuración mental es incompetente para llegar a Dios con la sola luz de la razón natural,[16] hay que decirle con caridad y claridad que no se lo ve apto para el sacerdocio. Porque si un joven es incapaz de alcanzar una verdad tan elemental y fundamental, ¿cómo podrá después llegar a los grandes misterios de la Santísima Trinidad, del Verbo Encarnado, de la Iglesia, de la Eucaristía…?, cuando lleguen las pruebas en la fe, las noches oscuras, ¿cómo resistirá? La perversión objetiva que significa no conocer a Dios por la inteligen­cia –que Dios nos ha dado para que lo conozca­mos a Él– es mucho peor que cualquiera otra perversión moral, y es más antina­tu­ral que otras graves desviaciones. Además, si no se llega a Dios por la razón, ¿qué podrá conocerse de «la época actual»?, ¿de qué manera se podrá defender eficazmente al hombre cuando el supuesto «defen­sor» está baldado?

Únicamente, con una buena metafísica y buena teología, el sacerdote estará capacitado para ser testigo de la mesianidad y de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo. Sin crisis de identidad.

Sólo Jesucristo puede salvar al hombre y a los pueblos. Es el único que tiene palabras de vida eterna (Jn 6,68). Es el único que salva: en ningún otro hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos (He 4,12). «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado… (Él) mani­fiesta plenamente el hombre al propio hombre».[17] Él, sólo Él.

Jesucristo muestra Dios al hombre: quien me ve, ve al Padre (Jn 14,9).

Jesucristo muestra el hombre al hombre, como lo presentó Pilatos, con verdad más plena de lo que entendía: Ecce homo[18] (Jn 19,5); como lo anunció Juan Bautista: detrás de mí viene un hombre… (Jn 1,30).

La época actual tiene urgencia de Jesucristo, sólo Él puede dar Dios y huma­nidad al hombre actual. Dijo el Papa en Puebla: «quizás una de las más vistosas debilidades de la civilización actual esté en una inadecuada visión del hombre. La nuestra es, sin duda, la época en que más se ha escrito y hablado sobre el hom­bre, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradóji­camente, es también la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del rebajamiento del hombre a niveles insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes. ¿Cómo se explica esta paradoja? Podemos decir que es la parado­ja inexorable del humanis­mo ateo. Es el drama del hombre amputado de una dimensión esencial de su ser –el Absoluto– y puesto así frente a la peor reduc­ción del mismo ser».[19]

La base para construir una verdadera civilización es colaborar con todas nuestras fuerzas para que «prevalezca en el mundo un auténtico sentido del hombre, no encerrado en un estrecho antropocentrismo, sino abierto hacia Dios».[20]

Los Obispos argentinos han señalado que el conocimiento del presente los lleva a destacar dos desafíos: la secularización «…que intenta reducirlo todo a la inmanencia…»[21] y «una justicia largamente esperada»[22] que si, en verdad, se refiere directamente «a la convivencia responsable de los hombres entre sí», no excluye, sino más bien incluye, que se le dé Dios al hombre, porque su falta es la mayor y esencial pobreza, la mayor y esencial injusticia. Y no se erradica­rán las injusticias que existen entre los hombres entre sí mientras los hombres no se sujeten a la ley de Dios y sepan que serán juzgados por Él.

En fin, simple y sencillamente, para nosotros los católicos, siempre será una verdad que nos enorgullece, dar el testimonio de que: «el Hombre es una estatua de Dios que pasea por el jardín del mundo».[23] Nos lo enseña el Verbo que se hizo carne (Jn 1,14), o sea, el Verbo que se hace hombre sin dejar de ser Dios.


[1] Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre la formación sacerdotal «Optatam Totius», 15.

[2] cfr. la monumental obra en dos tomos Introduzione all’ ateismo moderno (Roma 1964).

[3] Una síntesis muy lograda: Temas claves de humanismo cristiano (Madrid 1984) 191–205.

[4] Lecciones sobre el ateísmo contemporáneo (Madrid 1978) 185.

[5] cfr. 1 Cor 3,19.

[6] Ad 1 Cor, III,180.

[7] Mons. José Guerra Campos, Lecciones sobre el ateísmo contemporáneo (Madrid 1978).

[8] cfr. el libro de Henri de Lubac, El drama del humanismo ateo (Madrid 1967).

[9] cfr. Alexandr Solzhenitsyn, Alerta a Occidente (Barcelona 1978) 159–160.

[10] Adversus haereses, IV,20,7.

[11] Pablo VI, Carta Encíclica «Ecclesiam Suam», 25.

[12] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual «Gaudium et Spes», 19a.

[13] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual «Gaudium et Spes», 36.

[14] Pontificia Comisión para América Latina, «Informe del Secretario del CELAM», L’Osservatore Romano 18 (1985) 261.

[15] cfr. Ro 1,20.

[16] Esta es una verdad de fe definida por el Concilio Vatica­no I, DS 3026.

[17] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual «Gaudium et Spes», 22.

[18] «Ahí tenéis al hombre».

[19] Juan Pablo II, «Discurso a la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano», L’Osservatore Romano 11 (1979) 55.

[20] Juan Pablo II, «Discurso al presidente y autoridades de la República de Brasil», L’Osservatore Romano 12 (1980) 396.

[21] Conferencia Episcopal Argentina, Lineas Pastorales para la Nueva Evangelización (Buenos Aires 1990) 16ss.

[22] Juan Pablo II, «Discurso a los Obispos del CELAM», L’Osservatore Romano 43 (1984) 671.

[23] G. K. Chesterton, Ortodoxia, Obras Completas, I (Barcelona 1961) 620.

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